Por Guillermo Fajardo
El PRI está aprendiendo de sus errores. O más bien de su único error: la división interna. Las migajas que el pasado dejó las lograron rastrear y eliminar. Moreira fue elegido sin problemas. Igual que Eruviel. Cabe ahora preguntarnos si esto es suficiente. Toda política bien planeada no resulta corregida, ampliada y expresada desde un cuarto obscuro: es la pregunta que el partido le hace a la ciudadanía o, al menos, a sus militantes. Los ganadores en política se verifican ya no porque prometen lo que los demás imaginan o consideran imposible sino por una buena imagen y una especie de halo muy básico de una opinión que generalmente es esquizofrénica pero, en el caso del candidato ganador, medianamente regular. Promesas de cartón: es la seducción y el embelesamiento por la democracia lo que causa tantas frustraciones. El partido que comente sus éxitos más que descalificar a los otros será más atractivo. Eruviel cumplió 70 de los 74 compromisos que firmó. Está preparado y no es, dicen, del Grupo Atlacomulco. Primera decisión inteligente que se le va a atribuir a un hombre que no lo es. No eligió, parece, al más cercano sino al mejor. En el horizonte del PRI no hay turbulencia y sí, en cambio, en el del PAN y el PRD: los cimientos de ambos partidos están frágiles o a lo mucho mal presentados frente a todos. Por parte del PRD la ambivalencia en su dirigencia ya los desunió otra vez. La gran plaga, la bacteria que corroe, la enfermedad que los caracteriza se llama Andrés Manuel López Obrador. Él no es producto de la buena política sino de la imaginación y la megalomanía. De la obsesión por un puesto que ya no busca sino pide. De un discurso atorado pero vivo. Sus seguidores son fanáticos aturdidos por perder votos. Su proyecto de Nación, algo que vive adherido al pasado. En el PAN no hay nada: ni popularidad ni un camino claro a seguir. Josefina Vázquez Mota, quizá la única que pudiera combatir a los priistas, está empecinada en salir a buscar la Presidencia. La aspiración, ¡vamos! es legítima. Se trata de una mujer preparada que ha sabido enfrentarse a Elba Esther, que tiene experiencia y seguidores. Ella es la mina de oro del PAN para ganar el Estado de México. Pero no quiere: parece que el camino recorrido alguna vez por Calderón le hace sentirse segura que podrá ser candidata de su partido en el 2012. Y mientras la luz que arrojan estos dos es tenue y tímida, las letras del PRI son áureas y aplaudidas, más por los errores del Gobierno Federal y la división del PRD que de sus propios aciertos: Peña Nieto, si bien el más popular, es también un muñeco frágil, y el estado de México, uno difícil; Beltrones perdiendo capital político por la soberbia de creer que su reforma pasaría fácil como el agua; Ulises Ruiz, Mario Marín y Fidel Herrera aún en el radar y en la corta memoria de los mexicanos. Son el partido con los dirigentes más conocidos pero menos queridos. Si el PRI aspira a convencer que comience a depurar: en ese sentido la elección de Eruviel como candidato es un sano ejercicio de razón. No olvidemos que el PAN tiene, a contrario del PRI, funcionarios poco conocidos pero efectivos, que no han demostrado su capacidad en parte por no ser mediáticos: Cordero, Elvira, Meade, Pérez-Jacome. La verdadera explosión vendrá en 2012. Las campañas serán de desprestigio más que de encumbramiento personal. Peña Nieto se presentará como el candidato más popular y un producto fácilmente atractivo, vendible; Cordero como el candidato de la recuperación económica y de la moderación; Ebrard como un buen dirigente, con un proyecto de ciudad moderno y segura, en parte a la fragmentación de la violencia fuera del centro del país; y AMLO como el Mesías que siempre ha querido ser. Si nos atenemos a lo que vemos, entonces los tricolores serán los más atizados por los demás partidos; los panistas los más señalados por la inexperiencia; a los perredistas se les dará un trato indiferente, en parte porque aún no pueden, siquiera, limpiarse el lodo. Nada está dicho aunque es posible advertir destellos de un futuro político avivados por las descalificaciones y el aumento de la polarización entre partidos. Y luego viene, entonces, la clave de todo: al interior de ellos. Curiosamente, el partido con menos candidatos es el partido que puede salir bien librado: debido a la presencia de Calderón dentro del PAN puede concertarse un candidato de unidad. Las batallas en el PRI (Peña Nieto- Beltrones) y dentro del PRD (AMLO- Ebrard) pueden ser motivo de disolución. El partido que pretenda ganar debe situarse en la esfera ciudadana y combatir la irregularidad de las promesas; convencer a través de hilos comunicantes de éxitos y parangonar sus fracasos con el futuro pintado, ahora sí, de una nueva esperanza.
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