Por Guillermo Fajardo
“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.
Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.

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