domingo, 4 de septiembre de 2011

Repeticiones


Por Guillermo Fajardo

Imposible no estar de acuerdo con el discurso del Presidente. En él, el universo de la retórica delimita perfectamente bien la orquesta que, con la precisión de los expertos, le da a las palabras una calificación coherente y armoniosa. El ritmo va bien marcado; las direcciones del director son bien entendidas; la tenacidad de los músicos aclamada. No va a claudicar, nos dice. Va a escuchar a la sociedad, como lo ha hecho. Va a vencer a los criminales, como siempre nos recuerda. El problema no es de esta administración, explica. Todo esto es verdad. Sin embargo, la parcialidad en las explicaciones deriva en la siniestra fórmula de reducirlo todo a un pie de página, apenas a una nota aclaratoria para deleite del lector confundido. Nada peor que las ideologías para calmar las procelosas aguas de la opinión pública y la seguridad ciudadana. Polarizar para obtener aliados. Delimitar para simplificar. Señalar para excluir. Démosles agua para calmar la sed. Cojan el paraguas y apriétense ahí abajo. Denles juguetes para entretenerlos. El esclarecimiento del porqué la cultura del narco; del porqué las ingentes sumas de dinero que genera; del porqué surgió como un problema de seguridad nacional y del porqué los osarios de la estrategia se vuelven a llenar de huesos es sumamente complicado. Es cierto que Estados Unidos vende armas a México. Pero también es verdad que esas armas no se usaron para incendiar el casino. Es verdad que la extraña e intratable manía del desapego y la desconfianza no es culpa del Presidente. Pero también es cierto que los muertos lloran desde atrás. Es verdad que los Estados siguen reflejando su preocupación por crear puentes y estructuras gigantescas y dejar al margen la profesionalización de las policías. Pero también es cierto que la estrategia fue planeada al vapor.

En los matices caprichosos de la vida, las soluciones están casi siempre en la conciliación y en el oído atento de los dialogantes. El Presidente insiste en no claudicar y en escuchar, pero no en regresar, pues piensa que eso sería derrota. Es un hombre valiente aunque presuroso. Está decidido a dar resultados y vislumbrar la continuidad de su partido. Obsesionado con derivar de su estrategia puntos que aclamar; inducido a dar por anticipado cifras que lo sostengan, cae en la irremisible falacia de empujar sin ver quién lo ayuda. El desportillado cajón de las ideas está metido entre tantos papeles húmedos y crujientes por el tiempo. La sociedad se involucra poco: hay algunos que alzan la voz para exigir, pero las gelatinosas palabras vuelven desde donde volvieron: la boca y mente del interlocutor. Igual que Calderón, esos pocos señalan, apuntan, su boca cargada de verdad, la ética superior del activista, la laboriosidad bien vista del denunciante, la victoria a priori del crítico. Todo el discurso del Presidente está envuelto en un fino paño de empatía que se resquebraja cuando lo sacas a la lluvia. Vive insistiendo en el discurso triunfalista (parte necesaria de todo Gobierno) pero atascado en las puertas de la intransigencia. Hambriento de triunfo no dudo que algún día llevaría a desintegrar a los criminales, pero al costo de una sociedad llena de evocaciones por una paz suprimida y por el olvido inminente de la política y sus mañas. A nuestros votantes  no les importa la corrupción de sus gobiernos: ¿por qué votar por el hermano de quién te dejó endeudado? ¿Cómo explicar que Peña Nieto vaya en primer lugar en las encuestas? ¿Cómo entender el poco repudio hacia los actos de corrupción no cada vez más frecuentes aunque sí más expuestos? Pocos son los que claman por un giro en la estrategia. Aún menos los que sueñan con mantenerla. La súper inclusión del conflicto en ciertos sectores, provoca que la desinformación supere aquellos que no conocen o escuchan lo que sucede.

La creación de la Procuraduría social para la atención a víctimas es la primera semilla de exigencia convertido en realidad. Las pruebas de control de confianza en todo el país es un segundo paso bien pensado. La creación de Centros de Adicciones es virar en la dirección correcta. No tanto pedir por más infraestructura militar sino adormecer el cáncer. No escuchar los huesos romperse pero ubicar el dolor. No sirve defenderlo si la coyuntura del presente se ve atestada de nudos demagógicos o de grandilocuencia continua. El discurso del Presidente es bien recibido y aplaudido, es necesario y hasta entendible. Insiste en el diálogo pero creo que no sabe bien a donde voltear. La sociedad forma parte del problema aunque no quiere ser la solución. Vociferando adjetivos desdeñosos hacia los criminales y esporádicamente recordándonos que Estados Unidos vende armas a México, el Presidente grita desesperado por alguien que lo entienda. Vivos o muertos, eso ya da igual.  

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