martes, 5 de julio de 2011

Lodo

Por Guillermo Fajardo.

Van por el camino equivocado: lucen adormilados, como si once años fueran suficientes para ellos. No se les ve ganas de mantener el poder, no se atiende por ningún lado el aliento del empuje y sí, en cambio, el susurro devastador de la sumisión. La manija se atoró, el grifo de agua se vio súbitamente cortado, las neuronas de la estrategia, suprimidas. Mal candidato. No soltaron ni un rasguño en la campaña. No se vio el arroje que alguna vez mostró el Presidente, tampoco la feroz oposición que mostraron durante años. Para el PRI la campaña fue un día de campo, una especie de caminata en donde el corredor principal ve como sus émulos son un ciego y un gritón. Peña Nieto, blindado: vivirá de la coraza que el PAN tuvo a bien darle. Los priistas hicieron bien el trabajo: callados, esperaron a que Vázquez Mota decidiera ir por una candidatura que perderá, y que López Obrador saboteara dentro del enclenque y abigarrado PRD, la alianza. La elección más importante del sexenio no la supieron definir: por un lado, por el purismo de sangre azul que a ratos parece comprometerse más por el sueño idílico de la santidad y los fantasmas presentes de su historia de ser una oposición sólida; también, por la extrema preocupación de castidad política en su propio desarrollo y la insuficiencia partidista de liderazgos fuertes.

Luego, la confusión empobrecedora que siempre ha complicado a la izquierda y la vibración que excita a los que viven del pasado: López Obrador y su plan que no embona en ningún lado, excepto, claro, para él. A los tricolores se les ve contentos: Videgaray (y varios priistas de calle) aceptan la compra del voto. Qué importa mientras alcemos la mano y conozcamos, nuevamente, de compadrazgos: la democracia anulada, esquematizada en nodos donde las relaciones y las posiciones políticas surgen por y desde la ilegalidad, el cinismo, las mismas ganas de hacer las mismas cosas. Sus militantes lo aceptan: son pequeños portadores de las enfermedades de sus dirigentes. Tiemblen: Peña Nieto Presidente, Manlio Fabio en Gobernación, y la caterva de víboras en el Gabinete ampliado: Fidel Herrera, Mario Marín, Ulises Ruiz, Humberto Moreira. Y si muchos aceptan la derrota del PAN como la entrada tácita del PRI a Los Pinos, entonces hay que dar media vuelta, aplaudirles, y comprometernos con sus profecías de iluminados. No saben que en política las calmadas aguas de la disciplina y el ritmo estructurado hacia una elección caen de un día para otro. Pero al PAN tampoco hay que concederle su papel de víctima: con siete precandidatos, una política y un discurso cada vez más desgastados, y un electorado harto y ansioso, el partido se encuentra en las postrimerías de la risa y la compasión. Hoy el partido no espanta a nadie: tal vez solamente frente a un espejo. Las moscas se instalaron en el molde que trae sus siglas. El acrónimo del panismo está mal planteado: ¿acción? ¿dónde?. El PAN tiene que elegir ya a su candidato y no esperar a los tiempos oficiales, como si estos le fueran a dar al ungido la popularidad que Peña Nieto adquirió durante seis años. Gustavo Madero parece tranquilo, siempre con un aire de sapiencia, dando cátedra de tranquilidad, esperando tiempos mejores bajo la lupa quisquillosa del futuro. No se le ve presuroso. Quién sabe si tendrá la consigna de la paciencia, el porte elegante de los sabios o tal vez el embelesamiento provocado por su mundo intemporal vestido, trágicamente, de aire. Y del PRD, ni hablar: desde su fundación han traído el lastre de liderazgos que se acercan más a una secta de mosquitos que pululan alrededor de un foco intermitente, lleno de cortocircuitos y caprichoso en cuanto a su voltaje. ¿Qué esperar? Absolutamente nada. Si el PAN no adquiere conciencia de su propia historia caerá sumido en la desesperación. Si el PRI y sus militantes siguen creyendo que ganar elecciones a como dé lugar está justificado, puedo asegurar que el cuerpo de la democracia se encuentra envenenado y al borde del colapso. Si el PRD quiere convertirse en una izquierda seria, que supriman a López Obrador y purguen a los arribistas. La mayor desgracia es que si nada de esto sucede, tampoco pasará nada. Nos alzaremos de hombros esperando una mejor oportunidad. Una coyuntura tan violenta y desgraciada que mueva los cimientos del país. Esperando con ánimo resignado, nadando en las aguas de la oportunidad sin dar el salto al vacío, bordeando los muros de la vergüenza: los mismos que ayudamos a construir.

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