viernes, 18 de marzo de 2011

¿Y el país, pendejos?

Por Guillermo Fajardo.
“Hay pesadillas que comienzan al despertar”.
Florestán.
En las comparecencias de Javier Lozano y Genaro García Luna la plétora de ofensas fue abrumadora; las propuestas de los diputados casi nulas y la sintomática fiebre de no decir nada diciéndolo, se presentaron como si la mal pintada casa de la democracia necesitara solo unos cuantos brochazos para quedar como nueva. El título viene a propósito por una editorial que Roberta Garza escribió para la revista Milenio. En aquella ocasión, recuerda, los insultos hacia Agustín Carstens y Fernando Gómez Mont no se hicieron esperar, como si la imaginación de los diputados girara en torno a cuestiones tan nimias como un discurso hueco y unas ideas pueriles que rayan en la sincronía de la estupidez y la sinrazón.
La semana pasada un grupo de estudiantes, al parecer liderados por un profesor, corrieron a Francisco Labastida como si se tratara de un criminal. La UNAM, nuevamente, nos da una visión de lo que es y de lo que se ha perdido. La Universidad parece ser la luz de un nuevo foco puesto a propósito: la intolerancia, la clausura del librepensamiento, la confusión de los reaccionarios al identificar al “neoliberalismo” y a la derecha como aliados de un demonio que a todos nos abruma y nos atropella.
El nuevo Presidente del PRI, con una bipolaridad exclusiva de los niños, ataca a todo el Gabinete para después tocar música de iglesia: en ese sentido, las palabras no son símbolos estáticos que se van al basurero del olvido sino una modificación exacta que tiene un resultado palpable en el mundo. El discurso es un bien público, los insultos también. El depósito sobre el que le recrimino al Presidente del PRI su falta de coherencia no es la libertad de expresión, sino lo ilógico de sus posturas.
Al senador Beltrones le molestó que Hacienda hiciera observaciones a su propuesta fiscal. Quizá pensó que por trabajarla durante, dicen, 18 meses, la propuesta pasaría suave, igual que el viento. Acusó al Gobierno de no saber hacer cuentas. También, que el Secretario de Hacienda dijo que con seis mil pesos es posible llevar a sus hijos a Disneylandia. Que quisiera enfrentar a estos economistas “cuentachiles”. Si este será el tono del Senador y si esta la información que maneja, me parece que la reforma fiscal no será una cuestión de fondo, sino de una actividad política concentrada en manifestar su hartazgo frente al enemigo.

La fe ciega de nuestros diputados, la soberbia inusitada del PRI, los muertos de la estrategia contra la inseguridad, la reacción increíble y hasta boba de los universitarios y las apariencias como forma de camuflaje nos llevan de la mano a una junta de ideales imposibles. No asistiremos a la muerte de la patria sino a su permanente estado de coma. El problema no radica en el homicidio premeditado de una democracia floja que camina en la oscuridad. Tampoco en abrir la llaga del pasado y examinar sus error. El centro sobre el que radica todo es la falta de decencia, de buenas costumbres, de buenos modales, de inteligencia. Es una estupidez creer que la varita mágica del voto hará cambiar las actitudes de nuestros gobernantes. El valemadrismo recrudece la escena política: nadie los contiene. La mejor forma de participación es la espontánea, aquella en donde el camino a seguir no está bien trazado y es más bien sinuoso. Es ahí donde entran los obreros que pavimentan y obliteran la costumbre de olvidarse, la indiferencia de no conocerse a sí mismos, el arrobamiento ante figuras de cristal, la política de disculparse y sonreír. En México se confunde el sarcasmo con la experiencia; la sacrosanta verborrea con la retórica bien medida; la obsesión con el poder por las apariencias modestas de contribuir al cambio; la depredación del ideal político con la supuesta necesidad de hacerlo. No necesitamos diputados que alcen la mano; tampoco senadores caprichosos; menos Gobernadores cuyos reinos son similares a casas cuya única luz proviene de una lámpara que ellos manejan. Basta de accesos de empañar el vidrio de los ciudadanos. Basta de gasificar las reacciones químicas de la confrontación y la abulia del discurso para que las olvidemos sin más. Una ciudadanía con memoria es una ciudadanía exigente. Un gobernante hinchado de gloria una estatua temporal de sal. ¿Cuándo descubriremos que los adversarios no son enemigos sino constructores que utilizan otros materiales? ¿Cuándo que el debate contribuye a la formación y no a la aniquilación de una forma de pensamiento? ¿Cuándo que los demagogos están más cerca de la asociación entre discurso y mentira?  ¿Y el país, pendejos? Está podrido.
Igual que el amante despechado que disimula su desgracia con una sonrisa ante el sonido de una puerta que se cierra y unos pasos que se alejan.

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