domingo, 27 de febrero de 2011

Divas

Divas
La fotografía captura el momento en su imagen prístina y única, su originalidad no tiene precedentes porque al momento de la toma la imagen se entroniza a sí misma como modelo único en el universo. En México una fotografía bien tomada acerca al mexicano apartado a su país; al extranjero, abocado hacia la fascinación de la moda tercermundista, la imagen lo conmueve y lo indigna a la vez, pues tiene que aceptar nuestra realidad: se da golpes de pecho y abraza adolorido a México con un aspaviento que sin reservas podemos calificar de hipócrita. Depende de la fotografía. Una vedette en blanco y negro, a color o difuminada puede servir como acceso paulatino para entrar de lleno a la imaginación y al mundo sexual. Un traga fuegos puede servirnos de punto de referencia para ubicarnos en el mapa mundial. Un “río de aguas diáfanas” puede despertar en nosotros la imagen llamativa y por de más famosa de Macondo. Una diva es diferente. A propósito de ellas Carlos Monsiváis escribe: ¿”Que le proponen las divas a su público femenino? Lo que su nombre indica: la sacralización del papel de la mujer, la resignación activa que quiere trascender acudiendo a gestos de agonía, vestidos sueltos o escotados…”  La fotografía de la diva no necesita evocar un tiempo y un lugar porque ella misma es su tiempo y su lugar. La diva fotografiada le permite acceder al más limitado a un teatro de sueños en donde ella preside cada rincón, iluminándolo todo. Los discursos más elocuentes no bastan para comprenderla, siquiera para acceder a ella o a su entorno: es como si ella buscase la explotación de nuestros sentidos a través de los suyos: es como si la pudiéramos oler y acaso – para los más atrevidos- tocar. Depende de la fotografía. Algunas pueden despertar en nosotros pasión, deseo e incomprensión ante una imagen y una belleza duradera, exótica, totalmente femenina, gobernadora de esa visión divinizada de lo que es la mujer perpetuada por el cine, por la sociedad y por ellas mismas. Puestas en la cima del mundo la diva es objeto de culto; cuando la imaginas en tu vida el viaje iniciático hacia su conquista dura ocho horas: despertar es un cruel regalo de la naturaleza. En la gramática del sueño, el “yo era…” nos lleva de la mano por el inequívoco camino que conduce al deseo, al reconocer que fuimos amantes o héroes, Quijotes de una Dulcinea lejanísima, donde su voz juega parte activa de la imaginación: poner palabras en su boca es un juego provocativo y divertido, ajeno a cualquier despertar en una habitación limitada por cuatro paredes. Nos dice Monsiváis: “Ellas exteriorizan, para conocer su alcance y su autenticidad, las pasiones ignoradas o suprimidas”. Si la vedette despierta en el poeta versos eróticos, la diva pospone el deseo, para que la fuerza centrípeta de la inspiración desvíe los bienintencionados modales impresos con tinta indeleble en nuestra niñez: “con ellas bien educado, bien peinado, bien vestido…”  para dar paso a nuevas palabras, más valientes, que configurarán un nuevo futuro: “aférrate, atrévete, conquístala…”

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