domingo, 1 de mayo de 2011

Panoramas discursivos

Por Guillermo Fajardo.
Hay parches en la memoria que facilitan la entrada al olvido; consecuencias que se desploman en el barranco de la historia; accesos de momentos que se borran para siempre. En el CEN del PAN se dieron cita siete precandidatos que aspiran a suceder a Felipe Calderón. Fue un ejercicio de transparencia personal: el Gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, abiertamente buscando el apoyo de una parte de la militancia hacia su candidatura; nos habló de tú para facilitar la entrada a la impersonalidad; invocó su pasado como militante y presumió sus logros, contrastándolos con los de Peña Nieto. El Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, recordó que se sentía orgulloso de ser el primer Secretario de Hacienda panista, y mencionó que se sentía contento de pertenecer al partido. Dijo que los gobiernos panistas “son y seguirán siendo los mejores para el México del siglo XXI”. Lujambio, enérgico aunque impostado: sus palabras fueron subiendo de nivel con la exactitud que dan los segundos y la práctica diaria del discurso; Josefina, poética y en el límite entre la emoción desbordada y la ilusión pueril; Creel, el más alejado del círculo presidencial, invocó un discurso defensivo, plagado de referencias hacia Calderón: quiere una cancha justa para combatir en el proceso interno; Heriberto, gris y gritón; Lozano, bastante medido, mencionó, entre otras cosas, la valentía del Presidente Calderón al hacer las cosas “con la ley en la mano”: se refería, por supuesto, a la extinción de Luz y Fuerza del Centro. De puertas afuera el PAN parece un partido unido: muchos de los ponentes mencionaron la necesidad de ir todos con un candidato. Hay, sin embargo, un problema: el discurso del partido se ha desgastado conforme pasa el tiempo. No es recomendable pararse sobre la bandera priista y mirar hacia atrás. El PAN tiene cosas que presumir pero no sabe cómo. Es un partido cuya fuerza surgió del hartazgo hacia el PRI: el hormigueo que sienten cuando se habla del tricolor muta en auténtica ira. Se les olvida a veces que ya no son oposición. Que tienen las riendas de lo que sucede: que son dueños de su barco y no espectadores que buscan transición. La política de cada partido no puede ser definida en términos del enemigo, sino de referencia explícita hacia el corazón doctrinario de cada color. El PAN no ha entendido esto: Peña Nieto es su blanco preferido, entendible, en parte, por la ambición de éste de influir desde ya en el Congreso frenando reformas y siendo un lastre absoluto para la democracia. También por ser el más popular. El costo político por el que ha optado es uno bastante grande al hacer muecas ostensibles en contra de las candidaturas ciudadanas. No solo eso: la confrontación que se espera entre Beltrones y Peña hace que panistas y perredistas esperen cruzados de brazos. La esperanza de la desunión los pone a babear. Esperan un TUCOP que muerda los brazos del PRI. Los partidos no han entendido que no se trata de llenar espacios sino de reunir conciencias: en política no debe haber planes loables sino deseos realizables.
Por otro lado, el PAN, inepto, tampoco ha podido negociar las sillas vacías del IFE. Y lo que debería ser un sermón, se musita; lo que debería ser gritado, se susurra; lo que debería ser contado, se silencia. El PAN no sabe cómo salir. Y hay una variable que no se ha tomado en cuenta: los gobernadores priistas. Una vez que conocieron las bondades del federalismo: ¿les gustará tener un Presidente que los controle, que los amenace, que les corte recursos? Difícilmente. La tarea de panistas y priistas, entonces, es la negociación con quien se deje. Cada precandidato, cada sucursal debe avituallarse de palabra y de obra; de conciencia y de pacto. Hay que subirse al púlpito desde donde vitorear y calcificar el discurso. Cada uno se prepara para el 2012 con las reservas propias que su posición les permite; a los panistas les resultan llevaderas las encuestas: no hay miedo frente a ellas sino escepticismo. Los priistas aplauden y el circo comienza: Moreira enseña las bondades del espectáculo; Peña Nieto lo aséptico de su imagen; los Gobernadores la comodidad con su terreno. Si los discursos sirvieran para comprometer, México sería, desde hace mucho, potencia mundial. Hay que entender, sin embargo, que la democracia no puede cumplir allá donde hay una explosión inaudita de demandas. El país espera ansioso su futuro: la bandera de la modernidad espera izarse conforme la esperanza se alimenta de su propia destrucción.


No hay comentarios:

Publicar un comentario