lunes, 5 de diciembre de 2011

Cansancio

Por Guillermo Fajardo

De la extenuación priista brotó la égida de Peña Nieto que ya era necesaria de un tiempo acá: es la primera victoria del PAN y una victoria indirecta de los medios de comunicación. Moreira salió fruto de la inverosimilitud e incoherencia entre los resbalosos dichos de unidad y honestidad, y la cara asociada de la corrupción con las sentenciosas frases del partido. En realidad el nuevo PRI es un aforismo hueco, una deformidad que avanza a paso feroz. Peña Nieto es el candidato de la línea: nadie más representativo del priismo que él. A pesar de ser el hombre fuerte, sigue indicaciones; a pesar de ser la esperanza acendrada del PRI, baja la cabeza y sube la mirada hacia lo que le dicen sus colaboradores. Peña Nieto es el paradigma de lo pragmático, la ola de la inercia electoral.
Hay que mantenerse a flote: ¡qué elocuente la imagen del madero que simplemente se deja llevar por la corriente! La democracia mexicana ensillada en el caballo de la imagen. Las vivencias magistrales que cada día vemos reflejados en los acarreos electorales, cimbran el tortuoso empuje de los que sueñan con un voto informado. Seguiremos pidiendo que vengan mejores políticos pero no mejores ciudadanos. Ellos ahí están, felizmente exigiendo y durmiéndose en los laureles de la libertad civil: queremos más porque hay más de donde gastar. Incentivos perversos para una sociedad que tiene hambre de subsidios. Argumento conservador que refleja la defensa de mi posición: que se pongan a trabajar.
Y todo esto dando como resultado que, después de una presión bien encauzada y esta vez con tintes morales Moreira haya salido. No me preocupa que haya deuda, sino que el PRI no haya abierto la boca, porque el mismo efecto electoral inercial que los mantiene es el mismo que promueve su opacidad: vamos adelante, ¿para qué dar explicaciones?

Lo siguiente es investigar para domar la bestia de la impunidad. Pero los mediocres y espesos y lentos esfuerzos para el combate contra los privilegios se diluyen en cuestiones insípidas. El Gobierno Federal dando pena en cada investigación delictuosa. Una declaración cobarde por ahí, y un verso de algún vivo por allá. La tabla de flotación domina al mundo político. Expresión, ésta última, suavizada por la intrascendencia de lo inmediato: el futuro se presenta como un regalo, siempre, sin importar lo que estemos construyendo ahora. México ha fabricado, una a una, la lista de las cosas que nos importan pero que no estamos dispuestos a concretar. Políticos ladinos y sociedad hueca. Prefiero embobarme con el desencanto. Los dichos del valiente Moreira caracterizan al mexicano valiente, pero poco avezado para entender. La radicalidad y el cinismo de su discurso conforman la avería principal en el entramado democrático mexicano: la ausencia de una ética que sostenga las acciones. Estamos en las antípodas entre la modernidad en muchos aspectos y la lentitud en el plano moral. Seguro Popular para todos y un mejor sistema recaudatorio. Policías más eficaces y cambios constitucionales para mejorar la justicia. Adiós a la terminología anticuada de Garantías Individuales para aplaudirles a los Derechos Humanos.
Pero el antiácido actual más efectivo es la apatía. Escuchen el cheque en blanco que Vallejo propone para intuir lo que se avecina: ¡ciudadanos, no voten que todos son lo mismo! Vaya simpleza, vaya tontería. El fenómeno explícito de lo absurdo propuesto por un escritor premiado en la FIL. Me parece grave su propuesta porque ni compromete a anular el voto (expresión verdadera de participación) ni consigue una propuesta innovadora. Aún así, tampoco habría porque caer en la sonada repetición de que el 2012 será la gran oportunidad de México. La verdad es que todos los días lo son. Pero los seres humanos somos ávidos en comienzos cabalísticos o iniciadores marcados por una fecha en un calendario. ¿Es el 2012 la oportunidad para un reinicio o una reconducción verdaderamente democrática? No vale ni siquiera hacerse la pregunta, porque la estamos imaginando para un futuro lejano. Es inútil preguntarnos eso porque está expresada en términos probabilísticos. Todo debería ser hoy, aquí y ahora. Pero no nos hagamos ilusiones: no hay para donde voltear. Los problemas morales que aquejan al Estado son los más difíciles de soterrar porque se han anclado en lo invisible. Están en nosotros y no están. Son los fantasmas nuestros peores enemigos. Es lo intangible, nuestro enemigo más perverso. Y esto, me temo, es la pura realidad.

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