Por Guillermo Fajardo
Necesito de un silencio monacal, la sombra expresa de la decrepitud o la fantasía incrustada a la imaginación. Casi siempre es por las noches o el punto en donde el sol, a punto de desaparecer, se ve con más intensidad, seguramente porque sus bocanadas atisban el fin de un ciclo que nos parece eterno. En las mañanas uno amanece esperanzado. El escritor no necesita eso. Y no es que trate de abonar los rayos de luz a mi escritura, aunque sí las aproximaciones que se tienen cuando rozamos la nostalgia y que casi siempre me llegan por las tardes. Mi escritura es confusa, muchas veces más congraciada con el laberinto que con la honestidad. Empecé a escribir como una excepción a la regla de la rutina que llevaba. Una novela fallida, después otra. La tercera fue la que saldrá en unas semanas. Aunque eso está por verse: no tengo idea de cuánto tarda la imprenta en exprimir la tinta que se adhiere al pobre papel. La escritura es cuestión de paciencia: aquel que se permita la licencia de ver el reloj, pierde ante el capricho cimentado del mundo actual. Necesito también de fotografías y de un goce instantáneo de dolor, de cualquiera. Las fotografías pueden ser digitales o mentales. Me divierto repasando la vida de los otros. Acaso la satisfacción guardada de ser más sofisticado o la quejumbrosa receta del envidioso. Necesito de ambas. Tengo una especie de obsesión estilística por evitar brincar líneas: la tecla “Enter” me causa sorpresa, estupor y algo de miedo. Siento que fallo si la presiono para darle cabida al terrible punto y aparte. Un espacio es demasiado, pues implica una ausencia, casi un crimen o la jugarreta mal entendida del que quiere terminar por terminar. Créanme. Si recurro a la súplica es porque haré, precisamente, lo que temo.
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No recuerdo la fecha exacta en la que ingresé al periódico escolar. Fue por invitación del director. Creo que fue en 2009. Sentí, en aquel momento, una gran responsabilidad. Me di a la tarea de hacer bien las cosas. Y fue durante ese tiempo donde descubrí la ausencia de letras: nadie quería escribir para mi sección. Hasta ahora no sé si mi poder de convocatoria es nulo, o si la carga académica de mi universidad asfixia a todo aquel que intente escribir una línea honorable. Hubo números en donde tuve que escribir hasta 3 artículos. Me gusta creer que en aquel tiempo fui una figura insigne aunque poco convincente, reconocida aunque olvidable. Así pasé un año. Desde mis últimos triunfos literarios (una publicación; un primer lugar en cuento y un tercer lugar en otro) no he sabido dosificar mi ambición. Pensé que, teniendo facilidad para escribir, las grandes ligas estaban dispuestas para mí: soberbia proveniente de la inexperiencia o confianza sobrada por unos cuantos reconocimientos. Al terminar mi novela decidí mandarla a los ominosos concursos literarios. Por supuesto, no gané ni uno. Me di a la tarea de respirar tranquilo y seguir almacenando esperanzas renovadas. Más pronto que tarde decidí lanzarme a la dirección del periódico escolar. El primer número de aquel semestre fue desastroso. Comprendí que debía ajustarme y calzarme a la crítica. No había mejor forma de superar las expectativas que haber vivido primero en el fango. Además, tuve la suerte de tener un buen equipo y un trabajo flexible. Durante el tiempo que estuve ahí, tuvimos un éxito parcial: llegaron nuevas plumas, se modificaron los estatutos y conseguimos una raquítica porción de dinero para calmar las ansias desconocidas y por lo mismo, quizá, inexistentes, de una deuda pesada pero invisible de la universidad. El redaño que me subsiste hasta ahora es resultado de una intensa labor de aprender a fallar, una y otra vez.
Quiero que algo quede muy claro: nunca he sido un homicida de páginas. No me gusta destruir personajes o ideas. Pero el deber de imponerse para presentar artículos supera por mucho el melodrama que surge del pánico de los que escribían para el periódico. Dirigir un proyecto implica tener una especie de imperturbabilidad de la que yo no gozo. Tampoco llevo en mí el alarde necesario para aplaudir. Ni siquiera la palmada en el hombro para calmar. Prefiero el texto controlado y aséptico, arropado por la estricta ortografía, al peso inaudito que pueden dar ciertas críticas. A la par que dirigía el periódico, tomé un curso de novela: mi maestro tuvo a bien enseñarnos dos cosas. Uno, que llegar crudos los sábados no es tan malo como parece. Dos, que era mejor no tener éxito con la primera novela. La razón era muy simple: años después, cuando nos leamos, aparecerán ámpulas, escozores y verrugas por todo nuestro cuerpo al releer lo que fuimos. Una muerte dolorosa sobrevendrá y tormentos indecibles acudirán a tomarnos de la mano. Vaya lección.
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Cuando me di cuenta de la cantidad de artículos que tenía guardados, a punto de ser suprimidos por mi memoria, decidí abrir un blog. Versos de Clausura, porque el punto final no implica dar por concluida la discusión: pretensiones de un demócrata; cultura cívica y participativa adormilada por la vida rápida. He recibido buenas críticas, lo cual me preocupa: el trabajo del creador debe ser provocar, no homogeneizar el pensamiento. Veo que las visitas suben lentamente: un goteo inconcluso cuyo malestar consiste en haber recibido solo una al día. Creo que es hora de suprimir ese horroroso gadget: solamente les muestra a todos lo popular o estrafalario que soy y no contribuye a mi sanidad mental. Temo que contar personas es una actividad alucinante y calculadora. Mejor dejar en paz a los que tienen tiempo de entrar y admirar las mujeres que tuve que dejar de mostrar obscenamente. Fueron varios los que me dijeron que le quitaba algo de seriedad al blog. Carajo. Lamento el destierro de los ángeles pero aún más la fuerza de la experiencia: algo he aprendido de la crítica. Y ahora que me dispongo a empezar mi tercera novela, con el ánimo de haber hecho algo mal en las primeras dos, tengo la sensación de haber avanzado pasos pequeños en una gran escalada de sinsentidos.
Carlos Fuentes afirma que escribir es un acto contra la naturaleza porque ésta no nos basta; Vargas Llosa dice que escribe porque no es feliz. La verdad, no tengo una teoría para confirmar o desechar lo que dicen. Mis deseos son más nimios, caprichosos y puercos: completar una novela para que todos vean que realmente puedo hacer algo bien. ¿Qué mejor que sentirnos útiles entreteniendo al público? Darles de comer de nuestras vivencias, arropar hipócritamente lo que criticamos por medio de personajes que no llevan nuestro nombre. El escritor es un histrión insatisfecho. Una voz que se repite una y otra vez cuando lo leen. Creo que una pluma provoca más crispación que una bayoneta. Los regímenes de los poderosos le temen a las ideas. Un escritor es el único revolucionario que necesita de silencio. De un silencio monacal.


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