Por Guillermo Fajardo
La sociedad de los poetas muertos (1989), recorre la espina dorsal de los sueños; la magnífica oportunidad de encontrarnos de lleno con el espiral que, como miel, brota de la poesía y de nuestros labios; la añoranza de verificar la obertura de las guerrillas intelectuales: los sueños. Los muertos nos susurran sus aventuras, sus discordias y sus experiencias: Carpe Diem es el grito de guerra de Robin Williams, interpretando al profesor de literatura inglesa John Keating y la pandilla de alumnos idealistas que lo siguen. En ese sentido, la película se inmiscuye en la ingenuidad provocada por el arte, la poesía y la juventud: una oda a la adolescencia. En el colegio Welton, donde se forman los futuros líderes norteamericanos, la catadura seria, el mohín refinado y los modales de primer mundo son parte del elenco rutinario. La pugna que gravita en la película es sencilla: la topografía del hombre que ves hoy, es muy parecida al mapa de ayer. Las mismas montañas escarpadas, los mismos valles hundidos, las mismas cordilleras sinuosas. La escuela Welton forma esta clase de hombres. Entonces, cuando el profesor Keating irrumpe en la monotonía, algunos alumnos se transforman. “Oh captian, my captain” (poema de Walt Whitman) pide que lo llamen. Uno de los primeros actos del nuevo maestro es pedir que rompan la primera página de su libro de literatura: quiere desgarrar la terrible fortificación mental de los adolescentes rígidos que son. Es un acto puramente simbólico: la poesía, decía la página arrancada, puede medirse mediante una gráfica. Horroroso: ¿cómo contemplar el arte desde la exactitud fría y la subjetiva visión del que elabora una gráfica y no desde las turbulentas, caprichosas y volubles aguas del torbellino creador? Luego, les pide que se paren en su pupitre: vean el mundo; no solamente lo cuadrado, lo elíptico o lo redondo nos rodea, sino una multitud de aproximaciones, lejanías y texturas. Cuando los jóvenes se enteran que su profesor formó parte de la Sociedad de los Poetas Muertos, estos se interesan en seguir sus pasos.
Por las noches, cuando la autoridad duerme y el deseo de triunfar frente a la tradición les gana, acuden a una cueva, santuario de erudición, cielo de venganza o consumado peligro a flor de piel: leen poesía en la noche como signo de rebeldía ¡Ojalá la quebradura moral del presente solamente consistiera en eso! ¡Ojalá que la veda de salir por las noches fuera el peor pecado al santo grial del presente abigarrado, volteado, violado y sumido en la algarabía! Robert Frost, Walt Whitman o William Shakespeare resucitan y reviven en los labios de los jóvenes. A partir de ese momento los personajes mutan. Neil, decide confrontar a su padre y volverse actor. Charles, mete mujeres a Welton. Todd Anderson (Ethan Hawk) purga su personalidad temerosa para florecer, frente a la clase, como un poeta. Los paseos en bicicleta de los actores, la rotura de los regalos provenientes de los padres, correr libremente por la habitación o levantar el teléfono para hablarle a la mujer que piensas poder querer, tienen un significado: “tradición, honor, disciplina y grandeza”. Irónicamente, los valores del colegio Welton. Charles publica un escandaloso artículo pidiendo que acepten mujeres en Welton. La Sociedad de los Poetas Muertos es descubierta. Y cuando Neil, líder carismático de aquel grupo, decide actuar con el consentimiento poco afirmado de su padre, se derrumba la situación. La nuclearización del conflicto, combinado con la precariedad intelectual y la pobreza emocional de su padre, dan como resultado el suicidio del joven. Trágica reacción pero bastante comedida al ver las fuertes, fuertísimas ideas adheridas a la piel: si no podré actuar, moriré. El tiempo, óxido de las memorias viejas pero lustre doloroso de las nuevas, hace su parte. Comienza la cacería de brujas. El director de Welton quiere un culpable por la muerte del joven Neil. Lo encuentra fácilmente: el poco ortodoxo profesor Keatings. Los antaño miembros de aquella asociación, pulverizados y con la cola entre las patas. Sus sueños, confrontados con la realidad. Y cuando Keatings entra a recoger sus cosas en medio de la clase ahora tomada por el director de la escuela, el temeroso Todd y todos los que aprendieron la lección (pensar por ellos mismos) se paran en sus pupitres: “Oh captain, my captain” le dicen. Homenaje a Neil que, muerto, se regocija en su tumba. Música para oídos del poco tradicional profesor. Aniquilación del monoteísmo impuesto a través de la adoración de los dogmas. Imagen reveladora: los líderes que surgen son los que se paran en lo alto de los tabús, por encima de la rígida tradición, superando la estúpida intolerancia. La Sociedad de los Poetas Muertos, después de todo, vivía.
Por las noches, cuando la autoridad duerme y el deseo de triunfar frente a la tradición les gana, acuden a una cueva, santuario de erudición, cielo de venganza o consumado peligro a flor de piel: leen poesía en la noche como signo de rebeldía ¡Ojalá la quebradura moral del presente solamente consistiera en eso! ¡Ojalá que la veda de salir por las noches fuera el peor pecado al santo grial del presente abigarrado, volteado, violado y sumido en la algarabía! Robert Frost, Walt Whitman o William Shakespeare resucitan y reviven en los labios de los jóvenes. A partir de ese momento los personajes mutan. Neil, decide confrontar a su padre y volverse actor. Charles, mete mujeres a Welton. Todd Anderson (Ethan Hawk) purga su personalidad temerosa para florecer, frente a la clase, como un poeta. Los paseos en bicicleta de los actores, la rotura de los regalos provenientes de los padres, correr libremente por la habitación o levantar el teléfono para hablarle a la mujer que piensas poder querer, tienen un significado: “tradición, honor, disciplina y grandeza”. Irónicamente, los valores del colegio Welton. Charles publica un escandaloso artículo pidiendo que acepten mujeres en Welton. La Sociedad de los Poetas Muertos es descubierta. Y cuando Neil, líder carismático de aquel grupo, decide actuar con el consentimiento poco afirmado de su padre, se derrumba la situación. La nuclearización del conflicto, combinado con la precariedad intelectual y la pobreza emocional de su padre, dan como resultado el suicidio del joven. Trágica reacción pero bastante comedida al ver las fuertes, fuertísimas ideas adheridas a la piel: si no podré actuar, moriré. El tiempo, óxido de las memorias viejas pero lustre doloroso de las nuevas, hace su parte. Comienza la cacería de brujas. El director de Welton quiere un culpable por la muerte del joven Neil. Lo encuentra fácilmente: el poco ortodoxo profesor Keatings. Los antaño miembros de aquella asociación, pulverizados y con la cola entre las patas. Sus sueños, confrontados con la realidad. Y cuando Keatings entra a recoger sus cosas en medio de la clase ahora tomada por el director de la escuela, el temeroso Todd y todos los que aprendieron la lección (pensar por ellos mismos) se paran en sus pupitres: “Oh captain, my captain” le dicen. Homenaje a Neil que, muerto, se regocija en su tumba. Música para oídos del poco tradicional profesor. Aniquilación del monoteísmo impuesto a través de la adoración de los dogmas. Imagen reveladora: los líderes que surgen son los que se paran en lo alto de los tabús, por encima de la rígida tradición, superando la estúpida intolerancia. La Sociedad de los Poetas Muertos, después de todo, vivía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario