domingo, 28 de agosto de 2011

Laura


Guillermo Fajardo

Me parece ingrato para con Thomas Hobbes escribir lo siguiente. Pero el apremio para dar por concluido este asunto me lleva a forzar su visita. Este filósofo inglés basó su teoría del contrato social en el miedo: un miedo inconmensurable en donde los hombres, ateridos desde la raíz y confundidos por la falta de resguardo, se pertrecharon por medio del contrato social. El miedo sería desterrado, aniquilado y dejado a surcar las orillas de nuestra voluntad, sin permitirle meterse a nuestra playa, a nuestro territorio. Anatomía de una sociedad dividida; localización precisa de lo que mueve a los hombres; fascinación inaudita por corromper el postulado del bien y fragmentarlo para recibir de lleno al temor: incluso el más fuerte, cuando duerme, es vulnerable. Ahí está Cromwell ejecutando al rey. Hobbes nació en 1588, en Westport, Inglaterra. De eso ya 423 años. Y sin embargo, sus postulados, inmarchitables y compañeros de su propia vida (él decía que era hermano del miedo) permanecen vigentes. Y es aquí cuando doy un salto de fe: una especie de vendaje que me pongo en los ojos para escribir. Vivimos corrompidos por el desastre chocando con el capricho: a veces nos toca presenciar una violencia inaudita; otras, un cinismo como una línea de lápiz borrada cada ciertos centímetro y desde donde se presenta el abismo que va a caer hasta el final de la página; y luego, la indiferencia y la omisión caminando con la irresponsabilidad. Las posibilidades de comprender en nuestro mundo plural y multicultural, son escasas. Mejor favorecer la entrada a la tolerancia a escribir con mayúsculas la palabra “verdad”. Mejor adormecerse y complacerse en la comprensión, a defender, cargados con la aprensión, de ideas extremas y absurdas. Y, sin embargo, aquí estoy haciendo un juicio.

El famoso programa de Laura Bozzo, “Laura en América”, se erige como postulado santo en medio de la maldad. Igual que el diccionario que nos aclara el significado de una palabra en otro idioma. Igual que el separador de páginas que nos dice donde estamos. Similar al político que pone puentes pero no libros; aplausos, pero no microscopios. Lo superficial combinado con lo supuestamente necesario. La superioridad moral del programa está imbuida y empapada del miedo que provoca en su audiencia. El Tribunal del Santo Oficio regresa auxiliado por la pobreza, las luces, el maquillaje y la ola de ignorancia. Basada en hechos pasados y porciones de rampantes videos de dudosos investigadores, Laura se sube al púlpito para aleccionar. Hay buenos y hay malos. Hay vencedores y hay perdedores. No hay posibilidad de defensa. Nunca un guiño de esperanza. Jamás una lección gratificante. Es la violencia y la descomposición legitimada por una mujer rubia, alta y voluptuosa frente a la indiada morena, apática, ignorante pero cínica. Ella, el sol radiante, signo luminoso de perfección guía a la borregada que aplaude y se indigna ante lo que sus ojos ven, y sus oídos escuchan. Flagrante ruptura de la sociedad: prostitución, violencia familiar, lesiones, extravagancias. Todo ello comprimido, diluido y vomitado en una hora. Problema resuelto: démosle un carrito para que venda comida. Increíblemente, primer acercamiento victimológico televisado. No solamente a exponer a las supuestas víctimas, pero a corregir a los odiosos delincuentes y darles su lección frente a las cámaras. El espectáculo del miedo enraizado en un bloque de conciencia y de voces supeditadas a la conductora. La cita del aleccionamiento cada tarde por Televisa. En lugar de educar para prevenir, castigar para exponer. Los castigos físicos desterrados para dar paso al suplicio moral, a mancillar el poco honor que queda y la mucha imaginación que sobra. El pacto social de Hobbes medido en rating y ganancias: nos unimos en torno a la rubia porque ella, soberana, tiene el monopolio del discurso, la experiencia para verificar y controlar el mal, la astucia y la sensibilidad para calmar. El miedo nos vuelve a unir: el más fuerte tampoco puede dormir tranquilo. Por eso hay que cederle el monopolio de nuestras desgracias. Por lo mismo hay que abatir a los infieles con el vehemente látigo del bien. No necesitamos más de unos minutos para desenmascarar la mentira. Qué importa lo que lo llevo a ser así. Qué importa su pasado: vale más su falta.

No nos sorprendamos que la violencia que impera en el país no sea fruto, solamente, de la estrategia de Calderón. Tirar basura, pasarse el alto, robar, secuestrar, asesinar. No es una cadena causal estricta, aunque sí rastreable. Laura polariza, exalta al crimen y lo condena sin resolverlo. La audiencia juzga pero nunca es juzgada. No hay exámen autoconsciente. Muestra la realidad, sí, pero no la explica. La pobreza intelectual, el sub desempeño emocional nos conducen al camino de trivializar la ley. Laura en América es un programa pernicioso porque enciende los ánimos de por sí nerviosos del público. Provoca que sigamos en las mismas porque no nos van a exponer. Los malos están del otro lado del televisor, sentados en el banquillo de Laura, con los dedos  señalando hacia ellos y el peso de las miradas en su contra. Nosotros solamente vemos, juzgamos, negamos con la cabeza y condenamos. Ahora podemos dormir tranquilos y ver a los otros, a los que nos hacen daño. Carajo, y pensar que esto es un problema de drogas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Así escribo

Por Guillermo Fajardo
Necesito de un silencio monacal, la sombra expresa de la decrepitud o la fantasía incrustada a la imaginación. Casi siempre es por las noches o el punto en donde el sol, a punto de desaparecer, se ve con más intensidad, seguramente porque sus bocanadas atisban el fin de un ciclo que nos parece eterno. En las mañanas uno amanece esperanzado. El escritor no necesita eso. Y no es que trate de abonar los rayos de luz a mi escritura, aunque sí las aproximaciones que se tienen cuando rozamos la nostalgia y que casi siempre me llegan por las tardes. Mi escritura es confusa, muchas veces más congraciada con el laberinto que con la honestidad. Empecé a escribir como una excepción a la regla de la rutina que llevaba. Una novela fallida, después otra. La tercera fue la que saldrá en unas semanas. Aunque eso está por verse: no tengo idea de cuánto tarda la imprenta en exprimir la tinta que se adhiere al pobre papel. La escritura es cuestión de paciencia: aquel que se permita la licencia de ver el reloj, pierde ante el capricho cimentado del mundo actual. Necesito también de fotografías y de un goce instantáneo de dolor, de cualquiera. Las fotografías pueden ser digitales o mentales. Me divierto repasando la vida de los otros. Acaso la satisfacción guardada de ser más sofisticado o la quejumbrosa receta del envidioso. Necesito de ambas. Tengo una especie de obsesión estilística por evitar brincar líneas: la tecla “Enter” me causa sorpresa, estupor y algo de miedo. Siento que fallo si la presiono para darle cabida al terrible punto y aparte. Un espacio es demasiado, pues implica una ausencia, casi un crimen o la jugarreta mal entendida del que quiere terminar por terminar. Créanme. Si recurro a la súplica es porque haré, precisamente, lo que temo.


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No recuerdo la fecha exacta en la que ingresé al periódico escolar. Fue por invitación del director. Creo que fue en 2009. Sentí, en aquel momento, una gran responsabilidad. Me di a la tarea de hacer bien las cosas. Y fue durante ese tiempo donde descubrí la ausencia de letras: nadie quería escribir para mi sección. Hasta ahora no sé si mi poder de convocatoria es nulo, o si la carga académica de mi universidad asfixia a todo aquel que intente escribir una línea honorable. Hubo números en donde tuve que escribir hasta 3 artículos. Me gusta creer que en aquel tiempo fui una figura insigne aunque poco convincente, reconocida aunque olvidable. Así pasé un año. Desde mis últimos triunfos literarios (una publicación; un primer lugar en cuento y un tercer lugar en otro) no he sabido dosificar mi ambición. Pensé que, teniendo facilidad para escribir, las grandes ligas estaban dispuestas para mí: soberbia proveniente de la inexperiencia o confianza sobrada por unos cuantos reconocimientos. Al terminar mi novela decidí mandarla a los ominosos concursos literarios. Por supuesto, no gané ni uno. Me di a la tarea de respirar tranquilo y seguir almacenando esperanzas renovadas. Más pronto que tarde decidí lanzarme a la dirección del periódico escolar. El primer número de aquel semestre fue desastroso. Comprendí que debía ajustarme y calzarme a la crítica. No había mejor forma de superar las expectativas que haber vivido primero en el fango. Además, tuve la suerte de tener un buen equipo y un trabajo flexible. Durante el tiempo que estuve ahí, tuvimos un éxito parcial: llegaron nuevas plumas, se modificaron los estatutos y conseguimos una raquítica porción de dinero para calmar las ansias desconocidas y por lo mismo, quizá, inexistentes, de una deuda pesada pero invisible de la universidad. El redaño que me subsiste hasta ahora es resultado de una intensa labor de aprender a fallar, una y otra vez.

Quiero que algo quede muy claro: nunca he sido un homicida de páginas. No me gusta destruir personajes o ideas. Pero el deber de imponerse para presentar artículos supera por mucho el melodrama que surge del pánico de los que escribían para el periódico. Dirigir un proyecto implica tener una especie de imperturbabilidad de la que yo no gozo. Tampoco llevo en mí el alarde necesario para aplaudir. Ni siquiera la palmada en el hombro para calmar. Prefiero el texto controlado y aséptico, arropado por la estricta ortografía, al peso inaudito que pueden dar ciertas críticas. A la par que dirigía el periódico, tomé un curso de novela: mi maestro tuvo a bien enseñarnos dos cosas. Uno, que llegar crudos los sábados no es tan malo como parece. Dos, que era mejor no tener éxito con la primera novela. La razón era muy simple: años después, cuando nos leamos, aparecerán ámpulas, escozores y verrugas por todo nuestro cuerpo al releer lo que fuimos. Una muerte dolorosa sobrevendrá y tormentos indecibles acudirán a tomarnos de la mano. Vaya lección.
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Cuando me di cuenta de la cantidad de artículos que tenía guardados, a punto de ser suprimidos por mi memoria, decidí abrir un blog. Versos de Clausura, porque el punto final no implica dar por concluida la discusión: pretensiones de un demócrata; cultura cívica y participativa adormilada por la vida rápida. He recibido buenas críticas, lo cual me preocupa: el trabajo del creador debe ser provocar, no homogeneizar el pensamiento. Veo que las visitas suben lentamente: un goteo inconcluso cuyo malestar consiste en haber recibido solo una al día. Creo que es hora de suprimir ese horroroso gadget: solamente les muestra a todos lo popular o estrafalario que soy y no contribuye a mi sanidad mental. Temo que contar personas es una actividad alucinante y calculadora. Mejor dejar en paz a los que tienen tiempo de entrar y admirar las mujeres que tuve que dejar de mostrar obscenamente. Fueron varios los que me dijeron que le quitaba algo de seriedad al blog. Carajo. Lamento el destierro de los ángeles pero aún más la fuerza de la experiencia: algo he aprendido de la crítica. Y ahora que me dispongo a empezar mi tercera novela, con el ánimo de haber hecho algo mal en las primeras dos, tengo la sensación de haber avanzado pasos pequeños en una gran escalada de sinsentidos.
Carlos Fuentes afirma que escribir es un acto contra la naturaleza porque ésta no nos basta; Vargas Llosa dice que escribe porque no es feliz. La verdad, no tengo una teoría para confirmar o desechar lo que dicen. Mis deseos son más nimios, caprichosos y puercos: completar una novela para que todos vean que realmente puedo hacer algo bien. ¿Qué mejor que sentirnos útiles entreteniendo al público? Darles de comer de nuestras vivencias, arropar hipócritamente lo que criticamos por medio de personajes que no llevan nuestro nombre. El escritor es un histrión insatisfecho. Una voz que se repite una y otra vez cuando lo leen. Creo que una pluma provoca más crispación que una bayoneta. Los regímenes de los poderosos le temen a las ideas. Un escritor es el único revolucionario que necesita de silencio. De un silencio monacal.  

domingo, 14 de agosto de 2011

Recuerdos de la poesía.

Por Guillermo Fajardo

La sociedad de los poetas muertos (1989), recorre la espina dorsal de los sueños; la magnífica oportunidad de encontrarnos de lleno con el espiral que, como miel, brota de la poesía y de nuestros labios; la añoranza de verificar la obertura de las guerrillas intelectuales: los sueños. Los muertos nos susurran sus aventuras, sus discordias y sus experiencias: Carpe Diem es el grito de guerra de Robin Williams, interpretando al profesor de literatura inglesa John Keating y la pandilla de alumnos idealistas que lo siguen. En ese sentido, la película se inmiscuye en la ingenuidad provocada por el arte, la poesía y la juventud: una oda a la adolescencia. En el colegio Welton, donde se forman los futuros líderes norteamericanos, la catadura seria, el mohín refinado y los modales de primer mundo son parte del elenco rutinario. La pugna que gravita en la película es sencilla: la topografía del hombre que ves hoy, es muy parecida al mapa de ayer. Las mismas montañas escarpadas, los mismos valles hundidos, las mismas cordilleras sinuosas. La escuela Welton forma esta clase de hombres. Entonces, cuando el profesor Keating irrumpe en la monotonía, algunos alumnos se transforman. “Oh captian, my captain” (poema de Walt Whitman) pide que lo llamen. Uno de los primeros actos del nuevo maestro es pedir que rompan la primera página de su libro de literatura: quiere desgarrar la terrible fortificación mental de los adolescentes rígidos que son. Es un acto puramente simbólico: la poesía, decía la página arrancada, puede medirse mediante una gráfica. Horroroso: ¿cómo contemplar el arte desde la exactitud fría y la subjetiva visión del que elabora una gráfica y no desde las turbulentas, caprichosas y volubles aguas del torbellino creador? Luego, les pide que se paren en su pupitre: vean el mundo; no solamente lo cuadrado, lo elíptico o lo redondo nos rodea, sino una multitud de aproximaciones, lejanías y texturas. Cuando los jóvenes se enteran que su profesor formó parte de la Sociedad de los Poetas Muertos, estos se interesan en seguir sus pasos.

Por las noches, cuando la autoridad duerme y el deseo de triunfar frente a la tradición les gana, acuden a una cueva, santuario de erudición, cielo de venganza o consumado peligro a flor de piel: leen poesía en la noche como signo de rebeldía ¡Ojalá la quebradura moral del presente solamente consistiera en eso! ¡Ojalá que la veda de salir por las noches fuera el peor pecado al santo grial del presente abigarrado, volteado, violado y sumido en la algarabía! Robert Frost, Walt Whitman o William Shakespeare resucitan y reviven en los labios de los jóvenes. A partir de ese momento los personajes mutan. Neil, decide confrontar a su padre y volverse actor. Charles, mete mujeres a Welton. Todd Anderson (Ethan Hawk) purga su personalidad temerosa para florecer, frente a la clase, como un poeta. Los paseos en bicicleta de los actores, la rotura de los regalos provenientes de los padres, correr libremente por la habitación o levantar el teléfono para hablarle a la mujer que piensas poder querer, tienen un significado: “tradición, honor, disciplina y grandeza”. Irónicamente, los valores del colegio Welton. Charles publica un escandaloso artículo pidiendo que acepten mujeres en Welton. La Sociedad de los Poetas Muertos es descubierta. Y cuando Neil, líder carismático de aquel grupo, decide actuar con el consentimiento poco afirmado de su padre, se derrumba la situación. La nuclearización del conflicto, combinado con la precariedad intelectual y la pobreza emocional de su padre, dan como resultado el suicidio del joven. Trágica reacción pero bastante comedida al ver las fuertes, fuertísimas ideas adheridas a la piel: si no podré actuar, moriré. El tiempo, óxido de las memorias viejas pero lustre doloroso de las nuevas, hace su parte. Comienza la cacería de brujas. El director de Welton quiere un culpable por la muerte del joven Neil. Lo encuentra fácilmente: el poco ortodoxo profesor Keatings. Los antaño miembros de aquella asociación, pulverizados y con la cola entre las patas. Sus sueños, confrontados con la realidad. Y cuando Keatings entra a recoger sus cosas en medio de la clase ahora tomada por el director de la escuela, el temeroso Todd y todos los que aprendieron la lección (pensar por ellos mismos) se paran en sus pupitres: “Oh captain, my captain” le dicen. Homenaje a Neil que, muerto, se regocija en su tumba. Música para oídos del poco tradicional profesor. Aniquilación del monoteísmo impuesto a través de la adoración de los dogmas. Imagen reveladora: los líderes que surgen son los que se paran en lo alto de los tabús, por encima de la rígida tradición, superando la estúpida intolerancia.  La Sociedad de los Poetas Muertos, después de todo, vivía.

domingo, 7 de agosto de 2011

Los enamoramientos

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo sobrellevar, por las noches y la vida, la muerte de un acompañante? ¿Dónde hurgar para desenterrar las insignias propias del cadáver que alguna vez tomamos y aspiramos y soñamos como nuestras? ¿Se supera el luto por la soledad o por el tiempo que pasa? La novela más reciente de Javier Marías (1951), no solamente mete la cabeza al complicado y trillado mundo de la soledad y la tristeza después de la muerte, sino también al reino del amor. La novela comienza cuando la protagonista (una joven que trabaja en una editorial) comienza a narrar su rutina concentrándose en un elemento especial, en una especie de peca en la piel, en una suerte de estrella en el cielo monótono: una bella pareja de esposos que cada mañana se sientan en aquel restaurant. Más pronto que tarde, Javier Marías elimina al esposo, rompiendo con el idilio y quizá la tranquilidad que el lector podría entender a los ojos del amor. Miguel Desverne (el esposo) es brutalmente asesinado. Navajazos por todo su cuerpo. El cuerpo magullado y lacerado aparece en primera plana. Su esposa (Luisa) totalmente devastada. Entonces aparece Díaz Varela, con el que comenzará la cadena de los enamoramientos, pues éste último desea a Luisa, la ex esposa de su recién amigo muerto. Y es que para el autor la palabra enamoramiento no es lo mismo que el amor, aunque a veces lo pueda sustituir. Echando mano de un lenguaje tendiente al aleccionamiento constante (la novela entera es una clase de la reflexión acerca de la experiencia), Javier Marías destina esta novela al lector paciente, bien concentrado, desatado y desanudado de la lectura superflua y rápida (de esas que abundan en el mercado). Sin embargo, la novela está bien dividida: en este sentido el autor entiende que a ratos la lectura puede resultar cansada, farragosa e incluso confusa. Me refiero a las veces en que el monólogo de los personajes es tan íntimo y contextual que no podemos sino leer una y otra vez tal o cuál parágrafo para entenderlo. Hay capítulos que sobran porque no aportan mucho al texto, sino más bien lo estancan, llenándolo de pensamientos que quieren solidificar al personaje. Hay un exceso de coherencia en la historia. Todo cae perfectamente.

 Conforme la novela avanza, y la protagonista se enamora de Díaz Varela, y éste de Luisa, vamos advirtiendo que los enamoramientos nunca son gratuitos: hay cosas que el corazón nada más deja fluir. Si el enamoramiento conjura para florecer, muchas veces la razón respira para entenderlo. Es una relación tormentosa, procelosa e incluso amarga, con la tintura de lo frustrante y el abrazo de la emoción. La pugna principal se da entre la soledad de Luisa y la obsesión de Díaz Varela. Nuestra protagonista acepta con una sonrisa el feliz destino que le tocó al verse enredada con Díaz Varela (del cual admira sus labios), precisamente la zona de donde brotan y florecen las relaciones. Porque si los enamoramientos (“Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles”) recaen en la rutina de vernos, imaginarnos o sentirnos, el recuerdo (que plasmamos a través de las palabras o de la imaginación) aglutina en su estómago todos los ácidos del pasado: precisamente la lucha de Díaz Varela de pegarse y sustituir el recuerdo de su mejor amigo, convertido, ahora, en un fardo, en una carga para Luisa y los vivos. María, la protagonista (apodada por Luisa y Miguel, “La Joven Prudente”) admira, pasiva (“¿Quién soy yo para perturbar el universo”?), la eclosión del amor entre Díaz Varela y Luisa. El espanto que en algún momento el lector pensó que María tendría, se ve sustituido precisamente por la prudencia. De hecho, en el último capítulo, al verlos juntos y tener en sus manos la decisión de sabotear para siempre aquel encuentro, aquel enamoramiento, decide permanecer callada, sabiendo que las cosas del amor no hay que añorar a entenderlas sino agitarlas para reconocerlas. Entonces, María se conforma con recordar, precisamente la forma más acabada de rendirle homenaje a la relación que alguna vez soñó con poseer. Simplemente admirando cualquier migaja del cuerpo que desea, cualquier noticia, cualquier forma de amor.

lunes, 1 de agosto de 2011

"Para que los conozcas, manito".

Por Guillermo Fajardo

Las manifestaciones son un modo de combatir con la pura fuerza una situación que consideramos inadecuada. En México, este modo de saltar al ruedo es visto como una inclusión al mundo del descontento justificado por las carencias y la falta de oportunidades: las clases menesterosas salen a la calle guiadas por un líder santificado y sumamente profesional. Bloquean calles y toman oficinas; intentan redescubrir su lucha a través de tomas de instalaciones e, inmolados de su pura verdad,  erosionan negociaciones e intentos de pacto. Hoy, martes 20 de abril, fui testigo de esto. Yo trabajo en el FONHAPO, que es un organismo gubernamental que depende de SEDESOL, y que se encarga de otorgar subsidios a las personas en situación de pobreza patrimonial para que puedan construir sus hogares. La demanda es, obviamente, interminable. Hoy fui a trabajar normalmente y, alrededor de la una de la tarde, y ya dentro de la oficina, comencé a escuchar gritos. Al pararme de mi asiento para ver qué pasaba, un compañero me dijo que el Movimiento Antorchista había tomado las instalaciones. Mi jefe me dijo que si tenía clases en la universidad más me valía irme ya, pues la vez pasada que tomaron las instalaciones los dejaron salir muchas horas después. Ya justo antes de irme por la puerta de atrás, me dijo que guardara mi credencial con la que me dejan pasar a las oficinas, pues –según él- no me iban a dejar salir. Salí, sin embargo, sin ningún contratiempo y, a la salida, me dieron un folleto en el que describían la situación por la que se estaban manifestando. Cuando por fin salí, vi –literalmente- un circo: niños con globos, madres regañándolos, el jolgorio sumamente real y completo: avalancha fantástica de lo que México es; telenovela electrizante y paradigmática de un país descontento; indicio necesario y obligado de la pura diversión, de la salida oportuna en la vida rutinaria del manifestante: vamos a señalar a los culpables; rancheros increíbles con banderas rojas, policías siendo testigos pasivos de cómo bloqueaban un carril de Insurgentes, automovilistas furiosos, claxonazos con la clásica melodía que se traduce en una viva voz; otra voz omnipresente que decía que el gobierno del Distrito Federal y el Gobierno Federal nunca cumplían; que no estaban ahí como “si fuera un día de campo” sino que venían a exigir; que permanecerían el tiempo que fuera necesario; que ellos, siendo tan “respetuosos de la ley” no bloqueaban totalmente Insurgentes, pudiendo hacerlo. Escuché, también, un lema que me recordó al SME: “se ve se siente Antorcha está presente”. En ese momento comprendí que ambas organizaciones eran hermanas de sangre. Subí al puente peatonal para tener una visión panorámica de la situación: allá, a lo lejos, una interminable fila de carros avanzaba lenta en el mar de asfalto. Estuve ahí unos quince minutos y bajé. Estaba furioso, y quise contarle a alguien mi situación. Le mandé un mensaje a mi padre contándole mi aventura. Yo esperaba una respuesta que me diera la razón; una respuesta similar al sentimiento que cargaba. Pero no fue así, pues su respuesta fue como cuando le cuentas a un inexperto las circunstancias de hecho en una situación determinada, rodeada de fatalismo: “para que los conozcas manito, para que los conozcas. Saludos”. Me quedé pensando, abrí ambos brazos y me toqué levemente los muslos. Tenía sentimientos encontrados: por un lado entendí la necesidad de aquellas personas por obtener algo básico: una casa con piso. Por otro, no comprendí la manera en que lo estaban haciendo, y me dije a mi mismo que el Gobierno no puede proveer todo lo que quisiera. Enojado, y con un calor impresionante, decidí marcharme, no sin antes preguntar, y como buen reportero (NOT) a tres personas (dos señoras y un señor) el porqué de la manifestación: dos de ellos balbucearon críticas contra el Gobierno Federal, el FONHAPO e incluso contra la guerra contra el narcotráfico. La otra me dijo que “Ellos quieren más casas y así”. ¿Y usted?, le pregunté, “Ah, yo también”, me respondió. Eso confirmó -¡por fin!- mis ociosas y largamente esperadas sospechas que desembocaron en una verdad temporal, contingente y subjetiva pero, finalmente, mía: no tenían ni puta idea el porqué estaban ahí. Me voltee, totalmente contrariado, y recordé una frase recién escuchada: "Any soldier worth his salt should be anti-war. And still, there are things worth fighting for." Emprendí mi largo viaje de regreso a Ítaca. La voz irrumpió nuevamente: sabía que tardaría en regresar.

sábado, 30 de julio de 2011

¡De rodillas!

Por Guillermo Fajardo

Hay algo que no me sigue gustando de Javier Sicilia. Es verdad que su movimiento por fin ha puesto a los legisladores en una situación inédita: la rendición de cuentas. Es verdad que las víctimas necesitan ser estudiadas y abrazadas. Es verdad que por fin vimos a un Presidente dialogar con un ciudadano. Todo esto cae sobre el mórbido colchón del esfuerzo, el sacrificio y el recuerdo. Todo esto gravita en la órbita del idilio franco y conduce a la supresión aplaudida de la acedia; a la inclusión de la abulia en la lista de lo indeseable; a la activación de la mecha ciudadana. Por fin un escalón de sinceridad. Un grito que germina en el silencio. Una rampa de esperanza.

Creí que el encuentro sería igual que con el Presidente Calderón: la fluidez de las palabras en un plano horizontal. Pero me encuentro con algo acartonado, artificial, que roza en la sinrazón: Sicilia exigió a los legisladores que pidieran perdón. No solo eso, sino que llegó con Julio César Márquez, el padre de uno de los niños muertos en la Guardería ABC, con Jesús Lara Chivarra, representante indígena y también con Atzelbi Hernández, representante de ¡los jóvenes rechazados de la educación media superior! Aquella combinación de personas me pareció un conglomerado estrafalario de oportunismos y propuestas no satisfechas. Si bien tragedias y asuntos inconclusos, el Diálogo por la Paz debe concentrarse en su objetivo. Ya hace tiempo en un artículo que podrán encontrar en este espacio ("El resultado de lo efímero"), lo había advertido: la profusión de acontecimientos no deja que nos concentremos en uno solo. En su intento de beso colectivo, Sicilia encuentra a todos los insatisfechos como papeletas dignas de firmar. Todos entran y todos tienen una oportunidad para hablar, criticar y rechazar. Ahora es intocable. Quién se atreva a negarle el paso al Congreso, a criticarlo o a denostarlo, está acabado, pero no por él, sino por el movimiento que encabeza. Que no se pierda de vista que esto es algo que, por supuesto, él nunca quiso: en ese sentido Sicilia sigue siendo el ciudadano común y corriente tocado por, letras más, letras menos, el destino. La palabra fortuna de la que hablaba Maquiavelo exigía domarla y seducirla igual que a una mujer. Y Sicilia no lo ha entendido. Y no la ha podido tocar porque el atrabiliario líder sigue pensando en su dolor. La moderación no entra en su discurso, y en el de ninguno: México sigue pisándole los talones a la democracia. Si por todos fuera, se eliminarían a los Diputados, Senadores, Secretarios y al mismo Presidente. Vivimos en lo que Silva Herzog advirtió hace ya mucho tiempo: “Cuando se venera a la sociedad civil como deidad, se rinde culto a una mentira. La sociedad civil no es el reino de la pureza ciudadana, de la misma manera que el estado no es el imperio del mal”. Líneas más adelante, escribe: “Si algo caracteriza el infantilismo democrático es la aversión a las instituciones públicas”. Queremos ya un Reforma Política sin darles su justo lugar a los políticos. Creemos que con la participación ciudadana y de un plumazo todo esto acabará. Confiamos a ciegas en la idea del ciudadano bueno y trabajador, y en la imagen del político corrupto y apático. Estamos dando un salto de fe. Pero a nadie parece importarle. Y en esta vorágine, tormenta emocional que recorre sus vértebras machacadas, confluye y expresa lo siguiente: en exigir que pidan perdón. Josefina Vázquez Mota, con esa sonrisa que desafortunadamente nunca la deja, dijo: “Yo me sumo a los perdones que aquí se han pedido y también pido perdón por no estar a la velocidad que los ciudadanos merecen y exigen. Y pido perdón porque escudados en un fuero legislativo que los ciudadanos no tienen, en ocasiones se hace acopio de la violencia verbal y se renuncia al diálogo y al valor de la palabra que como bien decías, es el valor de la persona”. Aplausos y lágrimas que no pueden sino entenderse. Abrazos y cabezas gachas que no pueden sino codificarse en un lenguaje simple pero voraz. La antropofagia legislativa combinada con los balidos de la montaña. El sonido gutural del dolor combinado con el pasmo legislativo. López Obrador encarnado: en vez de votos pide sumisión; en lugar de tapar Circuito Interior atora la carretera del diálogo horizontal para imponerse; en vez del entendimiento con los amos de la retórica la inclusión del discurso moral superior para aleccionar. Y lo vuelvo a repetir para que a nadie se le pongan los pelos de punta: la muerte de su hijo no es algo que le debía de haber ocurrido. No se lo deseo a nadie. Pero de ser congruente con sus dichos, entonces también debe de emplazar a la ciudadanía. Porque los hábitos también merman la democracia: el ciudadano que tira basura; el que da mordida; el que se estaciona en un lugar inadecuado. Les puede parecer estúpido, pero la consecución de actos pequeños conduce a la trivialización de la ley; al dogma podrido de alzarnos de hombros; a los ojos que se cierran; a la situación en la que nos encontramos. Toda una institución calificada con la legislación siciliana: todos deben pedir perdón; todos ustedes son los culpables de todo. No quiero volver a repetirlo: no hay que engañarnos ni apuntar fácilmente el dedo acusatorio hacia el Congreso porque nos parezca fácil. El río de la comunicación exige inclusión. Sicilia exige a los legisladores no haber sido profetas: si hubieran pensando antes, si hubieran legislado mejor, si hubieran atisbado que íbamos a tener 40,000 muertos no estaríamos aquí. Sin ambages, el facilismo ciudadano está bien cubierto por una mancha intoxicada por la feliz reputación de la que goza la sociedad civil. Nosotros vivimos tranquilos porque estamos seguros de haber contribuido a lo que el país exige de nosotros. Simplemente no haciendo nada, condenados a esperar las gratificantes vacaciones, el insípido objetivo que nos trazamos cada fin de año y el aplomo que adquirimos (y que creemos gratuito y pensado desde la objetividad) cuando hablamos de política. Así, el movimiento de Javier Sicilia se ha convertido en el vertedero de tubérculos y parásitos inconformes. La muchacha virgen que fue la democracia no ha sido violada pero sí bien manoseada. Sicilia mostró su rostro autoritario. Pero lo peor para la democracia no es eso: así como es un lugar común afirmar que el peor enemigo del amor no es el odio, sino la indiferencia, podemos afirmar que la jugada contraria a la democracia no es la dictadura, sino el conformismo. Por un lado tenemos un movimiento exacerbado y desbordado de emoción. Por el otro, una sociedad que ve en sus acciones una neutralidad y amoralidad que a nadie sorprende por su falta de crítica. Esta combinación da como resultado un monstruo plúmbeo que apenas se mueve pero que se eriza y ataca al primer contacto. Los políticos nada más ven con asombro tal creatura.

Igual que un polvo blanco puede ser confundido con azúcar, detergente o cocaína, la democracia puede mutar en demagogia, dictadura o representación. Yo también emplazo a la ciudadanía: quiero que se manejen con inteligencia, quiero que dejen de creer en su santidad como signo infaltable de democracia, quiero que dejen atrás la superioridad que emerge de la soberbia, quiero que pidan perdón.

sábado, 23 de julio de 2011

Ideologías mal entendidas

Guillermo Fajardo

Hace unos días publiqué la siguiente nota: “Senado de EUA ratifica al primer juez abiertamente gay”. No puse más. Enseguida, un furibundo comentario: “¿y ustedes los panistas retrógradas qué opinan?” Esto me llevó a pensar en la reacción desmedida cuando se habla de política: a fuerza de tachar y censurar, se cae en el absurdo. En un partido político el combinado de ideologías permite apuntalar, empujar e innovar las iniciativas de ley que se presentan, las declaraciones que sus funcionarios dan y la flexibilidad de opiniones propias de una democracia. Nada más alejado de la democracia que la cláusula pétrea en alguna agrupación de aceptar solamente ideas inundadas de mojigatería o de un izquierdismo voraz. La anorexia partidista conduce a la inmovilidad modernizadora. Los partidos que sigan pensando en la homogeneidad están irremediablemente conducidos  a la estrechez; a la falta de oxígeno y al engranaje desgastado. El PRI, que durante 70 años gobernó al país, era una mixtura curiosa pero frenada de ideologías. Por eso no tuvimos una dictadura. Por eso no tuvimos, al menos durante el “milagro mexicano”, crisis económicas que asolaran a la población. Es decir, durante todo ese tiempo, la representatividad de todos estuvo bien encauzada en vasos comunicantes que llegaban a administrarlo todo porque los cotos de poder estaban bien delimitados y entendidos: a ti te toca esto, a mí, lo otro.

Conforme los sexenios se sucedieron, y después del 68’, la credibilidad del partido oficial decayó: ni siquiera las reformas electorales lograron acabar con la sospecha anclada hasta ese momento solamente en el PAN de que algo andaba mal. Cuando llegó el cambio en el año 2000, se confió en la limpia total de la democracia mexicana. Pero el PAN falló: Fox será recordado más por sus escándalos personales que por revolucionar el sistema; y Calderón por ofrecer a los mexicanos una estrategia mal planteada aunque necesaria. Seguimos en las mismas: el espíritu democrático y ciudadano del PAN, con su larga historia dentro del partido, ha sido nulificado. El PRI, después del 2000, en vez de combatir con furia sus vicios de antaño, los diversificó a lo largo del territorio: ahora los encontramos fuera del centro (la Presidencia) pero bien pertrechados en sus Estados. Las creaturas que se creyeron muertas amanecieron con fuerzas y con la cara lavada por los medios de comunicación: algunos Gobernadores (priistas, perredistas y panistas) parece que siguen viviendo en el pasado. Aún así, hay corrientes de aire dentro de los partidos: un ala moderada en el PAN; combatientes del liderazgo de Obrador en el PRD y una trinchera de demócratas en el PRI. Anular estos grupos de un plumazo, con sustantivos o adjetivos en plural, es minimizar a la democracia en tres territorios bien delimitados y no intercambiables: el centro, la izquierda y la derecha. Calificar a todos los priistas de corruptos, a los panistas de “mochos” y a los perredistas de reaccionarios, es caminar por el pequeño y frágil hilo de la generalización. Pero parece que es cómodo hacerlo. Y es fácil. Los sectarios estarán contentos con señalar a la mafia del poder, a los corruptos o a los fascistas: ahí están, nos cuentan. Nos perdemos en el camino imaginando nuevas palabras olfativas que nos indiquen donde está la corrupción, la ineptitud o la ceguera, pero no donde poner correctamente los ventiladores. Es decir: vivimos gritando en un país donde sus habitantes vienen bajando de una montaña con los oídos tapados, con la mano como visera por el inclemente sol y el tacto anulado debido a que durante mucho tiempo han tocado una única piel: el partido oficial.  
Las generalizaciones en política bien pueden llamarse infantilismo democrático: por un lado, la absurda creencia que la sociedad civil es dama de todas virtudes y aspiradora de cualquier mal y, por el otro, las declaraciones que gravitan en torno a un calificativo eterno y dominado por el tiempo: qué tal partido es así porque siempre lo ha sido; qué tal otro porque sus dirigentes son unos estúpidos; qué tal otro porque se encomiendan a la Virgen. Con un poco de análisis se resquebrajan tales dichos: son lábiles porque no encuentran sustento en la realidad. Bien es cierto que el PAN ha tenido la desafortunada manía de prohibir minifaldas o expresar sin empacho que los homosexuales no deberían ejercer un cargo. Pero no hay que engañarnos: no todos pensamos de la misma forma. Así como la grandeza de un político no radica exclusivamente en los números que arrojan las encuestas, la textura con la que se viste un partido no es un dogma bajo el que se identifican, inexorablemente, sus miembros: los que creemos que la democracia no es un eco constante de razón, sino un cuadro multitudinario de colores.

domingo, 17 de julio de 2011

Sueños violentos.

Introducción.
“…si la razón logra hacerse del poder, logrará enderezarlo todo”. Jesús Silva Herzog Márquez, La idiotez de lo perfecto.
1.- Falso, falso, falso.
Hemos alucinando de más. No hay duda que el ruido de las metrallas, de las granadas y de las inefables muertes, nos han colmado de un silencio compartido que frisa la edad de, más o menos, cuarenta años. Aparcados en el lugar de la incertidumbre, hemos visto que las ilusiones de salir por la puerta de emergencia se han clausurado. La carretera de la paz ha resultado engañosa, sinuosa, casi un artefacto al servicio de la indignación: la paz no llegó porque no confabuló, de entrada, con la inteligencia ¿Cómo pensar la violencia desde un presente aletargado por un pasado que copuló con la delincuencia organizada? “Nos van a pasar vainas muy graves. El narcotráfico ha tenido tres fases en Colombia. La primera fue la fase de la diversión, de la gran orgía, donde todo el mundo se acostó con él y nadie se dio cuenta”.1 Lo mismo podemos decir de México: la racionalidad de antaño del pacto o, al menos, de la tolerancia frente al crimen organizado, tuvo una ruptura que ofendió a narcotraficantes pero congració el plan de los Estados Unidos: atacar el mercado de la droga. Desde los setentas, cuando Ronald Reagan declaró la “guerra” contra las drogas, el cono de la violencia proveniente del narcotráfico nos ha llevado a embudos con una concentración inaudita de secuestros, violaciones a los derechos humanos y la fragmentación focalizada –aunque suene paradójico- del hambre de codicia de los narcos: Bogotá, Medellín y el Magdalena Medio en los ochentas en Colombia, y Ciudad Juárez, Sinaloa y Guerrero en el presente en México. La confrontación y la congestión armada en estos sitios tiene puntos de convergencia, aunque también diferencias específicas que atañen a la geografía, al nivel de penetración de los cárteles, a la impunidad reinante, a los hoyos de ingobernabilidad, a la pobreza, a la dispersión de la violencia y, finalmente, a cuatro efectos que Eduardo Guerrero detalla en la revista Nexos, en su artículo, “Cómo reducir la violencia”2: el efecto combustión, el efecto amplificación, el efecto escalamiento y el efecto derrame. Más tarde entraremos a detallar cada uno de ellos. Analizando la situación, desmentimos la falsa, absurda, vacua y viperina idea que el problema de México tiene que ver con la declaración de guerra del Presidente Felipe Calderón. Un solo acto para un problema multidimensional, histórico y cambiante: la verdad a medias que vemos repetida día a día.
Las oscilaciones caprichosas de una sociedad que se ha visto asediada por los medios de comunicación, por las constantes y rampantes modas de fácil acceso a las drogas permitidas a su vez por lo que, creo, no ha sido tocado o, al menos, ha sido sobreentiendo en un texto mucho más complejo de lo que parece: la relajación de lo ilegal. Gilles Lipovetsky nos puede dar un esbozo de este relajamiento mortal que ha tenido y ha conllevado a la pérdida de valores tradicionales, al intercambio fascinante pero ponzoñoso de culturas para dar paso a la indiferencia total, a alzarnos de hombros ante las garras de lo peligroso. He aquí un recuento del hombre moderno: “Todo él indiferencia, el desierto posmoderno está tan alejado del nihilismo “pasivo” y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo “activo” y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo…”3. Triste conclusión: la indudable carrera hacia la moda de la permisividad, mata; la delegación de la moral de lo prohibido en “otros” ha subrayado la necesidad de un cambio cultural; la globalización no significa solamente intercambio cultural pero sangre que brota a borbotones. Otro fenómeno interesante del porqué el incremento de las drogas, puede resultar del mito de lo inocuo del cannabis. Algo totalmente falso: según datos del World Drug Report 20114, en Estados Unidos hay 32, 520,000 consumidores de esta droga y, en el mundo, entre 2.8 y 4.5. % de personas entre 15 y 64 años la han probado aunque sea una vez. Si somos conservadores y seguimos la estimación más baja (2.8%) que nos arroja la cantidad de 125 millones de consumidores en el mundo, Estados Unidos aglutina el impresionante porcentaje de 40.62 % de los consumidores totales. Gran negocio. Ahora bien, el mito de que el cannabis es totalmente inocuo, es falso. De acuerdo al mismo reporte, el uso de esta droga trae como consecuencia una larga variedad de síntomas psicóticos y deficiencias cognitivas como deficiencias en el aprendizaje, en memoria a corto plazo, función ejecutiva, habilidad de abstracción y en la toma de decisiones e incluso en la atención. El mismo segmento menciona la relación estrecha entre psicosis y cannabis.
 Insistimos demasiado en las estrategias contra la inseguridad dirigidas, redirigidas, vomitadas, intercambiadas y discutidas hasta el hartazgo en México y Colombia pero no programas de salud o un giro en la razón del drogadicto y, específicamente, el que vive en Estados Unidos. El  país causante del problema es también el más pasivo, pues se admira de las roturas en el entramado institucional de los afectados pero apenas se involucra; recibe con bombo y platillos a los narcotraficantes pero su relación bipolar con México y Colombia sufre altibajos que causan inestabilidad. No es ningún secreto que el plan Mérida o el plan Colombia no fueron suficientes.  La paranoia reinante en México es símbolo de una violencia diferente a la que se vivió en Colombia: en primer lugar, México no ha tenido los niveles de violencia del país sudamericano, ni la gran cantidad de figuras públicas exterminadas. Hagamos un recuento: cuatro candidatos presidenciales asesinados. Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo, candidatos a la Presidencia por la Unión Patriótica; Carlos Pizarro, líder del M-19; Luis Carlos Galán, senador y precandidato del Partido Liberal; el tres veces candidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado, asesinado. También, el Gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur, el director del el periódico El Espectador, Guillermo Cano, Andrés Pastrana candidato a la Alcaldía de Bogotá, secuestrado; Gustavo Zuluaga Serna, magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín, asesinado; el ministro de Justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, asesinado; más de cuarenta funcionarios de la Rama Judicial, y algo inédito no solamente en Colombia sino en la historia política del mundo: la U.P. (Unión Patriótica) partido legalmente constituido en mayo de 1985 como una desmovilización de las FARC (Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia), brutalmente masacrado: alrededor de 5, 000 miembros, 8 congresistas, 2 candidatos presidenciales y alcaldes, asesinados. Solamente entre 1988 y 1990, según María Jimena Duzán 5, unas 40 mil personas liquidadas.
Pero, ¿por qué la percepción de inseguridad creciente en México si no estamos ni cerca de los niveles colombianos en los ochenta? Porque nuestra violencia es mucho más mediática en México que en otros países latinoamericanos: de acuerdo a Viridiana Ríos, investigadora invitada del Centro de Estudios México- Estados Unidos en la Universidad de California en San Diego, nos dice qué: “México tiene un tipo de violencia que es mediáticamente atractiva, memorable. Los asesinatos en Caracas podrán ser tres veces más comunes que en México, pero se dan por robos a transeúntes y secuestros. No hay figuras como El Chapo, Beltrán Leyva, para señalar como culpables.”6 Los destellos de violencia son automáticamente percibidos por la prensa, fuente inagotable de sinsentidos, amarillismos y una ola que favorece la muerte como constante flujo de ganancias: la ética periodística suprimida, asolada y apocada por la violencia. Además, el reino de las comunicaciones es mucho más rápido, hay mucha más cobertura y un evento noticioso se convierte en omnipresente apenas sucede. En el mismo artículo antes mencionado, Ríos nos ofrece una elocuente gráfica que desmiente lo que, muchos, a fuerza de calumniar, olvidan: El Salvador, Jamaica, Colombia, e incluso al aplaudido Brasil tienen tasas de homicidios más altas que México. En 2008, México tenía una tasa de homicidios de apenas 10.9 por cada cien mil habitantes, a comparación de El Salvador, de 57.5; Brasil, una tasa de 25.5. Entonces, ¿Qué soluciones darle a México? ¿Qué características del país nos ayudan a combatir al narcotráfico y en cuáles debemos mejorar? ¿Qué caminos recorrer para imaginar un cambio? ¿Desde qué óptica atacar no solamente al narcotráfico sino a la delincuencia organizada?
La percepción general es que la batalla se está perdiendo. Se está comenzando a palpar, sin embargo, que la sociedad lleva en su interior una importante carga de responsabilidad, que se debe abrir la ventana para oxigenar el cuarto, prender la vela y taparla del viento ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir? Este ensayo intentará dilucidar, limpiar y bruñir los mitos, ofrecer las respuestas y, de una buena vez, suprimir la falsedad resultante de las premuras.
Desarrollo
2.- Los pecados
“¿Te parece meritorio haber incendiado el mundo para ver qué podemos aprovechar de sus cenizas?” Gerardo Laveaga, El sueño de Inocencio.
La literatura también tiene sus muertos. La vida de los narcotraficantes, sus obsesiones, sus sinsentidos, traiciones, ambiciones y metidas de pata han servido como retrato vivo para novelistas y articulistas. Leopardo al sol de Laura Restrepo; El Ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez; La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo; La Voluntad y la Fortuna de Carlos Fuentes y La Reina del Sur Arturo Pérez Reverte siguen los pasos de narcotraficantes y sus historias. Tanto ha sido el mito y el pringue del narcotráfico que abarca toda la realidad, que ha sido necesario recrear sus vidas a través de la pluma. El ruido de las cosas al caer, la más reciente de estas novelas, nos otorga un simbolismo propio que ha abrazado cada lugar donde el narco se ha asentado: los sonidos cambiantes del mundo. Si antes se escuchaba el cantar de los pájaros, ahora el inmarcesible y eterno ruido del silencio; si antes escuchábamos compartir el alivio de cosas insustanciales, ahora la respiración entrecortada del secuestrado; si antes la monotonía tranquila, ahora las balas relampagueantes. Y es esto lo que nos dice la novela: hemos llegado a un punto en donde se ha vuelto necesario clasificar los ruidos: nadie tan vulnerable como un sordo. Y en el contexto general, Colombia y un hombre ambicioso. Si he recurrido a la literatura para explicar el narcotráfico no es por un ánimo pedante de santería intelectual, ni mucho menos por la parvedad –concédanme la ironía- que pudiera ofrecer la realidad: muerte tras muertes, decapitado tras decapitado, ya no entendemos porque la gente muere. La novela, un ejercicio de razón, puede adentrarnos de nueva cuenta en las razones del narcotráfico. Leer como antesala del entender.
Y por lo mismo debemos realizar un entrechoque intelectual entre la ovación desmedida hacia la estrategia contra la inseguridad y su calumnia completa. Lo prometido es deuda: ¿cómo explicar el aumento de la violencia en México y qué soluciones dar a esto? Eduardo Guerrero habla de cuatro fenómenos en los que sería interesante hurgar.
En primer lugar, el efecto combustión. Esto es sencillamente el ataque entre bandas resultado de complejas alianzas que se desmoronan o que subsisten. Es bien sabido que cuando la autoridad atrapa o detiene a algún líder, aumenta la violencia, y es que la organización criminal se ve envuelta en un mar de confusión, propiciado por la ambición de sus integrantes de subir al puesto y propulsado por el ataque de bandas rivales que, al ver a su enemigo sin líder, la atacan sin clemencia. Esto sucede que la región se prenda al instante, resultando en un aumento de ejecuciones y secuestros que pueden durar semanas o meses. ¿Qué hacer en este caso específico? En primer lugar, una buena labor de inteligencia. ¿A qué me refiero? A que antes de atacar, las autoridades deben medir o, al menos, intentar vislumbrar el nivel de violencia que surgirá del descabezamiento de la banda criminal. No es lo mismo atrapar a un gran capo que a un líder local.
El segundo efecto que del que Guerrero habla es del efecto amplificación, que también podría ser llamado de dispersión. Los cárteles, auspiciados por la gran cantidad de recursos que llegan a sus arcas, necesitan de matones a sueldo para acabar con el cártel rival. Les proporcionan armas por las que se empoderan. El resultado: el involucramiento a gran escala de organizaciones inicialmente comprometidas con otro tipo de actividad.
El tercer efecto, es el efecto escalamiento. Este efecto se refiere a la impunidad: debido a la explosión de la violencia las autoridades no tienen la capacidad de realizar todos los arrestos necesarios. ¿Qué sucede? Prevalece la impunidad: la escalada de violencia aumenta porque no hay un factor disuasivo que detenga a los sicarios.
El cuarto efecto, es muy parecido al segundo pero por distintas razones: el efecto derrame. Cuando la violencia crece, también los arrestos (aunque no de la manera en que quisiéramos) o los asesinatos. Esto provoca una dispersión de bandas que buscan asentarse en nuevos lugares y buscar nuevos líderes para seguir delinquiendo. Se derrama la presencia del narco y de organizaciones criminales en lugares donde antes no existían. 
Estos tipos de efectos están muy relacionados con el tipo de cártel asentado en una determinada localidad, con la geografía del lugar, con el compromiso del Gobernador con la lucha a la delincuencia organizada y con los niveles de educación, pobreza, presencia del narco en la entidad y tipo de actividad prevaleciente (secuestro, pornografía, piratería, venta de autopartes, robos). La dispersión de las organizaciones criminales la podemos verificar fácilmente: en 2006 teníamos seis cárteles que operaban en México. Entre 2007 y 2009, ocho. En 2010, doce. ¿Qué sucedió? Podemos apenas desbrozar el camino para intentar algunas hipótesis.
Concilio
Según Anabel Hernández8, en octubre del 2001 se llevó a cabo una reunión histórica entre narcotraficantes: de aquellas series de reuniones saldría La Federación, un acuerdo entre los miembros de la organización del Pacífico. De esta reunión muchos líderes del narcotráfico saldrían fortalecidos. Durante el Gobierno de Vicente Fox se golpeó fuertemente a la organización de los Arellano Félix, lo que provocó que estos fueran desplazados del contexto de la violencia en México. Tiempo después, La Federación le declaró la guerra al Cártel del Golfo, y a los que a la postre se convertirían en sus peores enemigos: Los Zetas (Zetas: porque después de la “z” no hay nada). A partir de ahí, la guerra de los narcos se ha intensificado conforme el tiempo pasa. La muerte de Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, debilitó al cártel de Juárez, lo que provocó una ofensiva por parte del Cártel de Sinaloa contra ellos (efecto combustión). Luego, la alianza del cártel de Sinaloa y el cártel del Golfo contra los Zetas, ha provocado otro espiral interminable de violencia. La muerte de Ignacio Coronel, la detención de Edgar Valdez Villareal, la muerte de Tony Tormenta, han tenido un efecto de violencia que ha asolado a distintas regiones del país. Hay otro evento que representa un nodo de violencia en el complejo y súper esquematizado árbol de traiciones: la muerte del hermano del líder del Cártel de Juárez a manos de El Chapo Guzmán. A partir de ese momento, se desató en Ciudad Juárez una guerra sin cuartel. Además, la presencia del Ejército y la Policía han aumentado las tasas de violencia. Es un lugar común (porque es cierto) afirmar que los operativos incrementan la violencia. Sin embargo, Fernando Escalante esboza, tímidamente, una hipótesis nueva: la sociedad se está volviendo más violenta. El narcotráfico es el contexto, pero no la explicación. Interesante: para demostrarlo, nos da apenas una gota del mar. Al revisar los periódicos de los municipios de La Montaña y de la Costa Chica (no municipios como tales, sino los municipios de aquellas regiones), se encuentra con que la violencia de aquellos sitios no tiene nada que ver con el narcotráfico: un conflicto de límites entre Tlcoachistlahuaca y Jicaral con varios muertos, un conflicto agrario entre Tilapa y Tierra Colorada, discusiones de borrachos en una boda, una balacera entre habitantes de Alcozauca y Metlatónoc por conflicto de límites, muertes relacionada con los miembros de la Liga Agraria Revolucionaria del Sur Emiliano Zapata. Nada de narcotráfico. Por supuesto, esto es apenas una línea, un susurro. Pero la idea ahí está: valdría la pena ahondar más en ella en un futuro.
No sucedió lo mismo con Colombia. A pesar de tener un solo ejemplo, este resulta revelador, pues parece que en Colombia tuvieron pocos liderazgos, irremplazables, aunque fuertes. Vale la pena analizar lo que sucedió. A la muerte de “El mexicano”, la impresión que da el libro de María Jimena Duzán, “Crónicas que matan”, es que las cosas se tranquilizaron.  Ella misma lo dice: “Con la muerte de “El mexicano” y la caída de sus sucesores, al fenómeno paramilitar le cercenaron sus alas de animal grande y rapaz”9. La autora no niega que el fenómeno haya desaparecido pero, al menos, sí debilitado.
Sin embargo, como cualquier monstruo, este tiene un comienzo. El evento que desencadenó la lucha de las drogas en Colombia tiene que ver con la memoria, con aquella parte del cerebro que retiene, codifica y entrega información. Fue una fotografía lo que tuvo postrada a Colombia y ahora  tiene postrado a México. En los días en que Pablo Escobar era legislador y amasaba su fortuna con un cinismo impresionante; cuando construyó su zoológico; cuando tenía corrompidas a las autoridades, el rumor que Escobar era narcotraficante era solamente un pensamiento incómodo, un secreto que se prefirió ignorar. Fue Guillermo Cano, director de El Espectador, que reveló la verdadera identidad de Escobar. Al parecer, a Cano la cara de Escobar le resultaba familiar: la había visto en algún momento, y no precisamente relacionada con su actividad legislativa. Se puso a buscar en compañía de su equipo y la encontró: “La fotografía hallada por petición de Guillermo Cano no era un documento cualquiera. Se había tomado en junio de 1976 en la cárcel de de Bellavista, en Medellín, y mostraba a Escobar después de su captura en el municipio de Itagüí, en compañía de su primo, Gustavo Gaviria. En poder de los dos hombres se encontraron 18 bolsas de polietileno que contenían 39 kilos de cocaína de alta pureza, además de cinco mil dólares y 50 mil pesos colombianos en efectivo”.10 Es ahí donde podemos rastrear el inicio de un poder corruptor masivo; de un eclipse que cambiaría todo: del peligro más devastador, imponente y peligroso al que se han enfrentado Colombia y en México en toda su historia. Por supuesto, ni El Chapo Guzmán ni Pablo Escobar pudieron haber creado las estructuras delictivas que crearon sin la anuencia y la permisividad de las autoridades en los lugares en donde se asentaron. Tanto el libro de Anabel Hernández, la revista Proceso, y el libro de María Jimena Duzán, están plagados de vínculos entre las autoridades y el narco. No es posible enumerarlos todos. Es más, ni siquiera conocerlos todos.
Colombia y México
“Un gobierno que en lugar de domesticar a las criaturas que ha creado, ahora vive aterrorizado por ellas”. Dennise Dresser.
Mientras que la violencia en Colombia está cargada de un sinnúmero de grupos paramilitares, guerrillas, campesinos, políticos, desmovilizaciones guerrilleras y bombas, la violencia en México es mucho más concreta, menos abigarrada, confusa y con tantos intereses encontrado como la colombiana. Mientras que en Colombia la extradición fue un tema medular en el combate al crimen organizado, en México la damos por sentada; mientras que en Colombia la profusión de bombas mató centenas de civiles, en México no hemos tenido ese fenómeno (a excepción, por supuesto, del atentado terrorista en Michoacán con dos bombas); mientras que Colombia sufrió decenas de masacres de campesinos, sobre todo en el Magdalena Medio, en México no las hemos tenido; Colombia tiene una selva completamente inaccesible que ha servido como foco de proliferación de guerrillas y asentamiento permanente de narcotraficantes, en México tenemos tres estados cuya geografía hace muy difícil el acceso del Ejército ahí: Guerrero, Chiapas y Oaxaca; Colombia utilizó el sistema de jueces sin rostros mientras que en México dicha solución aún no es necesaria. Tenemos, sin embargo, un gran problema: somos vecinos de Estados Unidos. De ahí vienen las armas; también los errores estúpidos provocados por la soberbia política norteamericana: Rápido y Furioso terminó siendo un regalo de más de mil armas de alto calibre a los cárteles mexicanos. El sentimiento general colombiano después de los asesinatos de importantes personajes, unió al pueblo en Colombia. En México se sigue teniendo la sensación que la batalla contra las drogas es una cuestión unipartidista aunque no invisible, folclórica aunque no aplaudida, indudablemente sangrienta aunque no bien entendida.  Hemos pasado del pacifismo conciliador con los narcotraficantes a la sorpresa inaudita por el alud interminable que representa su regeneración. El gobierno que contribuyó a solaparlos fue también el partero que estuvo en el nacimiento. Y aún se piensa en la negociación como método infalible de paz, pero algunos, como el ex presidente de Colombia, Ernesto Samper, no están del todo de acuerdo: “Si este acuerdo llegara a darse, sería el comienzo del fin del Estado de derecho de México porque encarnaría la versión mexicana de la teoría del apaciguamiento de Chamberlain quien proponía dejar que Hitler invadiera solamente a sus vecinos para no exacerbar más allá sus ánimos imperialistas.”11 Y no lo dice sin la luz que proporciona la experiencia: basta recordar dos de los muchos intentos de negociación que el gobierno colombiano trató de completar por aquellos años. El primero, realizado por el ex presidente Alfonso López Michelsen en junio de 1984 en el Hotel Marriot, en Panamá, el cual resultó un fiasco completo: Juan Manuel Santos, actual presidente de Colombia y en aquel tiempo subdirector del periódico El Tiempo, publicó el encuentro. Aquello indignó a la sociedad colombiana, especialmente por el asesinato, dos meses antes, de Rodrigo Lara Bonilla.
El segundo ocurrió durante el cuatrienio del Presidente Barco. En aquella ocasión, fueron secuestrados 20 comerciantes y el hijo de Germán Montoya, secretario general del Presidente Barco. Se negoció el secuestro por medio del mismo Michelsen y, sorprendentemente, los narcotraficantes publicaron una carta en donde, a decir verdad, era demasiado buena para creer: “Aceptamos el triunfo del Estado, de las instituciones y del gobierno legítimamente establecido y estamos dispuestos a deponer las armas y objetivos de lucha en aras de los más alto intereses de la patria”.12 Al principio parecía que los colombianos estaban ante la tan anhelada paz, pero bastó que el tiempo pasara para que se dieran cuenta de lo equivocados que estaban: a partir del asesinato de Bernardo Jaramillo todo volvió a su cauce. Fue en este punto cuando la revista Semana publicó un artículo en el que se aseguraba que había habido diálogos con los narcotraficantes. Esto, nuevamente, debilitó la credibilidad del Gobierno de Barco y puso en entredicho su estrategia.
En México la política del pacto no puede seguir viva y alimentada desde arriba, so pena de la amenaza del debilitamiento de las instituciones mexicanas; la cooptación de la democracia y de las elecciones en manos de los delincuentes; la paz bajo un velo de impunidad creciente; la mentira del compromiso en manos de los narcotraficantes; la ilegalidad se asentaría entre nosotros como una infección esperanzadora que mata lentamente y en silencio. Se escucha constantemente que no se debe combatir a los cárteles de manera frontal, pero nunca nadie explica cómo debe de hacerse: o estamos ante una solución imposible o ante la ilusión de los ingenuos. No se puede combatir al narcotráfico sin derramamiento de sangre. La solución a largo plazo (educación) es clara e irrefutable: a mayores oportunidades provistas por un sistema educativo fuerte y constante, menor probabilidad de enrolarse a las filas del crimen organizado. La segunda, el debilitamiento de los criminales a través del ataque a sus activos (dinero, inmuebles, automóviles, etcétera) acabaría con su capacidad corruptora pero no con su codicia y violencia. Aunque se tiene la percepción que el sistema financiero de México es débil y, en consecuencia, fácil como método para lavar dinero, expertos afirman que esto no es cierto: Ramón García Gibson (autor del libro Prevención del lavado de dinero y financiamiento al terrorismo) y Ricardo Gluyas (autor del libro Inteligencia Financiera), en el programa Derechos en Pugna, conducido por Gerardo Laveaga, y a pregunta expresa de éste último:“Si tú fueras asesor de un lavador de dinero, ¿Qué le dirías? ¿Es fácil? ¿Es difícil? ¿México es un buen lugar para hacerlo (lavar dinero)?, Ricardo Gluyas responde qué: “(Le diría) pues que se fuera de México porque en el caso del sector financiero la actividad preventiva está desarrollada y lo puede detectar”. Ramón García Gibson coincide con el análisis de Gluyas: “Es fácil en ciertos sectores, es más difícil en otros como se menciona, el sector financiero. El sector financiero tiene políticas ya que datan desde el año 97’para prevenir, detectar y reportar esas actividades”.13
Recordemos que el narcotráfico no es la única fuente de ingresos de la delincuencia organizada: pornografía, trata de personas, venta de autopartes, robo, secuestro y, por supuesto, piratería. Según Jorge Dávila, Presidente de la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio, Servicios y Turismo 14, La piratería, el contrabando y la informalidad están ligados al crimen organizado. Tenemos que exigir que las autoridades actúen con firmeza, con eficacia y dar resultados. No se puede esconder la piratería y el contrabando, pues representa 74 mil millones de dólares al año en este país. Esa cantidad es casi cuatro veces la factura petrolera, tres veces las remesas de connacionales desde Estados Unidos y casi siete veces la factura turística del país. Para detener completamente a la delincuencia organizada se necesita su encarcelamiento y seguimiento para que no sigan perpetrando delitos aún dentro de la cárcel. Hay una lectura incorrecta del problema, y Joaquín Villalobos nos la hace saber: “La guerra es entonces una realidad inevitable y la violencia y el tiempo no son por ahora indicadores de victoria o fracaso, sino indicadores del tamaño del problema. No es sensato demandar que en tres años acabe la violencia de unos grupos criminales que poseen miles de millones de dólares, decenas de miles de armas y miles de bandidos que han aprendido a matar.”15
México no solo ha visto muertos, sino una disminución en la capacidad para informar libremente. De acuerdo a Freedom House, casa encuestadora que desde 1973 lanza un mapa global en donde, de manera muy clara, se ve donde hay libertad para informar o no. ¿La conclusión? México se ha ido transformando con el tiempo. También, esta misma casa encuestadora presenta otro mapa mundial en donde vemos en qué países hay libertad (política y civil) y en cuáles no. Los mapas hablan por sí mismos.
Según el mapa más reciente, México es un país no libre para ejercer la libertad de prensa. Los países en morado son países no libres. México se encuentra entre estos. Pueden encontrar el mapa aquí: http://freedomhouse.org/images/File/fop/2011/FOTP2011MOPF.pdf

En este segundo mapa podemos observar el declive en México en los últimos años: el color rojo indica un declive de siete puntos en adelante. Estamos al nivel de Bolivia, Irán, Sri Lanka, entre otros. Pueden encontrar el mapa aquí: http://freedomhouse.org/images/File/fop/2011/FOTP20115-yearchanges.pdf
Este mapa es similar al pasado: muestra que México ha declinado de 2007 a 2011 en 10 puntos, pero esta vez, en libertad en general. Lo pueden encontrar aquí, así como todo el documento: http://www.freedomhouse.org/images/File/fiw/FIW_2011_Booklet.pdf

Desidia
“La muerte es para nosotros algo así como un profundo retiro donde terminamos de recoger las enseñanzas de la historia y los títulos de la humanidad”. Maurice Joly, Diálogos en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.
Tenemos un problema de visión que nos asfixia pero que, de alguna manera, no resulta imperante resolver. Se trata de la trivialización de la política criminal. No me refiero a que los ciudadanos no se la tomen en serio, sino que la inclusión de ciertos dogmas en el imaginario mexicano ha provocado la guarnición del Gobierno Federal en una coraza dura e impenetrable. Se habla de cuarenta mil muertos pero no de los millones de drogadictos; facilitamos la entrada al olvido y nos desmarcamos de nuestra responsabilidad con la ilusión repetida del “yo no soy Presidente”; seguimos radicalizando la decisión del Ejecutivo de enfrentamiento a las drogas bajo el mote ilusorio del unipartidismo azul y la obsesión de Calderón por legitimarse tras una convulsa elección presidencial. Perdemos el tiempo buscando mejores datos y más estadísticas que demuestren la falta de voluntad política o la inanición completa de las fuerzas de seguridad frente al crimen, pero no las preguntas que aceiten la maquinaria de la imaginación. Quien maneje más datos precisos de las muertes, más sabio se le considera. El lustre que brota de los números de los demagogos apacigua y opaca las respuestas de los pensadores. Nos consideramos objetivos porque creemos en las nuevas formas de medición. Nos pretendemos iluminados porque con el gracejo de un buen comediante podemos diluir la culpa y la responsabilidad: cambio, sí, ¿pero hacia dónde? No busco enfundarnos de luto ni tampoco ovacionar la pandilla de funcionarios ineptos que tenemos. El lúgubre camino que recorremos con microscopio ha logrado que volteemos a ver donde estamos parados: en un teatro en donde la simulación y el idilio por las formas es más importante que el cemento de lo concreto y el enamoramiento por el contenido. Vivimos atestados de lo mismo, atados a farfullar las mismas críticas sin un repunte de fondo, encerrados en la política superflua, vana y cadavérica y cada vez más ensimismados por el pasmo de la poquedad en las ideas. Manipulados por la desinformación y la poca aptitud de ver, oler y sentir vivimos en un injerto de muerte. No aspiramos ya al derrocamiento de los corruptos pero a la limpia sin tregua de los sospechosos. No más aspirar a ser un país educado pero sí feliz, no productivo pero sí bien alimentado, no culto pero sí viviendo en la cola de la medianía. A expensas de pasar un buen rato cortamos los nudos del futuro. Y es que la violencia no tiene que ver con el sueño violento de los delincuentes, pero con la marejada indiferente de los que lo permiten. Con los verdaderos amos del narcotráfico: los políticos que estiran la mano; los policías que escuchan sin escuchar; los empresarios que se arriesgan a lavar dinero; los drogadictos que piden ser tratados como enfermeros a pesar del cinismo de su actividad; la desidia intelectual de los pensadores que piensan que esto es un problema que atañe a los cotos de poder. Estamos ante un problema social: ni político ni económico. Ante un problema moral: ni policial ni castrense. Activando el compromiso podremos conciliar alternativas. Ya no la intriga constante pero el destape de lo podrido a la luz del sol. El Presidente Calderón acaba de sacar lo que olía a viejo: el diálogo con Sicilia es una decisión que se aplaude, que es bienvenida y que es saludada con nuevos ojos. Pero que esto no sean solamente buenas intenciones: las constantes desgracias en política vienen más del liderazgo bien conducido de los borregos y sobrevaluado de la sociedad, a las promesas o mentiras que se vierten en campaña. Hay que regular las policías, mejorar el Ejército, concertar nuevas formas de atacar la delincuencia organizada, pedirle una y otra vez a los Estados Unidos que controlen el flujo de armas y el hambre mortal de sus drogadictos: pasteurizar la raíz del miedo y purgar, sin conveniencia alguna o tregua falsa, las patéticas súplicas de los criminales.
Conclusiones
“…despierten, niños, que tenemos que irnos a la Revolución”. Carlos Fuentes, Cristóbal Nonato.
Hemos visto que no hay soluciones fáciles y que el problema del narcotráfico se extiende, rápido y victorioso, al interior de la República. ¿Qué hacer? En primer lugar, inspirarse en la Convención de Palermo, firmada por México, para atacar a la delincuencia organizada desde distintos puntos, que abarcan desde Penalización de la participación en un grupo delictivo organizado, medidas contra la corrupción, prevención, asistencia y protección a víctimas, etcétera. Los lineamiento de la Convención de Palermo, si bien abstractos y supeditados al contexto general de cada país, ofrecen una saludable guía para reconducir la estrategia.

Aprender de las lecciones de operativos exitosos en otros países: el multicitado Eduardo Guerrero ofrece pistas para sanar los deficientes operativos conjuntos que hasta ahora el Presidente Calderón ha puesto en marcha.
1.- Concentración de las fuerzas de seguridad en una zona específica para así disuadir a otras organizaciones criminales de delinquir.
2.- Mejores labores de inteligencia que permitan prever el escalamiento de violencia posterior a una detención.
3.- Castigos certeros y rápidos. Habría que añadir, también, “eficaces”.
Por otro lado, sería recomendable que el Gobierno se concentrara en la droga que más dinero deja. Según el World Drug Report 2011, el cannabis es una droga que, si bien se trafica con ella, crece en los Estados Unidos. Se trata de un comercio interno, aunque también con cargamentos provenientes de México. Lo mismo con el mercado de las metanfetaminas. Sin embargo, no sucede lo mismo con la cocaína: llega a Estados Unidos principalmente de la región Andina, de Colombia, América Central y México. El mismo reporte muestra que el 10.7% de la población en Estados Unidos utiliza cannabis, a comparación con la medida global (7%). Con la cocaína pasa lo mismo, Estados Unidos concentra el 37.9 % por ciento de todos los consumidores de drogas del mundo. Pero por lo mismo no sorprende que Estados Unidos tenga la tasa de mortalidad más alta en lo que se refiere a drogas: 148 muertes por millón entre la población de 15 a 64 años. Creo que lo recomendable es concentrarse en la confiscación de dos tipos de mercado, pero por diferentes razones. El mercado de la cocaína porque es una droga que llega de Colombia y pasa por México, sin un mercado interno en Norteamérica. Después, el cannabis, ya que, a pesar de ser una droga con un importante mercado interno en Estados Unidos, gran parte de la población la consume. Esto genera grandes ganancias del narcotráfico y el peligro de convertirse (al menos ahora, con la ilicitud de las drogas) en un producto ampliamente aceptado por el mito falso (ya vimos en páginas anteriores porqué) de que se trata de una droga inocua. También, concentrarse en los estados donde se produce la hierba: Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Jalisco, Oaxaca y Nayarit que representan aproximadamente el 53% de la erradicación total de cannabis, y en la región del Centro y el Norte (Chihuahua y Baja California), donde tuvo lugar el 42% de la erradicación de cannabis en 2005.”16. Además, según el reporte, de un total de 85 billones de dólares dejados por el mercado de la cocaína, tan solo en los Estados Unidos se concentraron 34 billones de dólares. Por el lado del cannabis, no hay una cifra exacta, pero podremos aventurarnos a dar una. El precio por gramo, extraído de la gráfica que el reporte nos presenta, es de unos 12 dólares en promedio en América del Norte (incluido México). Tenemos 32, 520,000 consumidores, pero no es posible saber exactamente cuánto compra cada uno, así que mejor multiplicaremos el precio por gramo por 1000 gramos, para obtener, así, el precio por kilo, es decir, 12 por 1000, lo que nos da un total de 12,000 dólares por kilo, multiplicado a su vez por los decomisos (los más altos del mundo, por cierto) realizados en América del Norte (México, Estados Unidos y Canadá), o sea, 4, 188,620 kilos decomisados en 2009. Esto nos da un gran total de 50, 263, 440,000 mil millones de dólares. La buena noticia es que el consumo de cocaína en Estados Unidos ha disminuido: en 2008 había alrededor de 7, 097,000 de personas que consumían cocaína, en contraste con los 5, 690,000 que son ahora. Con el cannabis sucede lo contrario, en 2008 había un total de 30, 600,000 consumidores con 32, 520,000 consumidores en 2011.

Educación

“...porque aquello que no se tiene o no se sabe, no se puede dar a otro o enseñárselo a tercero”. Platón, El Banquete.
La salida a largo plazo para prevenir que más y más jóvenes se unan a las filas del crimen organizado es la educación: hacerles saber que mediante el trabajo prolongado los resultados vendrán. No se trata de ofrecerles un mercado laboral inmenso y lleno de trabajos millonarios pero darles un guiño de esperanza. No prometerles trabajo a todos pero sí igualdad de oportunidades: todos salimos del mismo lugar. Pero ni siquiera esto: requerimos más libertad. Sartori17 nos proporciona algunas respuestas: “Que la libertad no produce igualdad es exacto a condición de que se puntualice que no produce igualdad en resultado. Pero es inexacto si la tesis se convierte- tal y como sucede- en que la libertad no hace falta, que la libertad no ayuda. Los esclavos son iguales, igualísimos. Pero son esclavos. ¿Cómo es posible? Es la pregunta para la que el igualitario no tiene respuesta. Sin embargo la respuesta es evidente: los esclavos son iguales en esclavitud porque no está precedida y sostenida por la libertad. Por lo tanto, la libertad es el presupuesto de la igualdad”. Tenemos, entonces, que la libertad no producirá, por sí misma, igualdad en resultado, pero sí igualdad de “inicio”: nuevamente, todos empezarán del mismo lugar. No podemos dudar que el comunismo produce ciudadanos iguales, pero nunca libres, ¿por qué? Porque la libertad se encuentra sumamente restringida: en el momento en que uno sea más inteligente, fuerte, o con mayores virtudes, se le intenta eliminar, con base a una igualdad advenediza, que no debería estar ahí: no puedes ser superior porque somos iguales. Invirtamos la relación: en una sociedad libre no se busca la igualdad de resultados, sino el comienzo desde el mismo punto. Dependerá de cada uno a donde llegue. Que hay grupos minoritarios y con pocas oportunidades, sí, pero por eso hay un Gobierno: para que, a lo largo de la partida, aquellos que se encuentren en situación vulnerable sean empujados para sobresalir. Las escuelas públicas (buenas o malas eso no está a discusión ahorita) es un intento del Estado liberal de energizar las fuerzas horizontales de los ciudadanos para que estos crezcan. La educación es un intento de acabar con la mortal situación en la que nos encontramos: un interregno entre el futuro tranquilo pero el presente tenebroso. Rafael Macedo de la Concha, en un artículo para la revista Defensa Penal, muestra la importancia de la educación como forma de prevenir el delito: “La educación, debemos establecerle muy claramente, es un eje rector del desarrollo nacional. En los planteles educativos los ciudadanos nos preparamos para cumplir con nuestras responsabilidades, ya que las escuelas son fuente de conocimiento, espacio para el intercambio de ideas y un campo propicio para el desarrollo de la creatividad y de la imaginación”18. El sueño de Sartori oteado por un observador desesperanzado, cansado y harto: “El demócrata aspira a la integración social, el liberal aprecia la iniciativa y la innovación”.19 La educación como rendija que deja pasar la luz del sol: la afluencia de ideales galvanizados y protegidos por los ejes rectores de la educación y de la libertad.
El camino no es fácil: quizá nunca lo ha sido. México se enfrente a su más temible adversario; a una amenaza de mil cabezas; a un compromiso con nosotros mismos. Dejar a un lado el sub desempeño intelectual promovido por los acrónimos que nos proporciona la política. PAN, PRI y PRD. No basar el discurso en la galopante desinformación, pensar antes de hablar, acordar antes de actuar. Menospreciar los liderazgos vacios y acabar con los mensajes subrepticios: no propongo la eliminación de la política pero el ensanchamiento o acortamiento a sus justas proporciones. La sociedad juega un papel importante. Y lo vuelvo a repetir: estamos ante un conflicto de carácter moral y social. Si el vendedor de la calle sigue en la misma lógica subversiva de vender droga; si el universitario sigue comprándola; si vivimos enlodados en la iracundia partidista, difícilmente saldremos adelante. Estoy hablando, en este punto, de los que podemos hacer algo. Y somos la mayoría de nosotros. Hay situaciones límite, por supuesto: la pobreza que aliena y orilla al crimen, la falta de educación en lugares remotos, las crisis familiares, los errores, los tropiezos. Todo esto contribuye a que el crimen siga metiendo a sus filas a miles y miles de jóvenes. Pero no hay que culpar al destino. Nosotros somos más y, sin duda, más preparados. El estado comatoso de la República requiere la inyección del activismo y del pensamiento. Las reformas detenidas, el blanqueamiento de los criminales como las víctimas de guerra, la fornicación inaudita entre el combinado del Gobierno y la hechura espesa de los grupos delincuenciales, el compadrazgo moderno y el distraimiento supuestamente justificado de olvidarnos del presente, han contribuido a que estemos postrados. El narcotráfico es un fenómeno sumamente complejo, voluble, cambiante, que atiende a circunstancias preferenciales, de impacto de políticas públicas, de educación, de historia, de moral, de creencias, de una invisible línea diaria, de decisiones.
La verdad de las cosas es que nunca esperé descifrarlo en poco más de siete mil palabras. Pero tampoco nunca esperé sentado a que vinieran.


Citas.

1.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 207,1994.

2.- Guerrero, Eduardo, Cómo combatir la violencia, diciembre 2010 pp.24-33.

3.- Lipovetsky, Gilles, La era del vacío, Anagrama, Colección compactos, Barcelona, Séptima edición, 2009pág 36.

4.- http://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/WDR2011/World_Drug_Report_2011_ebook.pdf

5.- http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/genocidio.html, revisada 16 de julio a las 1:38 p.m.

6.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 104,1994.

7.- Ríos, Viridiana,  Revista  Nexos, Febrero 2011 pp. 50- 52.

8.- Hernández, Anabel,  Los señores del Narco, pág. 359, Grijalbo, 2010.

9.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 293,1994.

10.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 39,1994.


12.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 327,1994.

13.- http://www.youtube.com/watch?v=wYo9iJd4WZE


15.- Villalobos, Joaquín, Nexos, septiembre 2010 pág. 10.

16.- http://www.unodc.org/documents/wdr/WDR_2007/WDR%202007_Spanish_web.pdf, revisado el 17 de julio a las 11:25 a.m.

17.- Sartori, Giovanni, ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2008, pág 224.

18.- Macedo de la Concha, Rafael, Defensa Penal, septiembre 2009, pág 62.

19.- Sartori, Giovanni, ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2008, pág 240.