Por Guillermo Fajardo
Nada más humano que nuestros olores. Nombrar lociones, jabones o aromatizantes se ha vuelto tarea difícil. Las emanaciones de nuestros cuerpos sugieren nuestras actividades e incluso la hora del día. Es más: en la muerte nuestros olores nos siguen delatando. Conforme el día pierde vigor nos vemos atenazados por el síntoma corriente de las horas: el sudor, el ajetreo de los músculos, la innata capacidad del cuerpo para otear lo que vendrá: una ducha diaria o la confrontación de la piel con algún supresor de pestilencias. Así somos todos, así vivimos.Es cierto que el comentario de Carlos Talavera es políticamente incorrecto. A pesar de que nombrar es y será un regalo del lenguaje hay temas que, hoy día, hay que tocar con suavidad, murmurando, agachados. Nombrar lo indecible o lo maldito está condenado al frío calabozo del desprecio. Pero señalar y palpar lo inmediato no debería ser reprochable. Ya no es correcto decir viejo sino persona de la tercera edad; ya no idiota sino personas con capacidades especiales. ¿Es incorrecto que diga que un sordo no puede oír? ¿Qué un ciego no puede ver? ¿Qué un niño no razona como un adulto?
¿Estaríamos ante la misma reacción de enojo, sensibilidad y respeto a los derechos humanos si Carlos Talavera hubiera usado la misma expresión en un salón lleno de intelectuales? ¿Y si en él hubiera estado Carlos Slim; Carlos Fuentes; Felipe Calderón; el Cardenal Norberto Rivera y Enrique Peña Nieto? Fácil: el raudal de carcajadas; mentadas de madre; señalamientos y uno que otro corte gracioso. Como si la pertenencia a un grupo minoritario nos hiciera dignos de portar el mote de seres humanos.
Pero no es un futuro alternativo el que es analizable, sino la maquinaria encendida de los olvidadizos; de esos que, de pronto, recuerdan que los indígenas existen y que no tienen agua potable o servicios básicos de salud. Se indignan desde sus portentosas máquinas y mandan en redes sociales su indignación. Pero este miércoles la historia será otra: a Talavera lo engullirá el día de mañana y la absurda cantidad de noticias en los medios. Será necesario que algún otro impreciso nos recuerde la existencia de grupos vulnerables. No me molesta tanto el comentario como los que se indignan sin más: de pronto descubren su sensibilidad y su estampa valiente de defensores. Es verdad que es molesto y que es un comentario fuera de lugar. Pero los eufemismos que hoy día usamos son el cáncer que tiene al país con millones de pobres e indígenas marginados: irnos por la tangente; desviar nuestra mirada; usar palabras suaves que detengan la realidad. Esto nada tiene que ver con Talavera, sino con el fenómeno claro del plebiscito hacia una realidad empobrecida y a un activismo raquítico por la flaqueza de nuestras convicciones. Somos expertos en olvidar y ávidos testigos para señalar. Apenas conocemos el error y saltamos a disparar las balas. Pero, ¡cuántas veces lo he dicho! Mañana será otro día. Los que creen que se rasgan las vestiduras hoy descubrirán alertados que las siguen teniendo puestas. Y es que creen que un mensaje bienintencionado en las redes sociales o la adhesión electrónica a una causa contribuyen a formar un mejor país. Falso. Es verdad que el discurso ayuda a cambiar al mundo más que ninguna otra cosa. Pero tiene que ser uno bien articulado, constante y coherente. Los que atacan a Talavera tan impetuosamente es para dejar claro que su conciencia está limpia, que su culpa ya se diluyó y que mañana ya vendrán otras cosas en las cuales pensar. Mientras tanto esperemos en nuestros sillones acolchados; en nuestros mullidos y calurosos retretes y en nuestras amplias camas a otra noticia que nos mueva la conciencia. Ya saben: indignaos del mundo: esperad.

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