domingo, 6 de enero de 2013

Vivir en el mito


Por Guillermo Fajardo
La creencia de que el mundo se acababa este 21 de diciembre habla de una cultura de lo absurdo. El voluminoso paquete de destrucciones que se cernirían sobre la tierra provocó la certeza de un final abultado: estamos en sociedades que recrean su propia destrucción porque la idea ya no les parece un ridículo. Y es que lo que provoca que nos guste creer en cataclismos no proviene del deseo de aniquilamiento de la raza humana, sino del atrevimiento de un nuevo inicio. La esperanza del cambio se coloca sobre la certeza de la supervivencia. Ahí, entre los restos de nuestra megalomanía, quizá podríamos aprender a vivir de nuevo con el medio ambiente; a reconsiderar la justicia; a abatir la desigualdad. El fin del mundo parece un acto de los revolucionarios. Una ruptura que no deja resquicios del pasado. La aventura mental del justiciero. La venta de bunkers, velas, y el turismo del fin del mundo indican que la cosa fue seria: no únicamente un apéndice de unos cuantos. Ver la resurrección de la raza humana de las cenizas podría tener un efecto positivo sobre todos nosotros. Así, quienes estaban seguros de nuestra destrucción total o parcial, también se escudan en la podredumbre actual para imaginar un comienzo que no conspire contra nuestras propias virtudes.
Un mito es la propagación de lo que no es verificable. Por alguna razón, se extiende porque creer en algo es el sedimento del voluntarioso. El mito maya vino con la elección presidencial en nuestro país. El derrotero de la política toma, a veces, destinos irrisorios. No fue la excepción: muchos decidieron tomar la advertencia maya como un claro signo de putrefacción enfocada en el PRI. Así, el 2012 no fue solamente el año de erección de profecías pero de coágulos sociales: el 132. La destrucción de la tierra vendría acompañada por pancartas. El caldo primerizo de quien tergiversó por vez primera la profecía que suponía el fin del mundo es ilocalizable. Internet ha sido, en buena medida, culpable de ello. La información de charlatanes esparcida por la red debe de ser tomada en serio. No es únicamente el rótulo que aparece en algún artículo sensacionalista pero la fiebre que provoca su contenido. La actitud de quien no toma el mundo como una catástrofe es una de cautela, y otra de fervor: mientras unos compraron techos, otros lo esperaron con los brazos abiertos. En pleno siglo XXI, en el que la humanidad puede presumir avances médicos, tecnológicos y culturales, hay un vacío que nadie sabe cómo llenar. Se trata de los estragos del amarillismo, la telebasura barata, la confección de hilos que enajenan. Hoy día podemos presumir nuestros avances, pero también nuestras fobias y rarezas. 

El capitalismo es un sistema que ha sacado a relucir las excentricidades de la humanidad: hay hasta un mercado de la destrucción. El fin del mundo no se hubiese tomado tan en serio si no viviésemos en una sociedad que anhela, irónicamente, sobrevivir. El plano religioso se ha difuminado. La vida ulterior ya no seduce como antes. Más bien, la evaluación de nuestras comodidades y el fortalecimiento (al menos en las capas educadas de la sociedad) del ateísmo, nos ha llevado a construir una imagen del placer que ya no perdura en Jesucristo y su misterio. De esta forma, el fin del mundo es una llamada de lo material: si en verdad sucede, hay que guardar nuestras pertenencias bajo tierra. También las ideas post apocalípticas contienen una coraza de ambición y pertenencia. En el mundo actual han desaparecido los polos de identificación tradicionales: izquierda-derecha; capitalismo-comunismo; cristiano- no cristiano. En su lugar, una multitud de voces, creencias y trasnochados sentimentalismos en pos de algún ideal se han adueñado del proscenio: los actores son otros.
Pero hemos sobrevivido. Aquí estamos y aquí estaremos. Sin embargo, el fin del mundo debería preocuparnos. Habla de sociedades cansadas de vivir del modo en el que lo hacen, y que quieren alguna forma de efervescencia. Para muchos, el fin del mundo no era una catástrofe sino nuestra reconstrucción desde las cenizas. Un recomienzo de la Historia. Tal vez el fin del Estado o, simple y llanamente, una nueva oportunidad. Los inicios se encargan de reproducir esperanza. Nuestras creencias nos jugaron una mala pasada. Habrá que ver si aprovechamos la oportunidad.  

Imágen tomada de: elheraldo.hn

martes, 10 de enero de 2012

CAMBIO DE PÁGINA

Amigos, el anterior fue mi último artículo en este blog. Ahora estaré por acá: www.guillermofajardo.com Espero me sigas leyendo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

2012

Por Guillermo Fajardo

Moviendo las manos, sonriendo y rociando de huecos discursos a la televisión, Enrique Peña Nieto será una tabla de flotación aceptada, maniatada y controlada por el PRI. Para mantener la ventaja tendrán que acallar al candidato. Propuestas llevadas por la corriente; infectadas de elocuencia e infecundas de neurknas. Si el PRI pretende ganar deberá mantenerse a flote, nada más. Qué fácil. Qué sencillo.

Conforme pasan los meses una extraña sensación de aturdimiento socava las fuerzas que la sociedad civil parecía tener. Javier Sicilia, olvidado. A pesar de ser nombrado como una de las figuras más importantes del 2011, Sicilia está parado ya en el rellano de la repetición. Las redes sociales han funcionado como un espacio en donde se discute lo insulso, lo insípido, lo insustancial. ¿Qué ha pasado que en otras latitudes han funcionado como baluarte contra los poderosos; voz activa que se une al cambio; mecha corta que promueve la movilización? En México la sociedad se hunde en su cieno, ahogada de  una infamante perpetuidad para lo absurdo, dando tumbos hasta ver de frente la fachada de la política sin atreverse a entrar al templo. Basta como ejemplo lo ocurrido ayer con Carlos Talavera, funcionario de SEDESOL en Michoacán que aseguró que las indígenas olían mal. ¿Quién se acuerda de él ahora? ¿Dónde están los defensores de la causa indígena?

El PAN y su alma hecha pedazos navega balbuceando una y otra vez que su musculatura reside en el oprobioso y podrido pasado del PRI, pero no en sus nuevos cuadros. A veces al partido se le olvida que tienen cosas que presumir. El Presidente Calderón y su obsesión por allegarse de colaboradores (no todos) pequeños, le asegura un triunfo en su imagen. Si los astros se conjuntaran para darnos una respuesta, segqramente nos asegurarían que la lealtad sobre todas las cosas y el rechazo al PRI son dos conjuros necesarios para entrar de lleno al Gabinete. Quizá esta actitud autoritaria (hacia dentro del partido) sea fruto de una imagen presidencial desgastada por los medios de comunicación y la apertura hacia la crítica presidencial.

El PRD está perdido. Sigue llevando a cuestas la triste idea de los extremistas, de los que no se cansan en señalar a una caterva imaginaria de poderosos que no nos permiten avanzar. AMLO y su mundo fantásticos de paralelismos decorados de maldad. La izquierda y su falta de definición.

En el 2012 se puede asegurar un discurso empantanado por las, eso sí, necesarias pero no suficientes descalificaciones en el ruedo político. Será verdad que hay que rasurar al adversario para contrarrestar sus efectos públicos, pero no centrar el debate en sus defectos. El denuedo de las ideas abarcará a aquel que se permita tenerlas. En política importa más la percepción que la realidad: bastará, entonces, que los electores muerdan el anzuelo de la buena imagen para dar su voto a quién más confianza les inspire. Si el PAN opta por Josefina Vázquez Mota, está perdido. Y es que ofrece lo mismo que EPN: una imagen bien equilibrada con el punto a favor de que es mujer. El problema reside en que Peña Nieto y su equipo han construido una aureola de santidad televisiva desde hace 6 años. Josefina lleva las de perder. Pero ya mostró la mujer un empuje directo propinándole una buena derrota a Los Pinos: le ofrecieron la candidatura en el Estado de México que muy amablemente rechazó. No hay que esperar demasiado del 2012. Ya lo he dicho y lo repito: la democracia se hace día a día, y no hay que esperar un nuevo comienzo para inflar la esperanza de avanzar. Valdría la pena ponerse a reflexionar si los efectos paralizantes de la contienda contribuirán a un sexenio presidencial varado en la rispidez, o en la amplia categoría de la cooperación entre partidos. La respuesta no está, sin embargo, en la política: está en la sociedad civil que, hoy día, se encuentra encallada, silenciada y apática ante lo que sucede a su alrededor. Moviéndose con la crítica barata de los que opinan, la población sigue avanzando, feliz, hacia un destino de menos impuestos, más subsidios y polarizaciones inútiles. Nada más. Quieren lo justo. Y lo justo recibirán.

martes, 27 de diciembre de 2011

Inercia

Por Guillermo Fajardo
Nada más humano que nuestros olores. Nombrar lociones, jabones o aromatizantes se ha vuelto tarea difícil. Las emanaciones de nuestros cuerpos sugieren nuestras actividades e incluso la hora del día. Es más: en la muerte nuestros olores nos siguen delatando. Conforme el día pierde vigor nos vemos atenazados por el síntoma corriente de las horas: el sudor, el ajetreo de los músculos, la innata capacidad del cuerpo para otear lo que vendrá: una ducha diaria o la confrontación de la piel con algún supresor de pestilencias. Así somos todos, así vivimos.

Es cierto que el comentario de Carlos Talavera es políticamente incorrecto. A pesar de que nombrar es y será un regalo del lenguaje hay temas que, hoy día, hay que tocar con suavidad, murmurando, agachados. Nombrar lo indecible o lo maldito está condenado al frío calabozo del desprecio. Pero señalar y palpar lo inmediato no debería ser reprochable. Ya no es correcto decir viejo sino persona de la tercera edad; ya no idiota sino personas con capacidades especiales. ¿Es incorrecto que diga que un sordo no puede oír? ¿Qué un ciego no puede ver? ¿Qué un niño no razona como un adulto?

¿Estaríamos ante la misma reacción de enojo, sensibilidad y respeto a los derechos  humanos si Carlos Talavera hubiera usado la misma expresión en un salón lleno de intelectuales? ¿Y si en él hubiera estado Carlos Slim; Carlos Fuentes; Felipe Calderón; el Cardenal Norberto Rivera y Enrique Peña Nieto? Fácil: el raudal de carcajadas; mentadas de madre; señalamientos y uno que otro corte gracioso. Como si la pertenencia a un grupo minoritario nos hiciera dignos de portar el mote de seres humanos.



Pero no es un futuro alternativo el que es analizable, sino la maquinaria encendida de los olvidadizos; de esos que, de pronto, recuerdan que los indígenas existen y que no tienen agua potable o servicios básicos de salud. Se indignan desde sus portentosas máquinas y mandan en redes sociales su indignación. Pero este miércoles la historia será otra: a Talavera lo engullirá el día de mañana y la absurda cantidad de noticias en los medios. Será necesario que algún otro impreciso nos recuerde la existencia de grupos vulnerables. No me molesta tanto el comentario como los que se indignan sin más: de pronto descubren su sensibilidad y su estampa valiente de defensores. Es verdad que es molesto y que es un comentario fuera de lugar. Pero los eufemismos que hoy día usamos son el cáncer que tiene al país con millones de pobres e indígenas marginados: irnos por la tangente; desviar nuestra mirada; usar palabras suaves que detengan la realidad. Esto nada tiene que ver con Talavera, sino con el fenómeno claro del plebiscito hacia una realidad empobrecida y a un activismo raquítico por la flaqueza de nuestras convicciones. Somos expertos en olvidar y ávidos testigos para señalar. Apenas conocemos el error y saltamos a disparar las balas. Pero, ¡cuántas veces lo he dicho! Mañana será otro día. Los que creen que se rasgan las vestiduras hoy descubrirán alertados que las siguen teniendo puestas. Y es que creen que un mensaje bienintencionado en las redes sociales o la adhesión electrónica a una causa contribuyen a formar un mejor país. Falso. Es verdad que el discurso ayuda a cambiar al mundo más que ninguna otra cosa. Pero tiene que ser uno bien articulado, constante y coherente. Los que atacan a Talavera tan impetuosamente es para dejar claro que su conciencia está limpia, que su culpa ya se diluyó y que mañana ya vendrán otras cosas en las cuales pensar. Mientras tanto esperemos en nuestros sillones acolchados; en nuestros mullidos y calurosos retretes y en nuestras amplias camas a otra noticia que nos mueva la conciencia. Ya saben: indignaos del mundo: esperad.  

domingo, 25 de diciembre de 2011

Destino

Empieza Jorge Volpi su novela “La paz de los sepulcros” con la siguiente frase: “A veces la muerte inmortaliza”. Para el anónimo la muerte puede resultar la conclusión de un proceso arreglado, controlado e impulsado por la misma vida. No es sino el término de un inicio. Pero para otros es el inicio de una nueva clase de vida: la memoria. Muerto Saramago, muerto Monsiváis, muerto Dehesa, muerto Daniel Sada, muerto Hitchens. Todos ellos ahora lucirán en sus reimpresiones, ediciones detalladas acerca de sus vidas o en fundaciones que se harán en su nombre. Es como si la mercadotecnia y la predadora imagen comercial se aprovecharan de su inexistencia para impulsarlos. Duele saber que se conocen cuando ya no están: nada tan macabro y amargo como su muerte para catapultarlos a la fama absoluta.
¿Será que los homenajes siempre tienen que ser póstumos? ¿Debe de ser la muerte, el muro sobre el que se topa la creación, el pretexto para recordarlos? Parece que la sensación de perderlos mueve la conciencia. La respuesta inmediata de la sociedad es abocarse a conocerlos. Un momento después son olvidados, desbaratados de su personalidad, concluidos de antemano: cada uno ahora los analiza como si toda su vida hubiesen sido analizados.

Premios, reconocimientos, homenajes. En vida todo parece absurdo, apenas un punto que borramos porque hay tiempo. Pero cuando éste concluye entonces reconocemos que su trabajo fue espectacular. Asistimos al pasmo y al luto en el mundo de las letras, de la medicina o de la abogacía y los medios los recuerdan con insistencia. Durante días algunos se jactan de haberlos conocido, otros relatan historias acerca de su genio, se imprimen ediciones especiales. ¡Cuánto lamentan su muerte! Es como si, de pronto, las pasiones de todos afloraran y reconocieran en el que se fue a un compañero intelectual. Odas, elegías, versos. Incluso los tropezones son borrados de antemano. Olvidemos por un instante lo que fueron para postrarnos ante su imagen. La evolución de las formas de la alabanza actualizadas y recargadas por su desaparición.

Algunos buscan el reconocimiento tan vehementemente que han dado su vida por él. John Kennedy Toole, considerado uno de los mejores autores norteamericanos, se suicidio a los 31 años debido a que nadie quiso publicarle su trabajo. Se sentía un fracasado, un cuerpo desmadejado con un hueco de tinta. No podía saber que sus dos novelas: “La conjura de los necios” y “La Biblia de Neón”, lo consagrarían como uno de los mejores novelistas de todos los tiempos muchos años después.

Si de vidas contradictorias, desequilibradas y extrañas se habla, entonces cómo no recordar al que pasó a la historia como uno de los mejores poetas franceses a pesar de su juventud. En Arthur Rimbaud los símbolos son versos y cobran tanta vida que angustian la conciencia. Se desentraña el misterio de las palabras, pero nunca se agota la interpretación. Harto de la literatura partió rumbo al África, dónde se hizo traficante de armas y en don`e llevaría una vida licenciosa. Las cartas que nos han llegado revelan la existencia de un hombre que buscaba todo menos lo extraordinario. Dejó de escribir literatura a sus 20 años. El genio Rimbaud; el inescrutable Arthur.

Carlos Fuentes, García Márquez o Vargas Llosa tienen la suerte del reconocimiento y la aceptan.
Otros rehúyen de ella: J.D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” es un ejemplo de esto.

Las letras que se suceden una y otra vez modifican al mundo. Nada tan precioso y celosamente guardado como el pensamiento. Se le rechaza en vida porque se le considera eterno. Pero cuando los grandes se van, el recuerdo, casi siempre, perdura. La larga carrera hacia la fama comienza cuando la respiración se entrecorta. Entonces la muerte inmortaliza. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

Nuestros terremotos

Guillermo Fajardo
Nada más elocuente que una sacudida para verificar nuestros temores o desequilibrios. Somos síntomas de nuestro entorno, y el estornudo tectónico bajo nuestras pisadas no fue la excepción: vivimos lo que se siente ser vulnerable durante unos segundos. Los adolescentes no nos arremolinamos bajo el miedo, fruto, seguramente, de nuestra manía de minimizar los impactos de lo trágico. La vida entre los catorce y los veinticinco debería ser una comedia.
Los adultos buscaron las salidas. Afuera, el grito ancestral de lo privado se abrió: los vecinos salieron con chanclas, piyamas o celulares hablando frenéticamente. Nos miramos consternados pero con la sensación de alivio que provoca el tiempo. Maquillados de incertidumbre, nuestros próximos se volteaban a ver algo confundidos. Se escucharon unos ladridos de perros. El terremoto pasó más rápido de lo que creíamos pero más fuerte de lo que imaginamos.
Después del doloroso encuentro sismológico, la plétora de noticias inundó la televisión, perfecta amante que atempera la curiosidad, el morbo, y casi siempre las mismas ganas de esperar las mismas cosas: que el epicentro ocurrió en Guerrero; que no hay daños graves; que había que revisar que no había fugas de gas.

Hay quienes han vivido con un temblor bajo sus pies. De un tiempo acá, el escritor Juan Villoro se ha esforzado por contar con elegancia la turba de sentimientos y el miedo que desquicia a cualquiera cuando la tierra baila. Nos encontramos conectados con Chile o la India cuando la roca se mueve. Y nosotros lo sentimos: para quienes no nacimos en 1985 apenas lo intuimos con la necedad que provocan las historias y, los que sí, con la experiencia que desgarra y avitualla a la imaginación de un escape seguro. Y no hay nada más vivo y claro que la imagen de un terremoto personal, para darnos cuenta que los movimientos tectónicos también tienen algo que contar. Decimos que algo nos sacudió cuando la bienvenida a una nueva circunstancia en nuestras vidas cimbró lo que antes conocíamos. Igual que un terremoto: no es tan dolorosa la imagen de los escombros como la reconstrucción hacia lo nuevo. Nos dan miedo las sacudidas no por sus consecuencias sino por lo que despiertan en nosotros. El ser humano se esfuerza por cambiar cada vez que algún argumento o evento modifica su circunstancia: ¿para qué, sino, prometernos a iniciar una nueva relación, un nuevo libro o un nuevo propósito de fin de año? Nuestros terremotos provocan esa sensación de querer romper el círculo que nos aprisiona. Quizá la tierra también tenga sus problemas: necesita moverse de su largo sueño cósmico, necesita eructar para espantar las malas conciencias, necesita llorar para calmarse. Agradezco los días con mucho sol y poco viento. La tranquilidad que dan promueve la espera. Quedarse sentado un minuto para voltear a donde sea. El circo que ha provocado la modernidad es un síntoma de desapego hacia el presente y una notoria incapacidad para examinarlo. Los temblores nos devuelven a nuestra fase de temor primigenio, en un estado en donde no hay saciedad sino sobriedad, nunca la oportunidad de olvidarse del presente sino de marcarlo.
Se movió un poco mi ventana y supe que algo no andaba bien. Escuché pasos nerviosos, un grito que me alertó, los ojos abiertos buscando una salida, la congregación en la calle lejos de las monstruosas plazas y casas que hemos construido. La tierra dejó de moverse. Nos miramos con la esperanza de la tranquilidad y con la astucia de saberse más rápidos que los otros para moverse. Pero el bicho que nos carcomió ya había hecho su trabajo: volvimos a nuestras casas esperando la réplica que nos mantuviera vivos. Algunos la desean tanto para impulsarse hacia el presente o a un estado de vigilia constante. Será por eso que dejamos no solo las puertas abiertas de nuestras casas, sino también, y muy religiosamente, de nuestro espanto.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Cansancio

Por Guillermo Fajardo

De la extenuación priista brotó la égida de Peña Nieto que ya era necesaria de un tiempo acá: es la primera victoria del PAN y una victoria indirecta de los medios de comunicación. Moreira salió fruto de la inverosimilitud e incoherencia entre los resbalosos dichos de unidad y honestidad, y la cara asociada de la corrupción con las sentenciosas frases del partido. En realidad el nuevo PRI es un aforismo hueco, una deformidad que avanza a paso feroz. Peña Nieto es el candidato de la línea: nadie más representativo del priismo que él. A pesar de ser el hombre fuerte, sigue indicaciones; a pesar de ser la esperanza acendrada del PRI, baja la cabeza y sube la mirada hacia lo que le dicen sus colaboradores. Peña Nieto es el paradigma de lo pragmático, la ola de la inercia electoral.
Hay que mantenerse a flote: ¡qué elocuente la imagen del madero que simplemente se deja llevar por la corriente! La democracia mexicana ensillada en el caballo de la imagen. Las vivencias magistrales que cada día vemos reflejados en los acarreos electorales, cimbran el tortuoso empuje de los que sueñan con un voto informado. Seguiremos pidiendo que vengan mejores políticos pero no mejores ciudadanos. Ellos ahí están, felizmente exigiendo y durmiéndose en los laureles de la libertad civil: queremos más porque hay más de donde gastar. Incentivos perversos para una sociedad que tiene hambre de subsidios. Argumento conservador que refleja la defensa de mi posición: que se pongan a trabajar.
Y todo esto dando como resultado que, después de una presión bien encauzada y esta vez con tintes morales Moreira haya salido. No me preocupa que haya deuda, sino que el PRI no haya abierto la boca, porque el mismo efecto electoral inercial que los mantiene es el mismo que promueve su opacidad: vamos adelante, ¿para qué dar explicaciones?

Lo siguiente es investigar para domar la bestia de la impunidad. Pero los mediocres y espesos y lentos esfuerzos para el combate contra los privilegios se diluyen en cuestiones insípidas. El Gobierno Federal dando pena en cada investigación delictuosa. Una declaración cobarde por ahí, y un verso de algún vivo por allá. La tabla de flotación domina al mundo político. Expresión, ésta última, suavizada por la intrascendencia de lo inmediato: el futuro se presenta como un regalo, siempre, sin importar lo que estemos construyendo ahora. México ha fabricado, una a una, la lista de las cosas que nos importan pero que no estamos dispuestos a concretar. Políticos ladinos y sociedad hueca. Prefiero embobarme con el desencanto. Los dichos del valiente Moreira caracterizan al mexicano valiente, pero poco avezado para entender. La radicalidad y el cinismo de su discurso conforman la avería principal en el entramado democrático mexicano: la ausencia de una ética que sostenga las acciones. Estamos en las antípodas entre la modernidad en muchos aspectos y la lentitud en el plano moral. Seguro Popular para todos y un mejor sistema recaudatorio. Policías más eficaces y cambios constitucionales para mejorar la justicia. Adiós a la terminología anticuada de Garantías Individuales para aplaudirles a los Derechos Humanos.
Pero el antiácido actual más efectivo es la apatía. Escuchen el cheque en blanco que Vallejo propone para intuir lo que se avecina: ¡ciudadanos, no voten que todos son lo mismo! Vaya simpleza, vaya tontería. El fenómeno explícito de lo absurdo propuesto por un escritor premiado en la FIL. Me parece grave su propuesta porque ni compromete a anular el voto (expresión verdadera de participación) ni consigue una propuesta innovadora. Aún así, tampoco habría porque caer en la sonada repetición de que el 2012 será la gran oportunidad de México. La verdad es que todos los días lo son. Pero los seres humanos somos ávidos en comienzos cabalísticos o iniciadores marcados por una fecha en un calendario. ¿Es el 2012 la oportunidad para un reinicio o una reconducción verdaderamente democrática? No vale ni siquiera hacerse la pregunta, porque la estamos imaginando para un futuro lejano. Es inútil preguntarnos eso porque está expresada en términos probabilísticos. Todo debería ser hoy, aquí y ahora. Pero no nos hagamos ilusiones: no hay para donde voltear. Los problemas morales que aquejan al Estado son los más difíciles de soterrar porque se han anclado en lo invisible. Están en nosotros y no están. Son los fantasmas nuestros peores enemigos. Es lo intangible, nuestro enemigo más perverso. Y esto, me temo, es la pura realidad.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Simplificación

“El escollo referido se hace consistir en que el positivismo puro se presenta como aséptico, autosuficiente, ajeno a toda ideología…”

Valores éticos en la jurisprudencia fiscal mexicana, Eugenio Castellanos Malo

Introducción

Reglamentos, leyes, Constitución, excepciones, porcentajes, declaraciones anuales, visitas domiciliarias. La fragmentación de la normatividad fiscal ha provocado un desgarramiento en el intento del ciudadano común, inexperto (en palabras de Tipke) de explicarse las normas fiscales por sí mismo, teniendo que recurrir a abogados fiscalistas o contadores públicos para su correcto entendimiento. “El contribuyente ordinario no comprende las leyes fiscales que le afectan. Jo entiende el contenido de sus propias declaraciones fiscales y afirma solemnemente, según el impreso, que ha declarado verazmente, según su leal saber y entender[1].” Comúnmente se escucha en los medios de comunicación la injusticia proveniente de dos vertientes que tienen su explicación en un mismo punto nodal: la falta de moral ciudadana por no ver en el pago de impuestos mejoras sustanciales en eventos concretos, como mejores carreteras, alumbrado público o niveles de educación según la última prueba de ENLACE[2]. Esto, sin embargo, se convierte en un círculo vicioso: al no aceptar la contribución voluntaria como desarrollo, el Estado mexicano carece de ingresos y, por lo tanto, de la oportunidad de mejores opciones en infraestructura o activos intangibles para el futuro. Esto es un problema de desconfianza.

La segunda vertiente proviene de la poca capacidad del Estado (no solamente en su rama fiscal sino por la misma actividad democratizadora) para recaudar y evitar beneficios fiscales desproporcionados a los grandes conglomerados. Es simplemente imposible revisar con la misma minuciosidad a todos. Esto es un problema de eficiencia. El punto de arranque al que hicimos referencia es, nada más y nada menos, un asunto de entendimiento del porqué pagar impuestos, un asunto de moral. La inflación legislativa y las constantes enmiendas y parches a un sistema obeso, provoca que el Estado, de por sí impersonal, resulte afectado por la poca conciencia y vinculación del ciudadano al pago de impuestos. A nadie le gusta dar su dinero, esto es obvio, pero podría mejorarse la obtención de impuestos a través de un sistema amable y de leyes claras, que permitan entender y mantener el hilo comunicante entre los impuestos y un mejor desarrollo.


Klaus Tipke, en su libro “Moral tributaria del Estado y de los Contribuyentes”, al referirse a la carencia en la moral legislativa, descubre un comportamiento explicable, en parte, por la misma actividad política: la gestación de promesas para atraer el voto se ha basado en reducciones fiscales o beneficios fiscales, pero nunca en la simplificación de trámites o leyes engorrosas. Por medio de la reducción de leyes, explicaciones y encuadramientos sustanciales y mejores, se promoverá la transparencia, la declaración de impuestos sin necesidad de expertos y una mejor justicia tributaria, al engullir los complicados trámites y las leyes inentendibles. No se busca el comienzo de un nuevo lenguaje fiscal, pero sí mejores términos para zafarnos de la idea que un Derecho Fiscal o Administrativo sumamente especializado sea necesario.

2.- El impuesto sobre los tontos o la ley transparente.

Klaus Tipke señala que el impuesto sobre los tontos es, básicamente, falta de asesoramiento fiscal. ¿Cómo evitar que se vulnere, no ya el principio de capacidad económica proveniente de la ignorancia fiscal y ni siquiera el principio de igualdad, sino la capacidad fáctica, monetaria, del contribuyente frente a uno con más recursos? He ahí el meollo del asunto. Algunos pueden argüir, y con razón, la carencia del Estado en permitir a sus contribuyentes una mejor situación económica. Nos encontramos aquí en terrenos que no pisaremos: desde el principio de igualdad como manera de permitir el acceso a mejores fiscalistas hasta políticas económicas podrían darnos la respuesta. Se han escrito tratados para mejorar la capacidad económica de los habitantes de un país. Los medios con los que dispone el contribuyente tampoco han sido suficientes, pues la experiencia demuestra que pugnar frente a tribunales fiscales algún impuesto o proponer a través de nuestros representantes alguna mejora ha resultado en una tarea fallida. Lo primero debido a la solidez de un marco conceptual y jurídico muy aceptado (Klaus Tipke menciona la inmunidad de ciertos impuestos por encontrarse en los artículo 105 y 106 GG. De la Constitución alemana[3]) y lo segundo por las negociaciones políticas que la mayoría de las veces termina en una vaga, cobarde o inútil decisión.

A partir del nacimiento del Estado de Bienestar, los gastos públicos se han incrementado de manera importante: “El Estado no se concreta solamente a la seguridad interior y exterior y a la impartición de justicia; dejar de ser un Estado abstencionista, para convertirse en uno intervencionista, puesto que asume la tarea de llevar a cabo una política económica-social, planificadora y socializante[4]”. Tipke también lo menciona, “… ¿qué sucede cuando la imparcialidad en el gasto se convierte en desvergüenza; en un desvergonzado derroche de la recaudación tributaria? En la realidad, el parlamento había pasado de ser un freno, a actuar durante decenios como un motor del gasto[5]”. Así como el gasto se ha incrementado, las leyes fiscales también. Ahora tenemos un sinnúmero de normas que regulan muchos supuestos de hecho o violaciones a la norma. Esto ha contribuido a la opacidad fiscal. Aunado a esto, el lenguaje fiscal resulta poco claro.
La solución al problema reside en la simplificación. Por medio de ella el ciudadano común y corriente podrá hacer su propia declaración y, más importante, hacerla, permitiendo que el Estado se dedique a perseguir a los grandes evasores fiscales, y no tenga necesidad de distraer recursos y capital humano en la búsqueda de pequeños evasores. No se nos escapa el hecho de que el Fisco, de por sí, persigue a los grandes evasores[6].

 Aún así, sería benéfico el pago generalizado de impuestos. Además, esto permitirá que el círculo de confianza no se rompa: a mayor recaudación más impuestos y, a mayores impuestos, más desarrollo. Esto, sin embargo, no se cumple de manera inmediata: el desarrollo de un país tiene que ver con un sinnúmero de factores, y no solamente por tener más dinero que gastar. El gasto, por cierto, es otra historia: cómo se haga dependerá de la clase de personas que estén en el poder. Pero imaginemos un Estado responsable en el gasto.

Esta propuesta (la simplificación) resulta provechosa para la comprensión de todo el sistema fiscal sin necesidad de explicaciones confusas o, peor, falsas. El ciudadano que ve y entiende la legislación fiscal y sus consecuencia prácticas (nuevamente, un mejor desarrollo) paga más impuestos, pues se ven reflejados en lo concreto. Cuando entendemos de manera clara las consecuencias de un hecho, las aceptamos como lógicas: cuando entendemos el porqué de las normas fiscales, aceptaremos la recaudación. También, la simplificación fiscal y un mejor arreglo normativo harán que no se vulnere el principio de capacidad económica. Me estoy refiriendo, por supuesto, al impuesto sobre los tontos. Así, los ciudadanos evitaran pagar más de lo que les toca. Sumado a esto, la difusión por parte del Gobierno de un discurso generalizado y una cultura fiscal necesaria sería una buena estrategia para aumentar el pago de impuestos.

Hemos sido demasiado complacientes con los ciudadanos y poco comprensivos con el Estado: la riada de conductas inmorales en relación al pago de impuestos por parte de los contribuyentes prende una alerta que es necesario acallar. No es solo que las leyes deben de ser más claras: los ciudadanos deben respetar el mandato constitucional. ¿Cómo lograr esto? Una posición eclética y prudente nos diría que los resultados obtenidos de un gasto responsable contribuirán a una mejor recaudación. Es decir, el primer paso lo tiene que dar el Estado. Pero la realidad demuestra lo contrario: el sonado caso del endeudamiento del Estado de Coahuila (y otro muchos ejemplos de corrupción) nos hace dudar de un Estado honesto. La relación tiene que ser recíproca, respetando, sí, el principio de capacidad económica pero también la deuda ciudadana frente al Estado: la entrega del impuesto para diluir la responsabilidad del ente público frente a nosotros.

Conclusión

En democracia se busca la participación de todos. Antaño, un único centro de poder (el monarca) establecía los dictados que había que seguir. Ya no sucede esto. Ahora se busca la igualdad de todos ante la ley. Las propuestas hacia una recaudación eficiente han caído en oídos sordos, no solamente por parte de nuestras autoridades sino por parte de los ciudadanos. La simplificación fiscal nos ayudará a minimizar los rudos efectos de la falta de confianza y de la vulneración de la falta de capacidad. El efecto de los free riders, contribuye al desprendimiento del principio de capacidad económica y al tablado endeble que nos sostiene: los pocos pagan mucho y los muchos poco. Vivimos en un sistema fiscal parasitario y abocado a encontrar resquicios legales para una evasión legítima, sí, pero que no advierte los peligros de los beneficios fiscales, pues la equivalencia entre estos y la poca contribución no subsana las millonarias pérdidas. Si los ciudadanos, por medio de leyes claras y fáciles, entendieran que una recaudación abultada conduce a mejores resultados, la fantasía del Estado Benefactor sería una realidad. Pero el primer instrumento, como lo mencionamos, lo tiene que tocar el Estado: la moralidad de las promesas políticas y legislativas deben de residir en un espacio de responsabilidad, y no en un vacío ético que transita por caminos tersos y pueriles, o barrancos profundos y peligrosos. No se ve clara la salida, y es que la moral tributaria del Estado y de los contribuyentes sigue siendo, me temo, una ilusión: la utopía de Tipke.



[1]  Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona.
[3] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, pp. 142, 42, 47, 48, 53, 101.
[4] Compendio de Derecho Administrativo, Delgadillo Gutiérrez Luis Humberto y Espinosa Lucero Manuel, Editorial Porrúa, 2008, pp. 5-6.
[5] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 106.
[6] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 95

domingo, 27 de noviembre de 2011

Déjame te cuento algo

Por Guillermo Fajardo

Iré directo al grano: no me gustó el discurso de Vallejo en la FIL. El día de ayer tuve una discusión electrónica con un compañero el cuál veía en las palabras del escritor una pasmosa y profunda elucubración política. Yo sólo veo simpleza. Un mensaje tosco, trillado, sin una idea de fondo original. Si sus tres mandamientos llevan cargados el virus de la inteligencia que alguien me explica dónde está. Veo poco en su mensaje y mucho en su estrategia: comenzaré a leer muy pronto La virgen de los sicarios. Pero el punto toral de lo que dijo reside en que entubó y abrió la manguera para dejar escapar el líquido hacia un solo lado: no voten (¡para qué!), no se reproduzcan (no sé qué decir, ¿qué digo?) y respeta a los animales (comparando a uno con Fox). Nunca me han gustado las críticas simples, que no proponen. La alternativa a algo como propuesta es mucho mejor.
Vallejo viene a confirmarle al ciudadano de a calle lo que se respira en el aire: no vengas a votar que todos son lo mismo. ¡Vaya pensamiento del gran escritor del mundo hispano! ¡Qué elocuencia, qué delicadez, qué originalidad! Sus narraciones serán excelsas, pero le sucede lo mismo que a Fuentes: sus opiniones políticas son en extremo trasnochadas. Qué bueno que opine, vivimos en un país democrático. Qué bueno que alce la voz y critique, vivimos en un país donde se respeta la libertad de expresión. ¿Pero no votar? ¿Entonces qué hay que hacer? Es mediante el voto donde se equipara la fortuna de la libertad y la conquista de la igualdad. ¿No votar? ¿En serio? Si tenemos a los mismos gobernantes es porque el ciudadano no quiere informarse. ¿Qué me dicen que, después de saberse de la deuda de Moreira su hermano queda como Gobernador? ¿No quieren a esos gobernantes? No voten por ellos.

Si estuviera escuchando a cualquier otro ciudadano, sin un título que lo acredite como uno de los grandes escritores, no me sorprendería porque no esperaría de él más de lo que es. Pero de Vallejo sí esperaba más. No me lanzo a escribir contra él por su crítica, sino porque ésta es muy tonta, muy simple. Me pregunto qué pensaría este inquietante, inteligente y profundo hombre de estado si algún político saliera a decir que no lean. ¡Qué Dios nos agarre confesados! Vallejo califica a todos los políticos de “aprovechadores públicos”, inflamando la mente de sus lectores para arrojarse contra ellos como inquisidores que exigen ver traslúcidos a sus gobernantes: desde su vida privada hasta su rutina. Su corta pero sesuda clasificación política deja corta a la de Aristóteles: además de aprovechadores públicos tenemos… ¡atropelladores públicos! Sorprendido, busqué en todos lados pero no encontré tal definición. Algunos son despreciables, sí, pero su discurso bobo polariza lo que debería enmarcarse en el diálogo: así como la espina dorsal de la democracia no es la exclusión ni la toma de bandos, pero la inclusión y la acción centrípeta de la unión, la literatura no es el lugar de la irresponsabilidad y la locura. Vallejo está ciego. Se parece a la campaña de Xavier González Zirión cabalgando en la intolerancia al grado de decir: no tenemos empacho en decir groserías porque estamos hartos de los políticos. Nuestra posición moral como ciudadanos está por arriba de la suya como servidores públicos. Solo nosotros dictamos cátedra. Solo nosotros nos subimos al púlpito. Solo nosotros agarramos el micrófono. Solo nosotros podemos aleccionar. Estos dos genios viven pertrechados con la pandilla de los virtuosos queriendo espantar a la camarilla de los bandidos.  

Dice que el Presidente es indigno de su cargo. Otra vez lo mismo: la labor del escritor no es estar indignado sino alerta. Que proponga, a través de su narrativa, alguna u otra solución (si la tiene que alguien me lo diga y de antemano me disculpo por mi ignorancia). Pero Vallejo está cómodamente escondido tras bambalinas esperando que sus lectores le aplaudan. Será Fox un hombre despreciable, ruin y tonto. Pero no bajemos el discurso para decir que es un animal. ¿Un hombre de letras insultando a alguien de esa forma?
Para culminar sus magníficos y sabios pensamientos que, a mí, por su radicalidad y simpleza, me parece que los podría enunciar alguien de 20 años, el escritor se lanza contra la iglesia. Una de las instituciones más calumniadas por algunos porque ven en ella los resabios que fueron y los errores que son, pero no el sostén moral que a millones les da esperanza.

Tienen bastantes cosas reprochables. Demasiadas para pregonar que Dios es misericordioso. La iglesia, y hay que decirlo, es una escuela de sufrimiento terrenal. Aclaré esto para que no vayan a ladrar como perros, a sacar la lengua como víboras o cagar como cerdos (estoy imitando el lenguaje del escritor, por si no se habían dado cuenta, que en tan alta estima tiene a los animales).
Dice: La iglesia defiende un óvulo fecundado por un espermatozoide, pero sí permite que acuchillen a las vacas y a los corderos que sí tienen sistema nervioso, ahí si no levantan la palabra: si ha habido una empresa bien criminal en México es el cristianismo” Equiparar el óvulo (una futura vida humana) con una vaca es simplemente decepcionante. Esperaba más de Vallejo. Estoy realmente triste no porque sus palabras me parezcan falsas, sino porque no propone nada más. ¿En serio este debe de ser el arquetipo del escritor? ¿Pues qué pasa? Fuentes aplaudiendo a una izquierda que se desmorona, Vargas Llosa diciendo que el PRI fue la dictadura perfecta, Vallejo diciendo que todos los políticos son la misma mierda. Sigue resonando en mi cabeza el hecho fatídico de estar presenciando los albores de la estupidez, sin una propuesta que nos pueda levantar la cabeza después de la tan ansiada Revolución. Vamos a estarle aplaudiendo a los escombros, para después vivir entre ellos.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no aprendí de la vida.


Un hombre que añora a su esposa, una esposa que lamenta la chifladura de su marido, la iguana Zapata, un gato impertinente y el payaso Ronald McDonald se dan cita en esta novela, donde es difícil distinguir la realidad del delirio. A través de las más audaces técnicas narrativas, Guillermo Fajardo nos involucra en un ejercicio de imaginación que, a la manera de Murakami, no da tregua al lector, sino hasta que éste ha concluido la última página de Lo que no aprendí de la vida, un texto que anuncia a una de las promesas más firmes de la narrativa mexicana.
Gerardo Laveaga



Los últimos versos que te escribí.


Mi novela estará en la FIL de Guadalajara. La edición completa saldrá en unas semanas más.


AGAVE, narrativa joven mexicana

Colección general de narrativa para primera o segunda obra de autores mexicanos menores de 35 años, concebida como tributo y apuesta por la literatura de México que dará de qué hablar en el futuro.

5. GUILERMO FAJARDO, Los últimos versos que te escribí

Primera edición: octubre de 2011, 220 ejemplares.
Imagen de portada: ©Anatoly Repin.
Formación editorial: Irma Martínez Hidalgo.
Número de páginas: 260.
Ejemplares en la FIL: 20.
Precio de lista: 180 pesos.
Precio en la FIL: 125 pesos.


Un seminarista vuelve de Roma a la ciudad de México para asistir al sepelio de su padre y para reencontrarse con un pasado que le deparará terribles sorpresas. Así da inicio este entramado complejo de re­flexiones sobre Dios y la vocación política, el oportunismo cínico, las clases sociales, el amor, las contradicciones de la existencia, el destino. En “Los últimos versos que te escribí” van entrando una tras otra las sorpresas: la mujer que el seminarista alguna vez amó y a la que todavía ama se ha convertido en prostituta; el padre del muchacho le ha dejado como herencia una casa en Cuernavaca y el negocio que ha sido el secreto y más firme pilar de la desahogada posición social y económica de la familia: dos casas de citas. Y luego, varios amigos –entre ellos su antigua novia (y ahora prostituta)- y la que fuera su maestra de filosofía, son parte de una red de intereses destinada a descubrir el destino y la localización de un misterioso documento; y su verdadera madre, perdida, está encerrada en una horrenda y misteriosa cárcel debido al insulto proferido al presidente de la República, y a que su ambiciosa abuela teme que sus perniciosas ideas liberales puedan contagiar a su bondadoso hijo. En cuanto al misteriosísimo documento que tantas desgracias provoca, ¿qué contiene? De verdad sorprende averiguarlo…

domingo, 20 de noviembre de 2011

Improvisación

Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque.
En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y  las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.

Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI.  La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Alguien tenía que decirlo?

Por Guillermo Fajardo

“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.

Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.