Por Guillermo Fajardo.
Pareciera que hay momentos en donde las leves alteraciones se suceden no para contrarrestar la trágica realidad sino para hacerla más llevadera a pesar de su contrariedad. Poco a poco, conforme el tiempo pasa y se queda atrás, decimos sin ambages que hemos cambiado o que el mundo se transformó: en este sentido las cosas que nos rodean son fruto de nuestras percepciones. El pasado se yergue imponente y el amor se destruye sin que lo notemos: uno, por inalterable y, el otro, por inestable. La novela más reciente de Murakami sintetiza las aproximaciones que el pasado y el amor tienen sobre nosotros: límites borrosos porque los entendemos como formas que dejan rastros; como líneas que surcan la bóveda de nuestra conciencia y lo cerril de nuestra voluntad. 1Q84 es una novela en donde (al igual que las pasadas) Murakami presenta un mundo aparentemente normal, en donde Aomame es una mujer bella y Tengo un escritor con futuro. Poco a poco, conforme el mundo los engulle y los hace prevalecer como síntomas protagónicos, surgen las diferencias: Aomame es una asesina, Tengo, un escritor que corrige una novela de una adolescente rara y retraída que gana un premio literario. Conforme el lector avanza, el mundo de Murakami muta, se revuelca y sale de un lodazal metafísico y misterioso, en donde aparecen dos lunas, la Little People o comunidades religiosas con un líder pederasta. Cuando la novela termina aceptamos sin condiciones que aquello es posible. El lector no solamente anda y palpa entre las letras sino que cada noche sale al balcón para ver si, efectivamente, todo sigue igual: si las dos lunas de Murakami no están ahí, si es posible hablar con los gatos o verificar si en el universo de la conciencia no surge una prostituta mental. No se vislumbran por ningún lado los límites de lo normal, la sensación de monotonía, el abrazo efusivo de la rutina. De las fibras agigantadas de lo anormal surgen los huecos que permiten meter los cambios sin que lo notemos.
Los personajes son creíbles a pesar de pasivos: en Murakami se respira una fatalidad inmarcesible y una conciencia suprimida. Los protagonistas nunca quieren serlo. La carga de erotismo siempre va acompañada de una riada de imágenes sumamente gráficas y en cierto modo dosificadas por el mismo pasado. No llega a ser pornográfico porque no hay intención de buscar placer, y los recuerdos se suceden más bien como acciones a las que les falta la comprensión: Tengo, el protagonista, recuerda a su madre en una imagen muy erótica que nunca se justifica. Por otro lado, el recuerdo de amor y a la vez de pasión más fuerte a lo largo de la novela es haber cogido de la mano a Aomame a los diez años. Esto no es creíble en Murakami: el recuerdo vago de agarrarle la mano a una niña a los diez años no puede ser tan determinante a la hora del querer. Pero, nuevamente, Murakami quizá lo justifique porque en el mundo de 1Q84 todo es posible. El sueño del amor no debe ser congruente con la realidad: se ama lo que nunca se tiene en toda su extensión, no lo que, teniéndolo, se considera prescindible. Por eso la distancia en Murakami abre un boquete que eterniza el amor a través del pasado: el simple hecho de decir que un leve susurro del amado basta para colmar las ansias es señal de que el corazón hierve de ganas. Murakami regentea la presidencia de lo increíble; la superficialidad de contar las cosas sin adjetivos; de ser un escritor que vende lo que no se puede comprar. El Eros en su máxima expresión. No como sacrificio absurdo del amante que se avienta al tren, sino como dolor que se inocula poco a poco a lo largo de los años. Quien ha extrañado desde lejos comprenderá que la locución y la histeria de no poderse comunicar edifican un amor extraño, contrario a lo que piensa Silva Herzog: “Y es que el amor

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