domingo, 23 de octubre de 2011

Gerardo

Por Guillermo Fajardo

Casi lo he llegado a admirar con la reserva que suponen los ídolos. Nada en la vida carece de una explicación. Yo supondría que se trata de una bien alimentada, edulcorada, envanecida y palomeada estrategia política. Tiene un discurso vehemente, alocado y furibundo. Les robaron la presidencia. Tienen a un criminal, dice, en la Secretaría de Seguridad Pública. El Presidente es vituperado y corregido en cada una de sus declaraciones. No sé si se trata de demagogia exacerbada, de un guión bien amaestrado o simplemente de una convicción tan profunda que tiene las raíces colmadas de agua. En las comparecencias de García Luna y Lozano hizo lo mismo que ha hecho los años pasados. La democracia abriendo de brazos a los que en una frase tienen mucho que decir sin decirlo. Los calificativos embadurnan las palabras de grasa para caer, fáciles, en el tobogán de los extremistas. Adjetivos que inflaman; palabras alocadas y descalificaciones torpes, burdas aunque efectivas. Es un político de culto. Tiene aficionados que darían la vida por él. Quema las sesiones; las llena de gasolina y deja un fósforo encendido. Pareciera que no lo hace a propósito y que su elocuencia a la hora de culpar es síntoma de lo mal (piensa) que lo ha hecho el Gobierno Federal. Es el primer perro que escucho que ladra y que se le entiende. Es el primer político congruente: nos guste o no, su exacerbado discurso colma de lava lo que antes fue verde; con su saliva desgasta lo intocable; es temerario hasta el extremo. La localización de su voz la encontramos fácilmente en la Cámara. Los susurros y los murmullos no son lo suyo. No quiere construir misceláneas sino catedrales. Se sube al púlpito y acusa de lo que sea al PAN o al PRI. Todos los que están en su contra son “empleados”, “vende patrias” o “asesinos”. Ahí está el problema. Quiere radicalizar. Pone veneno en el agua y después se voltea. Les da cerillos a los pirómanos; dinero a los ludópatas; abre las puertas gustoso a los sediciosos. Insiste en la revolución. Insiste en jugárselas a todas y a todos. Se revuelca en el pantano y da vueltas, orgulloso. No es un bribón: es una piraña. No es cínico: es mordaz.

La democracia viendo como uno de los representantes de la Nación jugando a acusar sin fundamento alguno. Que si García Luna tiene casas millonarias; que si el Presidente es un borracho; que si Lozano es un ladrón o lo que sea. Lo dice con la convicción del que sabe o ha visto cosas que los otros no. Es un hombre culto, al parecer. Le gusta leer. Arrulla a sus enemigos con largos pero directos discursos. Es el hombre más elocuente de la política. Suena veraz. Qué pena que pierda su tiempo y su carrera política en el PT y en la izquierda. Estos partidos rapaces han buscado pervivir a través de liderazgos espinosos y rampantes pero inútiles políticos. Quizá sería un buen gobernante aunque populista; incendiario aunque elocuente. Exponiendo en la canícula a los que tienen sed y apartando a los satisfechos del botín. Asiste y promueve la orgía para después descalificar. Así vive la política Gerardo: se trata de alguien inteligente que pierde el tiempo del país y de la democracia en señalamientos que, si bien ciertos, también inasibles por incomprobables. Si con el mismo dinamismo, fuerza y pasión defendiera lo que realmente importa, tendríamos antes nosotros a un político de época. Está demasiado volcado en descubrir marañas que quizá no existan: cae en el típico error de la política: quiere buscar las protuberancias, las turgencias y las cicatrices donde sea, pero al costo de conseguir, simplemente, adeptos. No es descalificar y ni siquiera proponer sino moderar. El político debe de negociar y encontrar puntos de acuerdo y no en ufanarse de su propia bandera. López Obrador es un fardo que a nadie ayuda. Y el talento de Fernández Noroña ahí, en el nicho más desgastado y odiado del país. Recurriendo a los temas más manidos y controversiales. Le llegué a preguntar cuántas iniciativas había preguntado. Dijo que una. Ahí está el problema, otra vez. Ya sé que tampoco presentar iniciativas hace al buen político. Pero sí nos da una idea de su compromiso, de su tiempo para pensar en cómo mejorar y colmar las lagunas o las contradicciones en la ley. El último año de Gobierno será su año. De eso no tengo duda. Dejando caer el plomo sobre los ineptos; aplaudiendo las supercherías y aquelarres de López Obrador; gozando como al Gobierno Federal se le desgasta absolutamente todo. Buscando otra oportunidad para volver a morder. Es astuto, oportunista, valiente. Pero no avanza a ningún lado. Ahí está el problema.

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