lunes, 1 de agosto de 2011

"Para que los conozcas, manito".

Por Guillermo Fajardo

Las manifestaciones son un modo de combatir con la pura fuerza una situación que consideramos inadecuada. En México, este modo de saltar al ruedo es visto como una inclusión al mundo del descontento justificado por las carencias y la falta de oportunidades: las clases menesterosas salen a la calle guiadas por un líder santificado y sumamente profesional. Bloquean calles y toman oficinas; intentan redescubrir su lucha a través de tomas de instalaciones e, inmolados de su pura verdad,  erosionan negociaciones e intentos de pacto. Hoy, martes 20 de abril, fui testigo de esto. Yo trabajo en el FONHAPO, que es un organismo gubernamental que depende de SEDESOL, y que se encarga de otorgar subsidios a las personas en situación de pobreza patrimonial para que puedan construir sus hogares. La demanda es, obviamente, interminable. Hoy fui a trabajar normalmente y, alrededor de la una de la tarde, y ya dentro de la oficina, comencé a escuchar gritos. Al pararme de mi asiento para ver qué pasaba, un compañero me dijo que el Movimiento Antorchista había tomado las instalaciones. Mi jefe me dijo que si tenía clases en la universidad más me valía irme ya, pues la vez pasada que tomaron las instalaciones los dejaron salir muchas horas después. Ya justo antes de irme por la puerta de atrás, me dijo que guardara mi credencial con la que me dejan pasar a las oficinas, pues –según él- no me iban a dejar salir. Salí, sin embargo, sin ningún contratiempo y, a la salida, me dieron un folleto en el que describían la situación por la que se estaban manifestando. Cuando por fin salí, vi –literalmente- un circo: niños con globos, madres regañándolos, el jolgorio sumamente real y completo: avalancha fantástica de lo que México es; telenovela electrizante y paradigmática de un país descontento; indicio necesario y obligado de la pura diversión, de la salida oportuna en la vida rutinaria del manifestante: vamos a señalar a los culpables; rancheros increíbles con banderas rojas, policías siendo testigos pasivos de cómo bloqueaban un carril de Insurgentes, automovilistas furiosos, claxonazos con la clásica melodía que se traduce en una viva voz; otra voz omnipresente que decía que el gobierno del Distrito Federal y el Gobierno Federal nunca cumplían; que no estaban ahí como “si fuera un día de campo” sino que venían a exigir; que permanecerían el tiempo que fuera necesario; que ellos, siendo tan “respetuosos de la ley” no bloqueaban totalmente Insurgentes, pudiendo hacerlo. Escuché, también, un lema que me recordó al SME: “se ve se siente Antorcha está presente”. En ese momento comprendí que ambas organizaciones eran hermanas de sangre. Subí al puente peatonal para tener una visión panorámica de la situación: allá, a lo lejos, una interminable fila de carros avanzaba lenta en el mar de asfalto. Estuve ahí unos quince minutos y bajé. Estaba furioso, y quise contarle a alguien mi situación. Le mandé un mensaje a mi padre contándole mi aventura. Yo esperaba una respuesta que me diera la razón; una respuesta similar al sentimiento que cargaba. Pero no fue así, pues su respuesta fue como cuando le cuentas a un inexperto las circunstancias de hecho en una situación determinada, rodeada de fatalismo: “para que los conozcas manito, para que los conozcas. Saludos”. Me quedé pensando, abrí ambos brazos y me toqué levemente los muslos. Tenía sentimientos encontrados: por un lado entendí la necesidad de aquellas personas por obtener algo básico: una casa con piso. Por otro, no comprendí la manera en que lo estaban haciendo, y me dije a mi mismo que el Gobierno no puede proveer todo lo que quisiera. Enojado, y con un calor impresionante, decidí marcharme, no sin antes preguntar, y como buen reportero (NOT) a tres personas (dos señoras y un señor) el porqué de la manifestación: dos de ellos balbucearon críticas contra el Gobierno Federal, el FONHAPO e incluso contra la guerra contra el narcotráfico. La otra me dijo que “Ellos quieren más casas y así”. ¿Y usted?, le pregunté, “Ah, yo también”, me respondió. Eso confirmó -¡por fin!- mis ociosas y largamente esperadas sospechas que desembocaron en una verdad temporal, contingente y subjetiva pero, finalmente, mía: no tenían ni puta idea el porqué estaban ahí. Me voltee, totalmente contrariado, y recordé una frase recién escuchada: "Any soldier worth his salt should be anti-war. And still, there are things worth fighting for." Emprendí mi largo viaje de regreso a Ítaca. La voz irrumpió nuevamente: sabía que tardaría en regresar.

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