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jueves, 29 de diciembre de 2011

2012

Por Guillermo Fajardo

Moviendo las manos, sonriendo y rociando de huecos discursos a la televisión, Enrique Peña Nieto será una tabla de flotación aceptada, maniatada y controlada por el PRI. Para mantener la ventaja tendrán que acallar al candidato. Propuestas llevadas por la corriente; infectadas de elocuencia e infecundas de neurknas. Si el PRI pretende ganar deberá mantenerse a flote, nada más. Qué fácil. Qué sencillo.

Conforme pasan los meses una extraña sensación de aturdimiento socava las fuerzas que la sociedad civil parecía tener. Javier Sicilia, olvidado. A pesar de ser nombrado como una de las figuras más importantes del 2011, Sicilia está parado ya en el rellano de la repetición. Las redes sociales han funcionado como un espacio en donde se discute lo insulso, lo insípido, lo insustancial. ¿Qué ha pasado que en otras latitudes han funcionado como baluarte contra los poderosos; voz activa que se une al cambio; mecha corta que promueve la movilización? En México la sociedad se hunde en su cieno, ahogada de  una infamante perpetuidad para lo absurdo, dando tumbos hasta ver de frente la fachada de la política sin atreverse a entrar al templo. Basta como ejemplo lo ocurrido ayer con Carlos Talavera, funcionario de SEDESOL en Michoacán que aseguró que las indígenas olían mal. ¿Quién se acuerda de él ahora? ¿Dónde están los defensores de la causa indígena?

El PAN y su alma hecha pedazos navega balbuceando una y otra vez que su musculatura reside en el oprobioso y podrido pasado del PRI, pero no en sus nuevos cuadros. A veces al partido se le olvida que tienen cosas que presumir. El Presidente Calderón y su obsesión por allegarse de colaboradores (no todos) pequeños, le asegura un triunfo en su imagen. Si los astros se conjuntaran para darnos una respuesta, segqramente nos asegurarían que la lealtad sobre todas las cosas y el rechazo al PRI son dos conjuros necesarios para entrar de lleno al Gabinete. Quizá esta actitud autoritaria (hacia dentro del partido) sea fruto de una imagen presidencial desgastada por los medios de comunicación y la apertura hacia la crítica presidencial.

El PRD está perdido. Sigue llevando a cuestas la triste idea de los extremistas, de los que no se cansan en señalar a una caterva imaginaria de poderosos que no nos permiten avanzar. AMLO y su mundo fantásticos de paralelismos decorados de maldad. La izquierda y su falta de definición.

En el 2012 se puede asegurar un discurso empantanado por las, eso sí, necesarias pero no suficientes descalificaciones en el ruedo político. Será verdad que hay que rasurar al adversario para contrarrestar sus efectos públicos, pero no centrar el debate en sus defectos. El denuedo de las ideas abarcará a aquel que se permita tenerlas. En política importa más la percepción que la realidad: bastará, entonces, que los electores muerdan el anzuelo de la buena imagen para dar su voto a quién más confianza les inspire. Si el PAN opta por Josefina Vázquez Mota, está perdido. Y es que ofrece lo mismo que EPN: una imagen bien equilibrada con el punto a favor de que es mujer. El problema reside en que Peña Nieto y su equipo han construido una aureola de santidad televisiva desde hace 6 años. Josefina lleva las de perder. Pero ya mostró la mujer un empuje directo propinándole una buena derrota a Los Pinos: le ofrecieron la candidatura en el Estado de México que muy amablemente rechazó. No hay que esperar demasiado del 2012. Ya lo he dicho y lo repito: la democracia se hace día a día, y no hay que esperar un nuevo comienzo para inflar la esperanza de avanzar. Valdría la pena ponerse a reflexionar si los efectos paralizantes de la contienda contribuirán a un sexenio presidencial varado en la rispidez, o en la amplia categoría de la cooperación entre partidos. La respuesta no está, sin embargo, en la política: está en la sociedad civil que, hoy día, se encuentra encallada, silenciada y apática ante lo que sucede a su alrededor. Moviéndose con la crítica barata de los que opinan, la población sigue avanzando, feliz, hacia un destino de menos impuestos, más subsidios y polarizaciones inútiles. Nada más. Quieren lo justo. Y lo justo recibirán.

martes, 27 de diciembre de 2011

Inercia

Por Guillermo Fajardo
Nada más humano que nuestros olores. Nombrar lociones, jabones o aromatizantes se ha vuelto tarea difícil. Las emanaciones de nuestros cuerpos sugieren nuestras actividades e incluso la hora del día. Es más: en la muerte nuestros olores nos siguen delatando. Conforme el día pierde vigor nos vemos atenazados por el síntoma corriente de las horas: el sudor, el ajetreo de los músculos, la innata capacidad del cuerpo para otear lo que vendrá: una ducha diaria o la confrontación de la piel con algún supresor de pestilencias. Así somos todos, así vivimos.

Es cierto que el comentario de Carlos Talavera es políticamente incorrecto. A pesar de que nombrar es y será un regalo del lenguaje hay temas que, hoy día, hay que tocar con suavidad, murmurando, agachados. Nombrar lo indecible o lo maldito está condenado al frío calabozo del desprecio. Pero señalar y palpar lo inmediato no debería ser reprochable. Ya no es correcto decir viejo sino persona de la tercera edad; ya no idiota sino personas con capacidades especiales. ¿Es incorrecto que diga que un sordo no puede oír? ¿Qué un ciego no puede ver? ¿Qué un niño no razona como un adulto?

¿Estaríamos ante la misma reacción de enojo, sensibilidad y respeto a los derechos  humanos si Carlos Talavera hubiera usado la misma expresión en un salón lleno de intelectuales? ¿Y si en él hubiera estado Carlos Slim; Carlos Fuentes; Felipe Calderón; el Cardenal Norberto Rivera y Enrique Peña Nieto? Fácil: el raudal de carcajadas; mentadas de madre; señalamientos y uno que otro corte gracioso. Como si la pertenencia a un grupo minoritario nos hiciera dignos de portar el mote de seres humanos.



Pero no es un futuro alternativo el que es analizable, sino la maquinaria encendida de los olvidadizos; de esos que, de pronto, recuerdan que los indígenas existen y que no tienen agua potable o servicios básicos de salud. Se indignan desde sus portentosas máquinas y mandan en redes sociales su indignación. Pero este miércoles la historia será otra: a Talavera lo engullirá el día de mañana y la absurda cantidad de noticias en los medios. Será necesario que algún otro impreciso nos recuerde la existencia de grupos vulnerables. No me molesta tanto el comentario como los que se indignan sin más: de pronto descubren su sensibilidad y su estampa valiente de defensores. Es verdad que es molesto y que es un comentario fuera de lugar. Pero los eufemismos que hoy día usamos son el cáncer que tiene al país con millones de pobres e indígenas marginados: irnos por la tangente; desviar nuestra mirada; usar palabras suaves que detengan la realidad. Esto nada tiene que ver con Talavera, sino con el fenómeno claro del plebiscito hacia una realidad empobrecida y a un activismo raquítico por la flaqueza de nuestras convicciones. Somos expertos en olvidar y ávidos testigos para señalar. Apenas conocemos el error y saltamos a disparar las balas. Pero, ¡cuántas veces lo he dicho! Mañana será otro día. Los que creen que se rasgan las vestiduras hoy descubrirán alertados que las siguen teniendo puestas. Y es que creen que un mensaje bienintencionado en las redes sociales o la adhesión electrónica a una causa contribuyen a formar un mejor país. Falso. Es verdad que el discurso ayuda a cambiar al mundo más que ninguna otra cosa. Pero tiene que ser uno bien articulado, constante y coherente. Los que atacan a Talavera tan impetuosamente es para dejar claro que su conciencia está limpia, que su culpa ya se diluyó y que mañana ya vendrán otras cosas en las cuales pensar. Mientras tanto esperemos en nuestros sillones acolchados; en nuestros mullidos y calurosos retretes y en nuestras amplias camas a otra noticia que nos mueva la conciencia. Ya saben: indignaos del mundo: esperad.  

lunes, 5 de diciembre de 2011

Cansancio

Por Guillermo Fajardo

De la extenuación priista brotó la égida de Peña Nieto que ya era necesaria de un tiempo acá: es la primera victoria del PAN y una victoria indirecta de los medios de comunicación. Moreira salió fruto de la inverosimilitud e incoherencia entre los resbalosos dichos de unidad y honestidad, y la cara asociada de la corrupción con las sentenciosas frases del partido. En realidad el nuevo PRI es un aforismo hueco, una deformidad que avanza a paso feroz. Peña Nieto es el candidato de la línea: nadie más representativo del priismo que él. A pesar de ser el hombre fuerte, sigue indicaciones; a pesar de ser la esperanza acendrada del PRI, baja la cabeza y sube la mirada hacia lo que le dicen sus colaboradores. Peña Nieto es el paradigma de lo pragmático, la ola de la inercia electoral.
Hay que mantenerse a flote: ¡qué elocuente la imagen del madero que simplemente se deja llevar por la corriente! La democracia mexicana ensillada en el caballo de la imagen. Las vivencias magistrales que cada día vemos reflejados en los acarreos electorales, cimbran el tortuoso empuje de los que sueñan con un voto informado. Seguiremos pidiendo que vengan mejores políticos pero no mejores ciudadanos. Ellos ahí están, felizmente exigiendo y durmiéndose en los laureles de la libertad civil: queremos más porque hay más de donde gastar. Incentivos perversos para una sociedad que tiene hambre de subsidios. Argumento conservador que refleja la defensa de mi posición: que se pongan a trabajar.
Y todo esto dando como resultado que, después de una presión bien encauzada y esta vez con tintes morales Moreira haya salido. No me preocupa que haya deuda, sino que el PRI no haya abierto la boca, porque el mismo efecto electoral inercial que los mantiene es el mismo que promueve su opacidad: vamos adelante, ¿para qué dar explicaciones?

Lo siguiente es investigar para domar la bestia de la impunidad. Pero los mediocres y espesos y lentos esfuerzos para el combate contra los privilegios se diluyen en cuestiones insípidas. El Gobierno Federal dando pena en cada investigación delictuosa. Una declaración cobarde por ahí, y un verso de algún vivo por allá. La tabla de flotación domina al mundo político. Expresión, ésta última, suavizada por la intrascendencia de lo inmediato: el futuro se presenta como un regalo, siempre, sin importar lo que estemos construyendo ahora. México ha fabricado, una a una, la lista de las cosas que nos importan pero que no estamos dispuestos a concretar. Políticos ladinos y sociedad hueca. Prefiero embobarme con el desencanto. Los dichos del valiente Moreira caracterizan al mexicano valiente, pero poco avezado para entender. La radicalidad y el cinismo de su discurso conforman la avería principal en el entramado democrático mexicano: la ausencia de una ética que sostenga las acciones. Estamos en las antípodas entre la modernidad en muchos aspectos y la lentitud en el plano moral. Seguro Popular para todos y un mejor sistema recaudatorio. Policías más eficaces y cambios constitucionales para mejorar la justicia. Adiós a la terminología anticuada de Garantías Individuales para aplaudirles a los Derechos Humanos.
Pero el antiácido actual más efectivo es la apatía. Escuchen el cheque en blanco que Vallejo propone para intuir lo que se avecina: ¡ciudadanos, no voten que todos son lo mismo! Vaya simpleza, vaya tontería. El fenómeno explícito de lo absurdo propuesto por un escritor premiado en la FIL. Me parece grave su propuesta porque ni compromete a anular el voto (expresión verdadera de participación) ni consigue una propuesta innovadora. Aún así, tampoco habría porque caer en la sonada repetición de que el 2012 será la gran oportunidad de México. La verdad es que todos los días lo son. Pero los seres humanos somos ávidos en comienzos cabalísticos o iniciadores marcados por una fecha en un calendario. ¿Es el 2012 la oportunidad para un reinicio o una reconducción verdaderamente democrática? No vale ni siquiera hacerse la pregunta, porque la estamos imaginando para un futuro lejano. Es inútil preguntarnos eso porque está expresada en términos probabilísticos. Todo debería ser hoy, aquí y ahora. Pero no nos hagamos ilusiones: no hay para donde voltear. Los problemas morales que aquejan al Estado son los más difíciles de soterrar porque se han anclado en lo invisible. Están en nosotros y no están. Son los fantasmas nuestros peores enemigos. Es lo intangible, nuestro enemigo más perverso. Y esto, me temo, es la pura realidad.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Improvisación

Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque.
En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y  las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.

Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI.  La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Alguien tenía que decirlo?

Por Guillermo Fajardo

“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.

Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.

domingo, 23 de octubre de 2011

Gerardo

Por Guillermo Fajardo

Casi lo he llegado a admirar con la reserva que suponen los ídolos. Nada en la vida carece de una explicación. Yo supondría que se trata de una bien alimentada, edulcorada, envanecida y palomeada estrategia política. Tiene un discurso vehemente, alocado y furibundo. Les robaron la presidencia. Tienen a un criminal, dice, en la Secretaría de Seguridad Pública. El Presidente es vituperado y corregido en cada una de sus declaraciones. No sé si se trata de demagogia exacerbada, de un guión bien amaestrado o simplemente de una convicción tan profunda que tiene las raíces colmadas de agua. En las comparecencias de García Luna y Lozano hizo lo mismo que ha hecho los años pasados. La democracia abriendo de brazos a los que en una frase tienen mucho que decir sin decirlo. Los calificativos embadurnan las palabras de grasa para caer, fáciles, en el tobogán de los extremistas. Adjetivos que inflaman; palabras alocadas y descalificaciones torpes, burdas aunque efectivas. Es un político de culto. Tiene aficionados que darían la vida por él. Quema las sesiones; las llena de gasolina y deja un fósforo encendido. Pareciera que no lo hace a propósito y que su elocuencia a la hora de culpar es síntoma de lo mal (piensa) que lo ha hecho el Gobierno Federal. Es el primer perro que escucho que ladra y que se le entiende. Es el primer político congruente: nos guste o no, su exacerbado discurso colma de lava lo que antes fue verde; con su saliva desgasta lo intocable; es temerario hasta el extremo. La localización de su voz la encontramos fácilmente en la Cámara. Los susurros y los murmullos no son lo suyo. No quiere construir misceláneas sino catedrales. Se sube al púlpito y acusa de lo que sea al PAN o al PRI. Todos los que están en su contra son “empleados”, “vende patrias” o “asesinos”. Ahí está el problema. Quiere radicalizar. Pone veneno en el agua y después se voltea. Les da cerillos a los pirómanos; dinero a los ludópatas; abre las puertas gustoso a los sediciosos. Insiste en la revolución. Insiste en jugárselas a todas y a todos. Se revuelca en el pantano y da vueltas, orgulloso. No es un bribón: es una piraña. No es cínico: es mordaz.

La democracia viendo como uno de los representantes de la Nación jugando a acusar sin fundamento alguno. Que si García Luna tiene casas millonarias; que si el Presidente es un borracho; que si Lozano es un ladrón o lo que sea. Lo dice con la convicción del que sabe o ha visto cosas que los otros no. Es un hombre culto, al parecer. Le gusta leer. Arrulla a sus enemigos con largos pero directos discursos. Es el hombre más elocuente de la política. Suena veraz. Qué pena que pierda su tiempo y su carrera política en el PT y en la izquierda. Estos partidos rapaces han buscado pervivir a través de liderazgos espinosos y rampantes pero inútiles políticos. Quizá sería un buen gobernante aunque populista; incendiario aunque elocuente. Exponiendo en la canícula a los que tienen sed y apartando a los satisfechos del botín. Asiste y promueve la orgía para después descalificar. Así vive la política Gerardo: se trata de alguien inteligente que pierde el tiempo del país y de la democracia en señalamientos que, si bien ciertos, también inasibles por incomprobables. Si con el mismo dinamismo, fuerza y pasión defendiera lo que realmente importa, tendríamos antes nosotros a un político de época. Está demasiado volcado en descubrir marañas que quizá no existan: cae en el típico error de la política: quiere buscar las protuberancias, las turgencias y las cicatrices donde sea, pero al costo de conseguir, simplemente, adeptos. No es descalificar y ni siquiera proponer sino moderar. El político debe de negociar y encontrar puntos de acuerdo y no en ufanarse de su propia bandera. López Obrador es un fardo que a nadie ayuda. Y el talento de Fernández Noroña ahí, en el nicho más desgastado y odiado del país. Recurriendo a los temas más manidos y controversiales. Le llegué a preguntar cuántas iniciativas había preguntado. Dijo que una. Ahí está el problema, otra vez. Ya sé que tampoco presentar iniciativas hace al buen político. Pero sí nos da una idea de su compromiso, de su tiempo para pensar en cómo mejorar y colmar las lagunas o las contradicciones en la ley. El último año de Gobierno será su año. De eso no tengo duda. Dejando caer el plomo sobre los ineptos; aplaudiendo las supercherías y aquelarres de López Obrador; gozando como al Gobierno Federal se le desgasta absolutamente todo. Buscando otra oportunidad para volver a morder. Es astuto, oportunista, valiente. Pero no avanza a ningún lado. Ahí está el problema.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Importan los números?

Por Guillermo Fajardo

Luis Videgaray escribe un timorato, vacío y enclenque artículo acerca de las deudas públicas de los estados de la Federación en la revista Nexos de este mes. Cómo un susurro y una sombra, y como ejemplo de perfección, dice que la administración de Peña Nieto bajó su nivel de endeudamiento; que las deudas públicas de los Estados no representan un riesgo a las finanzas nacionales y nos compara con Brasil y Argentina para hacernos saber que los estados de estos países tienen un mayor nivel de endeudamiento que el nuestro. Presenta elocuentes gráficas y ¡pide que “se obligue a los bancos a evaluar el riesgo crediticio y la capacidad de pago de las entidades federativas”! No toca, por supuesto, el problema que representa el poder exacerbado; la supresión de la división de poderes en los Estados y la opacidad de muchos de ellos a la hora de presentar sus deudas. Aquí no se trata tanto de si la deuda pública implica un problema para la Nación; tampoco si debe de haber una mejor regulación o si las transferencias federales deberían ser menores. La ferocidad y la obesidad por el dinero se han convertido en un asunto que traspasa el velo de lo técnico para instalarse, cómodo, en el sillón de la moral; de una nueva actitud; de un federalismo responsable. El problema está en que el Gobernador Moreira no abrió la boca para hablar de su deuda y que poco le importó al partido dar una explicación.

El nuevo PRI es el que arropa: la única condición es ponerte la camiseta; es el que promueve la unidad que nada y se da baños de pureza y que ataca y acusa de morbosos a quienes los critican; el que quiere la cláusula de gobernabilidad anulando los esfuerzos de la pluralidad; el PRI que se cierra a las candidaturas ciudadanas; el PRI de la Ley Peña y el partido que presume un cambio de piel y una nueva tonalidad ahora sí acorde con el presente con tan solo abrir la cortina y presentar a Peña con un excelente trabajo dental y un concentrado, repetido y hermoso romance. La hediondez que emana de una buena estrategia televisiva inflada de aire. El horror a la hora de salirse del guión. El temblor y la taquicardia a la hora de pensar. Y es que los números que arrojan las encuestas importan más que cuestionar al puntero en imagen y olvidarse de Beltrones. Curiosamente, éste último es el que parece darle una nueva cara al priismo, una bofetada que los menos excitados por llegar al poder columbran desde lejos, oteando las orillas de la moderación y de la modernidad.



El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.

domingo, 2 de octubre de 2011

Lo que el imbécil del Presidente dijo

Por Guillermo Fajardo

No sea si sea un mal o el hecho de hacernos sentir bien. Cuando los ciudadanos se expresan del Presidente, Secretarios, Diputados, Senadores o casi cualquier integrante de la Administración Pública lo hacen en un tono socarrón. Por alguna extraña razón les parece difícil no burlarse de ellos cuando emiten una declaración, por seria o respaldada que esté. Las enigmáticas risillas; los labios que se arquean; las cejas que se mueven. El que con más garbo exprese la mejor ocurrencia será bendecido: quién mejor los caricaturice más sabe. Enjabonados de la más pura suavidad de la empresa del chiste, hacemos gala de nuestro ingenio despreciando y arrastrando la figura presidencial. ¡Al fin y al cabo todo mundo lo hace! ¿Quién le puede creer a ese señor que cometió fraude? ¿Quién le puede creer al culpable de tantas muertes? Después de cinco años de risa, la senilidad de las bromas se desgasta. Cada vez más abocados a lo mismo: pintar al Presidente como un enano autoritario, decirle borracho sin la más mínima prueba, asesino sin el más mínimo pudor.   Las reglas de la convivencia diaria no aplican para el Presidente y sus huestes. No se me escapa lo que pueden argüir: es verdad que, al ser figuras públicas, ni la ley ni la opinión pública pueden ser tan laxos con ellos. Pero sí deberían ser objetivos.
A México no le hace faltan mejores leyes, tampoco un cambio de tuerca en la Administración, ni siquiera mejores controles de transparencia. Al país le hace falta una sociedad decente, unos buenos ciudadanos y un buen curso de valores cívicos. El endurecimiento constante de la crítica provoca que las ideas se anclen en las piedras del salvajismo; en la saliva corrosiva de la estupidez: pegados igual que bacterias a los tejidos. Lo que los ciudadanos quieren es respirar sin ser mordidos. Lo que provoca la feliz desintoxicación de nuestro cuerpo es desentendernos de la información. Así, la importancia del debate o la confrontación de ideas se ven suprimidas por la hostilidad hacia las figuras de poder. No pretendo alzarle al Presidente un altar: solamente quiero una crítica justa, que esté bien enmarcada en la realidad o en las bases bien solidificadas de la información.
Al entrevistar al diputado Fernández Noroña acerca del supuesto alcoholismo del Presidente (entrevista que pueden encontrar en este espacio) me respondió con total seguridad que, “todo el mundo lo sabe”. Bajo esa premisa, los rumores y los susurros serian ciertos. Bajo esa premisa, el trabajo periodístico consistiría en simplemente registrar lo que la población cree saber. Bajo esa premisa, la emboscada propinada por la intolerancia, la desinformación y el desacierto estaría justificada bajo cualquier circunstancia.

A los ciudadanos les parece fácil mantener la acusación sin prueba alguna: es la patología más perversa de una sociedad podrida por sus propios hábitos de astucia, fervor a la crítica y amor a la sordera. Las maletas de la estupidez llenadas de buenas conciencias pero también de venenos furibundos. Los pacatos y pazguatos en primera fila, opinando acerca de lo que creen pero no pueden comprobar: verificando con la santidad que les da el ámbito privado las buenas o malas respuestas de sus funcionarios. Cuando se les confronta, los medrosos desaparecen bajo ninguna excusa. Pronto vuelvo al escenario cuando algo les causa comezón o hinchazón.

Esperamos tanto de la democracia sin ser demócratas. El ciudadano es la base del sistema. Su responsabilidad es exigir cuentas sin demorar la suya; alzar la voz con la coherencia en su boca; conducirse por el camino de informarse sin ocluir el resultado de la síntesis. La simulación que ocurre en la Cámara de Diputados se registra por los medios de comunicación, pero no la que se presenta todos los días en la calle. La lista de cuentas pendientes por parte de la política es larga, muy larga. Pero la enumeración concienzuda de lo que nos falta como ciudadanos no la veo por ninguna parte. Ahí, diluyéndose todos los días, México pervive gracias a las buenas bromas que tan a bien tienen a darnos todos los días. No hay exigencia democrática a los ciudadanos; la apatía no se registra en ningún lado: nadie habla de ella porque no atrae votos y nadie quiere recordarla porque no nos trae beneficios. La impericia ciudadana aglomerándose bajo la cama; los grandes eventos sociales opacando a las grandes responsabilidades públicas; las moscas que creamos alimentándose de nuestra desidia. Somos impúberes en términos democráticos: esperamos de nuestros padres que nos dejen salir sin buenas notas; que nos den dinero sin saber donde lo gastamos; que mantengan abierta la puerta, sin saber si vamos a llegar. La esclerosis atacando todo el cuerpo democrático. Los ciudadanos siguen en la postura de exigir y de broncearse con el sol que les llega de la comodidad. Simplemente burlándose y atrayendo hacia sí la feliz reputación de la que goza la sociedad civil, como si ella fuera a librarnos de todos los males. Sí, como no.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pocas palabras

Por Guillermo Fajardo

Fue Cordero, desde hace tiempo, el que lo invitó a debatir. Marcelo Ebrard lo acaba de hacer. Al primero lo acusan de querer montarse en su popularidad. Al segundo aún de nada, pero pronto sabremos. Los políticos no tienen prisa. La sociedad no quiere y no le interesa. Ahogándonos en lodo; respirando el aire quemado de la podredumbre democrática. Contando números y burlándonos de los candidatos. Así se vive la democracia en México: hay que esperar a los tiempos oficiales para debatir, ¿para qué hacerlo ahora con tantos precandidatos? ¿A quién le puede interesar el afluente tonto de opiniones? Esperando y viviendo felices en el crónico mal de decidir dar nuestro voto a última hora. Cargando los pesados fardos en donde el sistema confía en el voto informado y razonado sin hacer esfuerzos para promoverlo. Pretendiendo caminar en la dirección correcta, creemos que las palabras y el intercambio de ideas debe de suceder en un momento en el futuro, bajo el terrible y estricto escrutinio del rating, el maquillaje, las reveladoras luces y los dos minutos de respuesta y los treinta segundos de contra respuesta. Así, el enamoramiento que supone las elecciones con los votantes se diluye, se destruye: es absorbido por la oportunista tormenta de lo no esencial. A nadie parece importarle que el muro certificado del silencio se imponga sobre las bienintencionadas costumbres de un debate. Yo quiero verlos hablar francos, directos, sin tapujos. Algunos piensan que eso hay que hacerlo cuando la televisora lo permita y los candidatos lo sean. Creen que el conocimiento transparente de los precandidatos supondría una irrisoria y vergonzosa tradición de confusión. ¡Dios, no! Mejor solicitar de ellos la bonita costumbre del saludo a la fatigante tarea del pensamiento. Mejor la simulación orquestada de las propuestas a la sana consecución de escuchar para elegir. Hablando de las “reformas necesarias” de “impulso modernizador” y de una excelente carga de “proyecto de Nación”, los ciudadanos siguen sin exigir que los políticos pasen por el filtro de la inteligencia y el compromiso. Tampoco es que el debate solucione todos los males, pero sí informa de los que pueden venir. Como no son candidatos no hay prisa; como aún no hay piso para decidir que no hablen; como aún falta mucho para las elecciones que no propongan. Así, el puntero en imagen es el puntero en intención de voto. Nadie sabe decir bien a ciencia cierta qué es lo que ofrece. Pero así vivimos tranquilos. Deseosos de aspirar la inanición del cuerpo democrático o su completa muerte, esperamos sentados que los seis años que vengan sean mejores. Rezamos para que alguien preparado llegue y conduzca bien al país. Lo primeramente importante es opinar de lo que creemos sin tener el primer ladrillo de la construcción. No sabemos qué nos van a  pintar pero estamos seguros qué colores usarán. La ciudadanía no quiere tener bocetos que nos indiquen el camino que se podría seguir, sino un cuadro vomitado y resumido de lo que hay. Pero para ese tiempo no habrá tiempo de cambiar.

La noticia de la invitación al debate pasa en medio minuto en los noticieros. Después se difumina y se olvida, pasando por un abstracto de ideas y de la espesísima niebla del tiempo en la televisión. No nos sentamos a pensar lo importante que sería un debate ya, entre precandidatos. ¿Para qué si nadie los va a escuchar? ¿Para qué si aún no son candidatos?  Los mismos que se quejan de la opacidad gubernamental la promueven. Las opiniones que se escuchan en la calle vienen inoculadas con el virus de la desinformación. Lo que creemos de cada aspirante es lo que creemos que es un partido o una ideología. Lo que escuchamos pasa por el filtro de los rumores y las pocas ganas de la participación. Los asnos que rebuznan no están tan lejos. Una democracia es impulsar el pensamiento multicolor para ver en qué dirección soplará el viento. En su lugar tenemos los suspiros de hartazgo de una población que no sabe a dónde virar porque no sabe a quién escuchar. Y así, esperando una mañana que no llega, las elecciones de julio estarán sobre nosotros. Los seis años que vendrán habrán sido elegidos por la imagen que más confianza inspire, y no por las ideas que mejor respeto impongan. No es que México no camine por los malos candidatos que se presentan: no es posible no tenerlos. El país seguirá en las mismas mientras el voto siga siendo para líderes inflados de aire, para cadáveres que se contonean cuando de la lealtad al partido surge la crucifixión del buen gobierno, para funcionarios ávidos que toquetean las faldas y las piernas sin acariciar el pelo; que quieren el beso sin medir el futuro; que meten la mano sin esperar el momento.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Repeticiones


Por Guillermo Fajardo

Imposible no estar de acuerdo con el discurso del Presidente. En él, el universo de la retórica delimita perfectamente bien la orquesta que, con la precisión de los expertos, le da a las palabras una calificación coherente y armoniosa. El ritmo va bien marcado; las direcciones del director son bien entendidas; la tenacidad de los músicos aclamada. No va a claudicar, nos dice. Va a escuchar a la sociedad, como lo ha hecho. Va a vencer a los criminales, como siempre nos recuerda. El problema no es de esta administración, explica. Todo esto es verdad. Sin embargo, la parcialidad en las explicaciones deriva en la siniestra fórmula de reducirlo todo a un pie de página, apenas a una nota aclaratoria para deleite del lector confundido. Nada peor que las ideologías para calmar las procelosas aguas de la opinión pública y la seguridad ciudadana. Polarizar para obtener aliados. Delimitar para simplificar. Señalar para excluir. Démosles agua para calmar la sed. Cojan el paraguas y apriétense ahí abajo. Denles juguetes para entretenerlos. El esclarecimiento del porqué la cultura del narco; del porqué las ingentes sumas de dinero que genera; del porqué surgió como un problema de seguridad nacional y del porqué los osarios de la estrategia se vuelven a llenar de huesos es sumamente complicado. Es cierto que Estados Unidos vende armas a México. Pero también es verdad que esas armas no se usaron para incendiar el casino. Es verdad que la extraña e intratable manía del desapego y la desconfianza no es culpa del Presidente. Pero también es cierto que los muertos lloran desde atrás. Es verdad que los Estados siguen reflejando su preocupación por crear puentes y estructuras gigantescas y dejar al margen la profesionalización de las policías. Pero también es cierto que la estrategia fue planeada al vapor.

En los matices caprichosos de la vida, las soluciones están casi siempre en la conciliación y en el oído atento de los dialogantes. El Presidente insiste en no claudicar y en escuchar, pero no en regresar, pues piensa que eso sería derrota. Es un hombre valiente aunque presuroso. Está decidido a dar resultados y vislumbrar la continuidad de su partido. Obsesionado con derivar de su estrategia puntos que aclamar; inducido a dar por anticipado cifras que lo sostengan, cae en la irremisible falacia de empujar sin ver quién lo ayuda. El desportillado cajón de las ideas está metido entre tantos papeles húmedos y crujientes por el tiempo. La sociedad se involucra poco: hay algunos que alzan la voz para exigir, pero las gelatinosas palabras vuelven desde donde volvieron: la boca y mente del interlocutor. Igual que Calderón, esos pocos señalan, apuntan, su boca cargada de verdad, la ética superior del activista, la laboriosidad bien vista del denunciante, la victoria a priori del crítico. Todo el discurso del Presidente está envuelto en un fino paño de empatía que se resquebraja cuando lo sacas a la lluvia. Vive insistiendo en el discurso triunfalista (parte necesaria de todo Gobierno) pero atascado en las puertas de la intransigencia. Hambriento de triunfo no dudo que algún día llevaría a desintegrar a los criminales, pero al costo de una sociedad llena de evocaciones por una paz suprimida y por el olvido inminente de la política y sus mañas. A nuestros votantes  no les importa la corrupción de sus gobiernos: ¿por qué votar por el hermano de quién te dejó endeudado? ¿Cómo explicar que Peña Nieto vaya en primer lugar en las encuestas? ¿Cómo entender el poco repudio hacia los actos de corrupción no cada vez más frecuentes aunque sí más expuestos? Pocos son los que claman por un giro en la estrategia. Aún menos los que sueñan con mantenerla. La súper inclusión del conflicto en ciertos sectores, provoca que la desinformación supere aquellos que no conocen o escuchan lo que sucede.

La creación de la Procuraduría social para la atención a víctimas es la primera semilla de exigencia convertido en realidad. Las pruebas de control de confianza en todo el país es un segundo paso bien pensado. La creación de Centros de Adicciones es virar en la dirección correcta. No tanto pedir por más infraestructura militar sino adormecer el cáncer. No escuchar los huesos romperse pero ubicar el dolor. No sirve defenderlo si la coyuntura del presente se ve atestada de nudos demagógicos o de grandilocuencia continua. El discurso del Presidente es bien recibido y aplaudido, es necesario y hasta entendible. Insiste en el diálogo pero creo que no sabe bien a donde voltear. La sociedad forma parte del problema aunque no quiere ser la solución. Vociferando adjetivos desdeñosos hacia los criminales y esporádicamente recordándonos que Estados Unidos vende armas a México, el Presidente grita desesperado por alguien que lo entienda. Vivos o muertos, eso ya da igual.  

domingo, 28 de agosto de 2011

Laura


Guillermo Fajardo

Me parece ingrato para con Thomas Hobbes escribir lo siguiente. Pero el apremio para dar por concluido este asunto me lleva a forzar su visita. Este filósofo inglés basó su teoría del contrato social en el miedo: un miedo inconmensurable en donde los hombres, ateridos desde la raíz y confundidos por la falta de resguardo, se pertrecharon por medio del contrato social. El miedo sería desterrado, aniquilado y dejado a surcar las orillas de nuestra voluntad, sin permitirle meterse a nuestra playa, a nuestro territorio. Anatomía de una sociedad dividida; localización precisa de lo que mueve a los hombres; fascinación inaudita por corromper el postulado del bien y fragmentarlo para recibir de lleno al temor: incluso el más fuerte, cuando duerme, es vulnerable. Ahí está Cromwell ejecutando al rey. Hobbes nació en 1588, en Westport, Inglaterra. De eso ya 423 años. Y sin embargo, sus postulados, inmarchitables y compañeros de su propia vida (él decía que era hermano del miedo) permanecen vigentes. Y es aquí cuando doy un salto de fe: una especie de vendaje que me pongo en los ojos para escribir. Vivimos corrompidos por el desastre chocando con el capricho: a veces nos toca presenciar una violencia inaudita; otras, un cinismo como una línea de lápiz borrada cada ciertos centímetro y desde donde se presenta el abismo que va a caer hasta el final de la página; y luego, la indiferencia y la omisión caminando con la irresponsabilidad. Las posibilidades de comprender en nuestro mundo plural y multicultural, son escasas. Mejor favorecer la entrada a la tolerancia a escribir con mayúsculas la palabra “verdad”. Mejor adormecerse y complacerse en la comprensión, a defender, cargados con la aprensión, de ideas extremas y absurdas. Y, sin embargo, aquí estoy haciendo un juicio.

El famoso programa de Laura Bozzo, “Laura en América”, se erige como postulado santo en medio de la maldad. Igual que el diccionario que nos aclara el significado de una palabra en otro idioma. Igual que el separador de páginas que nos dice donde estamos. Similar al político que pone puentes pero no libros; aplausos, pero no microscopios. Lo superficial combinado con lo supuestamente necesario. La superioridad moral del programa está imbuida y empapada del miedo que provoca en su audiencia. El Tribunal del Santo Oficio regresa auxiliado por la pobreza, las luces, el maquillaje y la ola de ignorancia. Basada en hechos pasados y porciones de rampantes videos de dudosos investigadores, Laura se sube al púlpito para aleccionar. Hay buenos y hay malos. Hay vencedores y hay perdedores. No hay posibilidad de defensa. Nunca un guiño de esperanza. Jamás una lección gratificante. Es la violencia y la descomposición legitimada por una mujer rubia, alta y voluptuosa frente a la indiada morena, apática, ignorante pero cínica. Ella, el sol radiante, signo luminoso de perfección guía a la borregada que aplaude y se indigna ante lo que sus ojos ven, y sus oídos escuchan. Flagrante ruptura de la sociedad: prostitución, violencia familiar, lesiones, extravagancias. Todo ello comprimido, diluido y vomitado en una hora. Problema resuelto: démosle un carrito para que venda comida. Increíblemente, primer acercamiento victimológico televisado. No solamente a exponer a las supuestas víctimas, pero a corregir a los odiosos delincuentes y darles su lección frente a las cámaras. El espectáculo del miedo enraizado en un bloque de conciencia y de voces supeditadas a la conductora. La cita del aleccionamiento cada tarde por Televisa. En lugar de educar para prevenir, castigar para exponer. Los castigos físicos desterrados para dar paso al suplicio moral, a mancillar el poco honor que queda y la mucha imaginación que sobra. El pacto social de Hobbes medido en rating y ganancias: nos unimos en torno a la rubia porque ella, soberana, tiene el monopolio del discurso, la experiencia para verificar y controlar el mal, la astucia y la sensibilidad para calmar. El miedo nos vuelve a unir: el más fuerte tampoco puede dormir tranquilo. Por eso hay que cederle el monopolio de nuestras desgracias. Por lo mismo hay que abatir a los infieles con el vehemente látigo del bien. No necesitamos más de unos minutos para desenmascarar la mentira. Qué importa lo que lo llevo a ser así. Qué importa su pasado: vale más su falta.

No nos sorprendamos que la violencia que impera en el país no sea fruto, solamente, de la estrategia de Calderón. Tirar basura, pasarse el alto, robar, secuestrar, asesinar. No es una cadena causal estricta, aunque sí rastreable. Laura polariza, exalta al crimen y lo condena sin resolverlo. La audiencia juzga pero nunca es juzgada. No hay exámen autoconsciente. Muestra la realidad, sí, pero no la explica. La pobreza intelectual, el sub desempeño emocional nos conducen al camino de trivializar la ley. Laura en América es un programa pernicioso porque enciende los ánimos de por sí nerviosos del público. Provoca que sigamos en las mismas porque no nos van a exponer. Los malos están del otro lado del televisor, sentados en el banquillo de Laura, con los dedos  señalando hacia ellos y el peso de las miradas en su contra. Nosotros solamente vemos, juzgamos, negamos con la cabeza y condenamos. Ahora podemos dormir tranquilos y ver a los otros, a los que nos hacen daño. Carajo, y pensar que esto es un problema de drogas.

sábado, 30 de julio de 2011

¡De rodillas!

Por Guillermo Fajardo

Hay algo que no me sigue gustando de Javier Sicilia. Es verdad que su movimiento por fin ha puesto a los legisladores en una situación inédita: la rendición de cuentas. Es verdad que las víctimas necesitan ser estudiadas y abrazadas. Es verdad que por fin vimos a un Presidente dialogar con un ciudadano. Todo esto cae sobre el mórbido colchón del esfuerzo, el sacrificio y el recuerdo. Todo esto gravita en la órbita del idilio franco y conduce a la supresión aplaudida de la acedia; a la inclusión de la abulia en la lista de lo indeseable; a la activación de la mecha ciudadana. Por fin un escalón de sinceridad. Un grito que germina en el silencio. Una rampa de esperanza.

Creí que el encuentro sería igual que con el Presidente Calderón: la fluidez de las palabras en un plano horizontal. Pero me encuentro con algo acartonado, artificial, que roza en la sinrazón: Sicilia exigió a los legisladores que pidieran perdón. No solo eso, sino que llegó con Julio César Márquez, el padre de uno de los niños muertos en la Guardería ABC, con Jesús Lara Chivarra, representante indígena y también con Atzelbi Hernández, representante de ¡los jóvenes rechazados de la educación media superior! Aquella combinación de personas me pareció un conglomerado estrafalario de oportunismos y propuestas no satisfechas. Si bien tragedias y asuntos inconclusos, el Diálogo por la Paz debe concentrarse en su objetivo. Ya hace tiempo en un artículo que podrán encontrar en este espacio ("El resultado de lo efímero"), lo había advertido: la profusión de acontecimientos no deja que nos concentremos en uno solo. En su intento de beso colectivo, Sicilia encuentra a todos los insatisfechos como papeletas dignas de firmar. Todos entran y todos tienen una oportunidad para hablar, criticar y rechazar. Ahora es intocable. Quién se atreva a negarle el paso al Congreso, a criticarlo o a denostarlo, está acabado, pero no por él, sino por el movimiento que encabeza. Que no se pierda de vista que esto es algo que, por supuesto, él nunca quiso: en ese sentido Sicilia sigue siendo el ciudadano común y corriente tocado por, letras más, letras menos, el destino. La palabra fortuna de la que hablaba Maquiavelo exigía domarla y seducirla igual que a una mujer. Y Sicilia no lo ha entendido. Y no la ha podido tocar porque el atrabiliario líder sigue pensando en su dolor. La moderación no entra en su discurso, y en el de ninguno: México sigue pisándole los talones a la democracia. Si por todos fuera, se eliminarían a los Diputados, Senadores, Secretarios y al mismo Presidente. Vivimos en lo que Silva Herzog advirtió hace ya mucho tiempo: “Cuando se venera a la sociedad civil como deidad, se rinde culto a una mentira. La sociedad civil no es el reino de la pureza ciudadana, de la misma manera que el estado no es el imperio del mal”. Líneas más adelante, escribe: “Si algo caracteriza el infantilismo democrático es la aversión a las instituciones públicas”. Queremos ya un Reforma Política sin darles su justo lugar a los políticos. Creemos que con la participación ciudadana y de un plumazo todo esto acabará. Confiamos a ciegas en la idea del ciudadano bueno y trabajador, y en la imagen del político corrupto y apático. Estamos dando un salto de fe. Pero a nadie parece importarle. Y en esta vorágine, tormenta emocional que recorre sus vértebras machacadas, confluye y expresa lo siguiente: en exigir que pidan perdón. Josefina Vázquez Mota, con esa sonrisa que desafortunadamente nunca la deja, dijo: “Yo me sumo a los perdones que aquí se han pedido y también pido perdón por no estar a la velocidad que los ciudadanos merecen y exigen. Y pido perdón porque escudados en un fuero legislativo que los ciudadanos no tienen, en ocasiones se hace acopio de la violencia verbal y se renuncia al diálogo y al valor de la palabra que como bien decías, es el valor de la persona”. Aplausos y lágrimas que no pueden sino entenderse. Abrazos y cabezas gachas que no pueden sino codificarse en un lenguaje simple pero voraz. La antropofagia legislativa combinada con los balidos de la montaña. El sonido gutural del dolor combinado con el pasmo legislativo. López Obrador encarnado: en vez de votos pide sumisión; en lugar de tapar Circuito Interior atora la carretera del diálogo horizontal para imponerse; en vez del entendimiento con los amos de la retórica la inclusión del discurso moral superior para aleccionar. Y lo vuelvo a repetir para que a nadie se le pongan los pelos de punta: la muerte de su hijo no es algo que le debía de haber ocurrido. No se lo deseo a nadie. Pero de ser congruente con sus dichos, entonces también debe de emplazar a la ciudadanía. Porque los hábitos también merman la democracia: el ciudadano que tira basura; el que da mordida; el que se estaciona en un lugar inadecuado. Les puede parecer estúpido, pero la consecución de actos pequeños conduce a la trivialización de la ley; al dogma podrido de alzarnos de hombros; a los ojos que se cierran; a la situación en la que nos encontramos. Toda una institución calificada con la legislación siciliana: todos deben pedir perdón; todos ustedes son los culpables de todo. No quiero volver a repetirlo: no hay que engañarnos ni apuntar fácilmente el dedo acusatorio hacia el Congreso porque nos parezca fácil. El río de la comunicación exige inclusión. Sicilia exige a los legisladores no haber sido profetas: si hubieran pensando antes, si hubieran legislado mejor, si hubieran atisbado que íbamos a tener 40,000 muertos no estaríamos aquí. Sin ambages, el facilismo ciudadano está bien cubierto por una mancha intoxicada por la feliz reputación de la que goza la sociedad civil. Nosotros vivimos tranquilos porque estamos seguros de haber contribuido a lo que el país exige de nosotros. Simplemente no haciendo nada, condenados a esperar las gratificantes vacaciones, el insípido objetivo que nos trazamos cada fin de año y el aplomo que adquirimos (y que creemos gratuito y pensado desde la objetividad) cuando hablamos de política. Así, el movimiento de Javier Sicilia se ha convertido en el vertedero de tubérculos y parásitos inconformes. La muchacha virgen que fue la democracia no ha sido violada pero sí bien manoseada. Sicilia mostró su rostro autoritario. Pero lo peor para la democracia no es eso: así como es un lugar común afirmar que el peor enemigo del amor no es el odio, sino la indiferencia, podemos afirmar que la jugada contraria a la democracia no es la dictadura, sino el conformismo. Por un lado tenemos un movimiento exacerbado y desbordado de emoción. Por el otro, una sociedad que ve en sus acciones una neutralidad y amoralidad que a nadie sorprende por su falta de crítica. Esta combinación da como resultado un monstruo plúmbeo que apenas se mueve pero que se eriza y ataca al primer contacto. Los políticos nada más ven con asombro tal creatura.

Igual que un polvo blanco puede ser confundido con azúcar, detergente o cocaína, la democracia puede mutar en demagogia, dictadura o representación. Yo también emplazo a la ciudadanía: quiero que se manejen con inteligencia, quiero que dejen de creer en su santidad como signo infaltable de democracia, quiero que dejen atrás la superioridad que emerge de la soberbia, quiero que pidan perdón.

sábado, 23 de julio de 2011

Ideologías mal entendidas

Guillermo Fajardo

Hace unos días publiqué la siguiente nota: “Senado de EUA ratifica al primer juez abiertamente gay”. No puse más. Enseguida, un furibundo comentario: “¿y ustedes los panistas retrógradas qué opinan?” Esto me llevó a pensar en la reacción desmedida cuando se habla de política: a fuerza de tachar y censurar, se cae en el absurdo. En un partido político el combinado de ideologías permite apuntalar, empujar e innovar las iniciativas de ley que se presentan, las declaraciones que sus funcionarios dan y la flexibilidad de opiniones propias de una democracia. Nada más alejado de la democracia que la cláusula pétrea en alguna agrupación de aceptar solamente ideas inundadas de mojigatería o de un izquierdismo voraz. La anorexia partidista conduce a la inmovilidad modernizadora. Los partidos que sigan pensando en la homogeneidad están irremediablemente conducidos  a la estrechez; a la falta de oxígeno y al engranaje desgastado. El PRI, que durante 70 años gobernó al país, era una mixtura curiosa pero frenada de ideologías. Por eso no tuvimos una dictadura. Por eso no tuvimos, al menos durante el “milagro mexicano”, crisis económicas que asolaran a la población. Es decir, durante todo ese tiempo, la representatividad de todos estuvo bien encauzada en vasos comunicantes que llegaban a administrarlo todo porque los cotos de poder estaban bien delimitados y entendidos: a ti te toca esto, a mí, lo otro.

Conforme los sexenios se sucedieron, y después del 68’, la credibilidad del partido oficial decayó: ni siquiera las reformas electorales lograron acabar con la sospecha anclada hasta ese momento solamente en el PAN de que algo andaba mal. Cuando llegó el cambio en el año 2000, se confió en la limpia total de la democracia mexicana. Pero el PAN falló: Fox será recordado más por sus escándalos personales que por revolucionar el sistema; y Calderón por ofrecer a los mexicanos una estrategia mal planteada aunque necesaria. Seguimos en las mismas: el espíritu democrático y ciudadano del PAN, con su larga historia dentro del partido, ha sido nulificado. El PRI, después del 2000, en vez de combatir con furia sus vicios de antaño, los diversificó a lo largo del territorio: ahora los encontramos fuera del centro (la Presidencia) pero bien pertrechados en sus Estados. Las creaturas que se creyeron muertas amanecieron con fuerzas y con la cara lavada por los medios de comunicación: algunos Gobernadores (priistas, perredistas y panistas) parece que siguen viviendo en el pasado. Aún así, hay corrientes de aire dentro de los partidos: un ala moderada en el PAN; combatientes del liderazgo de Obrador en el PRD y una trinchera de demócratas en el PRI. Anular estos grupos de un plumazo, con sustantivos o adjetivos en plural, es minimizar a la democracia en tres territorios bien delimitados y no intercambiables: el centro, la izquierda y la derecha. Calificar a todos los priistas de corruptos, a los panistas de “mochos” y a los perredistas de reaccionarios, es caminar por el pequeño y frágil hilo de la generalización. Pero parece que es cómodo hacerlo. Y es fácil. Los sectarios estarán contentos con señalar a la mafia del poder, a los corruptos o a los fascistas: ahí están, nos cuentan. Nos perdemos en el camino imaginando nuevas palabras olfativas que nos indiquen donde está la corrupción, la ineptitud o la ceguera, pero no donde poner correctamente los ventiladores. Es decir: vivimos gritando en un país donde sus habitantes vienen bajando de una montaña con los oídos tapados, con la mano como visera por el inclemente sol y el tacto anulado debido a que durante mucho tiempo han tocado una única piel: el partido oficial.  
Las generalizaciones en política bien pueden llamarse infantilismo democrático: por un lado, la absurda creencia que la sociedad civil es dama de todas virtudes y aspiradora de cualquier mal y, por el otro, las declaraciones que gravitan en torno a un calificativo eterno y dominado por el tiempo: qué tal partido es así porque siempre lo ha sido; qué tal otro porque sus dirigentes son unos estúpidos; qué tal otro porque se encomiendan a la Virgen. Con un poco de análisis se resquebrajan tales dichos: son lábiles porque no encuentran sustento en la realidad. Bien es cierto que el PAN ha tenido la desafortunada manía de prohibir minifaldas o expresar sin empacho que los homosexuales no deberían ejercer un cargo. Pero no hay que engañarnos: no todos pensamos de la misma forma. Así como la grandeza de un político no radica exclusivamente en los números que arrojan las encuestas, la textura con la que se viste un partido no es un dogma bajo el que se identifican, inexorablemente, sus miembros: los que creemos que la democracia no es un eco constante de razón, sino un cuadro multitudinario de colores.

martes, 12 de julio de 2011

Las pocas piedras en el camino

Por Guillermo Fajardo

Por fin. Peña Nieto se abrió de brazos. Con la creación de EPN (Expresión Política Nacional) el Gobernador comienza a palpar el aire, a construir el ambiente, a propiciar su candidatura. El muro del silencio impuesto por el propio Peña no atolondraba a nadie: era cuestión de tiempo para saber que buscaría la candidatura. Se abre un boquete en la política nacional: tenemos ya el diálogo a seguir pero no a los interlocutores. Tenemos los fragmentos del futuro pero no la visión impuesta de los candidatos. Increíblemente, en medio de esta tormenta de excitación orgiástica, propiciada por los medios y la sólida popularidad de cemento de Peña, aparece el coherente Beltrones. Parece ser el demócrata del PRI, el que busca el período extraordinario, el que aplaude la proporcionalidad en el Congreso, el que busca que se ratifique al Gabinete Presidencial. Del otro lado, aparece Peña Nieto, al que se le acusa de frenar las reformas, al que se le ve con aire de sospecha, al que le causa rabia y temor las candidaturas ciudadanas. Ahora todo depende del PRI. De querer imponer o querer negociar. De arriesgarse al diálogo o de hacer migas con la imposición horizontal. Por un camino está el presentarse como un partido en donde después de las propuestas vienen los candidatos. Y es que la política no debe ser antagonismo idolátrico pero negociación frecuente. No el lugar donde se disparan las bayonetas pero donde se acicalan los generales, no donde se suprime la enfermedad pero donde se esterilizan las jeringas. Y donde las negociaciones fallan, vienen los pleitos y los insultos. Ahí es, después, donde se intentan calmar los ánimos, verificar a los contendientes. Y del otro lado tenemos la imposición. Que le lean la carta a Beltrones. Que le digan que la ruptura interna es determinante para el PRI. Y como espectadores, tenemos a los Gobernadores. Nadie se da cuenta de ellos: células monstruosas en el torrente sanguíneo que serán determinantes a la hora de apoyar o de mantenerse omisos. Quizá algunos Gobernadores no querrán a un Presidente diciéndoles que hacer, arriesgando sus territorios para apoyar una pandilla de ideas que a muchos políticos les parecen inocuas, desechables, trámites para adornar la ideología. Y precisamente aquí el Senador levanta una pregunta que levanta olas de catecismo político pero pocas respuestas contundentes para la realidad inmediata: ¿para qué gobernar? Le pregunta a su partido. Definamos el decálogo de razones, echemos luz sobre nuestros cerebros, localicemos los puntos infectados de gangrena para cortar. Peña Nieto insiste en lo contrario: primero el candidato y después el programa. ¿Habrá programa siquiera? Eso parece no importarle al Gobernador o, al menos, no ahora. Beltrones tiene una ventaja importante: recordarle a los priistas que Peña Nieto tiene fardos que huelen a muertos, a impunidad y corrupción. No hay que quitarnos el sombrero ante el Senador sino aspirar los humos de la objetividad. Y es que a los dirigentes del PRI hay que temerles. Hay en sus historias tachaduras de perversidad. Quizá Beatriz Paredes, la más inteligente entre sus correligionarios, pudiera parecer la más sensata para postularse. Pero sabemos que tiene escasas posibilidades ante el maquillaje bien pensado de Peña Nieto y el liderazgo fuerte de Beltrones. El voluble Moreira seguirá en su apología estúpida y desmedida.

Los timoratos panistas parecen sorprendidos del repunte priista. Les hace falta maña. Dejar a un lado su carácter remilgoso de amigos ulterior de la democracia para cabalgar, cabales, hacia el poder. No se trata de rechazar por completo sus bases, pero de refundarlas en la realidad: ya no son oposición. Si de llegar hacia el electorado se trata, no servirán los discursos que alaban el pasado panista y rechazan cada acto del PRI. La parvedad de sus ideas ayuda a su peor enemigo. El torrente de candidatos tiene confundidos a sus miembros. La democracia, igual que la fortuna, supone seducirla. Mirarle los ojos a la masa y preguntarle: ¿qué quieren? Los panistas siguen en estado de hibernación, deliberando en qué fallaron. Muchos creen que se encontrarán con un PRI dividido, un candidato lleno de trampas y un electorado que tendrá que voltear, irremediablemente, a ellos. Me temo que la cantaleta de los errores pasados se suprime inmediatamente con los propios. La elección del 2012 depende enteramente de los errores del PRI. El mercado de la esperanza política comenzó el 3 de julio. Creel ya renunció, Peña Nieto ya creó su movimiento, ¿y el calderonismo? Bien, gracias.

martes, 5 de julio de 2011

Lodo

Por Guillermo Fajardo.

Van por el camino equivocado: lucen adormilados, como si once años fueran suficientes para ellos. No se les ve ganas de mantener el poder, no se atiende por ningún lado el aliento del empuje y sí, en cambio, el susurro devastador de la sumisión. La manija se atoró, el grifo de agua se vio súbitamente cortado, las neuronas de la estrategia, suprimidas. Mal candidato. No soltaron ni un rasguño en la campaña. No se vio el arroje que alguna vez mostró el Presidente, tampoco la feroz oposición que mostraron durante años. Para el PRI la campaña fue un día de campo, una especie de caminata en donde el corredor principal ve como sus émulos son un ciego y un gritón. Peña Nieto, blindado: vivirá de la coraza que el PAN tuvo a bien darle. Los priistas hicieron bien el trabajo: callados, esperaron a que Vázquez Mota decidiera ir por una candidatura que perderá, y que López Obrador saboteara dentro del enclenque y abigarrado PRD, la alianza. La elección más importante del sexenio no la supieron definir: por un lado, por el purismo de sangre azul que a ratos parece comprometerse más por el sueño idílico de la santidad y los fantasmas presentes de su historia de ser una oposición sólida; también, por la extrema preocupación de castidad política en su propio desarrollo y la insuficiencia partidista de liderazgos fuertes.

Luego, la confusión empobrecedora que siempre ha complicado a la izquierda y la vibración que excita a los que viven del pasado: López Obrador y su plan que no embona en ningún lado, excepto, claro, para él. A los tricolores se les ve contentos: Videgaray (y varios priistas de calle) aceptan la compra del voto. Qué importa mientras alcemos la mano y conozcamos, nuevamente, de compadrazgos: la democracia anulada, esquematizada en nodos donde las relaciones y las posiciones políticas surgen por y desde la ilegalidad, el cinismo, las mismas ganas de hacer las mismas cosas. Sus militantes lo aceptan: son pequeños portadores de las enfermedades de sus dirigentes. Tiemblen: Peña Nieto Presidente, Manlio Fabio en Gobernación, y la caterva de víboras en el Gabinete ampliado: Fidel Herrera, Mario Marín, Ulises Ruiz, Humberto Moreira. Y si muchos aceptan la derrota del PAN como la entrada tácita del PRI a Los Pinos, entonces hay que dar media vuelta, aplaudirles, y comprometernos con sus profecías de iluminados. No saben que en política las calmadas aguas de la disciplina y el ritmo estructurado hacia una elección caen de un día para otro. Pero al PAN tampoco hay que concederle su papel de víctima: con siete precandidatos, una política y un discurso cada vez más desgastados, y un electorado harto y ansioso, el partido se encuentra en las postrimerías de la risa y la compasión. Hoy el partido no espanta a nadie: tal vez solamente frente a un espejo. Las moscas se instalaron en el molde que trae sus siglas. El acrónimo del panismo está mal planteado: ¿acción? ¿dónde?. El PAN tiene que elegir ya a su candidato y no esperar a los tiempos oficiales, como si estos le fueran a dar al ungido la popularidad que Peña Nieto adquirió durante seis años. Gustavo Madero parece tranquilo, siempre con un aire de sapiencia, dando cátedra de tranquilidad, esperando tiempos mejores bajo la lupa quisquillosa del futuro. No se le ve presuroso. Quién sabe si tendrá la consigna de la paciencia, el porte elegante de los sabios o tal vez el embelesamiento provocado por su mundo intemporal vestido, trágicamente, de aire. Y del PRD, ni hablar: desde su fundación han traído el lastre de liderazgos que se acercan más a una secta de mosquitos que pululan alrededor de un foco intermitente, lleno de cortocircuitos y caprichoso en cuanto a su voltaje. ¿Qué esperar? Absolutamente nada. Si el PAN no adquiere conciencia de su propia historia caerá sumido en la desesperación. Si el PRI y sus militantes siguen creyendo que ganar elecciones a como dé lugar está justificado, puedo asegurar que el cuerpo de la democracia se encuentra envenenado y al borde del colapso. Si el PRD quiere convertirse en una izquierda seria, que supriman a López Obrador y purguen a los arribistas. La mayor desgracia es que si nada de esto sucede, tampoco pasará nada. Nos alzaremos de hombros esperando una mejor oportunidad. Una coyuntura tan violenta y desgraciada que mueva los cimientos del país. Esperando con ánimo resignado, nadando en las aguas de la oportunidad sin dar el salto al vacío, bordeando los muros de la vergüenza: los mismos que ayudamos a construir.

martes, 28 de junio de 2011

La política es para hacer política

Por Guillermo Fajardo

No me resulta extraño que Edgar Reina afirme que, los servidores públicos no están para hacer campañas políticas mientras duren en su encargo, están para llevar a cabo la administración pública. No es lo mismo hacer política que hacer campaña, un político hace política y un candidato hace campañas”. Y no me resulta extraño porque en México nos hemos dedicado a satanizar a cualquiera que tenga una aspiración política. En cuanto un Secretario de Estado afirma que quiere ser Presidente, se le tacha de oportunista, cínico y adelantado. Conclusión estúpida: los políticos no pueden hacer política. El vaso comunicante que permite al funcionario público explicarles a los ciudadanos el porqué es mejor que sus contendientes para ser Presidente, se encuentra totalmente cortado y desfasado. La sobrerregulación electoral en México no permite que Lujambio pueda salir a decir que él quiere ser candidato, pero sí permite que Peña Nieto, AMLO, Creel o Vázquez Mota pululen en medios de comunicación. Nos encontramos ante una paradoja: a ciertos cargos dentro de una democracia les está vedado salir a decir que quieren ser candidatos, pero a otros se les permite porque, al parecer, ellos “no se distraen de sus funciones”. Nueva paradoja: los aspirantes al cargo de la Presidencia de la República no están en igualdad de condiciones. Y no lo están porque Peña Nieto lleva cinco años promocionándose, igual que los demás. Ni Cordero, Lujambio o Lozano pueden dejar el cargo porque es donde atraen reflectores. Si nos quejamos porque usan sus puestos para promoverse, habría que explicarle a Reina sin sutilezas: sí, lo están usando para promoverse, ¿y? El Presidente Obama se encuentra en abierta campaña para reelegirse y nadie hace pucheros ni berrinches. En México la intención de acceder a la Presidencia de la República tiene que ser un secreto a voces, un silencio compartido, casi una conspiración: ¡la democracia que acalla! La ley tiene que reformarse. ¿Alguien dudaría que Peña Nieto lleve en campaña cinco años seguidos? Por alguna razón nos parece vergonzoso que los Secretarios de Estados se promuevan, pero si el gobernador lo hace nos quedamos cruzados de brazos.

Después,  Reina cree que quién no es legítimo no es efectivo. ¡Por Dios! No entiende que el brazo de la fuerza, la coacción estatal, resulta un instrumento sumamente efectivo si el día de mañana cualquier Presidente usara al Ejército para perpetuarse en el poder. Una dictadura puede ser terriblemente efectiva, pero escasamente legítima.

 Por otro lado, el autor parece dar a entender que ha descubierto el porqué Calderón no es “efectivo”: porque no es “legítimo” o, al menos, porque ciertos rasgos de su Presidencia están manchados de trampa: me refiero, por supuesto, a la elección presidencial del 2006.  ¿La legitimidad tiene que ver con un “análisis axiológico para poder distinguir entre un poder legítimo y uno ilegítimo?” Hasta donde yo sé, esto es mentira: la legitimidad tiene que ver con el número de votos alcanzados en las urnas y de procesos electorales limpios y sanos, supervisados por la ciudadanía. ¿Por qué? Porque es el voto una conquista histórica, en donde el mensaje es claro: en democracia todos valemos lo mismo. Someter la legitimidad a la axiología implicaría un desbordamiento subjetivista de lo que consideramos un buen valor o un mal valor en un gobernante. ¿Cuál sería ese valor o esa lista de valores para otorgarle legitimidad?

 Bajo la óptica de Reina, y de seguir sus argumentos, nos encontramos con que ¡ninguna aspiración de ningún presidenciable es legítima hasta que renuncien a sus cargos! Hemos caído en el absurdo, en hacer de la política un asunto quisquilloso, caprichoso, sumamente histérico: andamos acechando a los que detentan cargos de elección popular y no conociendo sus propuestas. ¡Castigamos la ambición, las ganas de expresar las ideas!

El autor tendría que ser congruente con sus dichos: si van a castigar, que castiguen a todos por promocionarse. Si van a renunciar, que renuncien todos. Hay que abrir los ojos para que la camarilla de las ideas que no embonan o resultan incómodas con nuestra posición política sea suprimida sin un examen previo de crítica, sin el cariz necesario de la agudeza, sin la fabricación necesaria del debate, sin el taimado encuentro entre una buena idea y una posición política.