Por Guillermo Fajardo.
Los paladines de la libertad de expresión brotan de la red cuya égida es el anonimato. Con un discurso consternado, de odio, poco estructurado y vehemente hasta el extremo, los internautas se lanzan a picar y a denostar sin tener una idea bien clara de lo que dicen. El aspecto vomitivo de su discurso y la aplicación hedionda del odio configuran su más respetada característica: la desinformación. El espacio electrónico es puesto a disposición de los comentaristas anónimos. Maquillados de la monotonía del hartazgo y la sumisión a la crítica contra la política que piensan es dispensable, estos héroes patrios atizan el fuego de la podredumbre intelectual y de las letras enclenques. Empapados de un lodo que se santifica dándose baños de crítica políticamente correcta, los internautas caen en la monótona costumbre de denostar sin apariencia ni forma. Es un concurso de ver quién está menos informado. Si alguien se atreve a ser optimista, los formadores de opinión lo bajan a uno de su idealismo. Con frases grotescas, nombres comúnmente despreciativos, ocurre que el espacio perfecto para expresarse es también la extensión para protegerse: decir tonterías sin el escrutinio de la burla o la mácula ostensible de los otros. Los contrarrevolucionarios de la red; los emperadores de la personalización son portadores de su propia verdad: nadie se salva excepto ellos, que con el teclado de su iluminismo se exceptúan de todo menos de su razonamiento. Al margen del pensamiento se despiertan de añosas cavernas que durante toda su vida permanecieron apolilladas y llenas de telarañas. Ahora, su oportunidad se abre. Atacan. Muerden. Igual que perros, se lanzan a buscar la comida que sus amos, los medios de información, les proporcionan. Abajo, en el inframundo de la página de internet, los muertos hablan con micrófonos y se desesperan si alguien los contradice. Hay intrusos que de vez en cuando proporcionan algo de estructura y dirección al debate, pero casi siempre son engullidos por los ácidos más penetrantes.
Estoy seguro que se puede ser discapacitado sin saberlo. Estas máquinas no solamente rebuznan, sino que llevan profilácticos electrónicos para evitar ser descubiertos: un café internet o la ominosa opción de borrar. Y pasa que no encuentro la razón de este comportamiento animal: no sé si por un afán informativo que nos diferencia pero a la vez nos acerca a los simios; si por el estreno orgiástico de verano de ser escuchado o si por la rala pero bien definida continuidad de opinión que los une. Se trata de favorecer encuentros cercanos; de localizar la corriente y nadar con ella; de engatusarse a sí mismos para aparecer como los genios que ven lo que otros no. Los comentarios son terminantes, desgraciados y recién sacados del fin del mundo: después de leer el Apocalipsis se ponen a escribir; después de la rabieta emocional buscan en quién descargar su orgasmo; eyaculadores precoces de la red, no terminan de leer ni de comprender para escribir. Sí: las contradicciones de lujo están de moda pero aún más la batalla punitiva contra la inteligencia. Escupen al cielo y se sienten felices. Viven orgullosos siendo analistas de medio tiempo y en el día de su preferencia. La moralidad de las opiniones disfrazadas de una piadosa queja. Los grandes sueldos de la burocracia totalmente denostados. Los estólidos dando rienda suelta a sus emociones. Enfundados de la retórica de Demóstenes, del discurso óseo de Maquiavelo, del contenido novelesco de Fuentes y la prosa suave y bella de Silva Herzog, aspiran a la redención de su día por medio de la calumnia expresa en la vida del otro. Metidos en el pantano ubicuo de las desgracias no hay salida para quien se meta en el ruedo del pesimismo. Primero la implosión de la tierra al descubrimiento de la moderación.
Las palabras importan mucho a la hora de formar una opinión. Quizá por lo mismo tenemos a los mismos gobernantes; a policías y burócratas poco eficaces; a una opinión pública maniatada y embobada con el sub desempeño informativo y la nota roja en primer lugar. Los mexicanos se quejan de la falta de instituciones sólidas y creen firmemente en la teoría de la conspiración alrededor del Presidente: todos maquinan contra nosotros. Ay, ¿quién nos salvará? Y es que el análisis que se hace día a día configura también la opinión del votante: los mismos que se escudan en la red son los cínicos que se preguntan porque estamos como estamos. No se interesan por saber quién es el candidato; qué hizo y con quién anda codo a codo. Importa que se vea pulcro y que nos prometa el Paraíso. Si al final del día duermen bien, es debido a que poco saben acerca de la importancia de lo que comentan. Creen que, al igual que el voto, su voz se diluye para no ser escuchada ni contada. He llegado a la conclusión que ser pendejo requiere de práctica. Uno se tiene que esforzar. El voto no solamente constituye un derecho sino la obligación de hacerlo con un mínimo de razón, con un poco de información, de tratar de allegarse de la verdad de quién votamos.
El voto universal es una gran conquista, pero la responsabilidad de hacerlo bien como forma de participar en una democracia no aparece por ningún lado. He visto a niños razonar mejor que un adulto. Aquí terminaré.

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