viernes, 24 de junio de 2011

Los caminos del amor.

 

Por Guillermo Fajardo
Si Eros fue hijo de Poros (Riqueza) y de Penia (Pobreza), entonces el Amor es símbolo de lo que carecemos para después abundar en él. El amor como impulsado por la carencia para sobrellevar el arduo camino de la búsqueda: es la carencia la iniciación necesaria para aspirar a lo perfecto. No es la imperfección de donde surge el anhelo para buscar y amar, sino de una privación perfecta, de una ausencia motivada por la separación de los andróginos, de una distancia que es necesario unir. El Amor como diálogo entre los amantes que se buscan unos a otros para conocerse y elevarse. Afirma Platón  en El Banquete: “Por su naturaleza no es inmortal ni mortal, sino que en un mismo día a ratos florece y vive, si tiene abundancia de recursos, a ratos muere y de nuevo vuelve a revivir gracias a la naturaleza su padre1"¿Elogio del Amor? Más bien conocimiento de su esencia, de lo que es: un sentimiento caprichoso, incierto, casi tan cambiante como el fuego del que hablaba Heráclito y que nos recuerda Ramón Xirau: “Nada tan variable como una llama, nada con tantas posibilidades de de transformación2”. Entonces se comprende que el amor, a pesar de su estabilidad posterior, tiene un grado de incertidumbre: en las primeras etapas de la búsqueda no hay que comenzar a esbozar respuestas, sino hacernos las preguntas adecuadas. Dos clases de amor: uno vulgar, otro perfecto. El primero, según Platón: “…es el amor con que aman los hombres viles3”. Por lo mismo, el Amor, al ser abundancia, no puede quedarse en el sentimiento que lo motivó, la carencia, sino que, al igual que el alma que vuela por los cielos para después caer, como refiere Platón en el Fedro, “se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre4. Y entonces, cuando se mira al objeto de su querer, se justifica que se cometan actos reprochables, reprobables, “…la costumbre permite alabar al enamorado, que por tener una conquista comete actos extravagantes, actos que si alguien osara realizar, persiguiendo otro fin cualquiera o queriendo alcanzar otra cosa salvo ésta, incurriría en los mayores vituperios…” 5. Ahora, el Amor como égida que justifica, que aplaza el terror del reproche y los señalamientos inculpatorios.


 Nos dice Platón que, en efecto, el que ama no solamente conquistará usando tácticas que pisan y muerden terrenos insospechados, sino acciones que podrían parecer reprobables. La súplica del Amor: el saberse poseedor de una explicación duradera: se hace porque se ama, se ruega porque se quiere, se llora porque se extraña. Todo, envuelto en un perdón anticipado, una vacuna al que se recurre sin malicia y sin ánimo de verse corrompido por algo menos delicado: “Y lo que es más asombroso, al decir del vulgo, es que el enamorado es el único que, al hacer un juramento, alcanza el perdón de los dioses si lo infringe, pues dicen que no hay juramento amoroso”6. Y luego, el amor perfecto, el que proviene de una diosa (Urania) más experimentada y “exenta de intemperancia”.7
Pero el amor no solamente funciona como medio para aspirar a una felicidad atisbada desde siempre por los hombres, sino como método conciliador entre contrarios. Surge una función mediadora, que une lo armónico con lo no armónico, o lo blanco con lo negro. No se trata de un sentimiento neurótico, que busca a toda costa realizar pactos de paz, pero de unir naturalmente lo que es enemigo, contrario, antagonista con ánimo de lucha y perversión. “El amor es la fuerza dialéctica…Mediante su esfuerzo, eleva las formas inferiores a las formas superiores de la existencia, lo que tiene menos ser y menos valor a lo que, en la plenitud del ser, halla la plena perfección”8. Tenemos ahora que, además de amigo y propiciador de unión, es un escalón hacia la corrección, hacia el refinamiento de las cosas al hacerlas objeto de la unión entre el que siente y el que recibe. El amante resulta ser la compañía añorada, la fuente interminable de un conocimiento que llena al otro. Amor al conocimiento: no solamente como base e inicio de la filosofía, “La filosofía es el amor a la verdad, la búsqueda de la verdad. La filosofía se ocupa de la verdad de modo global, sin restricciones”,9 sino como fenómeno que existe en el otro para aprehenderlo en su totalidad, conociendo la base de lo que es, raspando la superficie para llegar a ver y palpar lo que hay debajo, para amar lo invisible, no el cuerpo que se ve desgarrado por el tiempo, pero la personalidad que se queda resguardada bajo llave en la conciencia. “Así, pues, es cosa realizada de fea manera el complacer a un hombre vil vilmente; y de bella manera, en cambio, el ceder a un hombre de bien en buena forma. Y es hombre vil aquel enamorado vulgar que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante, pues tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que precisamente está enamorado, se marcha en un vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas 10 .

Asistimos a la supresión de la superficialidad: no importa lo que se ve porque se acaba, importa lo que persiste porque se conoce. Se ve a las claras que el mundo del amante debe de ser el libro abierto de la constancia; el inesperado descubrimiento que la rutina de la personalidad conlleva a la alegría; que mirar las monótonas olas que se repiten es admirar la estabilidad. Desterrado de aquí el cambio, el movimiento necesario en Aristóteles por su inconstancia, por su veleidad, por su inconstancia. Por eso el mundo de las ideas de Platón, “…Platón se vio obligado a establecer su teoría de las ideas. Pues, como explica el Filósofo en la Metaphysica, creía que todas cosas sensibles se encontraban en continuo movimiento y que, por lo tanto, no se podía hacer ciencia y versarían las definiciones 11. Salta a la vista la relación entre la teoría del conocimiento de Platón y su concepción de amor. Ahora podemos ver con mucha mejor claridad porque en el mito de la caverna se desdeña a los que ven las sombras y, atados, no pueden ver más allá: porque las sombras cambian, mutan, son diferentes a cada paso que dan. Es necesario salir y aspirar el aire del conocimiento, la luz de la claridad, mojarse en las aguas de lo que en verdad perdura. Conocimiento y amor íntimamente ligados para conocer al objeto del querer y para amar ese conocimiento. Cadena necesaria porque la alegría del descubrimiento perdura por la batalla continuada del amor. Hemos llegado al núcleo de la filosofía, a la llamada que el mundo les hace a los hombres para descubrirlo. “Como la dialéctica, el amor aspira a sobrepasar la pluralidad para llegar a la unidad, a vencer los obstáculos de los sentidos para adquirir el conocimiento de la verdad 12”. El amor no puede ser instrumento para regodearse en el conocimiento imperfecto o en las salidas fáciles del mal. No es un camino para el mal entender.
Y de verlo como algo inocuo, Platón nos muestra la espada y el filo del sentimiento: “Por consiguiente, si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente en el honor 13”. Platón llega al extremo de proponer un ejército de amantes, en donde el sacrificio importe no tanto para defender la patria, sino para no verse abatidos frente al que aman. Una especie de inspiración les lleva a hacer bien las cosas, a evadir los feroces dientes de la flojedad y dejar llevarse por el ímpetu o el arroje del metal y del fuego. Y de ser necesario morir, morirán juntos. No es pasión desenfrenada: es la luz natural del amor, pues según el mito de los andróginos, si Hefesto llegara a unir a los que están separados, estos aceptarían sin rechistar. ¿Dudaríamos que quisieran estar juntos en la muerte?
Si Platón le dedica un libro al amor, es porque éste forma parte intrínseca de su filosofía, una gramática expuesta que navega entre sus letras. A decir de Xirau, “Platón, filósofo del amor y del ser, es también el primer ideólogo de Occidente 14”. Por eso El Banquete, por eso el fenómeno del amor y las respuestas de los comensales, por eso la alabanza a Eros y sus mitos, por eso los ejemplos y la búsqueda del otro. Si se busca la unión por impulso natural, entonces cualquier encomio del amor quedará corto, y no por falta de palabras, sino de vida.



Bibliografía:

1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006.

2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007.

3.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión.

4.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.

5.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209



CITAS:


1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 60-61.
2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 34.
3.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 22.
4.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión, pp.864; 866-867.
5.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
6.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
7.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 23
8.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 61.
9.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.
10.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 26.
11.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209
12.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 62.
13.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 18-19.
14.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 75.






lunes, 20 de junio de 2011

Hielo Negro

Por Guillermo Fajardo

¿Para qué una novela? ¿Para qué imaginar personajes ficticios decorados con las obsesiones del escritor, empapados del perfume de la vida del que escribe, condecorados con la noción de la experiencia del que imagina? ¿Tiene la novela una función que va más allá del mero entretenimiento? Dos recordatorios. Uno de Jorge Volpi, para el cual, “la ficción cumple una tarea indispensable para nuestra supervivencia: no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente —a repetirlas y reconstruirlas— y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad.” Es decir, la novela y la ficción como forma de alcanzar vidas que, de otro modo, nos estarían vedadas para siempre. La literatura como herramienta para aprehender el mundo: “No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas —y quien no persigue las distintas variedades de la ficción— tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo”. Así, la literatura no parece tan inocua o insípida como antes. Otro ejemplo. Javier Marías, en su más reciente novela, Los enamoramientos, menciona que, “La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da”. Sin ánimo de parecer pedantes, habría que agregar, “pero que se puede dar”. La literatura igual que una fina brisa de polvo que se mete a la nariz para hacernos estornudar y reaccionar; las letras como artífices de un tiempo y un lugar olvidados o secretamente imaginados pero nunca expresados nos transfiere valiosos momentos de adaptación, de supervivencia: ¿qué haríamos si estuviésemos en el lugar de Tooru Okada en la novela de Murakami, si fuésemos un profesor de Filosofía detrás de una adolescente como en Fadanelli, o si tuviésemos que elegir entre dos caminos claramente señalados como Irina McGovern en la novela de Lionel Shriver? Quien lee no solamente logra un festín de supervivencia y de decisiones morales escondidas en nuestras decisiones, sino que logramos sacar a flote las estelas y destellos de lo imaginado transferido a la realidad: la imaginación es conocimiento de uno mismo. La literatura como denuncia social, como valiosa manifestación de algo que sucede pero nadie conoce, de algo que se palpa pero nadie ve, de un cuarto obscuro que el escritor ilumina para conocer cada figura y compartirla con los demás. La escritura y la novela como pedagogía. La ficción nos ofrece la materia prima de lo alternativo, de lo que aún no sucede para que nosotros la moldeemos a nuestro gusto. En este sentido, el escritor no debe esculpir como una estatua inamovible a sus personajes, sino dejar abierta un resquicio de duda, una curiosa concesión al lector: tú también escribes la historia.

Por lo mismo sorprende que Hielo Negro, la novela más reciente de Bernardo Fernández, se haya llevado el Premio Grijalbo 2011. Una novela con una fuerza motriz que explicitica el crimen y la violencia; una novela cuya sangre brota a borbotones y analiza las relaciones interiores del narcotráfico. Una novela bien escrita, con una historia que pasa la crítica y un final que salta por inverosímil. Es una buena novela, pero nada más: me pregunto porque el jurado la habrá elegido ganadora. ¿Entonces qué es lo que falla, lo que no embona? Comparándola con La Reina del Sur de Pérez Reverte o La Voluntad y la Fortuna de Carlos Fuentes (comparación merecida, me parece), se ve a leguas que Hielo Negro carece de la excelente historia y ritmo de la primera, y el misterio y la excelsa provocación de las letras y de los personajes para seguir leyendo de la segunda. La novela, una pugna entre una policía judicial enamorada de su pareja de trabajo, y una narcotraficante que colecciona obras de arte, es una inmensa premonición que el lector advierte apenas concluye los primeros capítulos: mucha muerte, mucho sexo, mucha violencia. Los personajes, trillados: groseros y soeces. El final, más que una verdadera pelea por la vida, resulta ser una conciliación tácita de la ilegalidad y un golpe inverosímil de la fortuna: casi como si el escritor pusiera sobre la mesa el hecho de que  la desgracia y el final feliz siempre vienen acompañados. Idea poco innovadora. La novela de Bernardo Fernández resulta estar entre el montón. Resulta ser entretenida y con un humor negro bien logrado por aquí y por allá. Pero no logra nada. Es tan poco lo que tengo que comentar de ella, que aquí dejo el artículo para dar por concluida la verborrea. El ideal de Volpi queda desterrado de la novela porque Fernández deja una única puerta abierta para el lector, que lo conduce inexorablemente a un sentimiento visceral que afluye a cántaros a lo largo del relato, un doloroso descubrimiento que ha llevado a los hombres a matarse a lo largo del tiempo: la venganza.

domingo, 12 de junio de 2011

Palabras

Guillermo Fajardo

El debate abre puertas hacia las propuestas, hacia los contornos de las figuras de la comunicación, de la transparencia: de la inclusión del ciudadano en la mente del servidor público. Durante muchos años asistimos a la reunión cadavérica de las palabras, en donde un solo centro de poder dictaminaba lo que era posible publicar o no. Hoy, la explosión de los medios de comunicación nos permite tener más de una verdad: el torbellino informativo al que el ciudadano se ve sometido conduce al periodismo irresponsable, capaz de informar lo que viene en gana con tal de nadar, plácidos, y de concurrir, felices, en las aguas de la opinión pública. También, durante muchos años, fuimos partícipes del México monocolor: un país estructuralmente bien diseñado pero democráticamente adormilado, dando pasos tímidos y uniendo en bloques rígidos a distintos sectores sociales. El partido dormía gustoso. El partido repartía con una sonrisa. Las palabras quedaron selladas.

Pero por lo mismo no sorprende que el Gobernador se haya negado a debatir. Un hombre poco inteligente, encumbrado por el chorro propulsor de la opinión pública; abanderado sin precedentes de la política superflua y vacua; amigo supresor de sus propios errores y figurín bien acicalado en los sociales. Por ahora no tiene un incentivo por el cual debatir. En su lugar, instó a su émulo a ponerse a trabajar. Recuerda a López Obrador: ambos creen que el debate es un lugar dispensable; un monstruo extraño para sacar votos. ¿Para qué pronunciarme sobre temas que no entiendo ni conozco? ¿Porqué sentarme con mis adversarios a debatir si el destello de la imagen me da más que la monotonía de las palabras?  ¿Acaso el soliloquio frente a la cámara es más importante que la sonrisa frente a la misma? Mejor pronunciar discursos rimbombantes pero carentes de sustento a buscar la rispidez del enfrentamiento. Mejor levantar las manos de los Gobernadores ganadores a buscar soluciones en mi Estado. Pido que trabajen mientras yo me voy de gira. El electorado no necesita gobernantes pensantes pero servidores con mentiras bondadosas, no alguien que nos saque de la miseria y del lodo en el que vivimos pero alguien que nos cuente con dientes blancos y una mano tersa lo que queremos escuchar. Es mentira que el salario mínimo alcance para más, es mentira que México sea un país de renta media. ¿Qué acaso estos del partido gobernante no escuchan el clamor de los ciudadanos frente a su insensibilidad? Por lo mismo no importa mi Estado gris: porque estoy hasta arriba.

El mismo Gobernador cuyo Estado registra, según datos del Observatorio Femenicidio de México, el  42.98 % de muertes de mujeres a nivel nacional1. El mismo Gobernador cuyo Estado en el tema de transparencia apareció en 2007, según datos del Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, en el último lugar nacional y, en el 2010, en el penúltimo, solamente después del Distrito Federal2. El mismo Gobernador cuyo territorio se ve asolado por muertes ligadas al narcotráfico. El mismo Gobernador que ve con placer como el IEEM está subordinado a su mandato, maniatado por favores y tristemente silenciado. El mismo Gobernador del terrible caso Paulette. Ese político es el que no quiere debatir, el que sigue pensando que la ciudadanía necesita héroes de cartón y no políticos. El que refunfuña y desconfía de las candidaturas ciudadanas, el que frenó la reforma laboral, el que eliminó las candidaturas comunes en el Estado de México. El Gobernador cuyo padrino político es Arturo Montiel. El político amable y dador de vida no quiere debatir. No es necesario. Las palabras sobran cuando la imagen se infla. Tiene miedo a que lo refuten, a que lo expongan como es. Se refocila frente a las cámaras. Se ve cómodo en la mentira. El partido lo abraza y la sociedad la conoce. Puede prescindir de la inteligencia y de la democracia, de la verdad y de la ciudadanía. Piensa que la administración pública no es un instrumento para dar esperanza, sino una fotografía para inmortalizar su paso por la historia.

Bibliografía:

1.- http://www.observatoriofeminicidiomexico.com/Informe%202009-2010.pdf, revisado el 12 de junio a las 12: 38 a.m.

sábado, 4 de junio de 2011

Las desgracias.

Por Guillermo Fajardo

Alfonso Zárate, perspicaz analista político, preguntó en su columna de El Universal lo siguiente: “¿De verdad creen, quienes promueven la candidatura de Ernesto Cordero, que la cosmetología política, el marketing y otros artificios serán suficientes para hacer el prodigio y convertir a una figura tímida y anticlimática en un candidato capaz de disputarle la presidencia al PRI?”. Este agudo articulista no sabe que fue a través de todo lo que menciona como se ha construido la candidatura de Peña Nieto: un hombre poco inteligente con tubérculos que acechan lo que ahora es impoluto: su imagen. El espejo del PRI es el propio Peña Nieto: el candidato a desmentir, no a vencer. El hombre de los cientos de compromisos; el hombre que destapa su corazón y su cotidianeidad como ciudadano cuando sale cansado del trabajo, el hombre insípido pero terso, mórbido y tragable, risueño y misterioso. Hemos asistido a la seducción a la carta, en palabras de Lipovetsky: el menú personalizado para cada elector. Y es que Peña es político pero también artista, famoso pero también sencillo, candidato que se destapa sin hacerlo, promotor de empresas pero guardián celoso del medio ambiente.


 Por otro lado, este mismo articulista piensa que la carta a favor de Cordero fue al más puro estilo priista. Se equivoca otra vez: en el pasado la cargada se daba porque el preferido del Presidente ya había sido elegido, esto significaba el fin de la contienda interna: en el PAN apenas comienza. Se contradice a sí mismo al afirmar que: ¿Qué se proponen con el prematuro destape? ¿Darle visibilidad a un casi desconocido secretario de Hacienda? ¿Desalentar a los que compiten por fuera del círculo presidencial? Pues si eso pretendían, el ejercicio puede resultar un ensayo fallido. Precisamente porque el ejercicio resultó, según él, un resultado fallido, la cargada a favor de Cordero no es igual a las épocas priistas. A la pregunta de cuál era el propósito, se contesta a sí mismo haciendo la pregunta siguiente. El destape de Cordero tuvo un efecto de concentración de opinión que no ha tenido Alonso Lujambio, Josefina Vázquez Mota o Santiago Creel cuando se destapan cada dos horas en distintos medios. Las sensaciones que ahondan más fuertes son las que provocan una descarga fulminante. Esta lo fue. Nadie declinó porque es prematuro hacerlo: es irresponsable. Los tiempos políticos son ponzoñosos para quién no los respeta: he ahí la obsesión de Fox de abatir a López Obrador.

El PAN ha fallado en su estrategia para diluir y empapar a la ciudadanía de su proyecto. La estrategia contra la inseguridad es desgastante y cansina, opaca y evasiva. La consolidación de un proyecto político se logra mediante el convencimiento de voluntades, de bocas y manos que se unen. La batalla contra el narcotráfico, la más puntiaguda de las decisiones, fue tomada casi al vapor. No se esterilizó la jeringa, no se corrigió el texto. Se creyó que la presencia de los militares ahuyentaría a las bacterias. Y ahora una sombra acecha a los panistas: parece que el electorado prefiere a los corruptos y no a los inexpertos; parece que los jóvenes prefieren al PRI a pesar de sus viejas prácticas; que la sociedad prefiere escuchar mentiras bondadosas a verdades que sangran. Que prefieren el circo de Moreira a la circunspección de Madero. El PAN debe dejar de acudir al pasado como fuente inagotable de objeciones: si el partido quiere construir candidaturas, que presente un proyecto de país y se deje de presentar como lo que no es: un partido moderno que a veces luce cansado, con una carta muy abierta de jóvenes que sin embargo se muestran escépticos, con una voluntad férrea pero desmañada. La política es el lugar donde se contonean las ideas. Donde la facilidad del discurso debe ir acompañada del rasposo ¿cómo?, donde la pregunta que se le hace a la ciudadanía no es unilateral sino incluyente. Si se aspira a gobernar, se debe aspirar a entender. Andamos y nadamos entre fauces siniestras, localizamos el dolor pero no la medicina. El juego político consiste en el debate y no en la evasión, en la seriedad y no en la desfachatez, no en el ingenio, sino en la inteligencia. La democracia es un texto abierto que miramos con desagrado por las promesas incumplidas: el problema es que solo hemos mirado la portada. Vale la pena desentrañar las oraciones, leer la novela completa, soñar con el final.

http://guillermofajardo89.blogspot.com

Murakami y el amor.

Por Guillermo Fajardo.

Pareciera que hay momentos en donde las leves alteraciones se suceden no para contrarrestar la trágica realidad sino para hacerla más llevadera a pesar de su contrariedad. Poco a poco, conforme el tiempo pasa y se queda atrás, decimos sin ambages que hemos cambiado o que el mundo se transformó: en este sentido las cosas que nos rodean son fruto de nuestras percepciones. El pasado se yergue imponente y el amor se destruye sin que lo notemos: uno, por inalterable y, el otro, por inestable. La novela más reciente de Murakami sintetiza las aproximaciones que el pasado y el amor tienen sobre nosotros: límites borrosos porque los entendemos como formas que dejan rastros; como líneas que surcan la bóveda de nuestra conciencia y lo cerril de nuestra voluntad. 1Q84 es una novela en donde (al igual que las pasadas) Murakami presenta un mundo aparentemente normal, en donde Aomame es una mujer bella y Tengo un escritor con futuro. Poco a poco, conforme el mundo los engulle y los hace prevalecer como síntomas protagónicos, surgen las diferencias: Aomame es una asesina, Tengo, un escritor que corrige una novela de una adolescente rara y retraída que gana un premio literario. Conforme el lector avanza, el mundo de Murakami muta, se revuelca y sale de un lodazal metafísico y misterioso, en donde aparecen dos lunas, la Little People o comunidades religiosas con un líder pederasta. Cuando la novela termina aceptamos sin condiciones que aquello es posible. El lector no solamente anda y palpa entre las letras sino que cada noche sale al balcón para ver si, efectivamente, todo sigue igual: si las dos lunas de Murakami no están ahí, si es posible hablar con los gatos o verificar si en el universo de la conciencia no surge una prostituta mental. No se vislumbran por ningún lado los límites de lo normal, la sensación de monotonía, el abrazo efusivo de la rutina. De las fibras agigantadas de lo anormal surgen los huecos que permiten meter los cambios sin que lo notemos.

 Los personajes son creíbles a pesar de pasivos: en Murakami se respira una fatalidad inmarcesible y una conciencia suprimida. Los protagonistas nunca quieren serlo. La carga de erotismo siempre va acompañada de una riada de imágenes sumamente gráficas y en cierto modo dosificadas por el mismo pasado. No llega a ser pornográfico porque no hay intención de buscar placer, y los recuerdos se suceden más bien como acciones a las que les falta la comprensión: Tengo, el protagonista, recuerda a su madre en una imagen muy erótica que nunca se justifica. Por otro lado, el recuerdo de amor y a la vez de pasión más fuerte a lo largo de la novela es haber cogido de la mano a Aomame a los diez años. Esto no es creíble en Murakami: el recuerdo vago de agarrarle la mano a una niña a los diez años no puede ser tan determinante a la hora del querer. Pero, nuevamente, Murakami quizá lo justifique porque en el mundo de 1Q84 todo es posible. El sueño del amor no debe ser congruente con la realidad: se ama lo que nunca se tiene en toda su extensión, no lo que, teniéndolo, se considera prescindible. Por eso la distancia en Murakami abre un boquete que eterniza el amor a través del pasado: el simple hecho de decir que un leve susurro del amado basta para colmar las ansias es señal de que el corazón hierve de ganas. Murakami regentea la presidencia de lo increíble; la superficialidad de contar las cosas sin adjetivos; de ser un escritor que vende lo que no se puede comprar. El Eros en su máxima expresión. No como sacrificio absurdo del amante que se avienta al tren, sino como dolor que se inocula poco a poco a lo largo de los años. Quien ha extrañado desde lejos comprenderá que la locución y la histeria de no poderse comunicar edifican un amor extraño, contrario a lo que piensa Silva Herzog: “Y es que el amor no se calma con fantasmas. Tiene hambre de realidad, necesidad de presencia", sino un sentimiento alimentado por la ausencia, por el increíble dolor de los hechos. Ese es el tema principal. Siempre lo ha sido: las mujeres ausentes, el sexo femenino desterrado del amor masculino, los andróginos del Banquete de Platón realmente separados: viven en mundos que no coinciden, que no embonan, quizá porque el amor resulta de la mezcla que supone la distancia y, después, la imposibilidad de conquistar al otro. Quizá para siempre.

sábado, 28 de mayo de 2011

Pasos de anormalidad

Guillermo Fajardo.

Hay algo que huele mal. Una confusión que se encuentra en el aire no como síntoma de discusión para el progreso pero como espectro morador que quiere seguir arrastrando las mismas cadenas. Una mordida de veneno que recorre la sangre que se supone debería oxigenar al cuerpo. El partido de siempre comprando el voto. El partido de siempre exagerando a sus candidatos: a un Gobernador que no tiene un ápice de inteligencia; a un líder del Senado autoritario; a un líder nacional al que le aplauden como monos su pasión por un debate superfluo y populachero; a un sinfín de Gobernadores endeudados que piensan que la rendición clara de cuentas no va con ellos; a un secretario de finanzas que puede desviar 800 millones de pesos sin estar en la cárcel. Esta es la normalidad democrática del PRI. Privilegios que pernoctan todos los días desde la intención de mantenerlos vivos. Acciones que ya no horrorizan pero que arrancan sonrisas que presagian lo inevitable: poco a poco nos va uniendo la desgracia.

 Luego, una sociedad poco informada y abocada a reducir la política al mínimo. Espacios de personalización que se abren como boquetes y heridas que sangran: cada quién a lo suyo: la política es despreciable porque no tiene nada que ofrecer. Es un invento extraño del hombre eso de la democracia. Basta ver la poca información y lo extremista o lo reaccionario de las opiniones al leerlas bajo el anonimato que ofrece la red. Milenio, El Universal, Excelsior y Reforma ofrecen este servicio. En él, podemos ver las falsas convicciones de una población alimentada por los medios que les retribuyen a través de sus palabras lo que ellos mismos (los medios) les dan: círculo perverso porque la ruptura a este vicios está en la misma persona: en su voluntad para pensar más allá. Los comentarios iracundos de los internautas son resultado del forcejeo que existe entre  la realidad y las promesas de la democracia. Vivimos en una sociedad violenta pero cobarde. Nos excusamos ante las lagunas de la ley y la invocación hasta el hartazgo de nuestra poca responsabilidad. La moral como obstáculo que se interpone entre nuestros deseos. Los hueseros que deberían aliviar el dolor de las articulaciones en política son herramientas bien aceitadas para la formación de mitos.
 Por otro lado, tenemos un partido en el Gobierno Federal que minimiza el impacto que podría tener. El PAN no sabe como presumir sus logros. Poco a poco todo eso permea a los histriones que exageran las virtudes y reducen los efectos de lo dañino: la compra de votos entre la población es algo normal porque es realizable. ¿Decir que es exclusivo de un partido? Nunca. ¿Decir que debe ser así y alzarnos de hombros ante lo inevitable? Tampoco. Videgaray salió a decir que es normal premiar el voto. Lo peor es que se ve a este hombre como uno de los más lúcidos dentro del PRI. Estoy seguro que reduciría al mínimo el impacto que tiene coaccionar a una persona para salir a votar por alguien a quién ni conoce ni le importa. Eso, en derecho, anula contratos y testamentos. La voluntad libre es un principio intocable que en política sufre de la prolongación infinita al futuro. Cosa distinta es la negociación: en esta se deberían premiar las ideas y no los votos, la lealtad y no las alianzas frágiles. En la negociación ambas partes están en igualdad de circunstancias porque hay algo que ofrecer, en la compra, en cambio, uno da y otro baja la cabeza. En la compra si no quieres ayudar no importa: hay otros que se prostituyen.
Hablamos de una sociedad democrática como si las palabras bastaran. Hablamos de progreso como si la visita del candidato a una población espantara a las moscas. Creemos que comprar votos es normal porque todo mundo lo hace. Entonces llegamos a vivir en una cómoda posición en donde todos somos culpables y la culpa se diluye. Llenos de pánico asistimos al espectáculo de lo risible para después dar paso al absurdo y al vacío. La crítica mordaz encuentra su culmen en el espacio mexicano. Nos mofamos de quien nos gobierna pero no de quien es ingenioso para burlar la ley. Nos parece síntoma de salubridad que las cosas sigan más o menos su rumbo. El PRI actual no tiene absolutamente nada que ofrece. Piensen en el Gobernador de Oaxaca, de Puebla o de Veracruz. En los discursos rimbombantes y graciosos de Moreira. En los sindicatos que ellos mismos crearon. En la unión entre una bonita sonrisa y un liderazgo que se cae a pedazos en el Estado de México. Hay que captar la esencia de lo irreal para comprender que las instantáneas tomadas no comparten con nosotros todas las siluetas: son apenas imágenes borrosas de un paraíso que no hemos descubierto.

domingo, 8 de mayo de 2011

Aplaudir y dar

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo se define un santo? ¿Cuál es la característica que asombra y logra perfeccionar su imagen? ¿Es la humildad? ¿Es la generosidad alargada al extremo de incluir a todos? ¿Es la capacidad para ser un líder y repartir versiones celestiales de moral? ¿O el ponderar su santidad contra sus errores? ¿Aceptamos que también cayeron en tentaciones o qué desde siempre fueron abrazados por Dios? La beatificación de Juan Pablo II no fue una fiesta de santidad algo patética sino –aunque suene paradójico- una monstruosidad estéticamente bien lograda: se olvidaron los errores –o el único error- para dar paso a una historia de amor, de humildad y liderazgo. El Papa que más visitó también ignoró. El que abrazó a todos también abrazó a Maciel. El que daba sermones de santidad se tapó los oídos ante las demandas. ¿Habrá también ponderado el mal de Maciel contra su gran obra? Proceso señala que Gregorio Lemercier –“introductor del psicoanálisis en los monasterios benedictinos de México, fundador del Centro Psicoanalítico Emaús…”- ya había advertido al Vaticano, desde 1959, que Maciel era “un homosexual psicológico; que no ha llegado a actos homosexuales, pero toda su sicología, todo su carácter, todo su temperamento es de un homosexual: duplicidad, megalomanía, mentiras, mitomanía…”. Parece que el único óbice para impedir la beatificación de Juan Pablo II sería su relación con el fundador de los Legionarios. Pero se olvidó, de pronto, que los crímenes también son de los cómplices, de los que aceptaron sin dudar, de los que consintieron sin actuar. No busco caer en el pensamiento conspirador que cree que todos son parte de una gran trama. Pero ahí está la duda: ¿basta plantarla para detener un proceso que está empapado más de la súbita emoción que de una investigación o, al menos, de un tiempo para reflexionar? El problema no es la beatificación sino la apología de su papado al extremo; la corta visión al dejarse llevar por la negativa a escuchar; los golpes de pecho y las manos que señalan la obvia santidad. ¿Cuántas duda hay que sembrar para saber si alguien puede ser considerado beato? ¿Importa el número de jóvenes abusados? ¿Importa el crimen, el pecado, o hay grados de santidad? ¿Hay que investigar para purificar o el asiento fáctico de su santidad es algo que se puede oler, palpar y sentir? Juan Pablo II fue lo más parecido a una estrella de pop, y no por la cantidad de gritos o lágrimas que logró sacar sino por la cantidad de popularidad que tuvo. Se aprovechó también de su propia reformulación de las reglas: eliminó el abogado del diablo en los procesos de canonización. Nadie niega su magnífica obra, su excelencia como ser humano, su política de virtud. Pero los que creemos en la duda también creemos en la reflexión. ¿Cuántos errores se permiten tener para ser un santo? El martillo que golpea las paredes del Vaticano debe ser uno de prudencia. No para asestar un golpe mortal a su santificación sino para hacerla con reservas, y no por falta de bondad sino por exceso de pasividad. Ratzinger vino a limpiar la casa, a espantar a las moscas y soplarle al polvo. La cadena de desvergüenza se rompió ahí: Marcial Maciel recluido fue –pensamos algunos- el momento en que se decidió la suerte de Wojtyła. Pero Dios tenía otros planes. Quizá la prueba de que Wojtyla es un santo es su sorpresiva beatificación; el enamoramiento –igual que el de Maciel- que aleló a la mayoría; la entusiasta participación de todos. ¿Sabremos algún día si fue cómplice o si fue engañado? ¿Comprenderemos sus motivos en caso de ser así? ¿La santidad salta la valla de lo humano para instalarse en un mundo que no podemos comprender? Si los caminos de Dios son inescrutables las acciones humanas parecen desplegarse desde y para siempre por razones también humanas. Entonces es fácil encontrar una justificación para no aplaudir ni conceder: aquella foto famosa no era solamente el abrazo de dos amigos; de dos líderes católicos señalados desde arriba; de dos mentes que confluyeron en un proyecto totalizador, sino la constatación obvia de que sus respectivas beatificaciones estaban acabadas. Se creyó que la carrera al cielo de Wojtyla estaba pulverizada. Qué las sucesiones interminables de segundos y de horas darían razón a los escépticos. No fue así. La emoción negativa y realista cedió ante el milagro. Esta vez ganó Dios. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Los barrotes invisibles

Por Guillermo Fajardo.


Del cuerpo del supliciado se obtenía una confesión que derivaba en una explosión de aspectos exactos que recordaban la llamada al orden: no sólo los gritos del condenado sino el aspecto fáctico de su derrota frente al rey; no solo la magnitud de su sufrimiento sino el sentimiento implícito del terror; no solo el accionar poderoso sino la fuerza visible del verdugo. La tortura, invocada no solamente como castigo pero como medio para obtener la confesión. Si antaño el cuerpo era el señalado, ahora lo es el aspecto general del delincuente. Importan las características psicológicas, su pasado, el rompimiento de la ley como signo de astucia, de indefensión ante la vida o de mera ociosidad. La ciencia ha convertido al delincuente en objeto de estudio cuyos largos tentáculos se extienden no solamente a la inversión consentida de su papel como reformadora (y ya no únicamente como explicación del mundo), sino que sus ojos se ciernen sobre el criminal ya no tampoco como alguien anormal sino como alguien necesitado. El derecho penal necesita a la medicina, a la sociología, a la psiquiatría, a la psicología y a cualquier otra ciencia que arroje luz sobre los pesados barrotes de la reincidencia, de la artimaña enfrascada y mimetizada en la misma ley: qué la prisión es signo de retorno hacia ella misma, quizá porque nunca se estuvo fuera. Principio de corrección invocado por Foucault1 y recordado en 1900 por Miguel Macedo en la inauguración de la Penitenciario del Distrito Federal: “aquí se elaborará la corrección del delincuente (…) orientado a la corrección moral y que abarque todas las fases de la vida del hombre a quien la justicia ha declarado delincuente, desde la celda que ha de ocupar y la alimentación que ha de recibir, hasta sus comunicaciones con el exterior 2”. Pero esta utopía reformadora ha fallado hasta en sus fibras más íntimas: “Es necesario observar la realidad de los centros de readaptación social. Es innegable la sobrepoblación, corrupción, manejo de clases, tráfico de influencias y otras cosas que aumentan el endurecimiento y resentimiento del interno3”. La fe en la modernidad sucumbió ante la imposibilidad fáctica de recurrir a técnicas proporcionadas por ella misma para salir del atolladero. ¿Para qué mantener las prisiones si ha mostrado ser un monstruo ineficaz cuya sombra se extiende; cuyos errores se palpan; cuyas prácticas se aborrecen? La política criminal del estado para readaptar no ha funcionado. La pugna que antes se daba entre la confesión pública o el silencio del condenado; entre festejar sus crímenes en las largas filas que pasaban en las ciudades o mantenerse callado, ha sido sustituida por la ignominiosa pero inevitable carga de aprender el oficio de delinquir en el centro que busca evitarlo. Pero, ¿por qué se castiga? Porque, tomando una definición de Isabel Claudia Martínez 4: “la sanción impuesta (…) también tiene como finalidad la confirmación de la vigencia de la norma.” Es decir: manifestación notoria de que la ley sigue con vida y respirando, que la infracción a ésta es la excepción, que el transgresor opera en sentido inverso a la sociedad. Se busca darle voz a ésta: eres tú la que está siendo vulnerada, violada, lacerada, rasgada. ¿Y qué mejor legitimidad que la de  invocar un castigo que el establecido en la ley? ¿Qué mejor remedio para asustar al criminal del no retorno hasta que se cumpla el tiempo especificado? Y es que antes el rey podía, sin ningún contrapeso, establecer que se perdonara al criminal. El circuito cerrado de la prisión se contrapone a los signos y al cuerpo magullado y torturado del criminal de antes. No sabemos lo que pasa al interior: bastan los susurros apenas proferidos para que nos demos cuenta que la prisión apenas sirve para conmover o readaptar. Se ha olvidado el silencio y la soledad absoluta que pedían los reformadores para que ahora el alma, y no el cuerpo, sea el que sufra: se quería una confesión consigo mismo y no frente al pueblo de actitudes ambiguas; se buscaba la interiorización de su pecado alrededor de cuatro paredes; se soñaba con la “sumisión total”5 del condenado frente a sí mismo. En el México actual ningún silencio: más bien desorden; ningún canal para combatir los privilegios: más bien impunidad. ¿Cómo readaptar en circunstancias donde la maquinaria de la corrupción, la falta de infraestructura y el favorecimiento de la cultura del no empapan a todos?

Las cárceles actuales no han funcionado para someter al individuo a un reglamento estricto o, más bien, a una incesante disciplina: si por un lado unos gozan de privilegios, otros ven en esos privilegios la injusticia de un sistema penal que incrimina a veces sin prueba y de un sistema penitenciario que otorga siempre sin necesidad: “En la cama superior El Chapo dejó una camisola, un pantalón, una chamarra y unos shorts beige oscuro sin marca. (…) Había tres pares de calcetas blancas, dos camisetas Hugo Boss talla mediana y tres trusas del mismo color y marca. (…) Los estantes parecían el mostrador de una tienda de abarrotes. En la repisa superior había frituras Ruffles, galletas Lara Bimbo, Canapinas, almendras con chocolate Ricolino (…) Los empleado decían que llegó a tener hasta 20 pares de tenis Reebok y Nike.”6 No es ninguna sorpresa que algunos reclusos vivan en condiciones infrahumanas y otros mejor que cuando estaban libres. Antes, a la estampa viva de la infracción (el mismo delincuente) se le añadían una multiplicidad de signos, símbolos, reacciones artificiales ostensibles, señalamiento. Ahora, la prisión ha mutado en un ser silencioso al que sin embargo se le atribuyen los peores defectos. Pero se mantiene viva: Foucault añade la tesis de que la prisión se estableció como método de esclarecimiento a la hora de hacer objetivos visibles a los futuros criminales y de darles un seguimiento continuo. Es decir, que la prisión “marcaba” para perseguir. Se puede un leer un trozo de oportunismo así como un aplauso a la racionalidad, a la búsqueda incesante de una economía criminal muy perversa: la cárcel como reunión de futuros marcados; como aglomeración obvia de reincidentes; como hidra cuyas cabezas se regeneran pero solo ilusoriamente: son las mismas. La prisión ha vitrificado el sueño de la igualdad: castiga a todos en un mismo lugar. Se acabaron los peores castigos que se arrojaban al regicida o al parricida. Se acabó el cortar la mano o taladrar la lengua ya se tratara de un ladrón o un blasfemo. Ahora el homicida recibe el mismo trato que el violador. Y es que la política criminal actual no tiene que ser entendida como el castigo ejemplar hacia el que la ley debe dirigirse, sino de un sistema programático enfocado a la reinserción, al cumplimiento útil de una vida que antes no lo era. Se ve a la prisión como humanitaria: en ese sentido los gritos de los condenados nos recuerdan a donde no hay que volver. Parece que la cárcel es la más humana de las opciones. También la más científica de ellas: una ola de modernidad inserta, sin embargo, en un terreno yermo por sorprendente, en donde todo ocurre pero nada pasa: no hay reformas, no hay preocupación por sacarlas adelante. Y a la ola de optimismo por parte de las autoridades se antepone la fractura visible señalada por los especialistas: en un estudio De mal en peor: Las condiciones de vida en las cárceles mexicanas (Revista Nueva Sociedad No. 208, marzo-abril 2007)7, se menciona que en 2006 México tenía una tasa de reclusos de 245 por cada 100,000 habitantes, mientras que en 1996 la proporción era de 102 por cada 100, 000. Por otro lado: 26% de los internos aseguró que no dispone de suficiente agua para beber; 63% considera que los alimentos que les proporcionan son insuficientes; 27% señaló que no recibe atención médica cuando la requiere; solo 23% dijo que la institución le proporciona los medicamentos que necesita; un tercio de los presos opina que el trato que reciben sus familiares cuando los visitan es «malo» o «muy malo»; 72% dijo que se siente menos seguro en la prisión que en el lugar en donde vivía antes; y 57% dijo desconocer el reglamento del centro penitenciario donde está recluido.” La cárcel no solamente como lugar donde se verifican atrocidades sino donde se imbrican cuerpos. Y sintiendo los rigores de la estrategia contra la inseguridad, impulsada por Felipe Calderón desde 2006, entonces tenemos que el número de detenidos se ha incrementado. Solamente como una muestra, Fernando Escalante, en la revista Nexos, menciona que la tasa de homicidios entre 2006 y 2007 en el Distrito Federal fue de 9.39, en 2008-2009, de 15.72; en el Estado de México fue 10.28 en 2006-2007, de 11.86 en 2008-20098. Es decir, que el aumento en la tasa de homicidios (o cualquier delito) aumenta necesariamente el número de detenidos. No importa el número, lo que se hace notar es esto: que a pesar del incremento en las tasas de población carcelaria, las instalaciones siguen siendo las mismas. ¿A qué esperanza acudir cuando la evolución lenta pero constante del número de prisioneros va en aumento pero no la expansión de los lugares comunes, de las camas, del espacio mismo de la prisión? El Panóptico del que hablaba Bentham ha sido transformado en una pocilga donde las condiciones importan para castigar; son éstas, y no el aspecto del encierro, el que abarca el castigo. Ya no el deseo de ver sin ser visto, ni de establecer un centro único de mando desde donde “el director puede espiar a todos los empleados que tiene a sus órdenes: enfermeros, médicos, contramaestres, maestros, guardianes…”9, sino de simplemente contener, aplastar, alzarse de hombros como signo de derrota, apuntalar argumentos de presupuesto o de falta de espacio para quedarse absortos y abúlicos ante la realidad carcelaria. Los sueños que oxigenaron la ilusión de la readaptación caen en una situación limítrofe: por un lado tenemos la constante presión de los tratados internacionales celebrados por México, y por la otra la inaudita ineficiencia de la democracia a la hora de canalizar y resolver por completo todas las exigencias. Millones de pobres, reformas políticas, laborales y de seguridad nacional, estrategias contra el narcotráfico, bautismo completa de demagogia pero no de acción. De acuerdo a Las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, adoptadas por las Naciones Unidas el 30 de agosto de 1955, durante el Primer Congreso de Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, “19) Cada recluso dispondrá, en conformidad con los usos locales o nacionales, de una cama individual y de ropa de cama individual suficiente, mantenida convenientemente y mudada con regularidad a fin de asegurar su limpieza.” También que, “20.2) Todo recluso deberá tener la posibilidad de proveerse de agua potable cuando la necesite.” Es fácil ver que ninguna de estas reglas se cumple. La prisión, con todo y su deseo de superación y de readaptación, no es más que una jungla espesa en donde los condenados son invisibles y el crimen palpable. No es el tiempo de los derechos sino la fundición de los mismos en una amalgama de manifestaciones claras del crimen. Es como si estuvieran presentes pero disminuidos. La postergación al infinito de una sucesión de medidas necesarias ha convertido en algo maleable la urgencia por el cambio. Resulta imposible la readaptación en un ambiente atacado por el crimen, insidioso y maligno. La sedición de los buenos deseos ha comenzado: hay que alzar la cabeza y enfrentar el problema no como método de expiación personal pero como catapulta que mande señales al otro lado: allá afuera, donde la sociedad no ve lo que pasa porque no le importa. Las disciplinas de las que hablaba Foucault y que se reproducían en la sociedad a través de instituciones aparentemente inocuas (escuelas, conventos, hospitales) se desplegaban en su totalidad en la cárcel. Ya no. La prisión es un semillero de bacterias que atacan todas las letras de la palabra reinserción. Es como si el debilitamiento de las leyes inaugurara la erupción de la ilegalidad. Como si la concesión implícita de las autoridades abriera el agujero de la reincidencia. Ya no importa el principio rector, axial del Panóptico de Bentham: no importa si eres visto trasgrediendo el reglamento porque todos son, en principio, corruptibles; qué importa tener privilegios si nos tapamos los ojos aceptando la juntura que nos relaciona. El objetivo de no volver a caer ha fallado: en una nota del periódico “El Universal” del lunes 24 de septiembre del 2007, se asegura que “Antes de cumplir la mayoría de edad, 30% de los menores infractores que ingresan al sistema de justicia juvenil comete su segunda felonía 10.” Pero por ahora no hay salida: la cárcel se ha vuelto en un mal necesario porque ha demostrado, en principio, ser la más humana de las penas: no más torturas y no más carteles señalando el crimen; no más confesión pública frente al pueblo y no más penas de muerte crueles. En su lugar tenemos centros abjurados de toda maldad pero abrigados de complicidad. Hemos llegado al punto en donde la reclusión sirve para ensanchar horizontes delictivos y condecorar al engaño: salen para volver. Ha comenzado la era de la sin razón sobre la base explícita de recordar el pasado. La cárcel como muro que se levantan frente a la sociedad: barrotes invisibles que el que entra carga durante toda su vida quizá, también, porque ese siempre ha sido el objetivo.





Bibliografía



1.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 313.

2.- Laveaga Gerardo, Lujambio Alberto, “El derecho Penal a juicio, Diccionario Crítico”, p. 485

3.- Laveaga Gerardo, Lujambio Alberto, “El derecho Penal a juicio, Diccionario Crítico”, p. 485-486.

4.- Martínez, Isabel Claudia, “El derecho penal del enemigo”, p. 56.

5.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 273.

6.- Hernández Anabel, “Los señores del Narco”, p. 206-207.

7.- Azaola Elena. Bergman Marcelo, http://www.nuso.org/upload/articulos/3421_1.pdf

8.- Escalante Fernando, Revista Nexos número 397, enero 2011, p. 40.

9.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 236.

domingo, 1 de mayo de 2011

Panoramas discursivos

Por Guillermo Fajardo.
Hay parches en la memoria que facilitan la entrada al olvido; consecuencias que se desploman en el barranco de la historia; accesos de momentos que se borran para siempre. En el CEN del PAN se dieron cita siete precandidatos que aspiran a suceder a Felipe Calderón. Fue un ejercicio de transparencia personal: el Gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, abiertamente buscando el apoyo de una parte de la militancia hacia su candidatura; nos habló de tú para facilitar la entrada a la impersonalidad; invocó su pasado como militante y presumió sus logros, contrastándolos con los de Peña Nieto. El Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, recordó que se sentía orgulloso de ser el primer Secretario de Hacienda panista, y mencionó que se sentía contento de pertenecer al partido. Dijo que los gobiernos panistas “son y seguirán siendo los mejores para el México del siglo XXI”. Lujambio, enérgico aunque impostado: sus palabras fueron subiendo de nivel con la exactitud que dan los segundos y la práctica diaria del discurso; Josefina, poética y en el límite entre la emoción desbordada y la ilusión pueril; Creel, el más alejado del círculo presidencial, invocó un discurso defensivo, plagado de referencias hacia Calderón: quiere una cancha justa para combatir en el proceso interno; Heriberto, gris y gritón; Lozano, bastante medido, mencionó, entre otras cosas, la valentía del Presidente Calderón al hacer las cosas “con la ley en la mano”: se refería, por supuesto, a la extinción de Luz y Fuerza del Centro. De puertas afuera el PAN parece un partido unido: muchos de los ponentes mencionaron la necesidad de ir todos con un candidato. Hay, sin embargo, un problema: el discurso del partido se ha desgastado conforme pasa el tiempo. No es recomendable pararse sobre la bandera priista y mirar hacia atrás. El PAN tiene cosas que presumir pero no sabe cómo. Es un partido cuya fuerza surgió del hartazgo hacia el PRI: el hormigueo que sienten cuando se habla del tricolor muta en auténtica ira. Se les olvida a veces que ya no son oposición. Que tienen las riendas de lo que sucede: que son dueños de su barco y no espectadores que buscan transición. La política de cada partido no puede ser definida en términos del enemigo, sino de referencia explícita hacia el corazón doctrinario de cada color. El PAN no ha entendido esto: Peña Nieto es su blanco preferido, entendible, en parte, por la ambición de éste de influir desde ya en el Congreso frenando reformas y siendo un lastre absoluto para la democracia. También por ser el más popular. El costo político por el que ha optado es uno bastante grande al hacer muecas ostensibles en contra de las candidaturas ciudadanas. No solo eso: la confrontación que se espera entre Beltrones y Peña hace que panistas y perredistas esperen cruzados de brazos. La esperanza de la desunión los pone a babear. Esperan un TUCOP que muerda los brazos del PRI. Los partidos no han entendido que no se trata de llenar espacios sino de reunir conciencias: en política no debe haber planes loables sino deseos realizables.
Por otro lado, el PAN, inepto, tampoco ha podido negociar las sillas vacías del IFE. Y lo que debería ser un sermón, se musita; lo que debería ser gritado, se susurra; lo que debería ser contado, se silencia. El PAN no sabe cómo salir. Y hay una variable que no se ha tomado en cuenta: los gobernadores priistas. Una vez que conocieron las bondades del federalismo: ¿les gustará tener un Presidente que los controle, que los amenace, que les corte recursos? Difícilmente. La tarea de panistas y priistas, entonces, es la negociación con quien se deje. Cada precandidato, cada sucursal debe avituallarse de palabra y de obra; de conciencia y de pacto. Hay que subirse al púlpito desde donde vitorear y calcificar el discurso. Cada uno se prepara para el 2012 con las reservas propias que su posición les permite; a los panistas les resultan llevaderas las encuestas: no hay miedo frente a ellas sino escepticismo. Los priistas aplauden y el circo comienza: Moreira enseña las bondades del espectáculo; Peña Nieto lo aséptico de su imagen; los Gobernadores la comodidad con su terreno. Si los discursos sirvieran para comprometer, México sería, desde hace mucho, potencia mundial. Hay que entender, sin embargo, que la democracia no puede cumplir allá donde hay una explosión inaudita de demandas. El país espera ansioso su futuro: la bandera de la modernidad espera izarse conforme la esperanza se alimenta de su propia destrucción.


miércoles, 27 de abril de 2011

Las trampas de la ley*

Por Guillermo Fajardo.
Hay sombras que no se ven con facilidad; resabios de viejas prácticas empapadas de modernidad; luces que se confunden con el sol. Hay cacerías legales justificadas pero que parecen aberrantes, costumbres arraigadas en la piel de la conciencia: hay enemigos que hay que disipar de entre la niebla. Distinguirlos no es fácil: es un ejercicio de selección. ¿Por qué decía Hobbes que al enemigo no se le debía aplicar la pena establecida en la ley y, por tanto, podía el Estado no tener límites? Porque el enemigo estaba fuera de ella ¿Por qué los seres humanos se defienden ante el extraño que llega de quién sabe dónde, ante la bacteria que busca simula ser normal, ante las pisadas nocturnas que escuchan a lo lejos? El enemigo ha sido siempre motivo de disolución. Todos buscan derrotarlo. El estado mexicano también: el derecho penal del enemigo se presenta como una salida fácil pero compleja al problema del terrorismo y de la delincuencia organizada. Cuando se invoca el derecho penal del enemigo se piensa en torturas, azotes y muerte. Esto sería absurdo: el enemigo no es una no persona, sino alguien al que se le da un trato especial. Si estuviera despersonalizado no podría aplicársele la ley. Además, el derecho penal del enemigo, como su nombre lo indica, pertenece al derecho penal. Pierde ciertos derechos, pero no todos. Se trata, en suma, de una práctica que se inserta en el derecho mexicano con tal de lanzar estigmas y señalamientos hacia los acusados. Dice la Ley de la Delincuencia Organizada: “Cuando tres o más personas se organicen de hecho para realizar, en forma permanente o reiterada, conductas que por sí o unidas a otras, tienen como fin o resultado cometer alguno o algunos de los delitos siguientes, serán sancionadas por ese solo hecho, como miembros de la delincuencia organizada.”1. He aquí un ejemplo perfecto que aglutina las características del derecho penal del enemigo: anticipación de la punibilidad; ausencia de una reducción proporcional debido a la misma anticipación; restricción de garantías. Otro ejemplo: “Sin perjuicio de las penas que correspondan por el delito o delitos que se cometan, al miembro de la delincuencia organizada se le aplicarán las penas siguientes.”2 Uno más: Al que forme parte de una asociación o banda de tres o más personas con propósito de delinquir, se le impondrá prisión de cinco a diez años y de cien a trescientos días multa.”3
El derecho penal del enemigo castiga al mismo por el simple hecho de ser y no de cometer: hay migajas dentro de este concepto que deberían haber desaparecido desde hace tiempo. No importa qué se cometerá: importa lo que eres, lo que planeas. Es decir, por el simple hecho de organizarse para cometer delitos se sanciona; por asociarse se caza; por planear se usa mano de hierro. ¿Pero debemos levantar sospechas y exigir que se quite el polvo de lo normal para que se pueda considerar una práctica monstruosa? ¿Hay motivos para suspirar y liquidar de entrada normas como esta? Existe una razón para pensar que quizá el enemigo necesite otro trato: el asociarse con el fin de delinquir, planear actos terroristas o pensar en hacerlo es suficientemente dañino para que el derecho, desde antes, tenga que intervenir. Hay delitos que pareciera que es mejor evitar pues cualquier pena que se aplique no subsana el daño que se pueda cometer. Esto suscita más problemas: ¿pueden detenerme por comprar alguna sustancia que la autoridad considere suficiente para crear una bomba? ¿Pueden detenerme por comprar cinta adhesiva, pasamontañas y un arma autorizada con todas las de la ley porque se considera que voy a cometer un secuestro? Hay ámbitos de la libertad que no pueden tocarse bajo ninguna circunstancia: hay acciones que emergen de la voluntad imposibles de guillotinar con el filo de una pena que sanciona la nada; hay, sin duda, un dejo de oportunismo y una trampa en la ley: se utiliza como justificación que “En cuanto a la delincuencia organizada, dada la complejidad que requiere dicho tema por el daño que causa a la sociedad, se propone un régimen especial desde su legislación…”4 para que el derecho ponga un halo de peligrosidad a ciertas personas. A partir de aquí no podemos abrir los brazos y cerrar los ojos: algunos dirán que las normas del derecho penal del enemigo son necesarias en cierto contexto, pues las sombras y los susurros que amenazan un Estado democrático son los suficientemente fuertes como para combatirlas. No hay que esperar a que nos ataquen para reaccionar. No hay que cometer la tontería de ver para castigar sino de castigar para anticipar. No hay que reservarnos el látigo y el suplicio, sino la bondad y las garantías. Es fácil ver de dónde sale la necesidad de incluir en México este tipo de trato: la explosión sin control de los cárteles de droga y ciertos destellos de terrorismo. Las tendencias legislativas que favorecen este tipo de normas no son sino la expresión fáctica de lo que sucede en ciertos tramos de la realidad: a veces parece que a México ya lo sobrepasó la ira, el descontrol, las ganas de olvidarse para perderse. ¿Una ley hará que el camino sinuoso se convierta en recto? No. ¿Tachar a determinadas personas logrará facilitar la entrada a la paz? Tampoco. Hay que entender al delincuente y su entorno; el ámbito psicológico de la realización de las conductas; las formas que adopta cada delito; la absorbente capacidad del narco para reclutar; repensar la estrategia y atacarla como problema de salud. La situación que he esbozado es mucho más complicada. He tocado solo una fibra de lo que comprende el derecho penal del enemigo. La sociedad no puede esperar pasiva a ver qué es lo que pasa. No podemos sentarnos y sorprendernos ante la plétora de confusiones que nos envuelven. El derecho penal del enemigo no es algo exclusivo del derecho: es la manifestación exacta en lo que se ha convertido la sociedad. No hay ninguna trampa en la ley. No hay enemigos. Hay urgencia.

http://guillermofajardo89.blogspot.com/
*Artículo a publicarse en el próximo número de mayo de El Globalista México.
1.- “Ley Federal contra la Delincuencia Organizada, artículo 2”.
2.- “Ley Federal contra la Delincuencia Organizada, artículo 4”.
3.- “Código Penal Federal, artículo 164”.
4.- “Dictámenes de primera lectura de las comisiones unidas de puntos constitucionales y de justicia, con proyecto de decreto que reforma, adiciona y deroga diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos mexicanos”, Cámara de diputados, 10 de diciembre de 2007, 28/103."

sábado, 9 de abril de 2011

Las frases elegidas

Por Guillermo Fajardo
¿Para qué las palabras? ¿Por qué acudir a lanzar sonidos frente a un auditorio, frente a otra persona, frente al espejo? ¿Por qué el soliloquio con uno mismo? Porque la reivindicación de los enunciados nos lleva a mostrarnos como sujetos activos en un ejercicio intelectual o como manifestaciones tangibles de una idea: un virus que buscamos inocular desde nuestra mente en la del otro o incluso convencernos a nosotros mismos. El debate fue en el Piso 51 en una serie de conferencias en homenaje a Javier Beristáin.
Comenzó Fernández Noroña, exponiendo una idea fundamental aunque invocada hasta el hartazgo: debemos respetar la ley. En México, esta sentencia se ha convertido en el platillo principal de quién quiere quedar bien: hemos sido condenados a masticarla cuando nos ven y a escupirla en la soledad. Qué mal que no profundizó más en esta idea y, sí, en cambio, se agarró de la obsesión de un sector de la izquierda: López Obrador. Invocó la necesidad de respetar el marco constitucional. Acusó a los grandes partidos de simular: en la réplica, al preguntarle qué tan deseable sería que el Senado ratificara a cada uno de los miembros del Gabinete, respondió que esto sería imposible. ¿Por qué? Porque había tres sillas vacías en el IFE desde hace tiempo. ¿Cómo pretender ratificar a todo el Gabinete cuando ni siquiera podían ponerse de acuerdo en tres vacantes?
Le siguió Zapata, senador del PAN. Manifestó su preocupación por un incentivo perverso muy conocido en el país: si a ti te va mal, mejor. Se trató, eso sí, de una declaración interesante: la política no está dada ni ha nacido para jugar con ella. No se trata de un pasatiempo sino de la búsqueda para ocupar el poder. Desde ahí es posible gobernar. Ganarles los adeptos a nuestros adversarios y después pactar con ellos. No buscar derrocar al gobierno en turno pero sí enseñarle sus errores: la política no puede ser un abrazo multitudinario ni una sonrisa amable para el que me confronta. Y no es que  “si tú estás mal mejor para mí”; más bien: “tú estás bien, pero yo mejor”. El discurso que debe articularse no es uno negativo ni de vindicación oportunista sino de progreso. Tolerar las ideas del otro pero siempre en la balanza de lo óptimo.
Carlos Navarrete rememoró la oxidada democracia que se vivió bajo el PRI: “la monarquía sexenal” de Daniel Cosío Villegas fue un experimento que abrió un boquete inmenso en la vida cultural del país. Fueron 70 años de cambios pero ocultos bajo un silencio consentido y aplaudido por todos, consumado desde la reelección monocolor: una democracia a modo del caleidoscopio: mismos colores recombinados cada seis años. Recordó que el Presidente de la República era presidente de partido, presidente de las cámaras, jefe implícito de los gobernadores, jefe de las fuerzas armadas, rey dadivoso que incluso nombraba a su sucesor. Pero algo cambió a partir del 88: un movimiento que conmovió a una parte de la población y la sedujo. Surgiría, poco tiempo después, la tercera fuerza política del país.
Beatriz Paredes tocó un punto vital que, en un régimen considerado democrático, resulta apabullante y desolador: el influyentismo y el compadrazgo auspiciados por el eje rector del cinismo. Propuso regresar a la meritocracia. Debe ser mediante el esfuerzo que se construyan caminos duraderos de profesionalismo y visiones sensatas del futuro. No se puede construir bajo el continuo temor de invertir el tiempo en buscar facciones que nos impulsen y no en cambios que nos motiven. Es un grito prudente. Es un suspiro necesario.
¿Por qué la reforma?, se preguntó Ugalde. Entonces responde: para combatir la impunidad. Para tomar decisiones con más agilidad. Y es que mediante la reelección no se le da un incentivo a la población para que se alleguen de información de su diputado (la apatía ya está en el aire), sino para permear el sistema y permitir crear experiencia, antaño reservada exclusivamente a cuadros priistas. Habló también de la irresponsabilidad intelectual que llevó a la pereza política años antes del cambio democrático. La sociedad esperó a que muriera el PRI: confiamos que el dinosaurio no solo dejaría crías con la información suficiente para el desarrollo, sino también que automáticamente cambiaríamos de era. Recordó la portada del Proceso el 4 de julio del 2000, cuyo encabezado era: ¿Y ahora qué?
¿Y entonces por qué las palabras? ¿Sirven para deshacer mapas mentales arraigados y cochambrosos? ¿Sirven para echar luz en un cuarto lleno de niebla? ¿Para bruñir estatuas a las que les rendimos homenaje: la historia, la vida interna de los partidos, las acciones de cada uno? Las palabras como custodias de un territorio y un renglón ajeno a las pasiones. Las apologías para expresarse. El debate como único medio para entenderse. El discurso como zona impoluta que aviva el fuego de la inteligencia.
http://guillermofajardo89.blogspot.com/

sábado, 2 de abril de 2011

Los payasos

Por Guillermo Fajardo
Estuve buscando pero no encontré la cita. No sé, tampoco, donde la leí: Vladimir Nabokov, novelista ruso, decía que si él quería que un personaje cruzara la calle, el personaje lo hacía. Para aquel que no esté muy informado de esto le cuento lo siguiente: en una novela, los personajes, por paradójico que parezca, tienen vida propia. Algunos, como Nabokov, los amordazan y se adueñan de la línea de la historia. De su historia. La primera sospecha que emerge del lector no escritor es que esto no es posible. Les digo, con la mayor humildad de la que hago acopio, que esto sí sucede. Nabokov quería acabar, quizá, con la fantasía de la vida en la tinta o las acciones caprichosas de los que tienen nombre y apellido por nosotros. Cuando escucho a Humberto Moreira y veo a Josefina Vázquez Mota no puedo sino imaginarme al escritor sentado luchando inútilmente contra los personajes: es como si estos dos no entraran en la narrativa general de la novela. Moreira es un payaso, un personaje que desentona con el ambiente tétrico y medio apocalíptico de la historia; Vázquez Mota es la heroína que cruza la calle a pesar de saber que la verdadera oportunidad de redimirse se quedó en la otra acera. Uno y otro, esculpidos por ellos mismos, pecan, uno, de ser una fiesta andante, amo y dueño de declaraciones: un Narro defensor de tres colores que no logra ver más allá de su nariz. Otra, trueca en defensora de su propia causa: quiere ser la primera mujer en llegar a Los Pinos a pesar del partido, pues la verdadera batalla en donde la necesitan no es el 2012 sino en el Estado de México.
 La batalla de Calderón al interior del PAN en el proceso interno del 2006 logró una disrupción poco vista: el menos conocido ganó. Esto logró que hoy día veamos al Presidente como un personaje fuerte al interior de su partido sin que tenga, sin embargo, la última palabra. También, que personajes como Creel o Josefina busquen a toda costa algo que ya no les corresponde o algo que pone en peligro el futuro del partido. Si bien el PAN ganó la Presidencia en elecciones pasadas sin ganar el Estado de México, la sentencia parece inevitable: Peña Nieto no se volverá invencible, aunque sí se generará (en parte a los analistas políticos medio iluminados) una especie de leyenda con el mote de “Presidente”. Bravo Mena y Encinas son comparsas, siguiendo el guión principal del escritor: atentos a negociar cualquier cosa que surja para ellos en un futuro, lo único que lograrán con sus respectivas candidaturas es agregar en su currículum la aventura ya muerta de buscar ser gobernador del Estado. Ellos también, obnubilados o ingenuos, se alzan de hombros y aceptan la derrota aceptando la candidatura. Curiosamente, ya habían participado como candidatos hace ya tiempo. Es increíble que ni el PAN ni el PRD pudieran crear a lo largo de todo ese tiempo algunos buenos perfiles para competir. Desidiosos o pasivos, creyeron que con los errores del PRI bastaría: definieron la victoria en un sentido negativo.
Y luego Moreira. Gracioso, busca el debate. Cínico, se olvida del pasado. Juguetón, confronta a Cordero, Heriberto Félix o Javier Lozano. Qué importa el tema. Quiere pelear. Le gusta hacerlo. Opaca al gris Madero y al incierto Zambrano. El calcio que fortalece los huesos en su debate son las cifras del Banco Mundial y de cualquier órgano que emita números. No busca formar cuadros sino crear votantes. Lleva consigo la fórmula perfecta de una política ensanchada y recorrida hasta el hartazgo por la elección de figuras de cristal que no saben pensar pero sí sonreír. No me rasgo las vestiduras: la verdadera vocación en política no es saber sino convencer: es lo mío un suspiro y no una lágrima.
Dúo dinámico: el más gracioso junto al más popular; el más elocuente junto al actor; el que levanta el dedo junto al que abre los brazos. La política se ha vuelto más insípida que de costumbre. Aplaudimos como monos a Vázquez Mota por su compromiso con ella misma y a Moreira por su locuacidad y dotes de hechicero. Compra una canasta básica y la enseña. Levanta los huevos y dice que esto es lo que falta. A la gente le gusta. Hace buena propaganda y se olvida, ¡qué sorpresa!, de la autocrítica. Si Nabokov luchaba contra la injerencia maldita de la voluntad de los personajes era para evitar finales inesperados. Vázquez Mota busca, Moreira es. Ambos son personajes autónomos que no buscan reescribir la historia, sino andar sobre sus pasos.