domingo, 18 de diciembre de 2011

Nuestros terremotos

Guillermo Fajardo
Nada más elocuente que una sacudida para verificar nuestros temores o desequilibrios. Somos síntomas de nuestro entorno, y el estornudo tectónico bajo nuestras pisadas no fue la excepción: vivimos lo que se siente ser vulnerable durante unos segundos. Los adolescentes no nos arremolinamos bajo el miedo, fruto, seguramente, de nuestra manía de minimizar los impactos de lo trágico. La vida entre los catorce y los veinticinco debería ser una comedia.
Los adultos buscaron las salidas. Afuera, el grito ancestral de lo privado se abrió: los vecinos salieron con chanclas, piyamas o celulares hablando frenéticamente. Nos miramos consternados pero con la sensación de alivio que provoca el tiempo. Maquillados de incertidumbre, nuestros próximos se volteaban a ver algo confundidos. Se escucharon unos ladridos de perros. El terremoto pasó más rápido de lo que creíamos pero más fuerte de lo que imaginamos.
Después del doloroso encuentro sismológico, la plétora de noticias inundó la televisión, perfecta amante que atempera la curiosidad, el morbo, y casi siempre las mismas ganas de esperar las mismas cosas: que el epicentro ocurrió en Guerrero; que no hay daños graves; que había que revisar que no había fugas de gas.

Hay quienes han vivido con un temblor bajo sus pies. De un tiempo acá, el escritor Juan Villoro se ha esforzado por contar con elegancia la turba de sentimientos y el miedo que desquicia a cualquiera cuando la tierra baila. Nos encontramos conectados con Chile o la India cuando la roca se mueve. Y nosotros lo sentimos: para quienes no nacimos en 1985 apenas lo intuimos con la necedad que provocan las historias y, los que sí, con la experiencia que desgarra y avitualla a la imaginación de un escape seguro. Y no hay nada más vivo y claro que la imagen de un terremoto personal, para darnos cuenta que los movimientos tectónicos también tienen algo que contar. Decimos que algo nos sacudió cuando la bienvenida a una nueva circunstancia en nuestras vidas cimbró lo que antes conocíamos. Igual que un terremoto: no es tan dolorosa la imagen de los escombros como la reconstrucción hacia lo nuevo. Nos dan miedo las sacudidas no por sus consecuencias sino por lo que despiertan en nosotros. El ser humano se esfuerza por cambiar cada vez que algún argumento o evento modifica su circunstancia: ¿para qué, sino, prometernos a iniciar una nueva relación, un nuevo libro o un nuevo propósito de fin de año? Nuestros terremotos provocan esa sensación de querer romper el círculo que nos aprisiona. Quizá la tierra también tenga sus problemas: necesita moverse de su largo sueño cósmico, necesita eructar para espantar las malas conciencias, necesita llorar para calmarse. Agradezco los días con mucho sol y poco viento. La tranquilidad que dan promueve la espera. Quedarse sentado un minuto para voltear a donde sea. El circo que ha provocado la modernidad es un síntoma de desapego hacia el presente y una notoria incapacidad para examinarlo. Los temblores nos devuelven a nuestra fase de temor primigenio, en un estado en donde no hay saciedad sino sobriedad, nunca la oportunidad de olvidarse del presente sino de marcarlo.
Se movió un poco mi ventana y supe que algo no andaba bien. Escuché pasos nerviosos, un grito que me alertó, los ojos abiertos buscando una salida, la congregación en la calle lejos de las monstruosas plazas y casas que hemos construido. La tierra dejó de moverse. Nos miramos con la esperanza de la tranquilidad y con la astucia de saberse más rápidos que los otros para moverse. Pero el bicho que nos carcomió ya había hecho su trabajo: volvimos a nuestras casas esperando la réplica que nos mantuviera vivos. Algunos la desean tanto para impulsarse hacia el presente o a un estado de vigilia constante. Será por eso que dejamos no solo las puertas abiertas de nuestras casas, sino también, y muy religiosamente, de nuestro espanto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario