Por Guillermo Fajardo
Un hogar no es solamente un lugar físico construido a partir del deseo de construir un patrimonio. Tampoco es solo la manifestación de un ostensible poder adquisitivo largamente soñado y finalmente expresado en esa construcción. Un hogar puede ser invisible. Puede constituir deseos y estar cercado de siniestros fenómenos largamente soñados. El recuerdo puede ser un refugio. La felicidad, otro. El poder también. Hay personajes que sueñan con esto día a día. El ex presidente Salinas es uno de ellos: obsesionado por mantenerlo, desea, añora y analiza cada resquicio y rescoldo del mismo, porque la preservación del poder implica jugar con él, ser nuevamente quién ordenada, manda y dictamina hacer las cosas. No hay retorno porque no hay razón para regresar. Obsesionado con limpiar su nombre, es a través de personajes que buscan devolverle el favor como él cree que puede hacerlo. Es como si Salinas tuviese una visión muy maniquea de la política, casi a la altura de lo que Schmitt decía era ésta, en donde claramente se distinguían dos bandos: amigos y enemigos, no más. Si recibe un golpe está dispuesto a devolverlo. No hay tensión: hay guerra. No hay silencio: hay debate. El ex presidente se deja ver acompañado de Peña Nieto o Santiago Creel. Sale en la portada de la revista “Quién”. Sigue teniendo amigos en los que respaldarse: María de los Ángeles Moreno o Francisco Rojas. Hábil político, Salinas construyó su salida con la inteligencia de un práctico. Culpa a Zedillo de la devaluación de la moneda; opina acerca de las coaliciones PAN-PRD; escribe libros. Todo lo que sabemos de Salinas son rumores: “se dice qué...” es la frase favorita de los conspiracioncitas que ven en el ex presidente una mano que sigue pensando las jugadas, pero no ejecutándolas. Si acuden a él no es por ser ex presidente, sino porque es Salinas; no por ser polémico, sino por práctico. No caeré en el trillado pensamiento de que su sexenio fue un fracaso. Quizá ninguno lo sea. En seis años es poco lo que se puede hacer. Es la interconexión de programas, instituciones y actores políticos lo que provoca un chispazo de genialidad que pueda encender la máquina mexicana. Atribuirle a un solo nombre el universo de las desgracias es auspiciar la idiotez como si fuera un síntoma de lucidez. Pero no hay que caer en digresiones: Salinas sigue creyendo en el futuro. En su futuro. No hay que sorprendernos si escribe otro libro, defendiendo su posición y asegurándose de criticar hasta la fibra más íntima de las decisiones políticas que se toman. Quiere tomar los huesos del PRI y hacer del partido su cadáver, su obsesión. La monomanía por la idea del poder se ha traducido en un solo nombre: Enrique Peña Nieto. A este no le importa en lo más mínimo salir a su lado: ya se siente Presidente. Y Salinas aplaude, se divierte, sonríe, acaba, empieza, da, saluda. Sabe que este presente es efímero. 2012 determinará si los mexicanos lo recordarán como una pieza fundamental de la democracia, o como un tirano dictador. Porque después se recluirá en una habitación el resto de sus días. Porque si consigue su cometido no volveremos a saber de él. Porque a Salinas le interesa verse bien acompañado; inspirar confianza; ser reconocido; voltear las encuestas: Proceso asegura que Maerker citó una encuesta en donde 62% de los mexicanos tienen una opinión desfavorable de él. Quiere tocar la puerta de su casa para pensar, analizar: y es que un hogar no es solamente un lugar que nos espera después de un largo viaje; no es solo un depósito de recuerdos o un escondrijo seguro. Un hogar es donde se preparan las ideas, donde se nutren los conceptos, donde se elige el atuendo ideal para el campo de batalla. Donde esperamos.

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