Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque. En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.
Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI. La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

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