Por Guillermo Fajardo
Fue Cordero, desde hace tiempo, el que lo invitó a debatir. Marcelo Ebrard lo acaba de hacer. Al primero lo acusan de querer montarse en su popularidad. Al segundo aún de nada, pero pronto sabremos. Los políticos no tienen prisa. La sociedad no quiere y no le interesa. Ahogándonos en lodo; respirando el aire quemado de la podredumbre democrática. Contando números y burlándonos de los candidatos. Así se vive la democracia en México: hay que esperar a los tiempos oficiales para debatir, ¿para qué hacerlo ahora con tantos precandidatos? ¿A quién le puede interesar el afluente tonto de opiniones? Esperando y viviendo felices en el crónico mal de decidir dar nuestro voto a última hora. Cargando los pesados fardos en donde el sistema confía en el voto informado y razonado sin hacer esfuerzos para promoverlo. Pretendiendo caminar en la dirección correcta, creemos que las palabras y el intercambio de ideas debe de suceder en un momento en el futuro, bajo el terrible y estricto escrutinio del rating, el maquillaje, las reveladoras luces y los dos minutos de respuesta y los treinta segundos de contra respuesta. Así, el enamoramiento que supone las elecciones con los votantes se diluye, se destruye: es absorbido por la oportunista tormenta de lo no esencial. A nadie parece importarle que el muro certificado del silencio se imponga sobre las bienintencionadas costumbres de un debate. Yo quiero verlos hablar francos, directos, sin tapujos. Algunos piensan que eso hay que hacerlo cuando la televisora lo permita y los candidatos lo sean. Creen que el conocimiento transparente de los precandidatos supondría una irrisoria y vergonzosa tradición de confusión. ¡Dios, no! Mejor solicitar de ellos la bonita costumbre del saludo a la fatigante tarea del pensamiento. Mejor la simulación orquestada de las propuestas a la sana consecución de escuchar para elegir. Hablando de las “reformas necesarias” de “impulso modernizador” y de una excelente carga de “proyecto de Nación”, los ciudadanos siguen sin exigir que los políticos pasen por el filtro de la inteligencia y el compromiso. Tampoco es que el debate solucione todos los males, pero sí informa de los que pueden venir. Como no son candidatos no hay prisa; como aún no hay piso para decidir que no hablen; como aún falta mucho para las elecciones que no propongan. Así, el puntero en imagen es el puntero en intención de voto. Nadie sabe decir bien a ciencia cierta qué es lo que ofrece. Pero así vivimos tranquilos. Deseosos de aspirar la inanición del cuerpo democrático o su completa muerte, esperamos sentados que los seis años que vengan sean mejores. Rezamos para que alguien preparado llegue y conduzca bien al país. Lo primeramente importante es opinar de lo que creemos sin tener el primer ladrillo de la construcción. No sabemos qué nos van a pintar pero estamos seguros qué colores usarán. La ciudadanía no quiere tener bocetos que nos indiquen el camino que se podría seguir, sino un cuadro vomitado y resumido de lo que hay. Pero para ese tiempo no habrá tiempo de cambiar.
La noticia de la invitación al debate pasa en medio minuto en los noticieros. Después se difumina y se olvida, pasando por un abstracto de ideas y de la espesísima niebla del tiempo en la televisión. No nos sentamos a pensar lo importante que sería un debate ya, entre precandidatos. ¿Para qué si nadie los va a escuchar? ¿Para qué si aún no son candidatos? Los mismos que se quejan de la opacidad gubernamental la promueven. Las opiniones que se escuchan en la calle vienen inoculadas con el virus de la desinformación. Lo que creemos de cada aspirante es lo que creemos que es un partido o una ideología. Lo que escuchamos pasa por el filtro de los rumores y las pocas ganas de la participación. Los asnos que rebuznan no están tan lejos. Una democracia es impulsar el pensamiento multicolor para ver en qué dirección soplará el viento. En su lugar tenemos los suspiros de hartazgo de una población que no sabe a dónde virar porque no sabe a quién escuchar. Y así, esperando una mañana que no llega, las elecciones de julio estarán sobre nosotros. Los seis años que vendrán habrán sido elegidos por la imagen que más confianza inspire, y no por las ideas que mejor respeto impongan. No es que México no camine por los malos candidatos que se presentan: no es posible no tenerlos. El país seguirá en las mismas mientras el voto siga siendo para líderes inflados de aire, para cadáveres que se contonean cuando de la lealtad al partido surge la crucifixión del buen gobierno, para funcionarios ávidos que toquetean las faldas y las piernas sin acariciar el pelo; que quieren el beso sin medir el futuro; que meten la mano sin esperar el momento.

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