jueves, 29 de diciembre de 2011

2012

Por Guillermo Fajardo

Moviendo las manos, sonriendo y rociando de huecos discursos a la televisión, Enrique Peña Nieto será una tabla de flotación aceptada, maniatada y controlada por el PRI. Para mantener la ventaja tendrán que acallar al candidato. Propuestas llevadas por la corriente; infectadas de elocuencia e infecundas de neurknas. Si el PRI pretende ganar deberá mantenerse a flote, nada más. Qué fácil. Qué sencillo.

Conforme pasan los meses una extraña sensación de aturdimiento socava las fuerzas que la sociedad civil parecía tener. Javier Sicilia, olvidado. A pesar de ser nombrado como una de las figuras más importantes del 2011, Sicilia está parado ya en el rellano de la repetición. Las redes sociales han funcionado como un espacio en donde se discute lo insulso, lo insípido, lo insustancial. ¿Qué ha pasado que en otras latitudes han funcionado como baluarte contra los poderosos; voz activa que se une al cambio; mecha corta que promueve la movilización? En México la sociedad se hunde en su cieno, ahogada de  una infamante perpetuidad para lo absurdo, dando tumbos hasta ver de frente la fachada de la política sin atreverse a entrar al templo. Basta como ejemplo lo ocurrido ayer con Carlos Talavera, funcionario de SEDESOL en Michoacán que aseguró que las indígenas olían mal. ¿Quién se acuerda de él ahora? ¿Dónde están los defensores de la causa indígena?

El PAN y su alma hecha pedazos navega balbuceando una y otra vez que su musculatura reside en el oprobioso y podrido pasado del PRI, pero no en sus nuevos cuadros. A veces al partido se le olvida que tienen cosas que presumir. El Presidente Calderón y su obsesión por allegarse de colaboradores (no todos) pequeños, le asegura un triunfo en su imagen. Si los astros se conjuntaran para darnos una respuesta, segqramente nos asegurarían que la lealtad sobre todas las cosas y el rechazo al PRI son dos conjuros necesarios para entrar de lleno al Gabinete. Quizá esta actitud autoritaria (hacia dentro del partido) sea fruto de una imagen presidencial desgastada por los medios de comunicación y la apertura hacia la crítica presidencial.

El PRD está perdido. Sigue llevando a cuestas la triste idea de los extremistas, de los que no se cansan en señalar a una caterva imaginaria de poderosos que no nos permiten avanzar. AMLO y su mundo fantásticos de paralelismos decorados de maldad. La izquierda y su falta de definición.

En el 2012 se puede asegurar un discurso empantanado por las, eso sí, necesarias pero no suficientes descalificaciones en el ruedo político. Será verdad que hay que rasurar al adversario para contrarrestar sus efectos públicos, pero no centrar el debate en sus defectos. El denuedo de las ideas abarcará a aquel que se permita tenerlas. En política importa más la percepción que la realidad: bastará, entonces, que los electores muerdan el anzuelo de la buena imagen para dar su voto a quién más confianza les inspire. Si el PAN opta por Josefina Vázquez Mota, está perdido. Y es que ofrece lo mismo que EPN: una imagen bien equilibrada con el punto a favor de que es mujer. El problema reside en que Peña Nieto y su equipo han construido una aureola de santidad televisiva desde hace 6 años. Josefina lleva las de perder. Pero ya mostró la mujer un empuje directo propinándole una buena derrota a Los Pinos: le ofrecieron la candidatura en el Estado de México que muy amablemente rechazó. No hay que esperar demasiado del 2012. Ya lo he dicho y lo repito: la democracia se hace día a día, y no hay que esperar un nuevo comienzo para inflar la esperanza de avanzar. Valdría la pena ponerse a reflexionar si los efectos paralizantes de la contienda contribuirán a un sexenio presidencial varado en la rispidez, o en la amplia categoría de la cooperación entre partidos. La respuesta no está, sin embargo, en la política: está en la sociedad civil que, hoy día, se encuentra encallada, silenciada y apática ante lo que sucede a su alrededor. Moviéndose con la crítica barata de los que opinan, la población sigue avanzando, feliz, hacia un destino de menos impuestos, más subsidios y polarizaciones inútiles. Nada más. Quieren lo justo. Y lo justo recibirán.

martes, 27 de diciembre de 2011

Inercia

Por Guillermo Fajardo
Nada más humano que nuestros olores. Nombrar lociones, jabones o aromatizantes se ha vuelto tarea difícil. Las emanaciones de nuestros cuerpos sugieren nuestras actividades e incluso la hora del día. Es más: en la muerte nuestros olores nos siguen delatando. Conforme el día pierde vigor nos vemos atenazados por el síntoma corriente de las horas: el sudor, el ajetreo de los músculos, la innata capacidad del cuerpo para otear lo que vendrá: una ducha diaria o la confrontación de la piel con algún supresor de pestilencias. Así somos todos, así vivimos.

Es cierto que el comentario de Carlos Talavera es políticamente incorrecto. A pesar de que nombrar es y será un regalo del lenguaje hay temas que, hoy día, hay que tocar con suavidad, murmurando, agachados. Nombrar lo indecible o lo maldito está condenado al frío calabozo del desprecio. Pero señalar y palpar lo inmediato no debería ser reprochable. Ya no es correcto decir viejo sino persona de la tercera edad; ya no idiota sino personas con capacidades especiales. ¿Es incorrecto que diga que un sordo no puede oír? ¿Qué un ciego no puede ver? ¿Qué un niño no razona como un adulto?

¿Estaríamos ante la misma reacción de enojo, sensibilidad y respeto a los derechos  humanos si Carlos Talavera hubiera usado la misma expresión en un salón lleno de intelectuales? ¿Y si en él hubiera estado Carlos Slim; Carlos Fuentes; Felipe Calderón; el Cardenal Norberto Rivera y Enrique Peña Nieto? Fácil: el raudal de carcajadas; mentadas de madre; señalamientos y uno que otro corte gracioso. Como si la pertenencia a un grupo minoritario nos hiciera dignos de portar el mote de seres humanos.



Pero no es un futuro alternativo el que es analizable, sino la maquinaria encendida de los olvidadizos; de esos que, de pronto, recuerdan que los indígenas existen y que no tienen agua potable o servicios básicos de salud. Se indignan desde sus portentosas máquinas y mandan en redes sociales su indignación. Pero este miércoles la historia será otra: a Talavera lo engullirá el día de mañana y la absurda cantidad de noticias en los medios. Será necesario que algún otro impreciso nos recuerde la existencia de grupos vulnerables. No me molesta tanto el comentario como los que se indignan sin más: de pronto descubren su sensibilidad y su estampa valiente de defensores. Es verdad que es molesto y que es un comentario fuera de lugar. Pero los eufemismos que hoy día usamos son el cáncer que tiene al país con millones de pobres e indígenas marginados: irnos por la tangente; desviar nuestra mirada; usar palabras suaves que detengan la realidad. Esto nada tiene que ver con Talavera, sino con el fenómeno claro del plebiscito hacia una realidad empobrecida y a un activismo raquítico por la flaqueza de nuestras convicciones. Somos expertos en olvidar y ávidos testigos para señalar. Apenas conocemos el error y saltamos a disparar las balas. Pero, ¡cuántas veces lo he dicho! Mañana será otro día. Los que creen que se rasgan las vestiduras hoy descubrirán alertados que las siguen teniendo puestas. Y es que creen que un mensaje bienintencionado en las redes sociales o la adhesión electrónica a una causa contribuyen a formar un mejor país. Falso. Es verdad que el discurso ayuda a cambiar al mundo más que ninguna otra cosa. Pero tiene que ser uno bien articulado, constante y coherente. Los que atacan a Talavera tan impetuosamente es para dejar claro que su conciencia está limpia, que su culpa ya se diluyó y que mañana ya vendrán otras cosas en las cuales pensar. Mientras tanto esperemos en nuestros sillones acolchados; en nuestros mullidos y calurosos retretes y en nuestras amplias camas a otra noticia que nos mueva la conciencia. Ya saben: indignaos del mundo: esperad.  

domingo, 25 de diciembre de 2011

Destino

Empieza Jorge Volpi su novela “La paz de los sepulcros” con la siguiente frase: “A veces la muerte inmortaliza”. Para el anónimo la muerte puede resultar la conclusión de un proceso arreglado, controlado e impulsado por la misma vida. No es sino el término de un inicio. Pero para otros es el inicio de una nueva clase de vida: la memoria. Muerto Saramago, muerto Monsiváis, muerto Dehesa, muerto Daniel Sada, muerto Hitchens. Todos ellos ahora lucirán en sus reimpresiones, ediciones detalladas acerca de sus vidas o en fundaciones que se harán en su nombre. Es como si la mercadotecnia y la predadora imagen comercial se aprovecharan de su inexistencia para impulsarlos. Duele saber que se conocen cuando ya no están: nada tan macabro y amargo como su muerte para catapultarlos a la fama absoluta.
¿Será que los homenajes siempre tienen que ser póstumos? ¿Debe de ser la muerte, el muro sobre el que se topa la creación, el pretexto para recordarlos? Parece que la sensación de perderlos mueve la conciencia. La respuesta inmediata de la sociedad es abocarse a conocerlos. Un momento después son olvidados, desbaratados de su personalidad, concluidos de antemano: cada uno ahora los analiza como si toda su vida hubiesen sido analizados.

Premios, reconocimientos, homenajes. En vida todo parece absurdo, apenas un punto que borramos porque hay tiempo. Pero cuando éste concluye entonces reconocemos que su trabajo fue espectacular. Asistimos al pasmo y al luto en el mundo de las letras, de la medicina o de la abogacía y los medios los recuerdan con insistencia. Durante días algunos se jactan de haberlos conocido, otros relatan historias acerca de su genio, se imprimen ediciones especiales. ¡Cuánto lamentan su muerte! Es como si, de pronto, las pasiones de todos afloraran y reconocieran en el que se fue a un compañero intelectual. Odas, elegías, versos. Incluso los tropezones son borrados de antemano. Olvidemos por un instante lo que fueron para postrarnos ante su imagen. La evolución de las formas de la alabanza actualizadas y recargadas por su desaparición.

Algunos buscan el reconocimiento tan vehementemente que han dado su vida por él. John Kennedy Toole, considerado uno de los mejores autores norteamericanos, se suicidio a los 31 años debido a que nadie quiso publicarle su trabajo. Se sentía un fracasado, un cuerpo desmadejado con un hueco de tinta. No podía saber que sus dos novelas: “La conjura de los necios” y “La Biblia de Neón”, lo consagrarían como uno de los mejores novelistas de todos los tiempos muchos años después.

Si de vidas contradictorias, desequilibradas y extrañas se habla, entonces cómo no recordar al que pasó a la historia como uno de los mejores poetas franceses a pesar de su juventud. En Arthur Rimbaud los símbolos son versos y cobran tanta vida que angustian la conciencia. Se desentraña el misterio de las palabras, pero nunca se agota la interpretación. Harto de la literatura partió rumbo al África, dónde se hizo traficante de armas y en don`e llevaría una vida licenciosa. Las cartas que nos han llegado revelan la existencia de un hombre que buscaba todo menos lo extraordinario. Dejó de escribir literatura a sus 20 años. El genio Rimbaud; el inescrutable Arthur.

Carlos Fuentes, García Márquez o Vargas Llosa tienen la suerte del reconocimiento y la aceptan.
Otros rehúyen de ella: J.D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” es un ejemplo de esto.

Las letras que se suceden una y otra vez modifican al mundo. Nada tan precioso y celosamente guardado como el pensamiento. Se le rechaza en vida porque se le considera eterno. Pero cuando los grandes se van, el recuerdo, casi siempre, perdura. La larga carrera hacia la fama comienza cuando la respiración se entrecorta. Entonces la muerte inmortaliza. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

Nuestros terremotos

Guillermo Fajardo
Nada más elocuente que una sacudida para verificar nuestros temores o desequilibrios. Somos síntomas de nuestro entorno, y el estornudo tectónico bajo nuestras pisadas no fue la excepción: vivimos lo que se siente ser vulnerable durante unos segundos. Los adolescentes no nos arremolinamos bajo el miedo, fruto, seguramente, de nuestra manía de minimizar los impactos de lo trágico. La vida entre los catorce y los veinticinco debería ser una comedia.
Los adultos buscaron las salidas. Afuera, el grito ancestral de lo privado se abrió: los vecinos salieron con chanclas, piyamas o celulares hablando frenéticamente. Nos miramos consternados pero con la sensación de alivio que provoca el tiempo. Maquillados de incertidumbre, nuestros próximos se volteaban a ver algo confundidos. Se escucharon unos ladridos de perros. El terremoto pasó más rápido de lo que creíamos pero más fuerte de lo que imaginamos.
Después del doloroso encuentro sismológico, la plétora de noticias inundó la televisión, perfecta amante que atempera la curiosidad, el morbo, y casi siempre las mismas ganas de esperar las mismas cosas: que el epicentro ocurrió en Guerrero; que no hay daños graves; que había que revisar que no había fugas de gas.

Hay quienes han vivido con un temblor bajo sus pies. De un tiempo acá, el escritor Juan Villoro se ha esforzado por contar con elegancia la turba de sentimientos y el miedo que desquicia a cualquiera cuando la tierra baila. Nos encontramos conectados con Chile o la India cuando la roca se mueve. Y nosotros lo sentimos: para quienes no nacimos en 1985 apenas lo intuimos con la necedad que provocan las historias y, los que sí, con la experiencia que desgarra y avitualla a la imaginación de un escape seguro. Y no hay nada más vivo y claro que la imagen de un terremoto personal, para darnos cuenta que los movimientos tectónicos también tienen algo que contar. Decimos que algo nos sacudió cuando la bienvenida a una nueva circunstancia en nuestras vidas cimbró lo que antes conocíamos. Igual que un terremoto: no es tan dolorosa la imagen de los escombros como la reconstrucción hacia lo nuevo. Nos dan miedo las sacudidas no por sus consecuencias sino por lo que despiertan en nosotros. El ser humano se esfuerza por cambiar cada vez que algún argumento o evento modifica su circunstancia: ¿para qué, sino, prometernos a iniciar una nueva relación, un nuevo libro o un nuevo propósito de fin de año? Nuestros terremotos provocan esa sensación de querer romper el círculo que nos aprisiona. Quizá la tierra también tenga sus problemas: necesita moverse de su largo sueño cósmico, necesita eructar para espantar las malas conciencias, necesita llorar para calmarse. Agradezco los días con mucho sol y poco viento. La tranquilidad que dan promueve la espera. Quedarse sentado un minuto para voltear a donde sea. El circo que ha provocado la modernidad es un síntoma de desapego hacia el presente y una notoria incapacidad para examinarlo. Los temblores nos devuelven a nuestra fase de temor primigenio, en un estado en donde no hay saciedad sino sobriedad, nunca la oportunidad de olvidarse del presente sino de marcarlo.
Se movió un poco mi ventana y supe que algo no andaba bien. Escuché pasos nerviosos, un grito que me alertó, los ojos abiertos buscando una salida, la congregación en la calle lejos de las monstruosas plazas y casas que hemos construido. La tierra dejó de moverse. Nos miramos con la esperanza de la tranquilidad y con la astucia de saberse más rápidos que los otros para moverse. Pero el bicho que nos carcomió ya había hecho su trabajo: volvimos a nuestras casas esperando la réplica que nos mantuviera vivos. Algunos la desean tanto para impulsarse hacia el presente o a un estado de vigilia constante. Será por eso que dejamos no solo las puertas abiertas de nuestras casas, sino también, y muy religiosamente, de nuestro espanto.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Cansancio

Por Guillermo Fajardo

De la extenuación priista brotó la égida de Peña Nieto que ya era necesaria de un tiempo acá: es la primera victoria del PAN y una victoria indirecta de los medios de comunicación. Moreira salió fruto de la inverosimilitud e incoherencia entre los resbalosos dichos de unidad y honestidad, y la cara asociada de la corrupción con las sentenciosas frases del partido. En realidad el nuevo PRI es un aforismo hueco, una deformidad que avanza a paso feroz. Peña Nieto es el candidato de la línea: nadie más representativo del priismo que él. A pesar de ser el hombre fuerte, sigue indicaciones; a pesar de ser la esperanza acendrada del PRI, baja la cabeza y sube la mirada hacia lo que le dicen sus colaboradores. Peña Nieto es el paradigma de lo pragmático, la ola de la inercia electoral.
Hay que mantenerse a flote: ¡qué elocuente la imagen del madero que simplemente se deja llevar por la corriente! La democracia mexicana ensillada en el caballo de la imagen. Las vivencias magistrales que cada día vemos reflejados en los acarreos electorales, cimbran el tortuoso empuje de los que sueñan con un voto informado. Seguiremos pidiendo que vengan mejores políticos pero no mejores ciudadanos. Ellos ahí están, felizmente exigiendo y durmiéndose en los laureles de la libertad civil: queremos más porque hay más de donde gastar. Incentivos perversos para una sociedad que tiene hambre de subsidios. Argumento conservador que refleja la defensa de mi posición: que se pongan a trabajar.
Y todo esto dando como resultado que, después de una presión bien encauzada y esta vez con tintes morales Moreira haya salido. No me preocupa que haya deuda, sino que el PRI no haya abierto la boca, porque el mismo efecto electoral inercial que los mantiene es el mismo que promueve su opacidad: vamos adelante, ¿para qué dar explicaciones?

Lo siguiente es investigar para domar la bestia de la impunidad. Pero los mediocres y espesos y lentos esfuerzos para el combate contra los privilegios se diluyen en cuestiones insípidas. El Gobierno Federal dando pena en cada investigación delictuosa. Una declaración cobarde por ahí, y un verso de algún vivo por allá. La tabla de flotación domina al mundo político. Expresión, ésta última, suavizada por la intrascendencia de lo inmediato: el futuro se presenta como un regalo, siempre, sin importar lo que estemos construyendo ahora. México ha fabricado, una a una, la lista de las cosas que nos importan pero que no estamos dispuestos a concretar. Políticos ladinos y sociedad hueca. Prefiero embobarme con el desencanto. Los dichos del valiente Moreira caracterizan al mexicano valiente, pero poco avezado para entender. La radicalidad y el cinismo de su discurso conforman la avería principal en el entramado democrático mexicano: la ausencia de una ética que sostenga las acciones. Estamos en las antípodas entre la modernidad en muchos aspectos y la lentitud en el plano moral. Seguro Popular para todos y un mejor sistema recaudatorio. Policías más eficaces y cambios constitucionales para mejorar la justicia. Adiós a la terminología anticuada de Garantías Individuales para aplaudirles a los Derechos Humanos.
Pero el antiácido actual más efectivo es la apatía. Escuchen el cheque en blanco que Vallejo propone para intuir lo que se avecina: ¡ciudadanos, no voten que todos son lo mismo! Vaya simpleza, vaya tontería. El fenómeno explícito de lo absurdo propuesto por un escritor premiado en la FIL. Me parece grave su propuesta porque ni compromete a anular el voto (expresión verdadera de participación) ni consigue una propuesta innovadora. Aún así, tampoco habría porque caer en la sonada repetición de que el 2012 será la gran oportunidad de México. La verdad es que todos los días lo son. Pero los seres humanos somos ávidos en comienzos cabalísticos o iniciadores marcados por una fecha en un calendario. ¿Es el 2012 la oportunidad para un reinicio o una reconducción verdaderamente democrática? No vale ni siquiera hacerse la pregunta, porque la estamos imaginando para un futuro lejano. Es inútil preguntarnos eso porque está expresada en términos probabilísticos. Todo debería ser hoy, aquí y ahora. Pero no nos hagamos ilusiones: no hay para donde voltear. Los problemas morales que aquejan al Estado son los más difíciles de soterrar porque se han anclado en lo invisible. Están en nosotros y no están. Son los fantasmas nuestros peores enemigos. Es lo intangible, nuestro enemigo más perverso. Y esto, me temo, es la pura realidad.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Simplificación

“El escollo referido se hace consistir en que el positivismo puro se presenta como aséptico, autosuficiente, ajeno a toda ideología…”

Valores éticos en la jurisprudencia fiscal mexicana, Eugenio Castellanos Malo

Introducción

Reglamentos, leyes, Constitución, excepciones, porcentajes, declaraciones anuales, visitas domiciliarias. La fragmentación de la normatividad fiscal ha provocado un desgarramiento en el intento del ciudadano común, inexperto (en palabras de Tipke) de explicarse las normas fiscales por sí mismo, teniendo que recurrir a abogados fiscalistas o contadores públicos para su correcto entendimiento. “El contribuyente ordinario no comprende las leyes fiscales que le afectan. Jo entiende el contenido de sus propias declaraciones fiscales y afirma solemnemente, según el impreso, que ha declarado verazmente, según su leal saber y entender[1].” Comúnmente se escucha en los medios de comunicación la injusticia proveniente de dos vertientes que tienen su explicación en un mismo punto nodal: la falta de moral ciudadana por no ver en el pago de impuestos mejoras sustanciales en eventos concretos, como mejores carreteras, alumbrado público o niveles de educación según la última prueba de ENLACE[2]. Esto, sin embargo, se convierte en un círculo vicioso: al no aceptar la contribución voluntaria como desarrollo, el Estado mexicano carece de ingresos y, por lo tanto, de la oportunidad de mejores opciones en infraestructura o activos intangibles para el futuro. Esto es un problema de desconfianza.

La segunda vertiente proviene de la poca capacidad del Estado (no solamente en su rama fiscal sino por la misma actividad democratizadora) para recaudar y evitar beneficios fiscales desproporcionados a los grandes conglomerados. Es simplemente imposible revisar con la misma minuciosidad a todos. Esto es un problema de eficiencia. El punto de arranque al que hicimos referencia es, nada más y nada menos, un asunto de entendimiento del porqué pagar impuestos, un asunto de moral. La inflación legislativa y las constantes enmiendas y parches a un sistema obeso, provoca que el Estado, de por sí impersonal, resulte afectado por la poca conciencia y vinculación del ciudadano al pago de impuestos. A nadie le gusta dar su dinero, esto es obvio, pero podría mejorarse la obtención de impuestos a través de un sistema amable y de leyes claras, que permitan entender y mantener el hilo comunicante entre los impuestos y un mejor desarrollo.


Klaus Tipke, en su libro “Moral tributaria del Estado y de los Contribuyentes”, al referirse a la carencia en la moral legislativa, descubre un comportamiento explicable, en parte, por la misma actividad política: la gestación de promesas para atraer el voto se ha basado en reducciones fiscales o beneficios fiscales, pero nunca en la simplificación de trámites o leyes engorrosas. Por medio de la reducción de leyes, explicaciones y encuadramientos sustanciales y mejores, se promoverá la transparencia, la declaración de impuestos sin necesidad de expertos y una mejor justicia tributaria, al engullir los complicados trámites y las leyes inentendibles. No se busca el comienzo de un nuevo lenguaje fiscal, pero sí mejores términos para zafarnos de la idea que un Derecho Fiscal o Administrativo sumamente especializado sea necesario.

2.- El impuesto sobre los tontos o la ley transparente.

Klaus Tipke señala que el impuesto sobre los tontos es, básicamente, falta de asesoramiento fiscal. ¿Cómo evitar que se vulnere, no ya el principio de capacidad económica proveniente de la ignorancia fiscal y ni siquiera el principio de igualdad, sino la capacidad fáctica, monetaria, del contribuyente frente a uno con más recursos? He ahí el meollo del asunto. Algunos pueden argüir, y con razón, la carencia del Estado en permitir a sus contribuyentes una mejor situación económica. Nos encontramos aquí en terrenos que no pisaremos: desde el principio de igualdad como manera de permitir el acceso a mejores fiscalistas hasta políticas económicas podrían darnos la respuesta. Se han escrito tratados para mejorar la capacidad económica de los habitantes de un país. Los medios con los que dispone el contribuyente tampoco han sido suficientes, pues la experiencia demuestra que pugnar frente a tribunales fiscales algún impuesto o proponer a través de nuestros representantes alguna mejora ha resultado en una tarea fallida. Lo primero debido a la solidez de un marco conceptual y jurídico muy aceptado (Klaus Tipke menciona la inmunidad de ciertos impuestos por encontrarse en los artículo 105 y 106 GG. De la Constitución alemana[3]) y lo segundo por las negociaciones políticas que la mayoría de las veces termina en una vaga, cobarde o inútil decisión.

A partir del nacimiento del Estado de Bienestar, los gastos públicos se han incrementado de manera importante: “El Estado no se concreta solamente a la seguridad interior y exterior y a la impartición de justicia; dejar de ser un Estado abstencionista, para convertirse en uno intervencionista, puesto que asume la tarea de llevar a cabo una política económica-social, planificadora y socializante[4]”. Tipke también lo menciona, “… ¿qué sucede cuando la imparcialidad en el gasto se convierte en desvergüenza; en un desvergonzado derroche de la recaudación tributaria? En la realidad, el parlamento había pasado de ser un freno, a actuar durante decenios como un motor del gasto[5]”. Así como el gasto se ha incrementado, las leyes fiscales también. Ahora tenemos un sinnúmero de normas que regulan muchos supuestos de hecho o violaciones a la norma. Esto ha contribuido a la opacidad fiscal. Aunado a esto, el lenguaje fiscal resulta poco claro.
La solución al problema reside en la simplificación. Por medio de ella el ciudadano común y corriente podrá hacer su propia declaración y, más importante, hacerla, permitiendo que el Estado se dedique a perseguir a los grandes evasores fiscales, y no tenga necesidad de distraer recursos y capital humano en la búsqueda de pequeños evasores. No se nos escapa el hecho de que el Fisco, de por sí, persigue a los grandes evasores[6].

 Aún así, sería benéfico el pago generalizado de impuestos. Además, esto permitirá que el círculo de confianza no se rompa: a mayor recaudación más impuestos y, a mayores impuestos, más desarrollo. Esto, sin embargo, no se cumple de manera inmediata: el desarrollo de un país tiene que ver con un sinnúmero de factores, y no solamente por tener más dinero que gastar. El gasto, por cierto, es otra historia: cómo se haga dependerá de la clase de personas que estén en el poder. Pero imaginemos un Estado responsable en el gasto.

Esta propuesta (la simplificación) resulta provechosa para la comprensión de todo el sistema fiscal sin necesidad de explicaciones confusas o, peor, falsas. El ciudadano que ve y entiende la legislación fiscal y sus consecuencia prácticas (nuevamente, un mejor desarrollo) paga más impuestos, pues se ven reflejados en lo concreto. Cuando entendemos de manera clara las consecuencias de un hecho, las aceptamos como lógicas: cuando entendemos el porqué de las normas fiscales, aceptaremos la recaudación. También, la simplificación fiscal y un mejor arreglo normativo harán que no se vulnere el principio de capacidad económica. Me estoy refiriendo, por supuesto, al impuesto sobre los tontos. Así, los ciudadanos evitaran pagar más de lo que les toca. Sumado a esto, la difusión por parte del Gobierno de un discurso generalizado y una cultura fiscal necesaria sería una buena estrategia para aumentar el pago de impuestos.

Hemos sido demasiado complacientes con los ciudadanos y poco comprensivos con el Estado: la riada de conductas inmorales en relación al pago de impuestos por parte de los contribuyentes prende una alerta que es necesario acallar. No es solo que las leyes deben de ser más claras: los ciudadanos deben respetar el mandato constitucional. ¿Cómo lograr esto? Una posición eclética y prudente nos diría que los resultados obtenidos de un gasto responsable contribuirán a una mejor recaudación. Es decir, el primer paso lo tiene que dar el Estado. Pero la realidad demuestra lo contrario: el sonado caso del endeudamiento del Estado de Coahuila (y otro muchos ejemplos de corrupción) nos hace dudar de un Estado honesto. La relación tiene que ser recíproca, respetando, sí, el principio de capacidad económica pero también la deuda ciudadana frente al Estado: la entrega del impuesto para diluir la responsabilidad del ente público frente a nosotros.

Conclusión

En democracia se busca la participación de todos. Antaño, un único centro de poder (el monarca) establecía los dictados que había que seguir. Ya no sucede esto. Ahora se busca la igualdad de todos ante la ley. Las propuestas hacia una recaudación eficiente han caído en oídos sordos, no solamente por parte de nuestras autoridades sino por parte de los ciudadanos. La simplificación fiscal nos ayudará a minimizar los rudos efectos de la falta de confianza y de la vulneración de la falta de capacidad. El efecto de los free riders, contribuye al desprendimiento del principio de capacidad económica y al tablado endeble que nos sostiene: los pocos pagan mucho y los muchos poco. Vivimos en un sistema fiscal parasitario y abocado a encontrar resquicios legales para una evasión legítima, sí, pero que no advierte los peligros de los beneficios fiscales, pues la equivalencia entre estos y la poca contribución no subsana las millonarias pérdidas. Si los ciudadanos, por medio de leyes claras y fáciles, entendieran que una recaudación abultada conduce a mejores resultados, la fantasía del Estado Benefactor sería una realidad. Pero el primer instrumento, como lo mencionamos, lo tiene que tocar el Estado: la moralidad de las promesas políticas y legislativas deben de residir en un espacio de responsabilidad, y no en un vacío ético que transita por caminos tersos y pueriles, o barrancos profundos y peligrosos. No se ve clara la salida, y es que la moral tributaria del Estado y de los contribuyentes sigue siendo, me temo, una ilusión: la utopía de Tipke.



[1]  Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona.
[3] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, pp. 142, 42, 47, 48, 53, 101.
[4] Compendio de Derecho Administrativo, Delgadillo Gutiérrez Luis Humberto y Espinosa Lucero Manuel, Editorial Porrúa, 2008, pp. 5-6.
[5] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 106.
[6] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 95

domingo, 27 de noviembre de 2011

Déjame te cuento algo

Por Guillermo Fajardo

Iré directo al grano: no me gustó el discurso de Vallejo en la FIL. El día de ayer tuve una discusión electrónica con un compañero el cuál veía en las palabras del escritor una pasmosa y profunda elucubración política. Yo sólo veo simpleza. Un mensaje tosco, trillado, sin una idea de fondo original. Si sus tres mandamientos llevan cargados el virus de la inteligencia que alguien me explica dónde está. Veo poco en su mensaje y mucho en su estrategia: comenzaré a leer muy pronto La virgen de los sicarios. Pero el punto toral de lo que dijo reside en que entubó y abrió la manguera para dejar escapar el líquido hacia un solo lado: no voten (¡para qué!), no se reproduzcan (no sé qué decir, ¿qué digo?) y respeta a los animales (comparando a uno con Fox). Nunca me han gustado las críticas simples, que no proponen. La alternativa a algo como propuesta es mucho mejor.
Vallejo viene a confirmarle al ciudadano de a calle lo que se respira en el aire: no vengas a votar que todos son lo mismo. ¡Vaya pensamiento del gran escritor del mundo hispano! ¡Qué elocuencia, qué delicadez, qué originalidad! Sus narraciones serán excelsas, pero le sucede lo mismo que a Fuentes: sus opiniones políticas son en extremo trasnochadas. Qué bueno que opine, vivimos en un país democrático. Qué bueno que alce la voz y critique, vivimos en un país donde se respeta la libertad de expresión. ¿Pero no votar? ¿Entonces qué hay que hacer? Es mediante el voto donde se equipara la fortuna de la libertad y la conquista de la igualdad. ¿No votar? ¿En serio? Si tenemos a los mismos gobernantes es porque el ciudadano no quiere informarse. ¿Qué me dicen que, después de saberse de la deuda de Moreira su hermano queda como Gobernador? ¿No quieren a esos gobernantes? No voten por ellos.

Si estuviera escuchando a cualquier otro ciudadano, sin un título que lo acredite como uno de los grandes escritores, no me sorprendería porque no esperaría de él más de lo que es. Pero de Vallejo sí esperaba más. No me lanzo a escribir contra él por su crítica, sino porque ésta es muy tonta, muy simple. Me pregunto qué pensaría este inquietante, inteligente y profundo hombre de estado si algún político saliera a decir que no lean. ¡Qué Dios nos agarre confesados! Vallejo califica a todos los políticos de “aprovechadores públicos”, inflamando la mente de sus lectores para arrojarse contra ellos como inquisidores que exigen ver traslúcidos a sus gobernantes: desde su vida privada hasta su rutina. Su corta pero sesuda clasificación política deja corta a la de Aristóteles: además de aprovechadores públicos tenemos… ¡atropelladores públicos! Sorprendido, busqué en todos lados pero no encontré tal definición. Algunos son despreciables, sí, pero su discurso bobo polariza lo que debería enmarcarse en el diálogo: así como la espina dorsal de la democracia no es la exclusión ni la toma de bandos, pero la inclusión y la acción centrípeta de la unión, la literatura no es el lugar de la irresponsabilidad y la locura. Vallejo está ciego. Se parece a la campaña de Xavier González Zirión cabalgando en la intolerancia al grado de decir: no tenemos empacho en decir groserías porque estamos hartos de los políticos. Nuestra posición moral como ciudadanos está por arriba de la suya como servidores públicos. Solo nosotros dictamos cátedra. Solo nosotros nos subimos al púlpito. Solo nosotros agarramos el micrófono. Solo nosotros podemos aleccionar. Estos dos genios viven pertrechados con la pandilla de los virtuosos queriendo espantar a la camarilla de los bandidos.  

Dice que el Presidente es indigno de su cargo. Otra vez lo mismo: la labor del escritor no es estar indignado sino alerta. Que proponga, a través de su narrativa, alguna u otra solución (si la tiene que alguien me lo diga y de antemano me disculpo por mi ignorancia). Pero Vallejo está cómodamente escondido tras bambalinas esperando que sus lectores le aplaudan. Será Fox un hombre despreciable, ruin y tonto. Pero no bajemos el discurso para decir que es un animal. ¿Un hombre de letras insultando a alguien de esa forma?
Para culminar sus magníficos y sabios pensamientos que, a mí, por su radicalidad y simpleza, me parece que los podría enunciar alguien de 20 años, el escritor se lanza contra la iglesia. Una de las instituciones más calumniadas por algunos porque ven en ella los resabios que fueron y los errores que son, pero no el sostén moral que a millones les da esperanza.

Tienen bastantes cosas reprochables. Demasiadas para pregonar que Dios es misericordioso. La iglesia, y hay que decirlo, es una escuela de sufrimiento terrenal. Aclaré esto para que no vayan a ladrar como perros, a sacar la lengua como víboras o cagar como cerdos (estoy imitando el lenguaje del escritor, por si no se habían dado cuenta, que en tan alta estima tiene a los animales).
Dice: La iglesia defiende un óvulo fecundado por un espermatozoide, pero sí permite que acuchillen a las vacas y a los corderos que sí tienen sistema nervioso, ahí si no levantan la palabra: si ha habido una empresa bien criminal en México es el cristianismo” Equiparar el óvulo (una futura vida humana) con una vaca es simplemente decepcionante. Esperaba más de Vallejo. Estoy realmente triste no porque sus palabras me parezcan falsas, sino porque no propone nada más. ¿En serio este debe de ser el arquetipo del escritor? ¿Pues qué pasa? Fuentes aplaudiendo a una izquierda que se desmorona, Vargas Llosa diciendo que el PRI fue la dictadura perfecta, Vallejo diciendo que todos los políticos son la misma mierda. Sigue resonando en mi cabeza el hecho fatídico de estar presenciando los albores de la estupidez, sin una propuesta que nos pueda levantar la cabeza después de la tan ansiada Revolución. Vamos a estarle aplaudiendo a los escombros, para después vivir entre ellos.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no aprendí de la vida.


Un hombre que añora a su esposa, una esposa que lamenta la chifladura de su marido, la iguana Zapata, un gato impertinente y el payaso Ronald McDonald se dan cita en esta novela, donde es difícil distinguir la realidad del delirio. A través de las más audaces técnicas narrativas, Guillermo Fajardo nos involucra en un ejercicio de imaginación que, a la manera de Murakami, no da tregua al lector, sino hasta que éste ha concluido la última página de Lo que no aprendí de la vida, un texto que anuncia a una de las promesas más firmes de la narrativa mexicana.
Gerardo Laveaga



Los últimos versos que te escribí.


Mi novela estará en la FIL de Guadalajara. La edición completa saldrá en unas semanas más.


AGAVE, narrativa joven mexicana

Colección general de narrativa para primera o segunda obra de autores mexicanos menores de 35 años, concebida como tributo y apuesta por la literatura de México que dará de qué hablar en el futuro.

5. GUILERMO FAJARDO, Los últimos versos que te escribí

Primera edición: octubre de 2011, 220 ejemplares.
Imagen de portada: ©Anatoly Repin.
Formación editorial: Irma Martínez Hidalgo.
Número de páginas: 260.
Ejemplares en la FIL: 20.
Precio de lista: 180 pesos.
Precio en la FIL: 125 pesos.


Un seminarista vuelve de Roma a la ciudad de México para asistir al sepelio de su padre y para reencontrarse con un pasado que le deparará terribles sorpresas. Así da inicio este entramado complejo de re­flexiones sobre Dios y la vocación política, el oportunismo cínico, las clases sociales, el amor, las contradicciones de la existencia, el destino. En “Los últimos versos que te escribí” van entrando una tras otra las sorpresas: la mujer que el seminarista alguna vez amó y a la que todavía ama se ha convertido en prostituta; el padre del muchacho le ha dejado como herencia una casa en Cuernavaca y el negocio que ha sido el secreto y más firme pilar de la desahogada posición social y económica de la familia: dos casas de citas. Y luego, varios amigos –entre ellos su antigua novia (y ahora prostituta)- y la que fuera su maestra de filosofía, son parte de una red de intereses destinada a descubrir el destino y la localización de un misterioso documento; y su verdadera madre, perdida, está encerrada en una horrenda y misteriosa cárcel debido al insulto proferido al presidente de la República, y a que su ambiciosa abuela teme que sus perniciosas ideas liberales puedan contagiar a su bondadoso hijo. En cuanto al misteriosísimo documento que tantas desgracias provoca, ¿qué contiene? De verdad sorprende averiguarlo…

domingo, 20 de noviembre de 2011

Improvisación

Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque.
En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y  las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.

Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI.  La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Alguien tenía que decirlo?

Por Guillermo Fajardo

“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.

Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.

domingo, 30 de octubre de 2011

L-E-T-R-A-S

Por Guillermo Fajardo

Cuando escriben Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez habla Latinoamérica. Cuando ellos expresan América Latina se detiene detrás de ellos. Sus novelas son el retrato más representativo del español en el mundo. Así podremos decir de muchos novelistas, que no solamente son una voz, sino todas las voces. La pretensión de universalidad se alcanza con ciertas plumas. Y es que la novela no es entretenimiento sino pregunta constante; nunca apática, la narrativa se debe mantener en tono de rebeldía ya sea ante cualquier aspecto de la vida o resquicio de realidad: no hay cosa más dichosa para un escritor que la censura. El dictador indicando a sus súbditos que la lectura la dejen a un lado. Primero las odas al pensamiento; antes los lambiscones a las preguntas. La lectura en voz alta, técnica muy recurrida hace ya algunos siglos, era una manera segura de contrarrestar los embates de las dudas, la terrible omnipotencia del lector que interpreta: cuando el maestro leía tal o cual texto era posible hacer un apunte enérgico, era posible indicar a sus oyentes que solamente había una interpretación. Dios así lo quería. El César así lo ordenaba. Se prefería la intervención de la palabra a la soledad del lector. Era preferible recordar a plasmar. Pero el libro escrito como forma de recuerdo pasó a ocupar una parte importante en la historia de la lectura. Ahora la lectura en voz alta es rara, y es más bien el hombre, sentado con un libro abierto y decodificando las palabras lo que le da origen, desarrollo y vida a los libros.

Los escritores son héroes frustrados o fantasmas concretos: lo primero por su ambición de recrear lo que no pueden y lo segundo por su intangibilidad a la hora de leerlos. No están ahí pero están. Los personajes son dudas andantes y las emociones una fina pieza de relojería que avanza inexorable hacia un final que nunca la va a alcanzar a explicar en su totalidad. Y cada pieza literaria comprometida con su tiempo, su historia y su misión. Los lectores aceptan, renuentes, la novela enmascarada de autobiografía. El escritor sentado develando sus secretos. ¿No es la novela, entonces, el acto más egoísta que hay? ¿Es una advertencia al lector, condicionada desde el principio, de que va a encontrar un aleccionamiento constante? ¿No es la pretensión del escritor el enseñar, el exponer lo que no es suficiente? ¿Sería la novela tan necesaria si encontráramos de antemano todas las posibilidades y aceptáramos sin miramiento alguno lo que hay?  No hay novela feliz. No hay historia que funcione así. Toda narrativa lleva envuelta el paño de lo incompleto, de lo que no basta, de lo que falta explicar. El desequilibrio que plantea una novela es brutal porque no solamente pretende alcanzar el futuro con una pregunta, sino replantear el pasado con una certeza. Llegar al origen de las acciones humanas plantea una dificultad que arrastra y diezma la tarea de replantearse lo que sucedió. El escritor entonces es también un impostor. Alguien que viajó al tiempo a través de las letras de otros para hacer suya el tiempo que ahora le plantea al lector.

Pero es también la escritura un acto de gratitud. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Vargas Llosa nos dice que “si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho, sus sombras nos sumirían en la oscuridad”. El abrazo y la efervescencia de un pasado que está en las letras y que nos llega fácilmente: no hay cosa más pronta, rápida y directa que sentarse a leer. Nada ocurre tan rápido en una novela que la mente no sea capaz de digerirlo y nada tan lento que la memoria registre al instante por el paso aletargado que podría suponer leer. No hay apuro pero tampoco lasitud. El lector es dueño de sus movimientos. En un mundo tan intranquilo sentarse a leer parece un acto contra natura. Una acción tan irrisoria, tonta y casi antinómica entre el principio de la eficiencia que dicta la rapidez, y la moderación y el silencio que acecha a unos cuantos. “Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”. Vargas Llosa da en el clavo: la literatura sin una pizca de humanidad es una farsa. El escritor no está, ni debe de estar, al servicio de vilezas o bajezas que deshonran la causa de encontrarnos iguales. Lo sé: los soñadores se encuentran en todas partes. Discurso universal; la literatura es la lengua de Babel previo a la confusión. Esta concepción de las letras está abandonada a su propia suerte. Se ha dejado a un lado la literatura por el apuro que supone vivir. Y no es que la imaginación resuelva o mitigue las injusticias, sino que las anuncia para ser combatidas. Las letras invitan al pensamiento y nos orillan a enganchar y cuidar lo que apenas germina. Allí dónde hay conciencia de cambio, hay cultura, literatura y, si hay literatura, hay historia, recuerdo, condena, progreso

domingo, 23 de octubre de 2011

Gerardo

Por Guillermo Fajardo

Casi lo he llegado a admirar con la reserva que suponen los ídolos. Nada en la vida carece de una explicación. Yo supondría que se trata de una bien alimentada, edulcorada, envanecida y palomeada estrategia política. Tiene un discurso vehemente, alocado y furibundo. Les robaron la presidencia. Tienen a un criminal, dice, en la Secretaría de Seguridad Pública. El Presidente es vituperado y corregido en cada una de sus declaraciones. No sé si se trata de demagogia exacerbada, de un guión bien amaestrado o simplemente de una convicción tan profunda que tiene las raíces colmadas de agua. En las comparecencias de García Luna y Lozano hizo lo mismo que ha hecho los años pasados. La democracia abriendo de brazos a los que en una frase tienen mucho que decir sin decirlo. Los calificativos embadurnan las palabras de grasa para caer, fáciles, en el tobogán de los extremistas. Adjetivos que inflaman; palabras alocadas y descalificaciones torpes, burdas aunque efectivas. Es un político de culto. Tiene aficionados que darían la vida por él. Quema las sesiones; las llena de gasolina y deja un fósforo encendido. Pareciera que no lo hace a propósito y que su elocuencia a la hora de culpar es síntoma de lo mal (piensa) que lo ha hecho el Gobierno Federal. Es el primer perro que escucho que ladra y que se le entiende. Es el primer político congruente: nos guste o no, su exacerbado discurso colma de lava lo que antes fue verde; con su saliva desgasta lo intocable; es temerario hasta el extremo. La localización de su voz la encontramos fácilmente en la Cámara. Los susurros y los murmullos no son lo suyo. No quiere construir misceláneas sino catedrales. Se sube al púlpito y acusa de lo que sea al PAN o al PRI. Todos los que están en su contra son “empleados”, “vende patrias” o “asesinos”. Ahí está el problema. Quiere radicalizar. Pone veneno en el agua y después se voltea. Les da cerillos a los pirómanos; dinero a los ludópatas; abre las puertas gustoso a los sediciosos. Insiste en la revolución. Insiste en jugárselas a todas y a todos. Se revuelca en el pantano y da vueltas, orgulloso. No es un bribón: es una piraña. No es cínico: es mordaz.

La democracia viendo como uno de los representantes de la Nación jugando a acusar sin fundamento alguno. Que si García Luna tiene casas millonarias; que si el Presidente es un borracho; que si Lozano es un ladrón o lo que sea. Lo dice con la convicción del que sabe o ha visto cosas que los otros no. Es un hombre culto, al parecer. Le gusta leer. Arrulla a sus enemigos con largos pero directos discursos. Es el hombre más elocuente de la política. Suena veraz. Qué pena que pierda su tiempo y su carrera política en el PT y en la izquierda. Estos partidos rapaces han buscado pervivir a través de liderazgos espinosos y rampantes pero inútiles políticos. Quizá sería un buen gobernante aunque populista; incendiario aunque elocuente. Exponiendo en la canícula a los que tienen sed y apartando a los satisfechos del botín. Asiste y promueve la orgía para después descalificar. Así vive la política Gerardo: se trata de alguien inteligente que pierde el tiempo del país y de la democracia en señalamientos que, si bien ciertos, también inasibles por incomprobables. Si con el mismo dinamismo, fuerza y pasión defendiera lo que realmente importa, tendríamos antes nosotros a un político de época. Está demasiado volcado en descubrir marañas que quizá no existan: cae en el típico error de la política: quiere buscar las protuberancias, las turgencias y las cicatrices donde sea, pero al costo de conseguir, simplemente, adeptos. No es descalificar y ni siquiera proponer sino moderar. El político debe de negociar y encontrar puntos de acuerdo y no en ufanarse de su propia bandera. López Obrador es un fardo que a nadie ayuda. Y el talento de Fernández Noroña ahí, en el nicho más desgastado y odiado del país. Recurriendo a los temas más manidos y controversiales. Le llegué a preguntar cuántas iniciativas había preguntado. Dijo que una. Ahí está el problema, otra vez. Ya sé que tampoco presentar iniciativas hace al buen político. Pero sí nos da una idea de su compromiso, de su tiempo para pensar en cómo mejorar y colmar las lagunas o las contradicciones en la ley. El último año de Gobierno será su año. De eso no tengo duda. Dejando caer el plomo sobre los ineptos; aplaudiendo las supercherías y aquelarres de López Obrador; gozando como al Gobierno Federal se le desgasta absolutamente todo. Buscando otra oportunidad para volver a morder. Es astuto, oportunista, valiente. Pero no avanza a ningún lado. Ahí está el problema.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Importan los números?

Por Guillermo Fajardo

Luis Videgaray escribe un timorato, vacío y enclenque artículo acerca de las deudas públicas de los estados de la Federación en la revista Nexos de este mes. Cómo un susurro y una sombra, y como ejemplo de perfección, dice que la administración de Peña Nieto bajó su nivel de endeudamiento; que las deudas públicas de los Estados no representan un riesgo a las finanzas nacionales y nos compara con Brasil y Argentina para hacernos saber que los estados de estos países tienen un mayor nivel de endeudamiento que el nuestro. Presenta elocuentes gráficas y ¡pide que “se obligue a los bancos a evaluar el riesgo crediticio y la capacidad de pago de las entidades federativas”! No toca, por supuesto, el problema que representa el poder exacerbado; la supresión de la división de poderes en los Estados y la opacidad de muchos de ellos a la hora de presentar sus deudas. Aquí no se trata tanto de si la deuda pública implica un problema para la Nación; tampoco si debe de haber una mejor regulación o si las transferencias federales deberían ser menores. La ferocidad y la obesidad por el dinero se han convertido en un asunto que traspasa el velo de lo técnico para instalarse, cómodo, en el sillón de la moral; de una nueva actitud; de un federalismo responsable. El problema está en que el Gobernador Moreira no abrió la boca para hablar de su deuda y que poco le importó al partido dar una explicación.

El nuevo PRI es el que arropa: la única condición es ponerte la camiseta; es el que promueve la unidad que nada y se da baños de pureza y que ataca y acusa de morbosos a quienes los critican; el que quiere la cláusula de gobernabilidad anulando los esfuerzos de la pluralidad; el PRI que se cierra a las candidaturas ciudadanas; el PRI de la Ley Peña y el partido que presume un cambio de piel y una nueva tonalidad ahora sí acorde con el presente con tan solo abrir la cortina y presentar a Peña con un excelente trabajo dental y un concentrado, repetido y hermoso romance. La hediondez que emana de una buena estrategia televisiva inflada de aire. El horror a la hora de salirse del guión. El temblor y la taquicardia a la hora de pensar. Y es que los números que arrojan las encuestas importan más que cuestionar al puntero en imagen y olvidarse de Beltrones. Curiosamente, éste último es el que parece darle una nueva cara al priismo, una bofetada que los menos excitados por llegar al poder columbran desde lejos, oteando las orillas de la moderación y de la modernidad.



El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.

domingo, 9 de octubre de 2011

Gritar desde el aula

Por Guillermo Fajardo Sotelo
“¿De dónde viene entonces el primer aliento de la crítica política? No proviene de una fe (…) sino de la sospecha”. Jesús Silva Herzog Márquez, la idiotez de lo perfecto.
José María Pérez Gay (1943) presenta en “Tu nombre en el silencio” una narrativa elegante, solidificada por su coherencia y felizmente actual: relata el inmarcesible e indómito grito estudiantil; la esperanza soñada de levantarse para agitar y cambiar, y la fábrica constructora de voces que, desde lo inhóspito de la desesperación, pugnan por durar.
 Los personajes de la novela, tres estudiantes latinoamericanos, viven atrapados entre la incertidumbre de un futuro poco amable y la imagen de un pasado en sus respectivos países que no fue nada satisfactorio. Quieren cambio, respiran revolución.
“La lucha de clases es una guerra: uno de los dos contendientes debe de morir”. Ese es el lema de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, cuyo líder, Rudy Dutchske, está convencido que la mejor manera de llenar las promesas de la protesta social es atar los cabos sueltos que el sistema no ha podido hilar: aún no sabemos si por desidia o incompetencia. Pero, eso sí, ¡vaya profecía actual!: los indignados en España le preguntan al Gobierno porque si, teniendo dos carreras, no tienen trabajo; porque si, prometiendo el Paraíso, necesitamos un rescate y una mano que nos auxilie; porque si, la literatura ya lo predijo, seguimos en las mismas.
Imposible no relacionar ambos momentos: 2011 y las manifestaciones televisadas, extrañamente impulsadas sin el empuje que supone verse a la cara, y la novela de Pérez Gay, en donde los estudiantes parecen ser los mismos que nos encontramos en Egipto y España. La literatura aparece como figura profética, que se introduce furtivamente en la mente y actualidad de los que estamos aquí. Pero también como apéndice recurrible: ahí está el librito de Hessel y sus consecuencias, tan fácilmente palpables que la pregunta del papel de la literatura en torno al eje de la indignación juvenil parece obvia. Confiesa el autor en una entrevista para El País, que “Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis”. Llegamos, entonces, apuradamente a una conclusión: el escritor es el único revolucionario que necesita de silencio; su lector, el único receptor que requiere la luz de las letras. Hessel confrontó en aquella época a un enemigo formidable; los estudiantes de hoy, ante una estructura temible y, en cierto sentido, difusa.
La educación parece ser el escollo más abultado que los autoritarios encontraron en este nuevo tiempo: de este modo, la superficialidad de antaño en un mundo mucho menos complicado lograba airear a los poderosos; hoy, las propuestas de los indignados no solamente registran un mohín vestido de intelectualismo sino una valentía corregida por la sensatez. Los principales convocantes en Túnez y Egipto fueron jóvenes educados con acceso a las redes sociales. Las nuevas protestas ya no requieren del puño violento de los sediciosos sino de la purga correcta que hagan los pensadores de sus proposiciones. “No somos anti sistema; el sistema es anti nosotros”, gritan. El futuro de la protesta social está en que se entienda ésta como un buen método para lograr el consenso. Mitigar los terribles efectos del divorcio ocurrido entre la sensatez y la exigencia. Los nuevos gobiernos emanados del cambio y aquellos que quieran reproducir su propia supervivencia necesitan aprender del pasado. Nuevas opciones de representación; más y mejores canales para inducir a la participación; pulir las ocasiones para dirigirse a sus gobernados con responsabilidad. El poder que inicia su camino debe desbrozar la hidra que creció: el acceso a la política entendida como libertad y derecho no es solamente síntoma de prudencia, sino imberbe paso de modernización.

Peter Weiss, en un famoso poema, escribe que quienes hacen la Revolución esperan que todo cambie: que el poeta haga mejores versos, que la mujer se consiga un marido que no huela mal, que el pescador tenga mejor suerte con su anzuelo. Cogen La Bastilla y no sucedió nada, ¿por qué? La razón estriba en la debilidad de las promesas: hagamos la Revolución entendiendo que los que forman parte de ella coincidan en promover la causa para lograr el cambio. La simple toma de ideas y la reverberación de lo correcto no harán del instante un mejor tiempo. La sazón de la transformación resulta más en lo que se hace que en lo que se pide. Es decir: ciudadanos activos no solamente por un día, sino por un camino.
Las letras, sin embargo, tienen un papel muy importante que jugar: funámbulas que se inclinan para caerse, deben mantenerse dentro de los hilos concretos de su existencia y de su objetividad. Aquellos que escriban para incitar, deben saber a dónde mirar. Hay que saber agitar pero reconocer en el temblor que se inicia los cauces que nos permitirán sobrevivir. Sí, respuesta contra la autoridad, ¿pero cuál? ¿Hacia dónde ir? En los albores del siglo la indignación parece ser la ocupación más alentadora hacia una transformación que no consista en plegarse a un decálogo de tonterías sino a un sugerente escrito de razones. La óptica del que sale a la calle a manifestarse no debe ser nunca la de la postura agresiva sino la del pensamiento bien encauzado. Dice Francis Fukuyama que “las ideas preceden a la acción”. La razón interpuesta entre los movimientos sociales y la teoría bien plantada de lo que buscamos; el eje axial de las propuestas debe estar cimentada en la consecución necesaria hacia un fin. Gritar desde el aula pero no confundir la magnificencia con la persecución y la violencia. Los libros fueron las armas que se desenfundaron en España y Egipto. Las ideas provocan mucha más irritabilidad en los gobernantes que cualquier estrategia castrense o tácticas desestabilizadores de un régimen. Los que protestan no piden que se les otorguen grandes concesiones ni estrepitosos beneficios. Piden lo que ven; exigen lo que les prometieron. Y están aglutinando las ideas que permiten la iniciación hacia el canje por un nuevo futuro, enarbolan la bandera de la prudencia y la moderación, calcan bajo la hoja de la esperanza un nuevo viento que fragüe, de una buena vez, el hilo comunicante entre la protesta social y el discurso oficial: hay que aplaudir el concurso de la retórica; auspiciar desde abajo la revolución; revitalizar, sin apresurarnos, el cambio que se nos escapa.