domingo, 9 de octubre de 2011

Gritar desde el aula

Por Guillermo Fajardo Sotelo
“¿De dónde viene entonces el primer aliento de la crítica política? No proviene de una fe (…) sino de la sospecha”. Jesús Silva Herzog Márquez, la idiotez de lo perfecto.
José María Pérez Gay (1943) presenta en “Tu nombre en el silencio” una narrativa elegante, solidificada por su coherencia y felizmente actual: relata el inmarcesible e indómito grito estudiantil; la esperanza soñada de levantarse para agitar y cambiar, y la fábrica constructora de voces que, desde lo inhóspito de la desesperación, pugnan por durar.
 Los personajes de la novela, tres estudiantes latinoamericanos, viven atrapados entre la incertidumbre de un futuro poco amable y la imagen de un pasado en sus respectivos países que no fue nada satisfactorio. Quieren cambio, respiran revolución.
“La lucha de clases es una guerra: uno de los dos contendientes debe de morir”. Ese es el lema de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, cuyo líder, Rudy Dutchske, está convencido que la mejor manera de llenar las promesas de la protesta social es atar los cabos sueltos que el sistema no ha podido hilar: aún no sabemos si por desidia o incompetencia. Pero, eso sí, ¡vaya profecía actual!: los indignados en España le preguntan al Gobierno porque si, teniendo dos carreras, no tienen trabajo; porque si, prometiendo el Paraíso, necesitamos un rescate y una mano que nos auxilie; porque si, la literatura ya lo predijo, seguimos en las mismas.
Imposible no relacionar ambos momentos: 2011 y las manifestaciones televisadas, extrañamente impulsadas sin el empuje que supone verse a la cara, y la novela de Pérez Gay, en donde los estudiantes parecen ser los mismos que nos encontramos en Egipto y España. La literatura aparece como figura profética, que se introduce furtivamente en la mente y actualidad de los que estamos aquí. Pero también como apéndice recurrible: ahí está el librito de Hessel y sus consecuencias, tan fácilmente palpables que la pregunta del papel de la literatura en torno al eje de la indignación juvenil parece obvia. Confiesa el autor en una entrevista para El País, que “Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis”. Llegamos, entonces, apuradamente a una conclusión: el escritor es el único revolucionario que necesita de silencio; su lector, el único receptor que requiere la luz de las letras. Hessel confrontó en aquella época a un enemigo formidable; los estudiantes de hoy, ante una estructura temible y, en cierto sentido, difusa.
La educación parece ser el escollo más abultado que los autoritarios encontraron en este nuevo tiempo: de este modo, la superficialidad de antaño en un mundo mucho menos complicado lograba airear a los poderosos; hoy, las propuestas de los indignados no solamente registran un mohín vestido de intelectualismo sino una valentía corregida por la sensatez. Los principales convocantes en Túnez y Egipto fueron jóvenes educados con acceso a las redes sociales. Las nuevas protestas ya no requieren del puño violento de los sediciosos sino de la purga correcta que hagan los pensadores de sus proposiciones. “No somos anti sistema; el sistema es anti nosotros”, gritan. El futuro de la protesta social está en que se entienda ésta como un buen método para lograr el consenso. Mitigar los terribles efectos del divorcio ocurrido entre la sensatez y la exigencia. Los nuevos gobiernos emanados del cambio y aquellos que quieran reproducir su propia supervivencia necesitan aprender del pasado. Nuevas opciones de representación; más y mejores canales para inducir a la participación; pulir las ocasiones para dirigirse a sus gobernados con responsabilidad. El poder que inicia su camino debe desbrozar la hidra que creció: el acceso a la política entendida como libertad y derecho no es solamente síntoma de prudencia, sino imberbe paso de modernización.

Peter Weiss, en un famoso poema, escribe que quienes hacen la Revolución esperan que todo cambie: que el poeta haga mejores versos, que la mujer se consiga un marido que no huela mal, que el pescador tenga mejor suerte con su anzuelo. Cogen La Bastilla y no sucedió nada, ¿por qué? La razón estriba en la debilidad de las promesas: hagamos la Revolución entendiendo que los que forman parte de ella coincidan en promover la causa para lograr el cambio. La simple toma de ideas y la reverberación de lo correcto no harán del instante un mejor tiempo. La sazón de la transformación resulta más en lo que se hace que en lo que se pide. Es decir: ciudadanos activos no solamente por un día, sino por un camino.
Las letras, sin embargo, tienen un papel muy importante que jugar: funámbulas que se inclinan para caerse, deben mantenerse dentro de los hilos concretos de su existencia y de su objetividad. Aquellos que escriban para incitar, deben saber a dónde mirar. Hay que saber agitar pero reconocer en el temblor que se inicia los cauces que nos permitirán sobrevivir. Sí, respuesta contra la autoridad, ¿pero cuál? ¿Hacia dónde ir? En los albores del siglo la indignación parece ser la ocupación más alentadora hacia una transformación que no consista en plegarse a un decálogo de tonterías sino a un sugerente escrito de razones. La óptica del que sale a la calle a manifestarse no debe ser nunca la de la postura agresiva sino la del pensamiento bien encauzado. Dice Francis Fukuyama que “las ideas preceden a la acción”. La razón interpuesta entre los movimientos sociales y la teoría bien plantada de lo que buscamos; el eje axial de las propuestas debe estar cimentada en la consecución necesaria hacia un fin. Gritar desde el aula pero no confundir la magnificencia con la persecución y la violencia. Los libros fueron las armas que se desenfundaron en España y Egipto. Las ideas provocan mucha más irritabilidad en los gobernantes que cualquier estrategia castrense o tácticas desestabilizadores de un régimen. Los que protestan no piden que se les otorguen grandes concesiones ni estrepitosos beneficios. Piden lo que ven; exigen lo que les prometieron. Y están aglutinando las ideas que permiten la iniciación hacia el canje por un nuevo futuro, enarbolan la bandera de la prudencia y la moderación, calcan bajo la hoja de la esperanza un nuevo viento que fragüe, de una buena vez, el hilo comunicante entre la protesta social y el discurso oficial: hay que aplaudir el concurso de la retórica; auspiciar desde abajo la revolución; revitalizar, sin apresurarnos, el cambio que se nos escapa.


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