Por Guillermo Fajardo
¿Para qué las palabras? ¿Por qué acudir a lanzar sonidos frente a un auditorio, frente a otra persona, frente al espejo? ¿Por qué el soliloquio con uno mismo? Porque la reivindicación de los enunciados nos lleva a mostrarnos como sujetos activos en un ejercicio intelectual o como manifestaciones tangibles de una idea: un virus que buscamos inocular desde nuestra mente en la del otro o incluso convencernos a nosotros mismos. El debate fue en el Piso 51 en una serie de conferencias en homenaje a Javier Beristáin.
Comenzó Fernández Noroña, exponiendo una idea fundamental aunque invocada hasta el hartazgo: debemos respetar la ley. En México, esta sentencia se ha convertido en el platillo principal de quién quiere quedar bien: hemos sido condenados a masticarla cuando nos ven y a escupirla en la soledad. Qué mal que no profundizó más en esta idea y, sí, en cambio, se agarró de la obsesión de un sector de la izquierda: López Obrador. Invocó la necesidad de respetar el marco constitucional. Acusó a los grandes partidos de simular: en la réplica, al preguntarle qué tan deseable sería que el Senado ratificara a cada uno de los miembros del Gabinete, respondió que esto sería imposible. ¿Por qué? Porque había tres sillas vacías en el IFE desde hace tiempo. ¿Cómo pretender ratificar a todo el Gabinete cuando ni siquiera podían ponerse de acuerdo en tres vacantes?
Le siguió Zapata, senador del PAN. Manifestó su preocupación por un incentivo perverso muy conocido en el país: si a ti te va mal, mejor. Se trató, eso sí, de una declaración interesante: la política no está dada ni ha nacido para jugar con ella. No se trata de un pasatiempo sino de la búsqueda para ocupar el poder. Desde ahí es posible gobernar. Ganarles los adeptos a nuestros adversarios y después pactar con ellos. No buscar derrocar al gobierno en turno pero sí enseñarle sus errores: la política no puede ser un abrazo multitudinario ni una sonrisa amable para el que me confronta. Y no es que “si tú estás mal mejor para mí”; más bien: “tú estás bien, pero yo mejor”. El discurso que debe articularse no es uno negativo ni de vindicación oportunista sino de progreso. Tolerar las ideas del otro pero siempre en la balanza de lo óptimo.
Carlos Navarrete rememoró la oxidada democracia que se vivió bajo el PRI: “la monarquía sexenal” de Daniel Cosío Villegas fue un experimento que abrió un boquete inmenso en la vida cultural del país. Fueron 70 años de cambios pero ocultos bajo un silencio consentido y aplaudido por todos, consumado desde la reelección monocolor: una democracia a modo del caleidoscopio: mismos colores recombinados cada seis años. Recordó que el Presidente de la República era presidente de partido, presidente de las cámaras, jefe implícito de los gobernadores, jefe de las fuerzas armadas, rey dadivoso que incluso nombraba a su sucesor. Pero algo cambió a partir del 88: un movimiento que conmovió a una parte de la población y la sedujo. Surgiría, poco tiempo después, la tercera fuerza política del país.
Beatriz Paredes tocó un punto vital que, en un régimen considerado democrático, resulta apabullante y desolador: el influyentismo y el compadrazgo auspiciados por el eje rector del cinismo. Propuso regresar a la meritocracia. Debe ser mediante el esfuerzo que se construyan caminos duraderos de profesionalismo y visiones sensatas del futuro. No se puede construir bajo el continuo temor de invertir el tiempo en buscar facciones que nos impulsen y no en cambios que nos motiven. Es un grito prudente. Es un suspiro necesario.
¿Por qué la reforma?, se preguntó Ugalde. Entonces responde: para combatir la impunidad. Para tomar decisiones con más agilidad. Y es que mediante la reelección no se le da un incentivo a la población para que se alleguen de información de su diputado (la apatía ya está en el aire), sino para permear el sistema y permitir crear experiencia, antaño reservada exclusivamente a cuadros priistas. Habló también de la irresponsabilidad intelectual que llevó a la pereza política años antes del cambio democrático. La sociedad esperó a que muriera el PRI: confiamos que el dinosaurio no solo dejaría crías con la información suficiente para el desarrollo, sino también que automáticamente cambiaríamos de era. Recordó la portada del Proceso el 4 de julio del 2000, cuyo encabezado era: ¿Y ahora qué?
¿Y entonces por qué las palabras? ¿Sirven para deshacer mapas mentales arraigados y cochambrosos? ¿Sirven para echar luz en un cuarto lleno de niebla? ¿Para bruñir estatuas a las que les rendimos homenaje: la historia, la vida interna de los partidos, las acciones de cada uno? Las palabras como custodias de un territorio y un renglón ajeno a las pasiones. Las apologías para expresarse. El debate como único medio para entenderse. El discurso como zona impoluta que aviva el fuego de la inteligencia.
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