domingo, 27 de febrero de 2011

Los juegos del ya casi

Por Guillermo Fajardo
Quizá lo que le falta al equipo mexicano es suerte. No es que yo logre intuir de alguna forma secreta que esa odiosa palabra sea lo que nos falta en nuestro vocabulario futbolístico, sino que la traigo a colación porque me he quedado sin otra explicación. Desde Uruguay 1930 a Sudáfrica 2010 el equipo mexicano no ha logrado convertirse en un modelo autónomo de equipo exitoso, que no depende de figuras que van desde grandes porteros como “La Tota” Carbajal; grandes delanteros como Hugo Sánchez o grandes defensas como Rafael Márquez. Si bien es cierto que todos los equipos las tienen, también es verdad que deben aprender a jugar sin ellas. Hemos pasado de goleadas espeluznantes (el 6-0 contra Alemania en Argentina 78’) a desilusiones monumentales (el 2-0 contra Estados Unidos en Corea-Japón 2002).

Está bien, me retracto: la suerte como factor decisivo es un argumento pueril y menso. Basta recordar el gol de Luis Hernández a los 94’ minutos ante Holanda para darnos cuenta que también nosotros hemos gozado de ella. Debe de ser otra cosa. Quizá la impuntualidad, como escribe Villoro; o el miedo a “trascender” como una bola de psicólogos explican. Pero si es el miedo a trascender, no se explica porque México, a pesar de tener un buen número de jugadores europeos que en sus equipos han sido titulares indiscutibles, se quedó estancado nuevamente. Tal vez sean las malas convocatorias, siendo esta última una de las más criticadas y también de la que menos explicaciones hemos tenido. Es innegable que un equipo con malos jugadores, o jugadores que no están “en su mejor nivel” imaginará que gana los partidos sin realmente ganarlos: incluso en el sueño la tarea parece imposible, y es que el único efecto que provoca una mala convocatoria es el país que se emociona para después descubrir que el once ideal debería estar sometido a un consenso más amplio. Aunque eso tampoco explica el fracaso, pues Francia, teniendo un buen conjunto, no pasó siquiera la primera ronda en este Mundial. Tiene que ser, definitivamente, otra cosa: los mexicanos no tienen la habilidad para burlar de los argentinos ni de los brasileños. Es mundialmente sabido que si los argentinos tienen delanteros de gran clase, los brasileños esconden la pelota hasta que el próximo chasquido de dedos la aparece en la red. Pero si eso fuera cierto no se explicaría como los alemanes, con un futbol muy ordenado, cuadrado y esquemático hasta los dientes, han logrado ganar mundiales. O quizá a los mexicanos les falte la magia de los brasileños, el orden de los alemanes y los delanteros argentinos. Pero si eso fuera cierto no se explicaría como España, actual campeón del mundo, logró ganar la Eurocopa y después el Mundial. Podría ser que no nos falte nada, y que en realidad los mexicanos pierdan “sin querer queriendo”. Lo cierto es que nadie ha podido acertar a conseguir una solución que minimice los perversos efectos de ser considerado un país con bastante potencial, que sin embargo le falta algo en el último momento. Basta darnos cuenta que esto es un síntoma que no solo le ocurre al equipo mexicano, sino al país entero. Vistos como potencias en desarrollo, México añora con quitarse la anestesia.  Alguna vez López Portillo mencionó que había que “administrar la riqueza”. Esto implica no solo saber repartirla, sino aprender a gastarla. Algo similar le sucede al equipo mexicano: tenemos una generación única de jugadores que debemos de aprender a “gastar” en los mejores equipos europeos. España podría enseñarnos de esto. El futbolista español nace en un país en donde no existe la suerte de ser un exitoso deportista: es sólo una construcción natural de su trabajo; en México, en cambio, la suerte es echada de menos para empezar a trabajar. Quizá a México le falte todo, o tal vez no le falta nada. Vaya usted a saber.

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