domingo, 2 de octubre de 2011

Lo que el imbécil del Presidente dijo

Por Guillermo Fajardo

No sea si sea un mal o el hecho de hacernos sentir bien. Cuando los ciudadanos se expresan del Presidente, Secretarios, Diputados, Senadores o casi cualquier integrante de la Administración Pública lo hacen en un tono socarrón. Por alguna extraña razón les parece difícil no burlarse de ellos cuando emiten una declaración, por seria o respaldada que esté. Las enigmáticas risillas; los labios que se arquean; las cejas que se mueven. El que con más garbo exprese la mejor ocurrencia será bendecido: quién mejor los caricaturice más sabe. Enjabonados de la más pura suavidad de la empresa del chiste, hacemos gala de nuestro ingenio despreciando y arrastrando la figura presidencial. ¡Al fin y al cabo todo mundo lo hace! ¿Quién le puede creer a ese señor que cometió fraude? ¿Quién le puede creer al culpable de tantas muertes? Después de cinco años de risa, la senilidad de las bromas se desgasta. Cada vez más abocados a lo mismo: pintar al Presidente como un enano autoritario, decirle borracho sin la más mínima prueba, asesino sin el más mínimo pudor.   Las reglas de la convivencia diaria no aplican para el Presidente y sus huestes. No se me escapa lo que pueden argüir: es verdad que, al ser figuras públicas, ni la ley ni la opinión pública pueden ser tan laxos con ellos. Pero sí deberían ser objetivos.
A México no le hace faltan mejores leyes, tampoco un cambio de tuerca en la Administración, ni siquiera mejores controles de transparencia. Al país le hace falta una sociedad decente, unos buenos ciudadanos y un buen curso de valores cívicos. El endurecimiento constante de la crítica provoca que las ideas se anclen en las piedras del salvajismo; en la saliva corrosiva de la estupidez: pegados igual que bacterias a los tejidos. Lo que los ciudadanos quieren es respirar sin ser mordidos. Lo que provoca la feliz desintoxicación de nuestro cuerpo es desentendernos de la información. Así, la importancia del debate o la confrontación de ideas se ven suprimidas por la hostilidad hacia las figuras de poder. No pretendo alzarle al Presidente un altar: solamente quiero una crítica justa, que esté bien enmarcada en la realidad o en las bases bien solidificadas de la información.
Al entrevistar al diputado Fernández Noroña acerca del supuesto alcoholismo del Presidente (entrevista que pueden encontrar en este espacio) me respondió con total seguridad que, “todo el mundo lo sabe”. Bajo esa premisa, los rumores y los susurros serian ciertos. Bajo esa premisa, el trabajo periodístico consistiría en simplemente registrar lo que la población cree saber. Bajo esa premisa, la emboscada propinada por la intolerancia, la desinformación y el desacierto estaría justificada bajo cualquier circunstancia.

A los ciudadanos les parece fácil mantener la acusación sin prueba alguna: es la patología más perversa de una sociedad podrida por sus propios hábitos de astucia, fervor a la crítica y amor a la sordera. Las maletas de la estupidez llenadas de buenas conciencias pero también de venenos furibundos. Los pacatos y pazguatos en primera fila, opinando acerca de lo que creen pero no pueden comprobar: verificando con la santidad que les da el ámbito privado las buenas o malas respuestas de sus funcionarios. Cuando se les confronta, los medrosos desaparecen bajo ninguna excusa. Pronto vuelvo al escenario cuando algo les causa comezón o hinchazón.

Esperamos tanto de la democracia sin ser demócratas. El ciudadano es la base del sistema. Su responsabilidad es exigir cuentas sin demorar la suya; alzar la voz con la coherencia en su boca; conducirse por el camino de informarse sin ocluir el resultado de la síntesis. La simulación que ocurre en la Cámara de Diputados se registra por los medios de comunicación, pero no la que se presenta todos los días en la calle. La lista de cuentas pendientes por parte de la política es larga, muy larga. Pero la enumeración concienzuda de lo que nos falta como ciudadanos no la veo por ninguna parte. Ahí, diluyéndose todos los días, México pervive gracias a las buenas bromas que tan a bien tienen a darnos todos los días. No hay exigencia democrática a los ciudadanos; la apatía no se registra en ningún lado: nadie habla de ella porque no atrae votos y nadie quiere recordarla porque no nos trae beneficios. La impericia ciudadana aglomerándose bajo la cama; los grandes eventos sociales opacando a las grandes responsabilidades públicas; las moscas que creamos alimentándose de nuestra desidia. Somos impúberes en términos democráticos: esperamos de nuestros padres que nos dejen salir sin buenas notas; que nos den dinero sin saber donde lo gastamos; que mantengan abierta la puerta, sin saber si vamos a llegar. La esclerosis atacando todo el cuerpo democrático. Los ciudadanos siguen en la postura de exigir y de broncearse con el sol que les llega de la comodidad. Simplemente burlándose y atrayendo hacia sí la feliz reputación de la que goza la sociedad civil, como si ella fuera a librarnos de todos los males. Sí, como no.

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