Por Guillermo Fajardo.
Cínico, decadente, realista, incisivo. Esa es la escritura de Guillermo Fadanelli. Acercarnos a sus novelas es una invitación a entrar al infierno de la vida: a veces parece que estamos leyendo una crónica acerca de cómo el hombre vive jodido, babeando por obtener, añorando por trascender. Las mujeres son, en Fadanelli, puntos de inflexión en la narración en donde cada una de ellas es deseada pero nunca alcanzada, conquistada o derrotada. Ellas, siempre indiferentes en sus novelas, son seres ambivalentes: por un lado deseables y exquisitas, por otro, inalcanzables y hasta culeras (Eduarda, en Lodo, es un ejemplo de esto).
“No les pido más a las mujeres, sólo inclinarse una vez cada día para despojarme de mis zapatos cuando estoy cansado. Hasta entonces será posible hablar de dignidad”.
Pero algo le falta a la última novela de Fadanelli. La historia se esconde tras la niebla, tras bambalinas, como si el verdadero secreto de la narración (su ropa interior o mejor aún, su desnudez) se encontrase en otra parte. Algo pasa en el Hotel Isabel. Sí, sin duda: solamente que el lector no lo alcanza a asir. El autor sigue soltando frases rebeldes que nos conducen a leerlo siempre atentos, con pluma en mano. No tiene empachos en mostrar los deseos turbios pero nimios de cualquiera, por ejemplo: “No bromeo, aquí hay muchos que desearían ser el rey de las cucarachas. Las personas no entienden la democracia, no saben qué es eso. Los aztecas no se han marchado, siguen bebiendo sangre, comiendo tortillas, deseando el regreso de su emperador”. A todo aquel que busque dentro de una novela destellos reales que nos remitan a lo que sucede allá afuera, sin duda Fadanelli colmará sus deseos. Sin embargo, y volviendo a la novela, esta se queda corta en la historia misma: hay algo que no consigue empujar al lector a preguntarse qué es lo que hay detrás del Hotel Isabel. El manejo de los diálogos de algunos personajes, especialmente del alemán Wimer, no me parece creíble. El encuentro entre los personajes, tampoco. Sucede que a veces parece como si a Fadanelli no se le hubiese ocurrido encuentros más normales. ¿Qué decir cuando un vendedor de dulces se nos acerca a decirnos qué él es un conservador? ¿Cómo seguir la conversación cuando tienes enfrente a una banda argentina de hippies congraciados? Viene a la memoria “La región más transparente”, de Carlos Fuentes. Ambas novelas retratan lo que es vivir en el Distrito Federal. Ambas, sanos ejercicios que buscan aprehender lo que es el monstruo. Robert Pliego escribió para “Nexos” que, “Ya no habitamos la región más transparente, ya no, por fin”. Si bien la novela de Fuentes puede haberse quedado en el pasado, en el sentido de que el lector actual ya no se identifica con muchas de sus referencias o incluso con los mismo diálogos, la novela de Fadanelli no retrata, ni por mucho, lo que es vivir en el D.F: no todos son ladrones, cocainómanos, o una bola de jodidos. Exagera Fadanelli. Exagera, claro, si su pretensión era esa. No hace referencia al tráfico, aunque el lugar donde se sitúa la novela es emblemático de por sí, y una buena decisión para acompañar la narrativa: el Centro Histórico. Lo que el autor sigue haciendo magníficamente es invitarnos a descubrir hasta dónde puede llegar nuestro cinismo y sinrazón: amanecer borracho, después de inhalar cocaína en un Hotel barato es síntoma de que algo va mal con nosotros. Entonces Fadanelli saca su varita mágica y retrata todo como algo normal, incluso deseable. Sexo, encuentros extraños, sobrenombres anormales, extranjeros enloquecidos, crimen a donde uno voltee, un artista en decadencia, un actor de comerciales en picada. Todos confluyen en una novela salvaje, loca, que exuda un valemadrismo que ya es sintomático en sus novelas. Es Fadanelli en su madurez, aunque no en su máxima expresión.

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