sábado, 30 de julio de 2011

¡De rodillas!

Por Guillermo Fajardo

Hay algo que no me sigue gustando de Javier Sicilia. Es verdad que su movimiento por fin ha puesto a los legisladores en una situación inédita: la rendición de cuentas. Es verdad que las víctimas necesitan ser estudiadas y abrazadas. Es verdad que por fin vimos a un Presidente dialogar con un ciudadano. Todo esto cae sobre el mórbido colchón del esfuerzo, el sacrificio y el recuerdo. Todo esto gravita en la órbita del idilio franco y conduce a la supresión aplaudida de la acedia; a la inclusión de la abulia en la lista de lo indeseable; a la activación de la mecha ciudadana. Por fin un escalón de sinceridad. Un grito que germina en el silencio. Una rampa de esperanza.

Creí que el encuentro sería igual que con el Presidente Calderón: la fluidez de las palabras en un plano horizontal. Pero me encuentro con algo acartonado, artificial, que roza en la sinrazón: Sicilia exigió a los legisladores que pidieran perdón. No solo eso, sino que llegó con Julio César Márquez, el padre de uno de los niños muertos en la Guardería ABC, con Jesús Lara Chivarra, representante indígena y también con Atzelbi Hernández, representante de ¡los jóvenes rechazados de la educación media superior! Aquella combinación de personas me pareció un conglomerado estrafalario de oportunismos y propuestas no satisfechas. Si bien tragedias y asuntos inconclusos, el Diálogo por la Paz debe concentrarse en su objetivo. Ya hace tiempo en un artículo que podrán encontrar en este espacio ("El resultado de lo efímero"), lo había advertido: la profusión de acontecimientos no deja que nos concentremos en uno solo. En su intento de beso colectivo, Sicilia encuentra a todos los insatisfechos como papeletas dignas de firmar. Todos entran y todos tienen una oportunidad para hablar, criticar y rechazar. Ahora es intocable. Quién se atreva a negarle el paso al Congreso, a criticarlo o a denostarlo, está acabado, pero no por él, sino por el movimiento que encabeza. Que no se pierda de vista que esto es algo que, por supuesto, él nunca quiso: en ese sentido Sicilia sigue siendo el ciudadano común y corriente tocado por, letras más, letras menos, el destino. La palabra fortuna de la que hablaba Maquiavelo exigía domarla y seducirla igual que a una mujer. Y Sicilia no lo ha entendido. Y no la ha podido tocar porque el atrabiliario líder sigue pensando en su dolor. La moderación no entra en su discurso, y en el de ninguno: México sigue pisándole los talones a la democracia. Si por todos fuera, se eliminarían a los Diputados, Senadores, Secretarios y al mismo Presidente. Vivimos en lo que Silva Herzog advirtió hace ya mucho tiempo: “Cuando se venera a la sociedad civil como deidad, se rinde culto a una mentira. La sociedad civil no es el reino de la pureza ciudadana, de la misma manera que el estado no es el imperio del mal”. Líneas más adelante, escribe: “Si algo caracteriza el infantilismo democrático es la aversión a las instituciones públicas”. Queremos ya un Reforma Política sin darles su justo lugar a los políticos. Creemos que con la participación ciudadana y de un plumazo todo esto acabará. Confiamos a ciegas en la idea del ciudadano bueno y trabajador, y en la imagen del político corrupto y apático. Estamos dando un salto de fe. Pero a nadie parece importarle. Y en esta vorágine, tormenta emocional que recorre sus vértebras machacadas, confluye y expresa lo siguiente: en exigir que pidan perdón. Josefina Vázquez Mota, con esa sonrisa que desafortunadamente nunca la deja, dijo: “Yo me sumo a los perdones que aquí se han pedido y también pido perdón por no estar a la velocidad que los ciudadanos merecen y exigen. Y pido perdón porque escudados en un fuero legislativo que los ciudadanos no tienen, en ocasiones se hace acopio de la violencia verbal y se renuncia al diálogo y al valor de la palabra que como bien decías, es el valor de la persona”. Aplausos y lágrimas que no pueden sino entenderse. Abrazos y cabezas gachas que no pueden sino codificarse en un lenguaje simple pero voraz. La antropofagia legislativa combinada con los balidos de la montaña. El sonido gutural del dolor combinado con el pasmo legislativo. López Obrador encarnado: en vez de votos pide sumisión; en lugar de tapar Circuito Interior atora la carretera del diálogo horizontal para imponerse; en vez del entendimiento con los amos de la retórica la inclusión del discurso moral superior para aleccionar. Y lo vuelvo a repetir para que a nadie se le pongan los pelos de punta: la muerte de su hijo no es algo que le debía de haber ocurrido. No se lo deseo a nadie. Pero de ser congruente con sus dichos, entonces también debe de emplazar a la ciudadanía. Porque los hábitos también merman la democracia: el ciudadano que tira basura; el que da mordida; el que se estaciona en un lugar inadecuado. Les puede parecer estúpido, pero la consecución de actos pequeños conduce a la trivialización de la ley; al dogma podrido de alzarnos de hombros; a los ojos que se cierran; a la situación en la que nos encontramos. Toda una institución calificada con la legislación siciliana: todos deben pedir perdón; todos ustedes son los culpables de todo. No quiero volver a repetirlo: no hay que engañarnos ni apuntar fácilmente el dedo acusatorio hacia el Congreso porque nos parezca fácil. El río de la comunicación exige inclusión. Sicilia exige a los legisladores no haber sido profetas: si hubieran pensando antes, si hubieran legislado mejor, si hubieran atisbado que íbamos a tener 40,000 muertos no estaríamos aquí. Sin ambages, el facilismo ciudadano está bien cubierto por una mancha intoxicada por la feliz reputación de la que goza la sociedad civil. Nosotros vivimos tranquilos porque estamos seguros de haber contribuido a lo que el país exige de nosotros. Simplemente no haciendo nada, condenados a esperar las gratificantes vacaciones, el insípido objetivo que nos trazamos cada fin de año y el aplomo que adquirimos (y que creemos gratuito y pensado desde la objetividad) cuando hablamos de política. Así, el movimiento de Javier Sicilia se ha convertido en el vertedero de tubérculos y parásitos inconformes. La muchacha virgen que fue la democracia no ha sido violada pero sí bien manoseada. Sicilia mostró su rostro autoritario. Pero lo peor para la democracia no es eso: así como es un lugar común afirmar que el peor enemigo del amor no es el odio, sino la indiferencia, podemos afirmar que la jugada contraria a la democracia no es la dictadura, sino el conformismo. Por un lado tenemos un movimiento exacerbado y desbordado de emoción. Por el otro, una sociedad que ve en sus acciones una neutralidad y amoralidad que a nadie sorprende por su falta de crítica. Esta combinación da como resultado un monstruo plúmbeo que apenas se mueve pero que se eriza y ataca al primer contacto. Los políticos nada más ven con asombro tal creatura.

Igual que un polvo blanco puede ser confundido con azúcar, detergente o cocaína, la democracia puede mutar en demagogia, dictadura o representación. Yo también emplazo a la ciudadanía: quiero que se manejen con inteligencia, quiero que dejen de creer en su santidad como signo infaltable de democracia, quiero que dejen atrás la superioridad que emerge de la soberbia, quiero que pidan perdón.

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