lunes, 20 de junio de 2011

Hielo Negro

Por Guillermo Fajardo

¿Para qué una novela? ¿Para qué imaginar personajes ficticios decorados con las obsesiones del escritor, empapados del perfume de la vida del que escribe, condecorados con la noción de la experiencia del que imagina? ¿Tiene la novela una función que va más allá del mero entretenimiento? Dos recordatorios. Uno de Jorge Volpi, para el cual, “la ficción cumple una tarea indispensable para nuestra supervivencia: no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente —a repetirlas y reconstruirlas— y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad.” Es decir, la novela y la ficción como forma de alcanzar vidas que, de otro modo, nos estarían vedadas para siempre. La literatura como herramienta para aprehender el mundo: “No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas —y quien no persigue las distintas variedades de la ficción— tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo”. Así, la literatura no parece tan inocua o insípida como antes. Otro ejemplo. Javier Marías, en su más reciente novela, Los enamoramientos, menciona que, “La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da”. Sin ánimo de parecer pedantes, habría que agregar, “pero que se puede dar”. La literatura igual que una fina brisa de polvo que se mete a la nariz para hacernos estornudar y reaccionar; las letras como artífices de un tiempo y un lugar olvidados o secretamente imaginados pero nunca expresados nos transfiere valiosos momentos de adaptación, de supervivencia: ¿qué haríamos si estuviésemos en el lugar de Tooru Okada en la novela de Murakami, si fuésemos un profesor de Filosofía detrás de una adolescente como en Fadanelli, o si tuviésemos que elegir entre dos caminos claramente señalados como Irina McGovern en la novela de Lionel Shriver? Quien lee no solamente logra un festín de supervivencia y de decisiones morales escondidas en nuestras decisiones, sino que logramos sacar a flote las estelas y destellos de lo imaginado transferido a la realidad: la imaginación es conocimiento de uno mismo. La literatura como denuncia social, como valiosa manifestación de algo que sucede pero nadie conoce, de algo que se palpa pero nadie ve, de un cuarto obscuro que el escritor ilumina para conocer cada figura y compartirla con los demás. La escritura y la novela como pedagogía. La ficción nos ofrece la materia prima de lo alternativo, de lo que aún no sucede para que nosotros la moldeemos a nuestro gusto. En este sentido, el escritor no debe esculpir como una estatua inamovible a sus personajes, sino dejar abierta un resquicio de duda, una curiosa concesión al lector: tú también escribes la historia.

Por lo mismo sorprende que Hielo Negro, la novela más reciente de Bernardo Fernández, se haya llevado el Premio Grijalbo 2011. Una novela con una fuerza motriz que explicitica el crimen y la violencia; una novela cuya sangre brota a borbotones y analiza las relaciones interiores del narcotráfico. Una novela bien escrita, con una historia que pasa la crítica y un final que salta por inverosímil. Es una buena novela, pero nada más: me pregunto porque el jurado la habrá elegido ganadora. ¿Entonces qué es lo que falla, lo que no embona? Comparándola con La Reina del Sur de Pérez Reverte o La Voluntad y la Fortuna de Carlos Fuentes (comparación merecida, me parece), se ve a leguas que Hielo Negro carece de la excelente historia y ritmo de la primera, y el misterio y la excelsa provocación de las letras y de los personajes para seguir leyendo de la segunda. La novela, una pugna entre una policía judicial enamorada de su pareja de trabajo, y una narcotraficante que colecciona obras de arte, es una inmensa premonición que el lector advierte apenas concluye los primeros capítulos: mucha muerte, mucho sexo, mucha violencia. Los personajes, trillados: groseros y soeces. El final, más que una verdadera pelea por la vida, resulta ser una conciliación tácita de la ilegalidad y un golpe inverosímil de la fortuna: casi como si el escritor pusiera sobre la mesa el hecho de que  la desgracia y el final feliz siempre vienen acompañados. Idea poco innovadora. La novela de Bernardo Fernández resulta estar entre el montón. Resulta ser entretenida y con un humor negro bien logrado por aquí y por allá. Pero no logra nada. Es tan poco lo que tengo que comentar de ella, que aquí dejo el artículo para dar por concluida la verborrea. El ideal de Volpi queda desterrado de la novela porque Fernández deja una única puerta abierta para el lector, que lo conduce inexorablemente a un sentimiento visceral que afluye a cántaros a lo largo del relato, un doloroso descubrimiento que ha llevado a los hombres a matarse a lo largo del tiempo: la venganza.

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