Por Guillermo Fajardo.
¿Para qué ser político sino para intensificar y mejorar cualquier percepción desde la retórica? El discurso de Humberto Moreira estuvo plagado de un sinfín de repeticiones que, en vez de contribuir a formar un ejercicio crítico y bien cimentado de revolución, se quedó estancado en la bienintencionada pero débil costumbre de aludir a los lugares comunes para salir de un embrollo rápidamente. Parece que al nuevo Presidente del PRI le pareció mejor la mediocridad del discurso al arroje necesario hacia la valentía de algo fresco, que no aluda necesariamente a conceptos generalísimos donde el azúcar de las promesas de equidad, democracia y justicia pasaron a mejor vida porque, ápteras, se dirigen en el contexto general del discurso hacia una sola cosa: “y para que lo escuchen bien desde ahora: en el 2012 el PRI va a ganar la Presidencia de la República”. Durante buena parte del discurso mandó saludos a los Gobernadores. Aplaudió sus avances económicos, en justicia social, libertad, transformación: adjetivos vacuos, manchados de la lujosa carga de ser perfectos para pronunciar, pero difíciles de mantener en la práctica. No hubo profundidad porque resulta complicada de adquirir, imaginar, asir. Nuevamente, al PRI le faltó humildad. Discursos atávicos que podríamos confundir con fardos que vienen desde la Revolución. “Inteligencia política y sensibilidad social”: nada nuevo bajo el sol. No es ni siquiera demagogia porque ésta apela a la emoción, no es tampoco un discurso cargado de razón: es un trámite que tuvo que cumplir para tomar protesta. Punto. No hubo modernidad. No hubo ideas. Hay una única obsesión que no han logrado canalizar de manera sensible sino de manera abrupta, súbita, como si jugaran con ella: la Presidencia. Como si la tuvieran al alcance de la mano que dio, modificó y sí, incluyó: nadie puede negar que el PRI de aquellos 70 años logró el México que somos ahora. Bueno o malo. Pero eso no es tema de este artículo. Hasta hace unas semanas atacaba con furia a los miembros del Gabinete. Ahora, repasa con suavidad y bondad las palabras hermosas del abecedario. ¿Qué sucedió con el rebelde, el insumiso, el indómito Moreira? Ahora tenemos a un idealista. Frente a nosotros se transformó en algo mejor que un santo. Sobra decir que el recinto se llenó: Querétaro, donde se planeó la Independencia, fue el mejor lugar para imaginar cómo será el 2012; vamos a regresar, a como dé lugar: nunca es tarde cuando el amor es bueno. “No es a ningún pasado que esta generación del PRI pretende volver. Quienes quieren volver al pasado son los conservadores que defienden privilegios y atentan contra el Estado laico”. Si por ellos fuera, habrían mantenido intacto el pasado: bajo las formas de la democracia, se asomaban, discretos, los autoritarios: nunca imaginaron ser oposición. Y ahí estaba “un globo hinchado en un mercado de alfileres” como tuvo a bien decir Silva Herzog, Enrique Peña Nieto. Nuestro próximo Presidente. El que no ha sido expuesto. El que sonríe y derrota problemas. El que luce cansado después del trabajo. El que exuda popularidad. El que bajo las tiernas palabras de Moreira ganará el 2012 sin duda alguna. El joven abogado bien peinado que se esconde tras bastidores para salir bien maquillado de una fuente interminable de mentiras, de equilibrios frágiles, de sumisiones necesarias, de abúlicos discursos, de falsas promesas. Y Moreira, el que va a catapultar a Enrique.
No digo que debía de ser un discurso revelador, lleno de ideologías y que emocionara a todos. Simplemente esperaba más de Moreira como simplemente esperaba más del PRI.
“Muchas familias, miles de familias, están perdiendo la esperanza”. No se da cuenta que la esperanza, derrotada como está, sirve para animar al pasado a regresar desde la imaginación: “cuando había esperanza”. México ya no necesita eso: requiere de acciones concretas y no del apapacho predecible de alguien que a ratos es perro de pelea y después capullo en proceso de transformación; de un foco popular alrededor del cual pululan y bullen los desinformados; de un partido que aún vive en Los Pinos aunque ya se fue; de un doloroso parto para la patria: la caída absoluta del discurso, el regreso del “mejor partido de México”.
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