Por Guillermo Fajardo
Luis Videgaray escribe un timorato, vacío y enclenque artículo acerca de las deudas públicas de los estados de la Federación en la revista Nexos de este mes. Cómo un susurro y una sombra, y como ejemplo de perfección, dice que la administración de Peña Nieto bajó su nivel de endeudamiento; que las deudas públicas de los Estados no representan un riesgo a las finanzas nacionales y nos compara con Brasil y Argentina para hacernos saber que los estados de estos países tienen un mayor nivel de endeudamiento que el nuestro. Presenta elocuentes gráficas y ¡pide que “se obligue a los bancos a evaluar el riesgo crediticio y la capacidad de pago de las entidades federativas”! No toca, por supuesto, el problema que representa el poder exacerbado; la supresión de la división de poderes en los Estados y la opacidad de muchos de ellos a la hora de presentar sus deudas. Aquí no se trata tanto de si la deuda pública implica un problema para la Nación; tampoco si debe de haber una mejor regulación o si las transferencias federales deberían ser menores. La ferocidad y la obesidad por el dinero se han convertido en un asunto que traspasa el velo de lo técnico para instalarse, cómodo, en el sillón de la moral; de una nueva actitud; de un federalismo responsable. El problema está en que el Gobernador Moreira no abrió la boca para hablar de su deuda y que poco le importó al partido dar una explicación.
El nuevo PRI es el que arropa: la única condición es ponerte la camiseta; es el que promueve la unidad que nada y se da baños de pureza y que ataca y acusa de morbosos a quienes los critican; el que quiere la cláusula de gobernabilidad anulando los esfuerzos de la pluralidad; el PRI que se cierra a las candidaturas ciudadanas; el PRI de la Ley Peña y el partido que presume un cambio de piel y una nueva tonalidad ahora sí acorde con el presente con tan solo abrir la cortina y presentar a Peña con un excelente trabajo dental y un concentrado, repetido y hermoso romance. La hediondez que emana de una buena estrategia televisiva inflada de aire. El horror a la hora de salirse del guión. El temblor y la taquicardia a la hora de pensar. Y es que los números que arrojan las encuestas importan más que cuestionar al puntero en imagen y olvidarse de Beltrones. Curiosamente, éste último es el que parece darle una nueva cara al priismo, una bofetada que los menos excitados por llegar al poder columbran desde lejos, oteando las orillas de la moderación y de la modernidad.
El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.
El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.


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