Por Guillermo Fajardo
Por fin. Peña Nieto se abrió de brazos. Con la creación de EPN (Expresión Política Nacional) el Gobernador comienza a palpar el aire, a construir el ambiente, a propiciar su candidatura. El muro del silencio impuesto por el propio Peña no atolondraba a nadie: era cuestión de tiempo para saber que buscaría la candidatura. Se abre un boquete en la política nacional: tenemos ya el diálogo a seguir pero no a los interlocutores. Tenemos los fragmentos del futuro pero no la visión impuesta de los candidatos. Increíblemente, en medio de esta tormenta de excitación orgiástica, propiciada por los medios y la sólida popularidad de cemento de Peña, aparece el coherente Beltrones. Parece ser el demócrata del PRI, el que busca el período extraordinario, el que aplaude la proporcionalidad en el Congreso, el que busca que se ratifique al Gabinete Presidencial. Del otro lado, aparece Peña Nieto, al que se le acusa de frenar las reformas, al que se le ve con aire de sospecha, al que le causa rabia y temor las candidaturas ciudadanas. Ahora todo depende del PRI. De querer imponer o querer negociar. De arriesgarse al diálogo o de hacer migas con la imposición horizontal. Por un camino está el presentarse como un partido en donde después de las propuestas vienen los candidatos. Y es que la política no debe ser antagonismo idolátrico pero negociación frecuente. No el lugar donde se disparan las bayonetas pero donde se acicalan los generales, no donde se suprime la enfermedad pero donde se esterilizan las jeringas. Y donde las negociaciones fallan, vienen los pleitos y los insultos. Ahí es, después, donde se intentan calmar los ánimos, verificar a los contendientes. Y del otro lado tenemos la imposición. Que le lean la carta a Beltrones. Que le digan que la ruptura interna es determinante para el PRI. Y como espectadores, tenemos a los Gobernadores. Nadie se da cuenta de ellos: células monstruosas en el torrente sanguíneo que serán determinantes a la hora de apoyar o de mantenerse omisos. Quizá algunos Gobernadores no querrán a un Presidente diciéndoles que hacer, arriesgando sus territorios para apoyar una pandilla de ideas que a muchos políticos les parecen inocuas, desechables, trámites para adornar la ideología. Y precisamente aquí el Senador levanta una pregunta que levanta olas de catecismo político pero pocas respuestas contundentes para la realidad inmediata: ¿para qué gobernar? Le pregunta a su partido. Definamos el decálogo de razones, echemos luz sobre nuestros cerebros, localicemos los puntos infectados de gangrena para cortar. Peña Nieto insiste en lo contrario: primero el candidato y después el programa. ¿Habrá programa siquiera? Eso parece no importarle al Gobernador o, al menos, no ahora. Beltrones tiene una ventaja importante: recordarle a los priistas que Peña Nieto tiene fardos que huelen a muertos, a impunidad y corrupción. No hay que quitarnos el sombrero ante el Senador sino aspirar los humos de la objetividad. Y es que a los dirigentes del PRI hay que temerles. Hay en sus historias tachaduras de perversidad. Quizá Beatriz Paredes, la más inteligente entre sus correligionarios, pudiera parecer la más sensata para postularse. Pero sabemos que tiene escasas posibilidades ante el maquillaje bien pensado de Peña Nieto y el liderazgo fuerte de Beltrones. El voluble Moreira seguirá en su apología estúpida y desmedida.
Los timoratos panistas parecen sorprendidos del repunte priista. Les hace falta maña. Dejar a un lado su carácter remilgoso de amigos ulterior de la democracia para cabalgar, cabales, hacia el poder. No se trata de rechazar por completo sus bases, pero de refundarlas en la realidad: ya no son oposición. Si de llegar hacia el electorado se trata, no servirán los discursos que alaban el pasado panista y rechazan cada acto del PRI. La parvedad de sus ideas ayuda a su peor enemigo. El torrente de candidatos tiene confundidos a sus miembros. La democracia, igual que la fortuna, supone seducirla. Mirarle los ojos a la masa y preguntarle: ¿qué quieren? Los panistas siguen en estado de hibernación, deliberando en qué fallaron. Muchos creen que se encontrarán con un PRI dividido, un candidato lleno de trampas y un electorado que tendrá que voltear, irremediablemente, a ellos. Me temo que la cantaleta de los errores pasados se suprime inmediatamente con los propios. La elección del 2012 depende enteramente de los errores del PRI. El mercado de la esperanza política comenzó el 3 de julio. Creel ya renunció, Peña Nieto ya creó su movimiento, ¿y el calderonismo? Bien, gracias.

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