viernes, 24 de junio de 2011

Los caminos del amor.

 

Por Guillermo Fajardo
Si Eros fue hijo de Poros (Riqueza) y de Penia (Pobreza), entonces el Amor es símbolo de lo que carecemos para después abundar en él. El amor como impulsado por la carencia para sobrellevar el arduo camino de la búsqueda: es la carencia la iniciación necesaria para aspirar a lo perfecto. No es la imperfección de donde surge el anhelo para buscar y amar, sino de una privación perfecta, de una ausencia motivada por la separación de los andróginos, de una distancia que es necesario unir. El Amor como diálogo entre los amantes que se buscan unos a otros para conocerse y elevarse. Afirma Platón  en El Banquete: “Por su naturaleza no es inmortal ni mortal, sino que en un mismo día a ratos florece y vive, si tiene abundancia de recursos, a ratos muere y de nuevo vuelve a revivir gracias a la naturaleza su padre1"¿Elogio del Amor? Más bien conocimiento de su esencia, de lo que es: un sentimiento caprichoso, incierto, casi tan cambiante como el fuego del que hablaba Heráclito y que nos recuerda Ramón Xirau: “Nada tan variable como una llama, nada con tantas posibilidades de de transformación2”. Entonces se comprende que el amor, a pesar de su estabilidad posterior, tiene un grado de incertidumbre: en las primeras etapas de la búsqueda no hay que comenzar a esbozar respuestas, sino hacernos las preguntas adecuadas. Dos clases de amor: uno vulgar, otro perfecto. El primero, según Platón: “…es el amor con que aman los hombres viles3”. Por lo mismo, el Amor, al ser abundancia, no puede quedarse en el sentimiento que lo motivó, la carencia, sino que, al igual que el alma que vuela por los cielos para después caer, como refiere Platón en el Fedro, “se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre4. Y entonces, cuando se mira al objeto de su querer, se justifica que se cometan actos reprochables, reprobables, “…la costumbre permite alabar al enamorado, que por tener una conquista comete actos extravagantes, actos que si alguien osara realizar, persiguiendo otro fin cualquiera o queriendo alcanzar otra cosa salvo ésta, incurriría en los mayores vituperios…” 5. Ahora, el Amor como égida que justifica, que aplaza el terror del reproche y los señalamientos inculpatorios.


 Nos dice Platón que, en efecto, el que ama no solamente conquistará usando tácticas que pisan y muerden terrenos insospechados, sino acciones que podrían parecer reprobables. La súplica del Amor: el saberse poseedor de una explicación duradera: se hace porque se ama, se ruega porque se quiere, se llora porque se extraña. Todo, envuelto en un perdón anticipado, una vacuna al que se recurre sin malicia y sin ánimo de verse corrompido por algo menos delicado: “Y lo que es más asombroso, al decir del vulgo, es que el enamorado es el único que, al hacer un juramento, alcanza el perdón de los dioses si lo infringe, pues dicen que no hay juramento amoroso”6. Y luego, el amor perfecto, el que proviene de una diosa (Urania) más experimentada y “exenta de intemperancia”.7
Pero el amor no solamente funciona como medio para aspirar a una felicidad atisbada desde siempre por los hombres, sino como método conciliador entre contrarios. Surge una función mediadora, que une lo armónico con lo no armónico, o lo blanco con lo negro. No se trata de un sentimiento neurótico, que busca a toda costa realizar pactos de paz, pero de unir naturalmente lo que es enemigo, contrario, antagonista con ánimo de lucha y perversión. “El amor es la fuerza dialéctica…Mediante su esfuerzo, eleva las formas inferiores a las formas superiores de la existencia, lo que tiene menos ser y menos valor a lo que, en la plenitud del ser, halla la plena perfección”8. Tenemos ahora que, además de amigo y propiciador de unión, es un escalón hacia la corrección, hacia el refinamiento de las cosas al hacerlas objeto de la unión entre el que siente y el que recibe. El amante resulta ser la compañía añorada, la fuente interminable de un conocimiento que llena al otro. Amor al conocimiento: no solamente como base e inicio de la filosofía, “La filosofía es el amor a la verdad, la búsqueda de la verdad. La filosofía se ocupa de la verdad de modo global, sin restricciones”,9 sino como fenómeno que existe en el otro para aprehenderlo en su totalidad, conociendo la base de lo que es, raspando la superficie para llegar a ver y palpar lo que hay debajo, para amar lo invisible, no el cuerpo que se ve desgarrado por el tiempo, pero la personalidad que se queda resguardada bajo llave en la conciencia. “Así, pues, es cosa realizada de fea manera el complacer a un hombre vil vilmente; y de bella manera, en cambio, el ceder a un hombre de bien en buena forma. Y es hombre vil aquel enamorado vulgar que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante, pues tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que precisamente está enamorado, se marcha en un vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas 10 .

Asistimos a la supresión de la superficialidad: no importa lo que se ve porque se acaba, importa lo que persiste porque se conoce. Se ve a las claras que el mundo del amante debe de ser el libro abierto de la constancia; el inesperado descubrimiento que la rutina de la personalidad conlleva a la alegría; que mirar las monótonas olas que se repiten es admirar la estabilidad. Desterrado de aquí el cambio, el movimiento necesario en Aristóteles por su inconstancia, por su veleidad, por su inconstancia. Por eso el mundo de las ideas de Platón, “…Platón se vio obligado a establecer su teoría de las ideas. Pues, como explica el Filósofo en la Metaphysica, creía que todas cosas sensibles se encontraban en continuo movimiento y que, por lo tanto, no se podía hacer ciencia y versarían las definiciones 11. Salta a la vista la relación entre la teoría del conocimiento de Platón y su concepción de amor. Ahora podemos ver con mucha mejor claridad porque en el mito de la caverna se desdeña a los que ven las sombras y, atados, no pueden ver más allá: porque las sombras cambian, mutan, son diferentes a cada paso que dan. Es necesario salir y aspirar el aire del conocimiento, la luz de la claridad, mojarse en las aguas de lo que en verdad perdura. Conocimiento y amor íntimamente ligados para conocer al objeto del querer y para amar ese conocimiento. Cadena necesaria porque la alegría del descubrimiento perdura por la batalla continuada del amor. Hemos llegado al núcleo de la filosofía, a la llamada que el mundo les hace a los hombres para descubrirlo. “Como la dialéctica, el amor aspira a sobrepasar la pluralidad para llegar a la unidad, a vencer los obstáculos de los sentidos para adquirir el conocimiento de la verdad 12”. El amor no puede ser instrumento para regodearse en el conocimiento imperfecto o en las salidas fáciles del mal. No es un camino para el mal entender.
Y de verlo como algo inocuo, Platón nos muestra la espada y el filo del sentimiento: “Por consiguiente, si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente en el honor 13”. Platón llega al extremo de proponer un ejército de amantes, en donde el sacrificio importe no tanto para defender la patria, sino para no verse abatidos frente al que aman. Una especie de inspiración les lleva a hacer bien las cosas, a evadir los feroces dientes de la flojedad y dejar llevarse por el ímpetu o el arroje del metal y del fuego. Y de ser necesario morir, morirán juntos. No es pasión desenfrenada: es la luz natural del amor, pues según el mito de los andróginos, si Hefesto llegara a unir a los que están separados, estos aceptarían sin rechistar. ¿Dudaríamos que quisieran estar juntos en la muerte?
Si Platón le dedica un libro al amor, es porque éste forma parte intrínseca de su filosofía, una gramática expuesta que navega entre sus letras. A decir de Xirau, “Platón, filósofo del amor y del ser, es también el primer ideólogo de Occidente 14”. Por eso El Banquete, por eso el fenómeno del amor y las respuestas de los comensales, por eso la alabanza a Eros y sus mitos, por eso los ejemplos y la búsqueda del otro. Si se busca la unión por impulso natural, entonces cualquier encomio del amor quedará corto, y no por falta de palabras, sino de vida.



Bibliografía:

1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006.

2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007.

3.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión.

4.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.

5.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209



CITAS:


1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 60-61.
2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 34.
3.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 22.
4.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión, pp.864; 866-867.
5.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
6.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
7.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 23
8.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 61.
9.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.
10.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 26.
11.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209
12.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 62.
13.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 18-19.
14.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 75.






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