domingo, 7 de agosto de 2011

Los enamoramientos

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo sobrellevar, por las noches y la vida, la muerte de un acompañante? ¿Dónde hurgar para desenterrar las insignias propias del cadáver que alguna vez tomamos y aspiramos y soñamos como nuestras? ¿Se supera el luto por la soledad o por el tiempo que pasa? La novela más reciente de Javier Marías (1951), no solamente mete la cabeza al complicado y trillado mundo de la soledad y la tristeza después de la muerte, sino también al reino del amor. La novela comienza cuando la protagonista (una joven que trabaja en una editorial) comienza a narrar su rutina concentrándose en un elemento especial, en una especie de peca en la piel, en una suerte de estrella en el cielo monótono: una bella pareja de esposos que cada mañana se sientan en aquel restaurant. Más pronto que tarde, Javier Marías elimina al esposo, rompiendo con el idilio y quizá la tranquilidad que el lector podría entender a los ojos del amor. Miguel Desverne (el esposo) es brutalmente asesinado. Navajazos por todo su cuerpo. El cuerpo magullado y lacerado aparece en primera plana. Su esposa (Luisa) totalmente devastada. Entonces aparece Díaz Varela, con el que comenzará la cadena de los enamoramientos, pues éste último desea a Luisa, la ex esposa de su recién amigo muerto. Y es que para el autor la palabra enamoramiento no es lo mismo que el amor, aunque a veces lo pueda sustituir. Echando mano de un lenguaje tendiente al aleccionamiento constante (la novela entera es una clase de la reflexión acerca de la experiencia), Javier Marías destina esta novela al lector paciente, bien concentrado, desatado y desanudado de la lectura superflua y rápida (de esas que abundan en el mercado). Sin embargo, la novela está bien dividida: en este sentido el autor entiende que a ratos la lectura puede resultar cansada, farragosa e incluso confusa. Me refiero a las veces en que el monólogo de los personajes es tan íntimo y contextual que no podemos sino leer una y otra vez tal o cuál parágrafo para entenderlo. Hay capítulos que sobran porque no aportan mucho al texto, sino más bien lo estancan, llenándolo de pensamientos que quieren solidificar al personaje. Hay un exceso de coherencia en la historia. Todo cae perfectamente.

 Conforme la novela avanza, y la protagonista se enamora de Díaz Varela, y éste de Luisa, vamos advirtiendo que los enamoramientos nunca son gratuitos: hay cosas que el corazón nada más deja fluir. Si el enamoramiento conjura para florecer, muchas veces la razón respira para entenderlo. Es una relación tormentosa, procelosa e incluso amarga, con la tintura de lo frustrante y el abrazo de la emoción. La pugna principal se da entre la soledad de Luisa y la obsesión de Díaz Varela. Nuestra protagonista acepta con una sonrisa el feliz destino que le tocó al verse enredada con Díaz Varela (del cual admira sus labios), precisamente la zona de donde brotan y florecen las relaciones. Porque si los enamoramientos (“Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles”) recaen en la rutina de vernos, imaginarnos o sentirnos, el recuerdo (que plasmamos a través de las palabras o de la imaginación) aglutina en su estómago todos los ácidos del pasado: precisamente la lucha de Díaz Varela de pegarse y sustituir el recuerdo de su mejor amigo, convertido, ahora, en un fardo, en una carga para Luisa y los vivos. María, la protagonista (apodada por Luisa y Miguel, “La Joven Prudente”) admira, pasiva (“¿Quién soy yo para perturbar el universo”?), la eclosión del amor entre Díaz Varela y Luisa. El espanto que en algún momento el lector pensó que María tendría, se ve sustituido precisamente por la prudencia. De hecho, en el último capítulo, al verlos juntos y tener en sus manos la decisión de sabotear para siempre aquel encuentro, aquel enamoramiento, decide permanecer callada, sabiendo que las cosas del amor no hay que añorar a entenderlas sino agitarlas para reconocerlas. Entonces, María se conforma con recordar, precisamente la forma más acabada de rendirle homenaje a la relación que alguna vez soñó con poseer. Simplemente admirando cualquier migaja del cuerpo que desea, cualquier noticia, cualquier forma de amor.

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