Por Guillermo Fajardo.
Moreira salió derrotado de su propio argumento: habló de las alianzas y confundió la realidad política con las cuestiones ideológicas. De reproducir el argumento y hacerlo faro que guía nuestro entendimiento, caeríamos en la posición tan absurda de decir que solamente los partidos con políticas afines pueden hacer bloques para votar a favor o en contra de una ley en el Congreso. Evidentemente, esto haría ahogar los pactos políticos y olvidarnos de las reformas. La negociación, pulpa infinita en la política, es para Moreira algo dispensable que se puede ignorar con tal de seguir la pureza partidista de selección de amigos o enemigos. Quizá, después de todo, la política no se trate de cimentar ideologías sino de tratar, llegado el caso, de eludirlas, matizarlas, transformarlas. Tienen miedo, de eso no cabe duda. Ortega le respondió, con razón, que se trataba, sí, de una alianza pragmática con miras a ganar la gubernatura y que las diferencias entre partidos las tenía muy claras. Aplausos. Música de salida. Por fin un dirigente tenía la fuerza de decir de qué se trataban. Y entonces cuando vi el debate entre los principales dirigentes partidistas advertí a un Madero parco, a un Jesús Ortega con la monomanía de la condenación eterna al PAN y al PRI y a un Moreira (vaya sorpresa) soberbio y medio iluminado, dando un sermón con tintes morales superiores, dando cátedra a dos alumnos, sermón a dos feligreses. Y, sin embargo, el más claro fue Ortega: con mucha retórica insulsa cargada de un discurso lleno de palabras como “crisis”, “diferencias”, “revolución”, el dirigente del PRD tuvo a bien decir –y fue el primero que lo hizo - que no importaban las alianzas ni las diferencias ni que estuviésemos en año de elecciones, y que deberían pensar y actuar sobre la base de aquella imagen general tan usada pero extrañamente embelesadora: las reformas necesarias que el país necesita. Moreira le siguió. De forma sorprendente, Madero entró al quite y descalificó al priista, diciendo que el PRI, al ser mayoría, no había impulsado las reformas. Fue un debate justo, que nos permitió ver las obsesiones de cada partido: al PAN descalificando al PRI, el PRD atacando a ambos y el PRI hablando de falta de coherencia en las alianzas. No hay que apabullarnos por la falta de ideas sino por la falta de pensadores. Las ideas las tiene cualquiera, y son más bien opiniones, declaraciones, monedas comunes de cambio para apaciguar a los medio de comunicación y dar por terminada la liturgia. Pensadores, en cambio, hay pocos. Ellos son el capital más sólido del que dispone la República. No son escuchados porque no son bien difundidos o, bien difundidos, no son entendidos.
Echar luz sobre algo de por sí refulgente ciega completamente. El debate giró en torno a la mejor manera de atacar. De cómo descarnar o adornar las palabras para un mejor argumento. De la insistencia como forma de descubrir una verdad. Las palabras, hueras, cayeron la mayor parte del tiempo en cifras o creencias que dependiendo la lupa, eran más o menos grandes. La incipiente democracia debería amordazar a los letales intereses y aplazar el poder como síntoma de enfermedad. Esto se puede hacer mediante nuevos debates que informen acerca de lo que pasa en la mente de los que nos dirigen. No deberíamos esperar cada seis años para llenar de tinta los periódicos decidiendo quién ganó el debate y qué ideas se discutieron. El debate como intercambio decisor de una federación de ideales que se aglutinan para formar la República. Se concertó uno nuevo. Qué bueno. Es momento de discutir, defender, negociar e imaginar. Los frentes políticos necesitan abrirse y no quedarse en las trincheras de los aparatos partidistas. Agarrarse bien de la grupa de la modernidad y cabalgar a horizontes donde ver nos indique el camino a seguir. Escuchar para entender, tocar para asentir. ¿Qué quién fue el ganador? Ninguno. Todos. El PRI necesita dejar a un lado su obsesión por regresar, el PAN abrir los ojos y atender, el PRD acabar con las bacterias nocivas de la división. Mientras tanto, no hay margen para el error. ¿Y de quién será la victoria si la llegamos a cantar? De todos. De ninguno.
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