domingo, 13 de marzo de 2011

Crónica del sueño posible

Por Guillermo Fajardo
Tiene ya tiempo desde que Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda presentaron en la revista “Nexos” su ensayo “Un futuro para México”. En él, aceptaron el peso del pasado; la necesidad de una policía nacional única; cambiar la poca participación en las elecciones. Nos dieron a entender que el sedimento básico de todo país que aspira a la trascendencia y a la fascinación por cambiar de pavimento es la convocatoria, no como forma de buscar el protagonismo, sino como una primera bocanada de fe. No es a encontrar una fórmula perfecta de democracia hacia donde nos debemos abocar y tampoco en obsesionarnos con manifestar nuestro malestar castigando al partido político en turno. Es decir, que el tufo del castigo electoral comienza a dejar ese olor afrutado para dar paso a uno más caduco, viejo, rancio. Un ideal, según Sartori, “puede ser definido como un estado de cosas deseables que nunca coincide con un estados de cosas existentes”. ¿Y qué sector generacional tiene, generalmente, estos ideales? Los jóvenes. México es un país con un corazón gigante, pero al que le faltan las venas adecuadas para canalizar de forma correcta toda la sangre: no le falta oxígeno, le falta respirar; no es que le falten instrumentos, sino un director de orquesta. Nosotros somos las venas. Frente a la apatía de formas que la promueven, la inmensa y correcta participación; bajo el contumaz y desvergonzado aparato individualista, la sana máquina de la colectividad. Es tiempo de corroer las barreras de la prisión invisible y acabar con el inmisericorde salto hacia la injusticia. Es solamente mediante la participación que podemos frenar el ácido que disuelve la estructura social de alzar la voz y apuntar hacia el cielo.
Algo huele mal, lo presentimos. Silva Herzog también: “la democracia se empeña en ofrecer lo que no cumple”. Quizá exagere. Habría que añadir que no puede hacerlo. Porque hay tantas demandas como personas; esperanzas como soñadores. En las encuestas también hay algo que no cuadra. No nos toman en cuenta. Somos la masa silenciosa que no demuestra el músculo en los números. Somos las sombras intangibles y aglutinantes que sólo se escuchan de vez en cuando. Poco a poco, conforme se acerca nuestro momento, vamos adquiriendo más participación y generando ideas, vociferando malestares y resquemores de antaño, exigiendo que nos concentremos en lo necesario. Ni falta nos hace alabar los sainetes para encumbrar nuestra posición, tampoco excitar a los poderosos para que nos volteen a ver. La participación es una conducta que no busca dejar migajas en el camino ni rescoldos que muten en monstruos ni voces que se silencien. La tarea de los jóvenes no es caer en el lugar común de allegarse de ideales para ponerlos en práctica, sino de exigirlos. No rasgarnos las vestiduras, sino de adquirir posiciones críticas. No de ser elocuentes, sino propositivos.
“Tú nombre en el silencio”; de José María Pérez Gay, es un ejemplo perfecto dentro de la literatura para entender lo que es ser joven: un revolucionario. Ahora que México se acerca a la elección presidencial, no podemos atender a ser nosotros los que únicamente promuevan nuestros miedos para transformarlos, nuestros gestos de desesperación para eliminarlos, nuestra desconfianza para abatirla: hay que contagiarlos. Pasar la voz. Extender la mano. Firmar el decálogo de cosas necesarias: participación, nuevas voces, juventud participativa, nuevos bríos. Los grandes movimientos son manifestaciones de un retrato que no coincide con lo que vemos en la imaginación y mucho menos en la realidad: propongo plantar las semillas. La participación aún espera su turno: alfaguara de oportunidad. Creo que es momento de cederle el paso.

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