domingo, 27 de febrero de 2011

Tu nombre en el silencio.

Por Guillermo Fajardo
“Tu nombre en el silencio”, de José María Pérez Gay, es una novela que todo aquel que crea en las utopías debe de leer: en efecto, el libro es un recuento de los años en donde las ideas de igualdad alcanzaron su punto álgido de difusión; en donde en el Berlín de la guerra fría se vivió una época de intensa discusión en torno al ideal socialista y también en torno a sus propias contradicciones y a sus sueños que, hasta hoy, nos parecen reveladores y, desde la óptica del realista, imposibles. Los personajes, tres estudiantes latinoamericanos, viven atrapados entre la incertidumbre de un futuro poco amable y la imagen de un pasado en sus respectivos países que no luce nada prometedor. Fueron años de intenso movimiento político, de esperanzas que renovaron el espíritu combativo de sus participantes, y de sueños edénicos creados para contraer al mundo en uno solo: un planeta en donde la justicia se respire, se abrace y se enaltezca.
Sin embargo, la izquierda radical, sanguinaria, violenta, heroica, revolucionaria y sobre todo, mal entendida, emergió de la bruma y asaltó a todos: en nombre de la igualdad despojó de razón a la Utopía y la convirtió en un ser amorfo y lleno de ambivalencias. A pesar de esto, tal ser, creado desde la ilusión juvenil de querer cambiarlo todo, tuvo resultados: las izquierdas modernas de algunos países europeos son la sana consagración de que tal lucha no fue del todo inútil. La novela es una gigante discusión en torno a la mejor manera de gobernar; a través de sus páginas encontramos decenas de profesores, filósofos, intelectuales y estudiantes con nombres que se olvidan, pero cuya estampa y presencia se tatúan, indelebles, en el debate.

“La lucha de clases es una guerra: uno de los dos contendientes debe de morir”. Ese es el grito de guerra de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, cuyo líder, Rudy Dutchske, está convencido que la mejor manera de llenar las promesas del ideal socialista es atar los cabos sueltos que el capitalismo no ha podido hilar: conflagración revolucionaria, los estudiantes no se limitan a execrar las acciones o declaraciones que emanen de cualquier actor que consideren enemigo, sino que ir a la calle y actuar en nombre del Ideal es poner su nombre en la lista de posibles santos. No se dan cuenta que la injusticia, la intolerancia y el sanguinario corte de la guerra de Vietnam, enemigos contra los que tanto combaten, se transformaron en características necesarias de su propio movimiento.
Pérez Gay entiende esto e intenta revertir la aplastante cantidad de argumentos a favor del ideal socialista a través de la voz de su personaje principal, Ernesto Cardona, pero éste, por supuesto, se queda corto.
Los adeptos al movimiento nunca dejaron de creer. Las fuerzas que intentaron impulsar ese cambio sirvieron como punto de partida a los futuros soñadores; y si aquella desmesura se logró sabotear a sí misma, fue porque nunca alcanzó el diálogo que le hubiera permitido abrir un canal de desahogo para todos, una escalera con la que hubieran podido encumbrarse en el plano de la necesidad. Los altos vuelos de los estudiantes de la Federación impidieron toda aspiración y frustraron el movimiento: los repelieron con la misma intolerancia que ellos usaron, expresión primeriza del miedo; gestación peligrosa de auténtica división.

No hay comentarios:

Publicar un comentario