Guillermo Fajardo
Hace unos días publiqué la siguiente nota: “Senado de EUA ratifica al primer juez abiertamente gay”. No puse más. Enseguida, un furibundo comentario: “¿y ustedes los panistas retrógradas qué opinan?” Esto me llevó a pensar en la reacción desmedida cuando se habla de política: a fuerza de tachar y censurar, se cae en el absurdo. En un partido político el combinado de ideologías permite apuntalar, empujar e innovar las iniciativas de ley que se presentan, las declaraciones que sus funcionarios dan y la flexibilidad de opiniones propias de una democracia. Nada más alejado de la democracia que la cláusula pétrea en alguna agrupación de aceptar solamente ideas inundadas de mojigatería o de un izquierdismo voraz. La anorexia partidista conduce a la inmovilidad modernizadora. Los partidos que sigan pensando en la homogeneidad están irremediablemente conducidos a la estrechez; a la falta de oxígeno y al engranaje desgastado. El PRI, que durante 70 años gobernó al país, era una mixtura curiosa pero frenada de ideologías. Por eso no tuvimos una dictadura. Por eso no tuvimos, al menos durante el “milagro mexicano”, crisis económicas que asolaran a la población. Es decir, durante todo ese tiempo, la representatividad de todos estuvo bien encauzada en vasos comunicantes que llegaban a administrarlo todo porque los cotos de poder estaban bien delimitados y entendidos: a ti te toca esto, a mí, lo otro.
Conforme los sexenios se sucedieron, y después del 68’, la credibilidad del partido oficial decayó: ni siquiera las reformas electorales lograron acabar con la sospecha anclada hasta ese momento solamente en el PAN de que algo andaba mal. Cuando llegó el cambio en el año 2000, se confió en la limpia total de la democracia mexicana. Pero el PAN falló: Fox será recordado más por sus escándalos personales que por revolucionar el sistema; y Calderón por ofrecer a los mexicanos una estrategia mal planteada aunque necesaria. Seguimos en las mismas: el espíritu democrático y ciudadano del PAN, con su larga historia dentro del partido, ha sido nulificado. El PRI, después del 2000, en vez de combatir con furia sus vicios de antaño, los diversificó a lo largo del territorio: ahora los encontramos fuera del centro (la Presidencia) pero bien pertrechados en sus Estados. Las creaturas que se creyeron muertas amanecieron con fuerzas y con la cara lavada por los medios de comunicación: algunos Gobernadores (priistas, perredistas y panistas) parece que siguen viviendo en el pasado. Aún así, hay corrientes de aire dentro de los partidos: un ala moderada en el PAN; combatientes del liderazgo de Obrador en el PRD y una trinchera de demócratas en el PRI. Anular estos grupos de un plumazo, con sustantivos o adjetivos en plural, es minimizar a la democracia en tres territorios bien delimitados y no intercambiables: el centro, la izquierda y la derecha. Calificar a todos los priistas de corruptos, a los panistas de “mochos” y a los perredistas de reaccionarios, es caminar por el pequeño y frágil hilo de la generalización. Pero parece que es cómodo hacerlo. Y es fácil. Los sectarios estarán contentos con señalar a la mafia del poder, a los corruptos o a los fascistas: ahí están, nos cuentan. Nos perdemos en el camino imaginando nuevas palabras olfativas que nos indiquen donde está la corrupción, la ineptitud o la ceguera, pero no donde poner correctamente los ventiladores. Es decir: vivimos gritando en un país donde sus habitantes vienen bajando de una montaña con los oídos tapados, con la mano como visera por el inclemente sol y el tacto anulado debido a que durante mucho tiempo han tocado una única piel: el partido oficial.
Las generalizaciones en política bien pueden llamarse infantilismo democrático: por un lado, la absurda creencia que la sociedad civil es dama de todas virtudes y aspiradora de cualquier mal y, por el otro, las declaraciones que gravitan en torno a un calificativo eterno y dominado por el tiempo: qué tal partido es así porque siempre lo ha sido; qué tal otro porque sus dirigentes son unos estúpidos; qué tal otro porque se encomiendan a la Virgen. Con un poco de análisis se resquebrajan tales dichos: son lábiles porque no encuentran sustento en la realidad. Bien es cierto que el PAN ha tenido la desafortunada manía de prohibir minifaldas o expresar sin empacho que los homosexuales no deberían ejercer un cargo. Pero no hay que engañarnos: no todos pensamos de la misma forma. Así como la grandeza de un político no radica exclusivamente en los números que arrojan las encuestas, la textura con la que se viste un partido no es un dogma bajo el que se identifican, inexorablemente, sus miembros: los que creemos que la democracia no es un eco constante de razón, sino un cuadro multitudinario de colores.

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