miércoles, 30 de noviembre de 2011

Simplificación

“El escollo referido se hace consistir en que el positivismo puro se presenta como aséptico, autosuficiente, ajeno a toda ideología…”

Valores éticos en la jurisprudencia fiscal mexicana, Eugenio Castellanos Malo

Introducción

Reglamentos, leyes, Constitución, excepciones, porcentajes, declaraciones anuales, visitas domiciliarias. La fragmentación de la normatividad fiscal ha provocado un desgarramiento en el intento del ciudadano común, inexperto (en palabras de Tipke) de explicarse las normas fiscales por sí mismo, teniendo que recurrir a abogados fiscalistas o contadores públicos para su correcto entendimiento. “El contribuyente ordinario no comprende las leyes fiscales que le afectan. Jo entiende el contenido de sus propias declaraciones fiscales y afirma solemnemente, según el impreso, que ha declarado verazmente, según su leal saber y entender[1].” Comúnmente se escucha en los medios de comunicación la injusticia proveniente de dos vertientes que tienen su explicación en un mismo punto nodal: la falta de moral ciudadana por no ver en el pago de impuestos mejoras sustanciales en eventos concretos, como mejores carreteras, alumbrado público o niveles de educación según la última prueba de ENLACE[2]. Esto, sin embargo, se convierte en un círculo vicioso: al no aceptar la contribución voluntaria como desarrollo, el Estado mexicano carece de ingresos y, por lo tanto, de la oportunidad de mejores opciones en infraestructura o activos intangibles para el futuro. Esto es un problema de desconfianza.

La segunda vertiente proviene de la poca capacidad del Estado (no solamente en su rama fiscal sino por la misma actividad democratizadora) para recaudar y evitar beneficios fiscales desproporcionados a los grandes conglomerados. Es simplemente imposible revisar con la misma minuciosidad a todos. Esto es un problema de eficiencia. El punto de arranque al que hicimos referencia es, nada más y nada menos, un asunto de entendimiento del porqué pagar impuestos, un asunto de moral. La inflación legislativa y las constantes enmiendas y parches a un sistema obeso, provoca que el Estado, de por sí impersonal, resulte afectado por la poca conciencia y vinculación del ciudadano al pago de impuestos. A nadie le gusta dar su dinero, esto es obvio, pero podría mejorarse la obtención de impuestos a través de un sistema amable y de leyes claras, que permitan entender y mantener el hilo comunicante entre los impuestos y un mejor desarrollo.


Klaus Tipke, en su libro “Moral tributaria del Estado y de los Contribuyentes”, al referirse a la carencia en la moral legislativa, descubre un comportamiento explicable, en parte, por la misma actividad política: la gestación de promesas para atraer el voto se ha basado en reducciones fiscales o beneficios fiscales, pero nunca en la simplificación de trámites o leyes engorrosas. Por medio de la reducción de leyes, explicaciones y encuadramientos sustanciales y mejores, se promoverá la transparencia, la declaración de impuestos sin necesidad de expertos y una mejor justicia tributaria, al engullir los complicados trámites y las leyes inentendibles. No se busca el comienzo de un nuevo lenguaje fiscal, pero sí mejores términos para zafarnos de la idea que un Derecho Fiscal o Administrativo sumamente especializado sea necesario.

2.- El impuesto sobre los tontos o la ley transparente.

Klaus Tipke señala que el impuesto sobre los tontos es, básicamente, falta de asesoramiento fiscal. ¿Cómo evitar que se vulnere, no ya el principio de capacidad económica proveniente de la ignorancia fiscal y ni siquiera el principio de igualdad, sino la capacidad fáctica, monetaria, del contribuyente frente a uno con más recursos? He ahí el meollo del asunto. Algunos pueden argüir, y con razón, la carencia del Estado en permitir a sus contribuyentes una mejor situación económica. Nos encontramos aquí en terrenos que no pisaremos: desde el principio de igualdad como manera de permitir el acceso a mejores fiscalistas hasta políticas económicas podrían darnos la respuesta. Se han escrito tratados para mejorar la capacidad económica de los habitantes de un país. Los medios con los que dispone el contribuyente tampoco han sido suficientes, pues la experiencia demuestra que pugnar frente a tribunales fiscales algún impuesto o proponer a través de nuestros representantes alguna mejora ha resultado en una tarea fallida. Lo primero debido a la solidez de un marco conceptual y jurídico muy aceptado (Klaus Tipke menciona la inmunidad de ciertos impuestos por encontrarse en los artículo 105 y 106 GG. De la Constitución alemana[3]) y lo segundo por las negociaciones políticas que la mayoría de las veces termina en una vaga, cobarde o inútil decisión.

A partir del nacimiento del Estado de Bienestar, los gastos públicos se han incrementado de manera importante: “El Estado no se concreta solamente a la seguridad interior y exterior y a la impartición de justicia; dejar de ser un Estado abstencionista, para convertirse en uno intervencionista, puesto que asume la tarea de llevar a cabo una política económica-social, planificadora y socializante[4]”. Tipke también lo menciona, “… ¿qué sucede cuando la imparcialidad en el gasto se convierte en desvergüenza; en un desvergonzado derroche de la recaudación tributaria? En la realidad, el parlamento había pasado de ser un freno, a actuar durante decenios como un motor del gasto[5]”. Así como el gasto se ha incrementado, las leyes fiscales también. Ahora tenemos un sinnúmero de normas que regulan muchos supuestos de hecho o violaciones a la norma. Esto ha contribuido a la opacidad fiscal. Aunado a esto, el lenguaje fiscal resulta poco claro.
La solución al problema reside en la simplificación. Por medio de ella el ciudadano común y corriente podrá hacer su propia declaración y, más importante, hacerla, permitiendo que el Estado se dedique a perseguir a los grandes evasores fiscales, y no tenga necesidad de distraer recursos y capital humano en la búsqueda de pequeños evasores. No se nos escapa el hecho de que el Fisco, de por sí, persigue a los grandes evasores[6].

 Aún así, sería benéfico el pago generalizado de impuestos. Además, esto permitirá que el círculo de confianza no se rompa: a mayor recaudación más impuestos y, a mayores impuestos, más desarrollo. Esto, sin embargo, no se cumple de manera inmediata: el desarrollo de un país tiene que ver con un sinnúmero de factores, y no solamente por tener más dinero que gastar. El gasto, por cierto, es otra historia: cómo se haga dependerá de la clase de personas que estén en el poder. Pero imaginemos un Estado responsable en el gasto.

Esta propuesta (la simplificación) resulta provechosa para la comprensión de todo el sistema fiscal sin necesidad de explicaciones confusas o, peor, falsas. El ciudadano que ve y entiende la legislación fiscal y sus consecuencia prácticas (nuevamente, un mejor desarrollo) paga más impuestos, pues se ven reflejados en lo concreto. Cuando entendemos de manera clara las consecuencias de un hecho, las aceptamos como lógicas: cuando entendemos el porqué de las normas fiscales, aceptaremos la recaudación. También, la simplificación fiscal y un mejor arreglo normativo harán que no se vulnere el principio de capacidad económica. Me estoy refiriendo, por supuesto, al impuesto sobre los tontos. Así, los ciudadanos evitaran pagar más de lo que les toca. Sumado a esto, la difusión por parte del Gobierno de un discurso generalizado y una cultura fiscal necesaria sería una buena estrategia para aumentar el pago de impuestos.

Hemos sido demasiado complacientes con los ciudadanos y poco comprensivos con el Estado: la riada de conductas inmorales en relación al pago de impuestos por parte de los contribuyentes prende una alerta que es necesario acallar. No es solo que las leyes deben de ser más claras: los ciudadanos deben respetar el mandato constitucional. ¿Cómo lograr esto? Una posición eclética y prudente nos diría que los resultados obtenidos de un gasto responsable contribuirán a una mejor recaudación. Es decir, el primer paso lo tiene que dar el Estado. Pero la realidad demuestra lo contrario: el sonado caso del endeudamiento del Estado de Coahuila (y otro muchos ejemplos de corrupción) nos hace dudar de un Estado honesto. La relación tiene que ser recíproca, respetando, sí, el principio de capacidad económica pero también la deuda ciudadana frente al Estado: la entrega del impuesto para diluir la responsabilidad del ente público frente a nosotros.

Conclusión

En democracia se busca la participación de todos. Antaño, un único centro de poder (el monarca) establecía los dictados que había que seguir. Ya no sucede esto. Ahora se busca la igualdad de todos ante la ley. Las propuestas hacia una recaudación eficiente han caído en oídos sordos, no solamente por parte de nuestras autoridades sino por parte de los ciudadanos. La simplificación fiscal nos ayudará a minimizar los rudos efectos de la falta de confianza y de la vulneración de la falta de capacidad. El efecto de los free riders, contribuye al desprendimiento del principio de capacidad económica y al tablado endeble que nos sostiene: los pocos pagan mucho y los muchos poco. Vivimos en un sistema fiscal parasitario y abocado a encontrar resquicios legales para una evasión legítima, sí, pero que no advierte los peligros de los beneficios fiscales, pues la equivalencia entre estos y la poca contribución no subsana las millonarias pérdidas. Si los ciudadanos, por medio de leyes claras y fáciles, entendieran que una recaudación abultada conduce a mejores resultados, la fantasía del Estado Benefactor sería una realidad. Pero el primer instrumento, como lo mencionamos, lo tiene que tocar el Estado: la moralidad de las promesas políticas y legislativas deben de residir en un espacio de responsabilidad, y no en un vacío ético que transita por caminos tersos y pueriles, o barrancos profundos y peligrosos. No se ve clara la salida, y es que la moral tributaria del Estado y de los contribuyentes sigue siendo, me temo, una ilusión: la utopía de Tipke.



[1]  Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona.
[3] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, pp. 142, 42, 47, 48, 53, 101.
[4] Compendio de Derecho Administrativo, Delgadillo Gutiérrez Luis Humberto y Espinosa Lucero Manuel, Editorial Porrúa, 2008, pp. 5-6.
[5] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 106.
[6] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 95

domingo, 27 de noviembre de 2011

Déjame te cuento algo

Por Guillermo Fajardo

Iré directo al grano: no me gustó el discurso de Vallejo en la FIL. El día de ayer tuve una discusión electrónica con un compañero el cuál veía en las palabras del escritor una pasmosa y profunda elucubración política. Yo sólo veo simpleza. Un mensaje tosco, trillado, sin una idea de fondo original. Si sus tres mandamientos llevan cargados el virus de la inteligencia que alguien me explica dónde está. Veo poco en su mensaje y mucho en su estrategia: comenzaré a leer muy pronto La virgen de los sicarios. Pero el punto toral de lo que dijo reside en que entubó y abrió la manguera para dejar escapar el líquido hacia un solo lado: no voten (¡para qué!), no se reproduzcan (no sé qué decir, ¿qué digo?) y respeta a los animales (comparando a uno con Fox). Nunca me han gustado las críticas simples, que no proponen. La alternativa a algo como propuesta es mucho mejor.
Vallejo viene a confirmarle al ciudadano de a calle lo que se respira en el aire: no vengas a votar que todos son lo mismo. ¡Vaya pensamiento del gran escritor del mundo hispano! ¡Qué elocuencia, qué delicadez, qué originalidad! Sus narraciones serán excelsas, pero le sucede lo mismo que a Fuentes: sus opiniones políticas son en extremo trasnochadas. Qué bueno que opine, vivimos en un país democrático. Qué bueno que alce la voz y critique, vivimos en un país donde se respeta la libertad de expresión. ¿Pero no votar? ¿Entonces qué hay que hacer? Es mediante el voto donde se equipara la fortuna de la libertad y la conquista de la igualdad. ¿No votar? ¿En serio? Si tenemos a los mismos gobernantes es porque el ciudadano no quiere informarse. ¿Qué me dicen que, después de saberse de la deuda de Moreira su hermano queda como Gobernador? ¿No quieren a esos gobernantes? No voten por ellos.

Si estuviera escuchando a cualquier otro ciudadano, sin un título que lo acredite como uno de los grandes escritores, no me sorprendería porque no esperaría de él más de lo que es. Pero de Vallejo sí esperaba más. No me lanzo a escribir contra él por su crítica, sino porque ésta es muy tonta, muy simple. Me pregunto qué pensaría este inquietante, inteligente y profundo hombre de estado si algún político saliera a decir que no lean. ¡Qué Dios nos agarre confesados! Vallejo califica a todos los políticos de “aprovechadores públicos”, inflamando la mente de sus lectores para arrojarse contra ellos como inquisidores que exigen ver traslúcidos a sus gobernantes: desde su vida privada hasta su rutina. Su corta pero sesuda clasificación política deja corta a la de Aristóteles: además de aprovechadores públicos tenemos… ¡atropelladores públicos! Sorprendido, busqué en todos lados pero no encontré tal definición. Algunos son despreciables, sí, pero su discurso bobo polariza lo que debería enmarcarse en el diálogo: así como la espina dorsal de la democracia no es la exclusión ni la toma de bandos, pero la inclusión y la acción centrípeta de la unión, la literatura no es el lugar de la irresponsabilidad y la locura. Vallejo está ciego. Se parece a la campaña de Xavier González Zirión cabalgando en la intolerancia al grado de decir: no tenemos empacho en decir groserías porque estamos hartos de los políticos. Nuestra posición moral como ciudadanos está por arriba de la suya como servidores públicos. Solo nosotros dictamos cátedra. Solo nosotros nos subimos al púlpito. Solo nosotros agarramos el micrófono. Solo nosotros podemos aleccionar. Estos dos genios viven pertrechados con la pandilla de los virtuosos queriendo espantar a la camarilla de los bandidos.  

Dice que el Presidente es indigno de su cargo. Otra vez lo mismo: la labor del escritor no es estar indignado sino alerta. Que proponga, a través de su narrativa, alguna u otra solución (si la tiene que alguien me lo diga y de antemano me disculpo por mi ignorancia). Pero Vallejo está cómodamente escondido tras bambalinas esperando que sus lectores le aplaudan. Será Fox un hombre despreciable, ruin y tonto. Pero no bajemos el discurso para decir que es un animal. ¿Un hombre de letras insultando a alguien de esa forma?
Para culminar sus magníficos y sabios pensamientos que, a mí, por su radicalidad y simpleza, me parece que los podría enunciar alguien de 20 años, el escritor se lanza contra la iglesia. Una de las instituciones más calumniadas por algunos porque ven en ella los resabios que fueron y los errores que son, pero no el sostén moral que a millones les da esperanza.

Tienen bastantes cosas reprochables. Demasiadas para pregonar que Dios es misericordioso. La iglesia, y hay que decirlo, es una escuela de sufrimiento terrenal. Aclaré esto para que no vayan a ladrar como perros, a sacar la lengua como víboras o cagar como cerdos (estoy imitando el lenguaje del escritor, por si no se habían dado cuenta, que en tan alta estima tiene a los animales).
Dice: La iglesia defiende un óvulo fecundado por un espermatozoide, pero sí permite que acuchillen a las vacas y a los corderos que sí tienen sistema nervioso, ahí si no levantan la palabra: si ha habido una empresa bien criminal en México es el cristianismo” Equiparar el óvulo (una futura vida humana) con una vaca es simplemente decepcionante. Esperaba más de Vallejo. Estoy realmente triste no porque sus palabras me parezcan falsas, sino porque no propone nada más. ¿En serio este debe de ser el arquetipo del escritor? ¿Pues qué pasa? Fuentes aplaudiendo a una izquierda que se desmorona, Vargas Llosa diciendo que el PRI fue la dictadura perfecta, Vallejo diciendo que todos los políticos son la misma mierda. Sigue resonando en mi cabeza el hecho fatídico de estar presenciando los albores de la estupidez, sin una propuesta que nos pueda levantar la cabeza después de la tan ansiada Revolución. Vamos a estarle aplaudiendo a los escombros, para después vivir entre ellos.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no aprendí de la vida.


Un hombre que añora a su esposa, una esposa que lamenta la chifladura de su marido, la iguana Zapata, un gato impertinente y el payaso Ronald McDonald se dan cita en esta novela, donde es difícil distinguir la realidad del delirio. A través de las más audaces técnicas narrativas, Guillermo Fajardo nos involucra en un ejercicio de imaginación que, a la manera de Murakami, no da tregua al lector, sino hasta que éste ha concluido la última página de Lo que no aprendí de la vida, un texto que anuncia a una de las promesas más firmes de la narrativa mexicana.
Gerardo Laveaga



Los últimos versos que te escribí.


Mi novela estará en la FIL de Guadalajara. La edición completa saldrá en unas semanas más.


AGAVE, narrativa joven mexicana

Colección general de narrativa para primera o segunda obra de autores mexicanos menores de 35 años, concebida como tributo y apuesta por la literatura de México que dará de qué hablar en el futuro.

5. GUILERMO FAJARDO, Los últimos versos que te escribí

Primera edición: octubre de 2011, 220 ejemplares.
Imagen de portada: ©Anatoly Repin.
Formación editorial: Irma Martínez Hidalgo.
Número de páginas: 260.
Ejemplares en la FIL: 20.
Precio de lista: 180 pesos.
Precio en la FIL: 125 pesos.


Un seminarista vuelve de Roma a la ciudad de México para asistir al sepelio de su padre y para reencontrarse con un pasado que le deparará terribles sorpresas. Así da inicio este entramado complejo de re­flexiones sobre Dios y la vocación política, el oportunismo cínico, las clases sociales, el amor, las contradicciones de la existencia, el destino. En “Los últimos versos que te escribí” van entrando una tras otra las sorpresas: la mujer que el seminarista alguna vez amó y a la que todavía ama se ha convertido en prostituta; el padre del muchacho le ha dejado como herencia una casa en Cuernavaca y el negocio que ha sido el secreto y más firme pilar de la desahogada posición social y económica de la familia: dos casas de citas. Y luego, varios amigos –entre ellos su antigua novia (y ahora prostituta)- y la que fuera su maestra de filosofía, son parte de una red de intereses destinada a descubrir el destino y la localización de un misterioso documento; y su verdadera madre, perdida, está encerrada en una horrenda y misteriosa cárcel debido al insulto proferido al presidente de la República, y a que su ambiciosa abuela teme que sus perniciosas ideas liberales puedan contagiar a su bondadoso hijo. En cuanto al misteriosísimo documento que tantas desgracias provoca, ¿qué contiene? De verdad sorprende averiguarlo…

domingo, 20 de noviembre de 2011

Improvisación

Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque.
En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y  las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.

Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI.  La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Alguien tenía que decirlo?

Por Guillermo Fajardo

“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.

Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.

domingo, 30 de octubre de 2011

L-E-T-R-A-S

Por Guillermo Fajardo

Cuando escriben Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez habla Latinoamérica. Cuando ellos expresan América Latina se detiene detrás de ellos. Sus novelas son el retrato más representativo del español en el mundo. Así podremos decir de muchos novelistas, que no solamente son una voz, sino todas las voces. La pretensión de universalidad se alcanza con ciertas plumas. Y es que la novela no es entretenimiento sino pregunta constante; nunca apática, la narrativa se debe mantener en tono de rebeldía ya sea ante cualquier aspecto de la vida o resquicio de realidad: no hay cosa más dichosa para un escritor que la censura. El dictador indicando a sus súbditos que la lectura la dejen a un lado. Primero las odas al pensamiento; antes los lambiscones a las preguntas. La lectura en voz alta, técnica muy recurrida hace ya algunos siglos, era una manera segura de contrarrestar los embates de las dudas, la terrible omnipotencia del lector que interpreta: cuando el maestro leía tal o cual texto era posible hacer un apunte enérgico, era posible indicar a sus oyentes que solamente había una interpretación. Dios así lo quería. El César así lo ordenaba. Se prefería la intervención de la palabra a la soledad del lector. Era preferible recordar a plasmar. Pero el libro escrito como forma de recuerdo pasó a ocupar una parte importante en la historia de la lectura. Ahora la lectura en voz alta es rara, y es más bien el hombre, sentado con un libro abierto y decodificando las palabras lo que le da origen, desarrollo y vida a los libros.

Los escritores son héroes frustrados o fantasmas concretos: lo primero por su ambición de recrear lo que no pueden y lo segundo por su intangibilidad a la hora de leerlos. No están ahí pero están. Los personajes son dudas andantes y las emociones una fina pieza de relojería que avanza inexorable hacia un final que nunca la va a alcanzar a explicar en su totalidad. Y cada pieza literaria comprometida con su tiempo, su historia y su misión. Los lectores aceptan, renuentes, la novela enmascarada de autobiografía. El escritor sentado develando sus secretos. ¿No es la novela, entonces, el acto más egoísta que hay? ¿Es una advertencia al lector, condicionada desde el principio, de que va a encontrar un aleccionamiento constante? ¿No es la pretensión del escritor el enseñar, el exponer lo que no es suficiente? ¿Sería la novela tan necesaria si encontráramos de antemano todas las posibilidades y aceptáramos sin miramiento alguno lo que hay?  No hay novela feliz. No hay historia que funcione así. Toda narrativa lleva envuelta el paño de lo incompleto, de lo que no basta, de lo que falta explicar. El desequilibrio que plantea una novela es brutal porque no solamente pretende alcanzar el futuro con una pregunta, sino replantear el pasado con una certeza. Llegar al origen de las acciones humanas plantea una dificultad que arrastra y diezma la tarea de replantearse lo que sucedió. El escritor entonces es también un impostor. Alguien que viajó al tiempo a través de las letras de otros para hacer suya el tiempo que ahora le plantea al lector.

Pero es también la escritura un acto de gratitud. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Vargas Llosa nos dice que “si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho, sus sombras nos sumirían en la oscuridad”. El abrazo y la efervescencia de un pasado que está en las letras y que nos llega fácilmente: no hay cosa más pronta, rápida y directa que sentarse a leer. Nada ocurre tan rápido en una novela que la mente no sea capaz de digerirlo y nada tan lento que la memoria registre al instante por el paso aletargado que podría suponer leer. No hay apuro pero tampoco lasitud. El lector es dueño de sus movimientos. En un mundo tan intranquilo sentarse a leer parece un acto contra natura. Una acción tan irrisoria, tonta y casi antinómica entre el principio de la eficiencia que dicta la rapidez, y la moderación y el silencio que acecha a unos cuantos. “Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”. Vargas Llosa da en el clavo: la literatura sin una pizca de humanidad es una farsa. El escritor no está, ni debe de estar, al servicio de vilezas o bajezas que deshonran la causa de encontrarnos iguales. Lo sé: los soñadores se encuentran en todas partes. Discurso universal; la literatura es la lengua de Babel previo a la confusión. Esta concepción de las letras está abandonada a su propia suerte. Se ha dejado a un lado la literatura por el apuro que supone vivir. Y no es que la imaginación resuelva o mitigue las injusticias, sino que las anuncia para ser combatidas. Las letras invitan al pensamiento y nos orillan a enganchar y cuidar lo que apenas germina. Allí dónde hay conciencia de cambio, hay cultura, literatura y, si hay literatura, hay historia, recuerdo, condena, progreso

domingo, 23 de octubre de 2011

Gerardo

Por Guillermo Fajardo

Casi lo he llegado a admirar con la reserva que suponen los ídolos. Nada en la vida carece de una explicación. Yo supondría que se trata de una bien alimentada, edulcorada, envanecida y palomeada estrategia política. Tiene un discurso vehemente, alocado y furibundo. Les robaron la presidencia. Tienen a un criminal, dice, en la Secretaría de Seguridad Pública. El Presidente es vituperado y corregido en cada una de sus declaraciones. No sé si se trata de demagogia exacerbada, de un guión bien amaestrado o simplemente de una convicción tan profunda que tiene las raíces colmadas de agua. En las comparecencias de García Luna y Lozano hizo lo mismo que ha hecho los años pasados. La democracia abriendo de brazos a los que en una frase tienen mucho que decir sin decirlo. Los calificativos embadurnan las palabras de grasa para caer, fáciles, en el tobogán de los extremistas. Adjetivos que inflaman; palabras alocadas y descalificaciones torpes, burdas aunque efectivas. Es un político de culto. Tiene aficionados que darían la vida por él. Quema las sesiones; las llena de gasolina y deja un fósforo encendido. Pareciera que no lo hace a propósito y que su elocuencia a la hora de culpar es síntoma de lo mal (piensa) que lo ha hecho el Gobierno Federal. Es el primer perro que escucho que ladra y que se le entiende. Es el primer político congruente: nos guste o no, su exacerbado discurso colma de lava lo que antes fue verde; con su saliva desgasta lo intocable; es temerario hasta el extremo. La localización de su voz la encontramos fácilmente en la Cámara. Los susurros y los murmullos no son lo suyo. No quiere construir misceláneas sino catedrales. Se sube al púlpito y acusa de lo que sea al PAN o al PRI. Todos los que están en su contra son “empleados”, “vende patrias” o “asesinos”. Ahí está el problema. Quiere radicalizar. Pone veneno en el agua y después se voltea. Les da cerillos a los pirómanos; dinero a los ludópatas; abre las puertas gustoso a los sediciosos. Insiste en la revolución. Insiste en jugárselas a todas y a todos. Se revuelca en el pantano y da vueltas, orgulloso. No es un bribón: es una piraña. No es cínico: es mordaz.

La democracia viendo como uno de los representantes de la Nación jugando a acusar sin fundamento alguno. Que si García Luna tiene casas millonarias; que si el Presidente es un borracho; que si Lozano es un ladrón o lo que sea. Lo dice con la convicción del que sabe o ha visto cosas que los otros no. Es un hombre culto, al parecer. Le gusta leer. Arrulla a sus enemigos con largos pero directos discursos. Es el hombre más elocuente de la política. Suena veraz. Qué pena que pierda su tiempo y su carrera política en el PT y en la izquierda. Estos partidos rapaces han buscado pervivir a través de liderazgos espinosos y rampantes pero inútiles políticos. Quizá sería un buen gobernante aunque populista; incendiario aunque elocuente. Exponiendo en la canícula a los que tienen sed y apartando a los satisfechos del botín. Asiste y promueve la orgía para después descalificar. Así vive la política Gerardo: se trata de alguien inteligente que pierde el tiempo del país y de la democracia en señalamientos que, si bien ciertos, también inasibles por incomprobables. Si con el mismo dinamismo, fuerza y pasión defendiera lo que realmente importa, tendríamos antes nosotros a un político de época. Está demasiado volcado en descubrir marañas que quizá no existan: cae en el típico error de la política: quiere buscar las protuberancias, las turgencias y las cicatrices donde sea, pero al costo de conseguir, simplemente, adeptos. No es descalificar y ni siquiera proponer sino moderar. El político debe de negociar y encontrar puntos de acuerdo y no en ufanarse de su propia bandera. López Obrador es un fardo que a nadie ayuda. Y el talento de Fernández Noroña ahí, en el nicho más desgastado y odiado del país. Recurriendo a los temas más manidos y controversiales. Le llegué a preguntar cuántas iniciativas había preguntado. Dijo que una. Ahí está el problema, otra vez. Ya sé que tampoco presentar iniciativas hace al buen político. Pero sí nos da una idea de su compromiso, de su tiempo para pensar en cómo mejorar y colmar las lagunas o las contradicciones en la ley. El último año de Gobierno será su año. De eso no tengo duda. Dejando caer el plomo sobre los ineptos; aplaudiendo las supercherías y aquelarres de López Obrador; gozando como al Gobierno Federal se le desgasta absolutamente todo. Buscando otra oportunidad para volver a morder. Es astuto, oportunista, valiente. Pero no avanza a ningún lado. Ahí está el problema.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Importan los números?

Por Guillermo Fajardo

Luis Videgaray escribe un timorato, vacío y enclenque artículo acerca de las deudas públicas de los estados de la Federación en la revista Nexos de este mes. Cómo un susurro y una sombra, y como ejemplo de perfección, dice que la administración de Peña Nieto bajó su nivel de endeudamiento; que las deudas públicas de los Estados no representan un riesgo a las finanzas nacionales y nos compara con Brasil y Argentina para hacernos saber que los estados de estos países tienen un mayor nivel de endeudamiento que el nuestro. Presenta elocuentes gráficas y ¡pide que “se obligue a los bancos a evaluar el riesgo crediticio y la capacidad de pago de las entidades federativas”! No toca, por supuesto, el problema que representa el poder exacerbado; la supresión de la división de poderes en los Estados y la opacidad de muchos de ellos a la hora de presentar sus deudas. Aquí no se trata tanto de si la deuda pública implica un problema para la Nación; tampoco si debe de haber una mejor regulación o si las transferencias federales deberían ser menores. La ferocidad y la obesidad por el dinero se han convertido en un asunto que traspasa el velo de lo técnico para instalarse, cómodo, en el sillón de la moral; de una nueva actitud; de un federalismo responsable. El problema está en que el Gobernador Moreira no abrió la boca para hablar de su deuda y que poco le importó al partido dar una explicación.

El nuevo PRI es el que arropa: la única condición es ponerte la camiseta; es el que promueve la unidad que nada y se da baños de pureza y que ataca y acusa de morbosos a quienes los critican; el que quiere la cláusula de gobernabilidad anulando los esfuerzos de la pluralidad; el PRI que se cierra a las candidaturas ciudadanas; el PRI de la Ley Peña y el partido que presume un cambio de piel y una nueva tonalidad ahora sí acorde con el presente con tan solo abrir la cortina y presentar a Peña con un excelente trabajo dental y un concentrado, repetido y hermoso romance. La hediondez que emana de una buena estrategia televisiva inflada de aire. El horror a la hora de salirse del guión. El temblor y la taquicardia a la hora de pensar. Y es que los números que arrojan las encuestas importan más que cuestionar al puntero en imagen y olvidarse de Beltrones. Curiosamente, éste último es el que parece darle una nueva cara al priismo, una bofetada que los menos excitados por llegar al poder columbran desde lejos, oteando las orillas de la moderación y de la modernidad.



El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.

domingo, 9 de octubre de 2011

Gritar desde el aula

Por Guillermo Fajardo Sotelo
“¿De dónde viene entonces el primer aliento de la crítica política? No proviene de una fe (…) sino de la sospecha”. Jesús Silva Herzog Márquez, la idiotez de lo perfecto.
José María Pérez Gay (1943) presenta en “Tu nombre en el silencio” una narrativa elegante, solidificada por su coherencia y felizmente actual: relata el inmarcesible e indómito grito estudiantil; la esperanza soñada de levantarse para agitar y cambiar, y la fábrica constructora de voces que, desde lo inhóspito de la desesperación, pugnan por durar.
 Los personajes de la novela, tres estudiantes latinoamericanos, viven atrapados entre la incertidumbre de un futuro poco amable y la imagen de un pasado en sus respectivos países que no fue nada satisfactorio. Quieren cambio, respiran revolución.
“La lucha de clases es una guerra: uno de los dos contendientes debe de morir”. Ese es el lema de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, cuyo líder, Rudy Dutchske, está convencido que la mejor manera de llenar las promesas de la protesta social es atar los cabos sueltos que el sistema no ha podido hilar: aún no sabemos si por desidia o incompetencia. Pero, eso sí, ¡vaya profecía actual!: los indignados en España le preguntan al Gobierno porque si, teniendo dos carreras, no tienen trabajo; porque si, prometiendo el Paraíso, necesitamos un rescate y una mano que nos auxilie; porque si, la literatura ya lo predijo, seguimos en las mismas.
Imposible no relacionar ambos momentos: 2011 y las manifestaciones televisadas, extrañamente impulsadas sin el empuje que supone verse a la cara, y la novela de Pérez Gay, en donde los estudiantes parecen ser los mismos que nos encontramos en Egipto y España. La literatura aparece como figura profética, que se introduce furtivamente en la mente y actualidad de los que estamos aquí. Pero también como apéndice recurrible: ahí está el librito de Hessel y sus consecuencias, tan fácilmente palpables que la pregunta del papel de la literatura en torno al eje de la indignación juvenil parece obvia. Confiesa el autor en una entrevista para El País, que “Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis”. Llegamos, entonces, apuradamente a una conclusión: el escritor es el único revolucionario que necesita de silencio; su lector, el único receptor que requiere la luz de las letras. Hessel confrontó en aquella época a un enemigo formidable; los estudiantes de hoy, ante una estructura temible y, en cierto sentido, difusa.
La educación parece ser el escollo más abultado que los autoritarios encontraron en este nuevo tiempo: de este modo, la superficialidad de antaño en un mundo mucho menos complicado lograba airear a los poderosos; hoy, las propuestas de los indignados no solamente registran un mohín vestido de intelectualismo sino una valentía corregida por la sensatez. Los principales convocantes en Túnez y Egipto fueron jóvenes educados con acceso a las redes sociales. Las nuevas protestas ya no requieren del puño violento de los sediciosos sino de la purga correcta que hagan los pensadores de sus proposiciones. “No somos anti sistema; el sistema es anti nosotros”, gritan. El futuro de la protesta social está en que se entienda ésta como un buen método para lograr el consenso. Mitigar los terribles efectos del divorcio ocurrido entre la sensatez y la exigencia. Los nuevos gobiernos emanados del cambio y aquellos que quieran reproducir su propia supervivencia necesitan aprender del pasado. Nuevas opciones de representación; más y mejores canales para inducir a la participación; pulir las ocasiones para dirigirse a sus gobernados con responsabilidad. El poder que inicia su camino debe desbrozar la hidra que creció: el acceso a la política entendida como libertad y derecho no es solamente síntoma de prudencia, sino imberbe paso de modernización.

Peter Weiss, en un famoso poema, escribe que quienes hacen la Revolución esperan que todo cambie: que el poeta haga mejores versos, que la mujer se consiga un marido que no huela mal, que el pescador tenga mejor suerte con su anzuelo. Cogen La Bastilla y no sucedió nada, ¿por qué? La razón estriba en la debilidad de las promesas: hagamos la Revolución entendiendo que los que forman parte de ella coincidan en promover la causa para lograr el cambio. La simple toma de ideas y la reverberación de lo correcto no harán del instante un mejor tiempo. La sazón de la transformación resulta más en lo que se hace que en lo que se pide. Es decir: ciudadanos activos no solamente por un día, sino por un camino.
Las letras, sin embargo, tienen un papel muy importante que jugar: funámbulas que se inclinan para caerse, deben mantenerse dentro de los hilos concretos de su existencia y de su objetividad. Aquellos que escriban para incitar, deben saber a dónde mirar. Hay que saber agitar pero reconocer en el temblor que se inicia los cauces que nos permitirán sobrevivir. Sí, respuesta contra la autoridad, ¿pero cuál? ¿Hacia dónde ir? En los albores del siglo la indignación parece ser la ocupación más alentadora hacia una transformación que no consista en plegarse a un decálogo de tonterías sino a un sugerente escrito de razones. La óptica del que sale a la calle a manifestarse no debe ser nunca la de la postura agresiva sino la del pensamiento bien encauzado. Dice Francis Fukuyama que “las ideas preceden a la acción”. La razón interpuesta entre los movimientos sociales y la teoría bien plantada de lo que buscamos; el eje axial de las propuestas debe estar cimentada en la consecución necesaria hacia un fin. Gritar desde el aula pero no confundir la magnificencia con la persecución y la violencia. Los libros fueron las armas que se desenfundaron en España y Egipto. Las ideas provocan mucha más irritabilidad en los gobernantes que cualquier estrategia castrense o tácticas desestabilizadores de un régimen. Los que protestan no piden que se les otorguen grandes concesiones ni estrepitosos beneficios. Piden lo que ven; exigen lo que les prometieron. Y están aglutinando las ideas que permiten la iniciación hacia el canje por un nuevo futuro, enarbolan la bandera de la prudencia y la moderación, calcan bajo la hoja de la esperanza un nuevo viento que fragüe, de una buena vez, el hilo comunicante entre la protesta social y el discurso oficial: hay que aplaudir el concurso de la retórica; auspiciar desde abajo la revolución; revitalizar, sin apresurarnos, el cambio que se nos escapa.


domingo, 2 de octubre de 2011

Lo que el imbécil del Presidente dijo

Por Guillermo Fajardo

No sea si sea un mal o el hecho de hacernos sentir bien. Cuando los ciudadanos se expresan del Presidente, Secretarios, Diputados, Senadores o casi cualquier integrante de la Administración Pública lo hacen en un tono socarrón. Por alguna extraña razón les parece difícil no burlarse de ellos cuando emiten una declaración, por seria o respaldada que esté. Las enigmáticas risillas; los labios que se arquean; las cejas que se mueven. El que con más garbo exprese la mejor ocurrencia será bendecido: quién mejor los caricaturice más sabe. Enjabonados de la más pura suavidad de la empresa del chiste, hacemos gala de nuestro ingenio despreciando y arrastrando la figura presidencial. ¡Al fin y al cabo todo mundo lo hace! ¿Quién le puede creer a ese señor que cometió fraude? ¿Quién le puede creer al culpable de tantas muertes? Después de cinco años de risa, la senilidad de las bromas se desgasta. Cada vez más abocados a lo mismo: pintar al Presidente como un enano autoritario, decirle borracho sin la más mínima prueba, asesino sin el más mínimo pudor.   Las reglas de la convivencia diaria no aplican para el Presidente y sus huestes. No se me escapa lo que pueden argüir: es verdad que, al ser figuras públicas, ni la ley ni la opinión pública pueden ser tan laxos con ellos. Pero sí deberían ser objetivos.
A México no le hace faltan mejores leyes, tampoco un cambio de tuerca en la Administración, ni siquiera mejores controles de transparencia. Al país le hace falta una sociedad decente, unos buenos ciudadanos y un buen curso de valores cívicos. El endurecimiento constante de la crítica provoca que las ideas se anclen en las piedras del salvajismo; en la saliva corrosiva de la estupidez: pegados igual que bacterias a los tejidos. Lo que los ciudadanos quieren es respirar sin ser mordidos. Lo que provoca la feliz desintoxicación de nuestro cuerpo es desentendernos de la información. Así, la importancia del debate o la confrontación de ideas se ven suprimidas por la hostilidad hacia las figuras de poder. No pretendo alzarle al Presidente un altar: solamente quiero una crítica justa, que esté bien enmarcada en la realidad o en las bases bien solidificadas de la información.
Al entrevistar al diputado Fernández Noroña acerca del supuesto alcoholismo del Presidente (entrevista que pueden encontrar en este espacio) me respondió con total seguridad que, “todo el mundo lo sabe”. Bajo esa premisa, los rumores y los susurros serian ciertos. Bajo esa premisa, el trabajo periodístico consistiría en simplemente registrar lo que la población cree saber. Bajo esa premisa, la emboscada propinada por la intolerancia, la desinformación y el desacierto estaría justificada bajo cualquier circunstancia.

A los ciudadanos les parece fácil mantener la acusación sin prueba alguna: es la patología más perversa de una sociedad podrida por sus propios hábitos de astucia, fervor a la crítica y amor a la sordera. Las maletas de la estupidez llenadas de buenas conciencias pero también de venenos furibundos. Los pacatos y pazguatos en primera fila, opinando acerca de lo que creen pero no pueden comprobar: verificando con la santidad que les da el ámbito privado las buenas o malas respuestas de sus funcionarios. Cuando se les confronta, los medrosos desaparecen bajo ninguna excusa. Pronto vuelvo al escenario cuando algo les causa comezón o hinchazón.

Esperamos tanto de la democracia sin ser demócratas. El ciudadano es la base del sistema. Su responsabilidad es exigir cuentas sin demorar la suya; alzar la voz con la coherencia en su boca; conducirse por el camino de informarse sin ocluir el resultado de la síntesis. La simulación que ocurre en la Cámara de Diputados se registra por los medios de comunicación, pero no la que se presenta todos los días en la calle. La lista de cuentas pendientes por parte de la política es larga, muy larga. Pero la enumeración concienzuda de lo que nos falta como ciudadanos no la veo por ninguna parte. Ahí, diluyéndose todos los días, México pervive gracias a las buenas bromas que tan a bien tienen a darnos todos los días. No hay exigencia democrática a los ciudadanos; la apatía no se registra en ningún lado: nadie habla de ella porque no atrae votos y nadie quiere recordarla porque no nos trae beneficios. La impericia ciudadana aglomerándose bajo la cama; los grandes eventos sociales opacando a las grandes responsabilidades públicas; las moscas que creamos alimentándose de nuestra desidia. Somos impúberes en términos democráticos: esperamos de nuestros padres que nos dejen salir sin buenas notas; que nos den dinero sin saber donde lo gastamos; que mantengan abierta la puerta, sin saber si vamos a llegar. La esclerosis atacando todo el cuerpo democrático. Los ciudadanos siguen en la postura de exigir y de broncearse con el sol que les llega de la comodidad. Simplemente burlándose y atrayendo hacia sí la feliz reputación de la que goza la sociedad civil, como si ella fuera a librarnos de todos los males. Sí, como no.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pocas palabras

Por Guillermo Fajardo

Fue Cordero, desde hace tiempo, el que lo invitó a debatir. Marcelo Ebrard lo acaba de hacer. Al primero lo acusan de querer montarse en su popularidad. Al segundo aún de nada, pero pronto sabremos. Los políticos no tienen prisa. La sociedad no quiere y no le interesa. Ahogándonos en lodo; respirando el aire quemado de la podredumbre democrática. Contando números y burlándonos de los candidatos. Así se vive la democracia en México: hay que esperar a los tiempos oficiales para debatir, ¿para qué hacerlo ahora con tantos precandidatos? ¿A quién le puede interesar el afluente tonto de opiniones? Esperando y viviendo felices en el crónico mal de decidir dar nuestro voto a última hora. Cargando los pesados fardos en donde el sistema confía en el voto informado y razonado sin hacer esfuerzos para promoverlo. Pretendiendo caminar en la dirección correcta, creemos que las palabras y el intercambio de ideas debe de suceder en un momento en el futuro, bajo el terrible y estricto escrutinio del rating, el maquillaje, las reveladoras luces y los dos minutos de respuesta y los treinta segundos de contra respuesta. Así, el enamoramiento que supone las elecciones con los votantes se diluye, se destruye: es absorbido por la oportunista tormenta de lo no esencial. A nadie parece importarle que el muro certificado del silencio se imponga sobre las bienintencionadas costumbres de un debate. Yo quiero verlos hablar francos, directos, sin tapujos. Algunos piensan que eso hay que hacerlo cuando la televisora lo permita y los candidatos lo sean. Creen que el conocimiento transparente de los precandidatos supondría una irrisoria y vergonzosa tradición de confusión. ¡Dios, no! Mejor solicitar de ellos la bonita costumbre del saludo a la fatigante tarea del pensamiento. Mejor la simulación orquestada de las propuestas a la sana consecución de escuchar para elegir. Hablando de las “reformas necesarias” de “impulso modernizador” y de una excelente carga de “proyecto de Nación”, los ciudadanos siguen sin exigir que los políticos pasen por el filtro de la inteligencia y el compromiso. Tampoco es que el debate solucione todos los males, pero sí informa de los que pueden venir. Como no son candidatos no hay prisa; como aún no hay piso para decidir que no hablen; como aún falta mucho para las elecciones que no propongan. Así, el puntero en imagen es el puntero en intención de voto. Nadie sabe decir bien a ciencia cierta qué es lo que ofrece. Pero así vivimos tranquilos. Deseosos de aspirar la inanición del cuerpo democrático o su completa muerte, esperamos sentados que los seis años que vengan sean mejores. Rezamos para que alguien preparado llegue y conduzca bien al país. Lo primeramente importante es opinar de lo que creemos sin tener el primer ladrillo de la construcción. No sabemos qué nos van a  pintar pero estamos seguros qué colores usarán. La ciudadanía no quiere tener bocetos que nos indiquen el camino que se podría seguir, sino un cuadro vomitado y resumido de lo que hay. Pero para ese tiempo no habrá tiempo de cambiar.

La noticia de la invitación al debate pasa en medio minuto en los noticieros. Después se difumina y se olvida, pasando por un abstracto de ideas y de la espesísima niebla del tiempo en la televisión. No nos sentamos a pensar lo importante que sería un debate ya, entre precandidatos. ¿Para qué si nadie los va a escuchar? ¿Para qué si aún no son candidatos?  Los mismos que se quejan de la opacidad gubernamental la promueven. Las opiniones que se escuchan en la calle vienen inoculadas con el virus de la desinformación. Lo que creemos de cada aspirante es lo que creemos que es un partido o una ideología. Lo que escuchamos pasa por el filtro de los rumores y las pocas ganas de la participación. Los asnos que rebuznan no están tan lejos. Una democracia es impulsar el pensamiento multicolor para ver en qué dirección soplará el viento. En su lugar tenemos los suspiros de hartazgo de una población que no sabe a dónde virar porque no sabe a quién escuchar. Y así, esperando una mañana que no llega, las elecciones de julio estarán sobre nosotros. Los seis años que vendrán habrán sido elegidos por la imagen que más confianza inspire, y no por las ideas que mejor respeto impongan. No es que México no camine por los malos candidatos que se presentan: no es posible no tenerlos. El país seguirá en las mismas mientras el voto siga siendo para líderes inflados de aire, para cadáveres que se contonean cuando de la lealtad al partido surge la crucifixión del buen gobierno, para funcionarios ávidos que toquetean las faldas y las piernas sin acariciar el pelo; que quieren el beso sin medir el futuro; que meten la mano sin esperar el momento.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El huésped

Por Guillermo Fajardo.
Hay una obsesión recurrente en la crítica de catalogar de joven escritora a una mujer de 38 años. No sé cuál sea el parámetro. Por supuesto que esto varía, pues dependiendo quién escriba, aquel par de números aparecerán en la mente del escritor como una mujer consumada o apenas un retoño que comienza a vivir.
La novela de Guadalupe Nettel (1973), “El huésped”, se inclina a retratar la locura como una forma de la fatalidad: ni modo, me tocó. Sabemos desde las primeras páginas que la protagonista está invadida por una especie de monstruo invisible; aparición psicológica de un acompañante mordaz y peligroso o simple y llana locura. “La Cosa” es el nombre de aquel huésped indeseable, ajeno a los deseos de la protagonista entumeciendo y acatarrando su vivir. La muerte de su hermano (que parece estar relacionada con “La Cosa”), junto con la decisión de la protagonista de meterse a un instituto de ciegos para leerles, configuran los puntos más tiernos de la novela. Enseguida, un torbellino de mierda llega a calar al lector. En el instituto conoce a “El Cacho” un hombre extrañamente popular entre los ciegos, pues es él el que les trae las noticias de afuera.
A lo largo del relato se retrata con precisión la vulnerabilidad del ciego: aquel que no ve está encadenado a los olores y a los sonidos. Nunca más la temperatura cálida del rojo o la mirada acerada del azul. Los ciegos son puestos como el rebaño a disposición de los superiores: aquellos cuyas cuencas de los ojos no han visto desaparecer el llanto del cielo; las caprichosas y cambiantes formas de las nubes o los infinitos colores que la naturaleza presenta. Se presenta al ciego en extremo vulnerable; en extremo débil; en extremo dependiente.

Ana, nuestra protagonista, comienza a frecuentar a otro invidente, esta vez del lado opuesto del espectro de la vulnerabilidad: Madero, hombre que vive en una guarida del metro, totalmente independiente. Pero la narrativa no se sostiene: Ana conoce a Marisol, novia de “El Cacho” y comienza a frecuentar lo más vil y bajo de la ciudad. No puedo colegir a ciencia cierta si se trata de la presencia ubicua y por tanto ya presente de “La Cosa” en su cuerpo, o una desviación mental poco frecuente de elegir conocer las peores condiciones en la que viven muchas personas para…¿para qué?
El clímax de la novela sucede cuando Ana, invitada por “El Cacho”, comienza a planear junto con Marisol y otros indigentes, un plan consistente en llenar de mierda sobres para después ponerlos en las urnas electorales de unas elecciones que ocurrirán pronto. La rebeldía y la sedición, aunados al sentimiento trillado y sostenido de una nueva generación juvenil que desprecia la política, configuran las últimas páginas de la novela. Pero no logro entender la evolución del personaje principal: ¿cómo, una mujer, con sentimientos altruistas termina conociendo los más bajos fondos de la sociedad para unirse a un movimiento cuyo simbolismo máximo es la igualación empírica de la mierda con la política? Guadalupe Nettel falla en establecer una línea coherente en el protagonista. No sabemos demasiado de Ana y nunca llegamos a saberlo. El escabroso mundo de la transformación de los personajes en una novela representa un obstáculo difícil de superar. Llevada por la emoción de haber descubierto una buena y original historia, Nettel nos pierde en el transcurso del libro. Da un salto lógico que no se entiende por qué el personaje da. La perdición ocurre cuando la policía atrapa a Marisol. La protagonista se derrumba y se siente culpable.
La novela de Nettel es buena, interesante y se lee rápido. Sin embargo, Nettel perdió una muy buena veta de sabiduría en la primera parte para postrarse y presentarse como una autora que conoce de mendicidad y pobreza en la segunda.  La primera parte debería de haberse engullido la historia poco disciplinada que Nettel presenta después. Al principio abarca muy bien los idilios entre la cordura y la locura, pero pronto lo abandona. La escritora creyó descubrir una pepita de oro con una historia bastante original.
El papel de la buena literatura no es entretener sino preguntar. No exponer las rarezas en el mundo sino intentar explicarlas. La literatura es la forma más libre de explicación: no está sujeta a ninguna Academia, tampoco supeditada a ninguna Institución. Las historias solamente acompañan al mensaje principal en cualquier novela. El marco son los diálogos, la pintura, los mensajes que el lector decodifica. Escribir es acercarse con ojos cautos y manos lentas al descubrimiento: debe de ser, creo, la herramienta perfecta del que duda;  la figura más codiciada del que desea; la explicación más noble del que intenta.  

domingo, 11 de septiembre de 2011

La triste expresión

Por Guillermo Fajardo.

Los paladines de la libertad de expresión brotan de la red cuya égida es el anonimato. Con un discurso consternado, de odio, poco estructurado y vehemente hasta el extremo, los internautas se lanzan a picar y a denostar sin tener una idea bien clara de lo que dicen. El aspecto vomitivo de su discurso y la aplicación hedionda del odio configuran su más respetada característica: la desinformación. El espacio electrónico es puesto a disposición de los comentaristas anónimos. Maquillados de la monotonía del hartazgo y la sumisión a la crítica contra la política que piensan es dispensable, estos héroes patrios atizan el fuego de la podredumbre intelectual y de las letras enclenques. Empapados de un lodo que se santifica dándose baños de crítica políticamente correcta, los internautas caen en la monótona costumbre de denostar sin apariencia ni forma. Es un concurso de ver quién está menos informado. Si alguien se atreve a ser optimista, los formadores de opinión lo bajan a uno de su idealismo. Con frases grotescas, nombres comúnmente despreciativos, ocurre que el espacio perfecto para expresarse es también la extensión para protegerse: decir tonterías sin el escrutinio de la burla o la mácula ostensible de los otros. Los contrarrevolucionarios de la red; los emperadores de la personalización son portadores de su propia verdad: nadie se salva excepto ellos, que con el teclado de su iluminismo se exceptúan de todo menos de su razonamiento. Al margen del pensamiento se despiertan de añosas cavernas que durante toda su vida permanecieron apolilladas y llenas de telarañas. Ahora, su oportunidad se abre. Atacan. Muerden. Igual que perros, se lanzan a buscar la comida que sus amos, los medios de información, les proporcionan. Abajo, en el inframundo de la página de internet, los muertos hablan con micrófonos y se desesperan si alguien los contradice. Hay intrusos que de vez en cuando proporcionan algo de estructura y dirección al debate, pero casi siempre son engullidos por los ácidos más penetrantes.

Estoy seguro que se puede ser discapacitado sin saberlo. Estas máquinas no solamente rebuznan, sino que llevan profilácticos electrónicos para evitar ser descubiertos: un café internet o la ominosa opción de borrar. Y pasa que no encuentro la razón de este comportamiento animal: no sé si por un afán informativo que nos diferencia pero a la vez nos acerca a los simios; si por el estreno orgiástico de verano de ser escuchado o si por la rala pero bien definida continuidad de opinión que los une. Se trata de favorecer encuentros cercanos; de localizar la corriente y nadar con ella; de engatusarse a sí mismos para aparecer como los genios que ven lo que otros no. Los comentarios son terminantes, desgraciados y recién sacados del fin del mundo: después de leer el Apocalipsis se ponen a escribir; después de la rabieta emocional buscan en quién descargar su orgasmo; eyaculadores precoces de la red, no terminan de leer ni de comprender para escribir. Sí: las contradicciones de lujo están de moda pero aún más la batalla punitiva contra la inteligencia. Escupen al cielo y se sienten felices. Viven orgullosos siendo analistas de medio tiempo y en el día de su preferencia. La moralidad de las opiniones disfrazadas de una piadosa queja. Los grandes sueldos de la burocracia totalmente denostados. Los estólidos dando rienda suelta a sus emociones. Enfundados de la retórica de Demóstenes,  del discurso óseo de Maquiavelo, del contenido novelesco de Fuentes y la prosa suave y bella de Silva Herzog, aspiran a la redención de su día por medio de la calumnia expresa en la vida del otro. Metidos en el pantano ubicuo de las desgracias no hay salida para quien se meta en el ruedo del pesimismo. Primero la implosión de la tierra al descubrimiento de la moderación.

 Las palabras importan mucho a la hora de formar una opinión. Quizá por lo mismo tenemos a los mismos gobernantes; a policías y burócratas poco eficaces; a una opinión pública maniatada y embobada con el sub desempeño informativo y la nota roja en primer lugar. Los mexicanos se quejan de la falta de instituciones sólidas y creen firmemente en la teoría de la conspiración alrededor del Presidente: todos maquinan contra nosotros. Ay, ¿quién nos salvará? Y es que el análisis que se hace día a día configura también la opinión del votante: los mismos que se escudan en la red son los cínicos que se preguntan porque estamos como estamos. No se interesan por saber quién es el candidato; qué hizo y con quién anda codo a codo. Importa que se vea pulcro y que nos prometa el Paraíso. Si al final del día duermen bien, es debido a que poco saben acerca de la importancia de lo que comentan. Creen que, al igual que el voto, su voz se diluye para no ser escuchada ni contada. He llegado a la conclusión que ser pendejo requiere de práctica. Uno se tiene que esforzar. El voto no solamente constituye un derecho sino la obligación de hacerlo con un mínimo de razón, con un poco de información, de tratar de allegarse de la verdad de quién votamos.
El voto universal es una gran conquista, pero la responsabilidad de hacerlo bien como forma de participar en una democracia no aparece por ningún lado. He visto a niños razonar mejor que un adulto. Aquí terminaré.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Repeticiones


Por Guillermo Fajardo

Imposible no estar de acuerdo con el discurso del Presidente. En él, el universo de la retórica delimita perfectamente bien la orquesta que, con la precisión de los expertos, le da a las palabras una calificación coherente y armoniosa. El ritmo va bien marcado; las direcciones del director son bien entendidas; la tenacidad de los músicos aclamada. No va a claudicar, nos dice. Va a escuchar a la sociedad, como lo ha hecho. Va a vencer a los criminales, como siempre nos recuerda. El problema no es de esta administración, explica. Todo esto es verdad. Sin embargo, la parcialidad en las explicaciones deriva en la siniestra fórmula de reducirlo todo a un pie de página, apenas a una nota aclaratoria para deleite del lector confundido. Nada peor que las ideologías para calmar las procelosas aguas de la opinión pública y la seguridad ciudadana. Polarizar para obtener aliados. Delimitar para simplificar. Señalar para excluir. Démosles agua para calmar la sed. Cojan el paraguas y apriétense ahí abajo. Denles juguetes para entretenerlos. El esclarecimiento del porqué la cultura del narco; del porqué las ingentes sumas de dinero que genera; del porqué surgió como un problema de seguridad nacional y del porqué los osarios de la estrategia se vuelven a llenar de huesos es sumamente complicado. Es cierto que Estados Unidos vende armas a México. Pero también es verdad que esas armas no se usaron para incendiar el casino. Es verdad que la extraña e intratable manía del desapego y la desconfianza no es culpa del Presidente. Pero también es cierto que los muertos lloran desde atrás. Es verdad que los Estados siguen reflejando su preocupación por crear puentes y estructuras gigantescas y dejar al margen la profesionalización de las policías. Pero también es cierto que la estrategia fue planeada al vapor.

En los matices caprichosos de la vida, las soluciones están casi siempre en la conciliación y en el oído atento de los dialogantes. El Presidente insiste en no claudicar y en escuchar, pero no en regresar, pues piensa que eso sería derrota. Es un hombre valiente aunque presuroso. Está decidido a dar resultados y vislumbrar la continuidad de su partido. Obsesionado con derivar de su estrategia puntos que aclamar; inducido a dar por anticipado cifras que lo sostengan, cae en la irremisible falacia de empujar sin ver quién lo ayuda. El desportillado cajón de las ideas está metido entre tantos papeles húmedos y crujientes por el tiempo. La sociedad se involucra poco: hay algunos que alzan la voz para exigir, pero las gelatinosas palabras vuelven desde donde volvieron: la boca y mente del interlocutor. Igual que Calderón, esos pocos señalan, apuntan, su boca cargada de verdad, la ética superior del activista, la laboriosidad bien vista del denunciante, la victoria a priori del crítico. Todo el discurso del Presidente está envuelto en un fino paño de empatía que se resquebraja cuando lo sacas a la lluvia. Vive insistiendo en el discurso triunfalista (parte necesaria de todo Gobierno) pero atascado en las puertas de la intransigencia. Hambriento de triunfo no dudo que algún día llevaría a desintegrar a los criminales, pero al costo de una sociedad llena de evocaciones por una paz suprimida y por el olvido inminente de la política y sus mañas. A nuestros votantes  no les importa la corrupción de sus gobiernos: ¿por qué votar por el hermano de quién te dejó endeudado? ¿Cómo explicar que Peña Nieto vaya en primer lugar en las encuestas? ¿Cómo entender el poco repudio hacia los actos de corrupción no cada vez más frecuentes aunque sí más expuestos? Pocos son los que claman por un giro en la estrategia. Aún menos los que sueñan con mantenerla. La súper inclusión del conflicto en ciertos sectores, provoca que la desinformación supere aquellos que no conocen o escuchan lo que sucede.

La creación de la Procuraduría social para la atención a víctimas es la primera semilla de exigencia convertido en realidad. Las pruebas de control de confianza en todo el país es un segundo paso bien pensado. La creación de Centros de Adicciones es virar en la dirección correcta. No tanto pedir por más infraestructura militar sino adormecer el cáncer. No escuchar los huesos romperse pero ubicar el dolor. No sirve defenderlo si la coyuntura del presente se ve atestada de nudos demagógicos o de grandilocuencia continua. El discurso del Presidente es bien recibido y aplaudido, es necesario y hasta entendible. Insiste en el diálogo pero creo que no sabe bien a donde voltear. La sociedad forma parte del problema aunque no quiere ser la solución. Vociferando adjetivos desdeñosos hacia los criminales y esporádicamente recordándonos que Estados Unidos vende armas a México, el Presidente grita desesperado por alguien que lo entienda. Vivos o muertos, eso ya da igual.