Del cuerpo del supliciado se obtenía una confesión que derivaba en una explosión de aspectos exactos que recordaban la llamada al orden: no sólo los gritos del condenado sino el aspecto fáctico de su derrota frente al rey; no solo la magnitud de su sufrimiento sino el sentimiento implícito del terror; no solo el accionar poderoso sino la fuerza visible del verdugo. La tortura, invocada no solamente como castigo pero como medio para obtener la confesión. Si antaño el cuerpo era el señalado, ahora lo es el aspecto general del delincuente. Importan las características psicológicas, su pasado, el rompimiento de la ley como signo de astucia, de indefensión ante la vida o de mera ociosidad. La ciencia ha convertido al delincuente en objeto de estudio cuyos largos tentáculos se extienden no solamente a la inversión consentida de su papel como reformadora (y ya no únicamente como explicación del mundo), sino que sus ojos se ciernen sobre el criminal ya no tampoco como alguien anormal sino como alguien necesitado. El derecho penal necesita a la medicina, a la sociología, a la psiquiatría, a la psicología y a cualquier otra ciencia que arroje luz sobre los pesados barrotes de la reincidencia, de la artimaña enfrascada y mimetizada en la misma ley: qué la prisión es signo de retorno hacia ella misma, quizá porque nunca se estuvo fuera. Principio de corrección invocado por Foucault1 y recordado en 1900 por Miguel Macedo en la inauguración de la Penitenciario del Distrito Federal: “aquí se elaborará la corrección del delincuente (…) orientado a la corrección moral y que abarque todas las fases de la vida del hombre a quien la justicia ha declarado delincuente, desde la celda que ha de ocupar y la alimentación que ha de recibir, hasta sus comunicaciones con el exterior 2”. Pero esta utopía reformadora ha fallado hasta en sus fibras más íntimas: “Es necesario observar la realidad de los centros de readaptación social. Es innegable la sobrepoblación, corrupción, manejo de clases, tráfico de influencias y otras cosas que aumentan el endurecimiento y resentimiento del interno3”. La fe en la modernidad sucumbió ante la imposibilidad fáctica de recurrir a técnicas proporcionadas por ella misma para salir del atolladero. ¿Para qué mantener las prisiones si ha mostrado ser un monstruo ineficaz cuya sombra se extiende; cuyos errores se palpan; cuyas prácticas se aborrecen? La política criminal del estado para readaptar no ha funcionado. La pugna que antes se daba entre la confesión pública o el silencio del condenado; entre festejar sus crímenes en las largas filas que pasaban en las ciudades o mantenerse callado, ha sido sustituida por la ignominiosa pero inevitable carga de aprender el oficio de delinquir en el centro que busca evitarlo. Pero, ¿por qué se castiga? Porque, tomando una definición de Isabel Claudia Martínez 4: “la sanción impuesta (…) también tiene como finalidad la confirmación de la vigencia de la norma.” Es decir: manifestación notoria de que la ley sigue con vida y respirando, que la infracción a ésta es la excepción, que el transgresor opera en sentido inverso a la sociedad. Se busca darle voz a ésta: eres tú la que está siendo vulnerada, violada, lacerada, rasgada. ¿Y qué mejor legitimidad que la de invocar un castigo que el establecido en la ley? ¿Qué mejor remedio para asustar al criminal del no retorno hasta que se cumpla el tiempo especificado? Y es que antes el rey podía, sin ningún contrapeso, establecer que se perdonara al criminal. El circuito cerrado de la prisión se contrapone a los signos y al cuerpo magullado y torturado del criminal de antes. No sabemos lo que pasa al interior: bastan los susurros apenas proferidos para que nos demos cuenta que la prisión apenas sirve para conmover o readaptar. Se ha olvidado el silencio y la soledad absoluta que pedían los reformadores para que ahora el alma, y no el cuerpo, sea el que sufra: se quería una confesión consigo mismo y no frente al pueblo de actitudes ambiguas; se buscaba la interiorización de su pecado alrededor de cuatro paredes; se soñaba con la “sumisión total”5 del condenado frente a sí mismo. En el México actual ningún silencio: más bien desorden; ningún canal para combatir los privilegios: más bien impunidad. ¿Cómo readaptar en circunstancias donde la maquinaria de la corrupción, la falta de infraestructura y el favorecimiento de la cultura del no empapan a todos?
Las cárceles actuales no han funcionado para someter al individuo a un reglamento estricto o, más bien, a una incesante disciplina: si por un lado unos gozan de privilegios, otros ven en esos privilegios la injusticia de un sistema penal que incrimina a veces sin prueba y de un sistema penitenciario que otorga siempre sin necesidad: “En la cama superior El Chapo dejó una camisola, un pantalón, una chamarra y unos shorts beige oscuro sin marca. (…) Había tres pares de calcetas blancas, dos camisetas Hugo Boss talla mediana y tres trusas del mismo color y marca. (…) Los estantes parecían el mostrador de una tienda de abarrotes. En la repisa superior había frituras Ruffles, galletas Lara Bimbo, Canapinas, almendras con chocolate Ricolino (…) Los empleado decían que llegó a tener hasta 20 pares de tenis Reebok y Nike.”6 No es ninguna sorpresa que algunos reclusos vivan en condiciones infrahumanas y otros mejor que cuando estaban libres. Antes, a la estampa viva de la infracción (el mismo delincuente) se le añadían una multiplicidad de signos, símbolos, reacciones artificiales ostensibles, señalamiento. Ahora, la prisión ha mutado en un ser silencioso al que sin embargo se le atribuyen los peores defectos. Pero se mantiene viva: Foucault añade la tesis de que la prisión se estableció como método de esclarecimiento a la hora de hacer objetivos visibles a los futuros criminales y de darles un seguimiento continuo. Es decir, que la prisión “marcaba” para perseguir. Se puede un leer un trozo de oportunismo así como un aplauso a la racionalidad, a la búsqueda incesante de una economía criminal muy perversa: la cárcel como reunión de futuros marcados; como aglomeración obvia de reincidentes; como hidra cuyas cabezas se regeneran pero solo ilusoriamente: son las mismas. La prisión ha vitrificado el sueño de la igualdad: castiga a todos en un mismo lugar. Se acabaron los peores castigos que se arrojaban al regicida o al parricida. Se acabó el cortar la mano o taladrar la lengua ya se tratara de un ladrón o un blasfemo. Ahora el homicida recibe el mismo trato que el violador. Y es que la política criminal actual no tiene que ser entendida como el castigo ejemplar hacia el que la ley debe dirigirse, sino de un sistema programático enfocado a la reinserción, al cumplimiento útil de una vida que antes no lo era. Se ve a la prisión como humanitaria: en ese sentido los gritos de los condenados nos recuerdan a donde no hay que volver. Parece que la cárcel es la más humana de las opciones. También la más científica de ellas: una ola de modernidad inserta, sin embargo, en un terreno yermo por sorprendente, en donde todo ocurre pero nada pasa: no hay reformas, no hay preocupación por sacarlas adelante. Y a la ola de optimismo por parte de las autoridades se antepone la fractura visible señalada por los especialistas: en un estudio De mal en peor: Las condiciones de vida en las cárceles mexicanas (Revista Nueva Sociedad No. 208, marzo-abril 2007)7, se menciona que en 2006 México tenía una tasa de reclusos de 245 por cada 100,000 habitantes, mientras que en 1996 la proporción era de 102 por cada 100, 000. Por otro lado: “26% de los internos aseguró que no dispone de suficiente agua para beber; 63% considera que los alimentos que les proporcionan son insuficientes; 27% señaló que no recibe atención médica cuando la requiere; solo 23% dijo que la institución le proporciona los medicamentos que necesita; un tercio de los presos opina que el trato que reciben sus familiares cuando los visitan es «malo» o «muy malo»; 72% dijo que se siente menos seguro en la prisión que en el lugar en donde vivía antes; y 57% dijo desconocer el reglamento del centro penitenciario donde está recluido.” La cárcel no solamente como lugar donde se verifican atrocidades sino donde se imbrican cuerpos. Y sintiendo los rigores de la estrategia contra la inseguridad, impulsada por Felipe Calderón desde 2006, entonces tenemos que el número de detenidos se ha incrementado. Solamente como una muestra, Fernando Escalante, en la revista Nexos, menciona que la tasa de homicidios entre 2006 y 2007 en el Distrito Federal fue de 9.39, en 2008-2009, de 15.72; en el Estado de México fue 10.28 en 2006-2007, de 11.86 en 2008-20098. Es decir, que el aumento en la tasa de homicidios (o cualquier delito) aumenta necesariamente el número de detenidos. No importa el número, lo que se hace notar es esto: que a pesar del incremento en las tasas de población carcelaria, las instalaciones siguen siendo las mismas. ¿A qué esperanza acudir cuando la evolución lenta pero constante del número de prisioneros va en aumento pero no la expansión de los lugares comunes, de las camas, del espacio mismo de la prisión? El Panóptico del que hablaba Bentham ha sido transformado en una pocilga donde las condiciones importan para castigar; son éstas, y no el aspecto del encierro, el que abarca el castigo. Ya no el deseo de ver sin ser visto, ni de establecer un centro único de mando desde donde “el director puede espiar a todos los empleados que tiene a sus órdenes: enfermeros, médicos, contramaestres, maestros, guardianes…”9, sino de simplemente contener, aplastar, alzarse de hombros como signo de derrota, apuntalar argumentos de presupuesto o de falta de espacio para quedarse absortos y abúlicos ante la realidad carcelaria. Los sueños que oxigenaron la ilusión de la readaptación caen en una situación limítrofe: por un lado tenemos la constante presión de los tratados internacionales celebrados por México, y por la otra la inaudita ineficiencia de la democracia a la hora de canalizar y resolver por completo todas las exigencias. Millones de pobres, reformas políticas, laborales y de seguridad nacional, estrategias contra el narcotráfico, bautismo completa de demagogia pero no de acción. De acuerdo a Las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, adoptadas por las Naciones Unidas el 30 de agosto de 1955, durante el Primer Congreso de Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, “19) Cada recluso dispondrá, en conformidad con los usos locales o nacionales, de una cama individual y de ropa de cama individual suficiente, mantenida convenientemente y mudada con regularidad a fin de asegurar su limpieza.” También que, “20.2) Todo recluso deberá tener la posibilidad de proveerse de agua potable cuando la necesite.” Es fácil ver que ninguna de estas reglas se cumple. La prisión, con todo y su deseo de superación y de readaptación, no es más que una jungla espesa en donde los condenados son invisibles y el crimen palpable. No es el tiempo de los derechos sino la fundición de los mismos en una amalgama de manifestaciones claras del crimen. Es como si estuvieran presentes pero disminuidos. La postergación al infinito de una sucesión de medidas necesarias ha convertido en algo maleable la urgencia por el cambio. Resulta imposible la readaptación en un ambiente atacado por el crimen, insidioso y maligno. La sedición de los buenos deseos ha comenzado: hay que alzar la cabeza y enfrentar el problema no como método de expiación personal pero como catapulta que mande señales al otro lado: allá afuera, donde la sociedad no ve lo que pasa porque no le importa. Las disciplinas de las que hablaba Foucault y que se reproducían en la sociedad a través de instituciones aparentemente inocuas (escuelas, conventos, hospitales) se desplegaban en su totalidad en la cárcel. Ya no. La prisión es un semillero de bacterias que atacan todas las letras de la palabra reinserción. Es como si el debilitamiento de las leyes inaugurara la erupción de la ilegalidad. Como si la concesión implícita de las autoridades abriera el agujero de la reincidencia. Ya no importa el principio rector, axial del Panóptico de Bentham: no importa si eres visto trasgrediendo el reglamento porque todos son, en principio, corruptibles; qué importa tener privilegios si nos tapamos los ojos aceptando la juntura que nos relaciona. El objetivo de no volver a caer ha fallado: en una nota del periódico “El Universal” del lunes 24 de septiembre del 2007, se asegura que “Antes de cumplir la mayoría de edad, 30% de los menores infractores que ingresan al sistema de justicia juvenil comete su segunda felonía 10.” Pero por ahora no hay salida: la cárcel se ha vuelto en un mal necesario porque ha demostrado, en principio, ser la más humana de las penas: no más torturas y no más carteles señalando el crimen; no más confesión pública frente al pueblo y no más penas de muerte crueles. En su lugar tenemos centros abjurados de toda maldad pero abrigados de complicidad. Hemos llegado al punto en donde la reclusión sirve para ensanchar horizontes delictivos y condecorar al engaño: salen para volver. Ha comenzado la era de la sin razón sobre la base explícita de recordar el pasado. La cárcel como muro que se levantan frente a la sociedad: barrotes invisibles que el que entra carga durante toda su vida quizá, también, porque ese siempre ha sido el objetivo.

Bibliografía


No hay comentarios:
Publicar un comentario