Empieza Jorge Volpi su novela “La paz de los sepulcros” con la siguiente frase: “A veces la muerte inmortaliza”. Para el anónimo la muerte puede resultar la conclusión de un proceso arreglado, controlado e impulsado por la misma vida. No es sino el término de un inicio. Pero para otros es el inicio de una nueva clase de vida: la memoria. Muerto Saramago, muerto Monsiváis, muerto Dehesa, muerto Daniel Sada, muerto Hitchens. Todos ellos ahora lucirán en sus reimpresiones, ediciones detalladas acerca de sus vidas o en fundaciones que se harán en su nombre. Es como si la mercadotecnia y la predadora imagen comercial se aprovecharan de su inexistencia para impulsarlos. Duele saber que se conocen cuando ya no están: nada tan macabro y amargo como su muerte para catapultarlos a la fama absoluta.
¿Será que los homenajes siempre tienen que ser póstumos? ¿Debe de ser la muerte, el muro sobre el que se topa la creación, el pretexto para recordarlos? Parece que la sensación de perderlos mueve la conciencia. La respuesta inmediata de la sociedad es abocarse a conocerlos. Un momento después son olvidados, desbaratados de su personalidad, concluidos de antemano: cada uno ahora los analiza como si toda su vida hubiesen sido analizados. Premios, reconocimientos, homenajes. En vida todo parece absurdo, apenas un punto que borramos porque hay tiempo. Pero cuando éste concluye entonces reconocemos que su trabajo fue espectacular. Asistimos al pasmo y al luto en el mundo de las letras, de la medicina o de la abogacía y los medios los recuerdan con insistencia. Durante días algunos se jactan de haberlos conocido, otros relatan historias acerca de su genio, se imprimen ediciones especiales. ¡Cuánto lamentan su muerte! Es como si, de pronto, las pasiones de todos afloraran y reconocieran en el que se fue a un compañero intelectual. Odas, elegías, versos. Incluso los tropezones son borrados de antemano. Olvidemos por un instante lo que fueron para postrarnos ante su imagen. La evolución de las formas de la alabanza actualizadas y recargadas por su desaparición.
Algunos buscan el reconocimiento tan vehementemente que han dado su vida por él. John Kennedy Toole, considerado uno de los mejores autores norteamericanos, se suicidio a los 31 años debido a que nadie quiso publicarle su trabajo. Se sentía un fracasado, un cuerpo desmadejado con un hueco de tinta. No podía saber que sus dos novelas: “La conjura de los necios” y “La Biblia de Neón”, lo consagrarían como uno de los mejores novelistas de todos los tiempos muchos años después.
Si de vidas contradictorias, desequilibradas y extrañas se habla, entonces cómo no recordar al que pasó a la historia como uno de los mejores poetas franceses a pesar de su juventud. En Arthur Rimbaud los símbolos son versos y cobran tanta vida que angustian la conciencia. Se desentraña el misterio de las palabras, pero nunca se agota la interpretación. Harto de la literatura partió rumbo al África, dónde se hizo traficante de armas y en don`e llevaría una vida licenciosa. Las cartas que nos han llegado revelan la existencia de un hombre que buscaba todo menos lo extraordinario. Dejó de escribir literatura a sus 20 años. El genio Rimbaud; el inescrutable Arthur.
Carlos Fuentes, García Márquez o Vargas Llosa tienen la suerte del reconocimiento y la aceptan.
Otros rehúyen de ella: J.D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” es un ejemplo de esto.
Las letras que se suceden una y otra vez modifican al mundo. Nada tan precioso y celosamente guardado como el pensamiento. Se le rechaza en vida porque se le considera eterno. Pero cuando los grandes se van, el recuerdo, casi siempre, perdura. La larga carrera hacia la fama comienza cuando la respiración se entrecorta. Entonces la muerte inmortaliza.
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