domingo, 28 de agosto de 2011

Laura


Guillermo Fajardo

Me parece ingrato para con Thomas Hobbes escribir lo siguiente. Pero el apremio para dar por concluido este asunto me lleva a forzar su visita. Este filósofo inglés basó su teoría del contrato social en el miedo: un miedo inconmensurable en donde los hombres, ateridos desde la raíz y confundidos por la falta de resguardo, se pertrecharon por medio del contrato social. El miedo sería desterrado, aniquilado y dejado a surcar las orillas de nuestra voluntad, sin permitirle meterse a nuestra playa, a nuestro territorio. Anatomía de una sociedad dividida; localización precisa de lo que mueve a los hombres; fascinación inaudita por corromper el postulado del bien y fragmentarlo para recibir de lleno al temor: incluso el más fuerte, cuando duerme, es vulnerable. Ahí está Cromwell ejecutando al rey. Hobbes nació en 1588, en Westport, Inglaterra. De eso ya 423 años. Y sin embargo, sus postulados, inmarchitables y compañeros de su propia vida (él decía que era hermano del miedo) permanecen vigentes. Y es aquí cuando doy un salto de fe: una especie de vendaje que me pongo en los ojos para escribir. Vivimos corrompidos por el desastre chocando con el capricho: a veces nos toca presenciar una violencia inaudita; otras, un cinismo como una línea de lápiz borrada cada ciertos centímetro y desde donde se presenta el abismo que va a caer hasta el final de la página; y luego, la indiferencia y la omisión caminando con la irresponsabilidad. Las posibilidades de comprender en nuestro mundo plural y multicultural, son escasas. Mejor favorecer la entrada a la tolerancia a escribir con mayúsculas la palabra “verdad”. Mejor adormecerse y complacerse en la comprensión, a defender, cargados con la aprensión, de ideas extremas y absurdas. Y, sin embargo, aquí estoy haciendo un juicio.

El famoso programa de Laura Bozzo, “Laura en América”, se erige como postulado santo en medio de la maldad. Igual que el diccionario que nos aclara el significado de una palabra en otro idioma. Igual que el separador de páginas que nos dice donde estamos. Similar al político que pone puentes pero no libros; aplausos, pero no microscopios. Lo superficial combinado con lo supuestamente necesario. La superioridad moral del programa está imbuida y empapada del miedo que provoca en su audiencia. El Tribunal del Santo Oficio regresa auxiliado por la pobreza, las luces, el maquillaje y la ola de ignorancia. Basada en hechos pasados y porciones de rampantes videos de dudosos investigadores, Laura se sube al púlpito para aleccionar. Hay buenos y hay malos. Hay vencedores y hay perdedores. No hay posibilidad de defensa. Nunca un guiño de esperanza. Jamás una lección gratificante. Es la violencia y la descomposición legitimada por una mujer rubia, alta y voluptuosa frente a la indiada morena, apática, ignorante pero cínica. Ella, el sol radiante, signo luminoso de perfección guía a la borregada que aplaude y se indigna ante lo que sus ojos ven, y sus oídos escuchan. Flagrante ruptura de la sociedad: prostitución, violencia familiar, lesiones, extravagancias. Todo ello comprimido, diluido y vomitado en una hora. Problema resuelto: démosle un carrito para que venda comida. Increíblemente, primer acercamiento victimológico televisado. No solamente a exponer a las supuestas víctimas, pero a corregir a los odiosos delincuentes y darles su lección frente a las cámaras. El espectáculo del miedo enraizado en un bloque de conciencia y de voces supeditadas a la conductora. La cita del aleccionamiento cada tarde por Televisa. En lugar de educar para prevenir, castigar para exponer. Los castigos físicos desterrados para dar paso al suplicio moral, a mancillar el poco honor que queda y la mucha imaginación que sobra. El pacto social de Hobbes medido en rating y ganancias: nos unimos en torno a la rubia porque ella, soberana, tiene el monopolio del discurso, la experiencia para verificar y controlar el mal, la astucia y la sensibilidad para calmar. El miedo nos vuelve a unir: el más fuerte tampoco puede dormir tranquilo. Por eso hay que cederle el monopolio de nuestras desgracias. Por lo mismo hay que abatir a los infieles con el vehemente látigo del bien. No necesitamos más de unos minutos para desenmascarar la mentira. Qué importa lo que lo llevo a ser así. Qué importa su pasado: vale más su falta.

No nos sorprendamos que la violencia que impera en el país no sea fruto, solamente, de la estrategia de Calderón. Tirar basura, pasarse el alto, robar, secuestrar, asesinar. No es una cadena causal estricta, aunque sí rastreable. Laura polariza, exalta al crimen y lo condena sin resolverlo. La audiencia juzga pero nunca es juzgada. No hay exámen autoconsciente. Muestra la realidad, sí, pero no la explica. La pobreza intelectual, el sub desempeño emocional nos conducen al camino de trivializar la ley. Laura en América es un programa pernicioso porque enciende los ánimos de por sí nerviosos del público. Provoca que sigamos en las mismas porque no nos van a exponer. Los malos están del otro lado del televisor, sentados en el banquillo de Laura, con los dedos  señalando hacia ellos y el peso de las miradas en su contra. Nosotros solamente vemos, juzgamos, negamos con la cabeza y condenamos. Ahora podemos dormir tranquilos y ver a los otros, a los que nos hacen daño. Carajo, y pensar que esto es un problema de drogas.

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