sábado, 17 de septiembre de 2011

El huésped

Por Guillermo Fajardo.
Hay una obsesión recurrente en la crítica de catalogar de joven escritora a una mujer de 38 años. No sé cuál sea el parámetro. Por supuesto que esto varía, pues dependiendo quién escriba, aquel par de números aparecerán en la mente del escritor como una mujer consumada o apenas un retoño que comienza a vivir.
La novela de Guadalupe Nettel (1973), “El huésped”, se inclina a retratar la locura como una forma de la fatalidad: ni modo, me tocó. Sabemos desde las primeras páginas que la protagonista está invadida por una especie de monstruo invisible; aparición psicológica de un acompañante mordaz y peligroso o simple y llana locura. “La Cosa” es el nombre de aquel huésped indeseable, ajeno a los deseos de la protagonista entumeciendo y acatarrando su vivir. La muerte de su hermano (que parece estar relacionada con “La Cosa”), junto con la decisión de la protagonista de meterse a un instituto de ciegos para leerles, configuran los puntos más tiernos de la novela. Enseguida, un torbellino de mierda llega a calar al lector. En el instituto conoce a “El Cacho” un hombre extrañamente popular entre los ciegos, pues es él el que les trae las noticias de afuera.
A lo largo del relato se retrata con precisión la vulnerabilidad del ciego: aquel que no ve está encadenado a los olores y a los sonidos. Nunca más la temperatura cálida del rojo o la mirada acerada del azul. Los ciegos son puestos como el rebaño a disposición de los superiores: aquellos cuyas cuencas de los ojos no han visto desaparecer el llanto del cielo; las caprichosas y cambiantes formas de las nubes o los infinitos colores que la naturaleza presenta. Se presenta al ciego en extremo vulnerable; en extremo débil; en extremo dependiente.

Ana, nuestra protagonista, comienza a frecuentar a otro invidente, esta vez del lado opuesto del espectro de la vulnerabilidad: Madero, hombre que vive en una guarida del metro, totalmente independiente. Pero la narrativa no se sostiene: Ana conoce a Marisol, novia de “El Cacho” y comienza a frecuentar lo más vil y bajo de la ciudad. No puedo colegir a ciencia cierta si se trata de la presencia ubicua y por tanto ya presente de “La Cosa” en su cuerpo, o una desviación mental poco frecuente de elegir conocer las peores condiciones en la que viven muchas personas para…¿para qué?
El clímax de la novela sucede cuando Ana, invitada por “El Cacho”, comienza a planear junto con Marisol y otros indigentes, un plan consistente en llenar de mierda sobres para después ponerlos en las urnas electorales de unas elecciones que ocurrirán pronto. La rebeldía y la sedición, aunados al sentimiento trillado y sostenido de una nueva generación juvenil que desprecia la política, configuran las últimas páginas de la novela. Pero no logro entender la evolución del personaje principal: ¿cómo, una mujer, con sentimientos altruistas termina conociendo los más bajos fondos de la sociedad para unirse a un movimiento cuyo simbolismo máximo es la igualación empírica de la mierda con la política? Guadalupe Nettel falla en establecer una línea coherente en el protagonista. No sabemos demasiado de Ana y nunca llegamos a saberlo. El escabroso mundo de la transformación de los personajes en una novela representa un obstáculo difícil de superar. Llevada por la emoción de haber descubierto una buena y original historia, Nettel nos pierde en el transcurso del libro. Da un salto lógico que no se entiende por qué el personaje da. La perdición ocurre cuando la policía atrapa a Marisol. La protagonista se derrumba y se siente culpable.
La novela de Nettel es buena, interesante y se lee rápido. Sin embargo, Nettel perdió una muy buena veta de sabiduría en la primera parte para postrarse y presentarse como una autora que conoce de mendicidad y pobreza en la segunda.  La primera parte debería de haberse engullido la historia poco disciplinada que Nettel presenta después. Al principio abarca muy bien los idilios entre la cordura y la locura, pero pronto lo abandona. La escritora creyó descubrir una pepita de oro con una historia bastante original.
El papel de la buena literatura no es entretener sino preguntar. No exponer las rarezas en el mundo sino intentar explicarlas. La literatura es la forma más libre de explicación: no está sujeta a ninguna Academia, tampoco supeditada a ninguna Institución. Las historias solamente acompañan al mensaje principal en cualquier novela. El marco son los diálogos, la pintura, los mensajes que el lector decodifica. Escribir es acercarse con ojos cautos y manos lentas al descubrimiento: debe de ser, creo, la herramienta perfecta del que duda;  la figura más codiciada del que desea; la explicación más noble del que intenta.  

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