domingo, 28 de agosto de 2011

Laura


Guillermo Fajardo

Me parece ingrato para con Thomas Hobbes escribir lo siguiente. Pero el apremio para dar por concluido este asunto me lleva a forzar su visita. Este filósofo inglés basó su teoría del contrato social en el miedo: un miedo inconmensurable en donde los hombres, ateridos desde la raíz y confundidos por la falta de resguardo, se pertrecharon por medio del contrato social. El miedo sería desterrado, aniquilado y dejado a surcar las orillas de nuestra voluntad, sin permitirle meterse a nuestra playa, a nuestro territorio. Anatomía de una sociedad dividida; localización precisa de lo que mueve a los hombres; fascinación inaudita por corromper el postulado del bien y fragmentarlo para recibir de lleno al temor: incluso el más fuerte, cuando duerme, es vulnerable. Ahí está Cromwell ejecutando al rey. Hobbes nació en 1588, en Westport, Inglaterra. De eso ya 423 años. Y sin embargo, sus postulados, inmarchitables y compañeros de su propia vida (él decía que era hermano del miedo) permanecen vigentes. Y es aquí cuando doy un salto de fe: una especie de vendaje que me pongo en los ojos para escribir. Vivimos corrompidos por el desastre chocando con el capricho: a veces nos toca presenciar una violencia inaudita; otras, un cinismo como una línea de lápiz borrada cada ciertos centímetro y desde donde se presenta el abismo que va a caer hasta el final de la página; y luego, la indiferencia y la omisión caminando con la irresponsabilidad. Las posibilidades de comprender en nuestro mundo plural y multicultural, son escasas. Mejor favorecer la entrada a la tolerancia a escribir con mayúsculas la palabra “verdad”. Mejor adormecerse y complacerse en la comprensión, a defender, cargados con la aprensión, de ideas extremas y absurdas. Y, sin embargo, aquí estoy haciendo un juicio.

El famoso programa de Laura Bozzo, “Laura en América”, se erige como postulado santo en medio de la maldad. Igual que el diccionario que nos aclara el significado de una palabra en otro idioma. Igual que el separador de páginas que nos dice donde estamos. Similar al político que pone puentes pero no libros; aplausos, pero no microscopios. Lo superficial combinado con lo supuestamente necesario. La superioridad moral del programa está imbuida y empapada del miedo que provoca en su audiencia. El Tribunal del Santo Oficio regresa auxiliado por la pobreza, las luces, el maquillaje y la ola de ignorancia. Basada en hechos pasados y porciones de rampantes videos de dudosos investigadores, Laura se sube al púlpito para aleccionar. Hay buenos y hay malos. Hay vencedores y hay perdedores. No hay posibilidad de defensa. Nunca un guiño de esperanza. Jamás una lección gratificante. Es la violencia y la descomposición legitimada por una mujer rubia, alta y voluptuosa frente a la indiada morena, apática, ignorante pero cínica. Ella, el sol radiante, signo luminoso de perfección guía a la borregada que aplaude y se indigna ante lo que sus ojos ven, y sus oídos escuchan. Flagrante ruptura de la sociedad: prostitución, violencia familiar, lesiones, extravagancias. Todo ello comprimido, diluido y vomitado en una hora. Problema resuelto: démosle un carrito para que venda comida. Increíblemente, primer acercamiento victimológico televisado. No solamente a exponer a las supuestas víctimas, pero a corregir a los odiosos delincuentes y darles su lección frente a las cámaras. El espectáculo del miedo enraizado en un bloque de conciencia y de voces supeditadas a la conductora. La cita del aleccionamiento cada tarde por Televisa. En lugar de educar para prevenir, castigar para exponer. Los castigos físicos desterrados para dar paso al suplicio moral, a mancillar el poco honor que queda y la mucha imaginación que sobra. El pacto social de Hobbes medido en rating y ganancias: nos unimos en torno a la rubia porque ella, soberana, tiene el monopolio del discurso, la experiencia para verificar y controlar el mal, la astucia y la sensibilidad para calmar. El miedo nos vuelve a unir: el más fuerte tampoco puede dormir tranquilo. Por eso hay que cederle el monopolio de nuestras desgracias. Por lo mismo hay que abatir a los infieles con el vehemente látigo del bien. No necesitamos más de unos minutos para desenmascarar la mentira. Qué importa lo que lo llevo a ser así. Qué importa su pasado: vale más su falta.

No nos sorprendamos que la violencia que impera en el país no sea fruto, solamente, de la estrategia de Calderón. Tirar basura, pasarse el alto, robar, secuestrar, asesinar. No es una cadena causal estricta, aunque sí rastreable. Laura polariza, exalta al crimen y lo condena sin resolverlo. La audiencia juzga pero nunca es juzgada. No hay exámen autoconsciente. Muestra la realidad, sí, pero no la explica. La pobreza intelectual, el sub desempeño emocional nos conducen al camino de trivializar la ley. Laura en América es un programa pernicioso porque enciende los ánimos de por sí nerviosos del público. Provoca que sigamos en las mismas porque no nos van a exponer. Los malos están del otro lado del televisor, sentados en el banquillo de Laura, con los dedos  señalando hacia ellos y el peso de las miradas en su contra. Nosotros solamente vemos, juzgamos, negamos con la cabeza y condenamos. Ahora podemos dormir tranquilos y ver a los otros, a los que nos hacen daño. Carajo, y pensar que esto es un problema de drogas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Así escribo

Por Guillermo Fajardo
Necesito de un silencio monacal, la sombra expresa de la decrepitud o la fantasía incrustada a la imaginación. Casi siempre es por las noches o el punto en donde el sol, a punto de desaparecer, se ve con más intensidad, seguramente porque sus bocanadas atisban el fin de un ciclo que nos parece eterno. En las mañanas uno amanece esperanzado. El escritor no necesita eso. Y no es que trate de abonar los rayos de luz a mi escritura, aunque sí las aproximaciones que se tienen cuando rozamos la nostalgia y que casi siempre me llegan por las tardes. Mi escritura es confusa, muchas veces más congraciada con el laberinto que con la honestidad. Empecé a escribir como una excepción a la regla de la rutina que llevaba. Una novela fallida, después otra. La tercera fue la que saldrá en unas semanas. Aunque eso está por verse: no tengo idea de cuánto tarda la imprenta en exprimir la tinta que se adhiere al pobre papel. La escritura es cuestión de paciencia: aquel que se permita la licencia de ver el reloj, pierde ante el capricho cimentado del mundo actual. Necesito también de fotografías y de un goce instantáneo de dolor, de cualquiera. Las fotografías pueden ser digitales o mentales. Me divierto repasando la vida de los otros. Acaso la satisfacción guardada de ser más sofisticado o la quejumbrosa receta del envidioso. Necesito de ambas. Tengo una especie de obsesión estilística por evitar brincar líneas: la tecla “Enter” me causa sorpresa, estupor y algo de miedo. Siento que fallo si la presiono para darle cabida al terrible punto y aparte. Un espacio es demasiado, pues implica una ausencia, casi un crimen o la jugarreta mal entendida del que quiere terminar por terminar. Créanme. Si recurro a la súplica es porque haré, precisamente, lo que temo.


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No recuerdo la fecha exacta en la que ingresé al periódico escolar. Fue por invitación del director. Creo que fue en 2009. Sentí, en aquel momento, una gran responsabilidad. Me di a la tarea de hacer bien las cosas. Y fue durante ese tiempo donde descubrí la ausencia de letras: nadie quería escribir para mi sección. Hasta ahora no sé si mi poder de convocatoria es nulo, o si la carga académica de mi universidad asfixia a todo aquel que intente escribir una línea honorable. Hubo números en donde tuve que escribir hasta 3 artículos. Me gusta creer que en aquel tiempo fui una figura insigne aunque poco convincente, reconocida aunque olvidable. Así pasé un año. Desde mis últimos triunfos literarios (una publicación; un primer lugar en cuento y un tercer lugar en otro) no he sabido dosificar mi ambición. Pensé que, teniendo facilidad para escribir, las grandes ligas estaban dispuestas para mí: soberbia proveniente de la inexperiencia o confianza sobrada por unos cuantos reconocimientos. Al terminar mi novela decidí mandarla a los ominosos concursos literarios. Por supuesto, no gané ni uno. Me di a la tarea de respirar tranquilo y seguir almacenando esperanzas renovadas. Más pronto que tarde decidí lanzarme a la dirección del periódico escolar. El primer número de aquel semestre fue desastroso. Comprendí que debía ajustarme y calzarme a la crítica. No había mejor forma de superar las expectativas que haber vivido primero en el fango. Además, tuve la suerte de tener un buen equipo y un trabajo flexible. Durante el tiempo que estuve ahí, tuvimos un éxito parcial: llegaron nuevas plumas, se modificaron los estatutos y conseguimos una raquítica porción de dinero para calmar las ansias desconocidas y por lo mismo, quizá, inexistentes, de una deuda pesada pero invisible de la universidad. El redaño que me subsiste hasta ahora es resultado de una intensa labor de aprender a fallar, una y otra vez.

Quiero que algo quede muy claro: nunca he sido un homicida de páginas. No me gusta destruir personajes o ideas. Pero el deber de imponerse para presentar artículos supera por mucho el melodrama que surge del pánico de los que escribían para el periódico. Dirigir un proyecto implica tener una especie de imperturbabilidad de la que yo no gozo. Tampoco llevo en mí el alarde necesario para aplaudir. Ni siquiera la palmada en el hombro para calmar. Prefiero el texto controlado y aséptico, arropado por la estricta ortografía, al peso inaudito que pueden dar ciertas críticas. A la par que dirigía el periódico, tomé un curso de novela: mi maestro tuvo a bien enseñarnos dos cosas. Uno, que llegar crudos los sábados no es tan malo como parece. Dos, que era mejor no tener éxito con la primera novela. La razón era muy simple: años después, cuando nos leamos, aparecerán ámpulas, escozores y verrugas por todo nuestro cuerpo al releer lo que fuimos. Una muerte dolorosa sobrevendrá y tormentos indecibles acudirán a tomarnos de la mano. Vaya lección.
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Cuando me di cuenta de la cantidad de artículos que tenía guardados, a punto de ser suprimidos por mi memoria, decidí abrir un blog. Versos de Clausura, porque el punto final no implica dar por concluida la discusión: pretensiones de un demócrata; cultura cívica y participativa adormilada por la vida rápida. He recibido buenas críticas, lo cual me preocupa: el trabajo del creador debe ser provocar, no homogeneizar el pensamiento. Veo que las visitas suben lentamente: un goteo inconcluso cuyo malestar consiste en haber recibido solo una al día. Creo que es hora de suprimir ese horroroso gadget: solamente les muestra a todos lo popular o estrafalario que soy y no contribuye a mi sanidad mental. Temo que contar personas es una actividad alucinante y calculadora. Mejor dejar en paz a los que tienen tiempo de entrar y admirar las mujeres que tuve que dejar de mostrar obscenamente. Fueron varios los que me dijeron que le quitaba algo de seriedad al blog. Carajo. Lamento el destierro de los ángeles pero aún más la fuerza de la experiencia: algo he aprendido de la crítica. Y ahora que me dispongo a empezar mi tercera novela, con el ánimo de haber hecho algo mal en las primeras dos, tengo la sensación de haber avanzado pasos pequeños en una gran escalada de sinsentidos.
Carlos Fuentes afirma que escribir es un acto contra la naturaleza porque ésta no nos basta; Vargas Llosa dice que escribe porque no es feliz. La verdad, no tengo una teoría para confirmar o desechar lo que dicen. Mis deseos son más nimios, caprichosos y puercos: completar una novela para que todos vean que realmente puedo hacer algo bien. ¿Qué mejor que sentirnos útiles entreteniendo al público? Darles de comer de nuestras vivencias, arropar hipócritamente lo que criticamos por medio de personajes que no llevan nuestro nombre. El escritor es un histrión insatisfecho. Una voz que se repite una y otra vez cuando lo leen. Creo que una pluma provoca más crispación que una bayoneta. Los regímenes de los poderosos le temen a las ideas. Un escritor es el único revolucionario que necesita de silencio. De un silencio monacal.  

domingo, 14 de agosto de 2011

Recuerdos de la poesía.

Por Guillermo Fajardo

La sociedad de los poetas muertos (1989), recorre la espina dorsal de los sueños; la magnífica oportunidad de encontrarnos de lleno con el espiral que, como miel, brota de la poesía y de nuestros labios; la añoranza de verificar la obertura de las guerrillas intelectuales: los sueños. Los muertos nos susurran sus aventuras, sus discordias y sus experiencias: Carpe Diem es el grito de guerra de Robin Williams, interpretando al profesor de literatura inglesa John Keating y la pandilla de alumnos idealistas que lo siguen. En ese sentido, la película se inmiscuye en la ingenuidad provocada por el arte, la poesía y la juventud: una oda a la adolescencia. En el colegio Welton, donde se forman los futuros líderes norteamericanos, la catadura seria, el mohín refinado y los modales de primer mundo son parte del elenco rutinario. La pugna que gravita en la película es sencilla: la topografía del hombre que ves hoy, es muy parecida al mapa de ayer. Las mismas montañas escarpadas, los mismos valles hundidos, las mismas cordilleras sinuosas. La escuela Welton forma esta clase de hombres. Entonces, cuando el profesor Keating irrumpe en la monotonía, algunos alumnos se transforman. “Oh captian, my captain” (poema de Walt Whitman) pide que lo llamen. Uno de los primeros actos del nuevo maestro es pedir que rompan la primera página de su libro de literatura: quiere desgarrar la terrible fortificación mental de los adolescentes rígidos que son. Es un acto puramente simbólico: la poesía, decía la página arrancada, puede medirse mediante una gráfica. Horroroso: ¿cómo contemplar el arte desde la exactitud fría y la subjetiva visión del que elabora una gráfica y no desde las turbulentas, caprichosas y volubles aguas del torbellino creador? Luego, les pide que se paren en su pupitre: vean el mundo; no solamente lo cuadrado, lo elíptico o lo redondo nos rodea, sino una multitud de aproximaciones, lejanías y texturas. Cuando los jóvenes se enteran que su profesor formó parte de la Sociedad de los Poetas Muertos, estos se interesan en seguir sus pasos.

Por las noches, cuando la autoridad duerme y el deseo de triunfar frente a la tradición les gana, acuden a una cueva, santuario de erudición, cielo de venganza o consumado peligro a flor de piel: leen poesía en la noche como signo de rebeldía ¡Ojalá la quebradura moral del presente solamente consistiera en eso! ¡Ojalá que la veda de salir por las noches fuera el peor pecado al santo grial del presente abigarrado, volteado, violado y sumido en la algarabía! Robert Frost, Walt Whitman o William Shakespeare resucitan y reviven en los labios de los jóvenes. A partir de ese momento los personajes mutan. Neil, decide confrontar a su padre y volverse actor. Charles, mete mujeres a Welton. Todd Anderson (Ethan Hawk) purga su personalidad temerosa para florecer, frente a la clase, como un poeta. Los paseos en bicicleta de los actores, la rotura de los regalos provenientes de los padres, correr libremente por la habitación o levantar el teléfono para hablarle a la mujer que piensas poder querer, tienen un significado: “tradición, honor, disciplina y grandeza”. Irónicamente, los valores del colegio Welton. Charles publica un escandaloso artículo pidiendo que acepten mujeres en Welton. La Sociedad de los Poetas Muertos es descubierta. Y cuando Neil, líder carismático de aquel grupo, decide actuar con el consentimiento poco afirmado de su padre, se derrumba la situación. La nuclearización del conflicto, combinado con la precariedad intelectual y la pobreza emocional de su padre, dan como resultado el suicidio del joven. Trágica reacción pero bastante comedida al ver las fuertes, fuertísimas ideas adheridas a la piel: si no podré actuar, moriré. El tiempo, óxido de las memorias viejas pero lustre doloroso de las nuevas, hace su parte. Comienza la cacería de brujas. El director de Welton quiere un culpable por la muerte del joven Neil. Lo encuentra fácilmente: el poco ortodoxo profesor Keatings. Los antaño miembros de aquella asociación, pulverizados y con la cola entre las patas. Sus sueños, confrontados con la realidad. Y cuando Keatings entra a recoger sus cosas en medio de la clase ahora tomada por el director de la escuela, el temeroso Todd y todos los que aprendieron la lección (pensar por ellos mismos) se paran en sus pupitres: “Oh captain, my captain” le dicen. Homenaje a Neil que, muerto, se regocija en su tumba. Música para oídos del poco tradicional profesor. Aniquilación del monoteísmo impuesto a través de la adoración de los dogmas. Imagen reveladora: los líderes que surgen son los que se paran en lo alto de los tabús, por encima de la rígida tradición, superando la estúpida intolerancia.  La Sociedad de los Poetas Muertos, después de todo, vivía.

domingo, 7 de agosto de 2011

Los enamoramientos

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo sobrellevar, por las noches y la vida, la muerte de un acompañante? ¿Dónde hurgar para desenterrar las insignias propias del cadáver que alguna vez tomamos y aspiramos y soñamos como nuestras? ¿Se supera el luto por la soledad o por el tiempo que pasa? La novela más reciente de Javier Marías (1951), no solamente mete la cabeza al complicado y trillado mundo de la soledad y la tristeza después de la muerte, sino también al reino del amor. La novela comienza cuando la protagonista (una joven que trabaja en una editorial) comienza a narrar su rutina concentrándose en un elemento especial, en una especie de peca en la piel, en una suerte de estrella en el cielo monótono: una bella pareja de esposos que cada mañana se sientan en aquel restaurant. Más pronto que tarde, Javier Marías elimina al esposo, rompiendo con el idilio y quizá la tranquilidad que el lector podría entender a los ojos del amor. Miguel Desverne (el esposo) es brutalmente asesinado. Navajazos por todo su cuerpo. El cuerpo magullado y lacerado aparece en primera plana. Su esposa (Luisa) totalmente devastada. Entonces aparece Díaz Varela, con el que comenzará la cadena de los enamoramientos, pues éste último desea a Luisa, la ex esposa de su recién amigo muerto. Y es que para el autor la palabra enamoramiento no es lo mismo que el amor, aunque a veces lo pueda sustituir. Echando mano de un lenguaje tendiente al aleccionamiento constante (la novela entera es una clase de la reflexión acerca de la experiencia), Javier Marías destina esta novela al lector paciente, bien concentrado, desatado y desanudado de la lectura superflua y rápida (de esas que abundan en el mercado). Sin embargo, la novela está bien dividida: en este sentido el autor entiende que a ratos la lectura puede resultar cansada, farragosa e incluso confusa. Me refiero a las veces en que el monólogo de los personajes es tan íntimo y contextual que no podemos sino leer una y otra vez tal o cuál parágrafo para entenderlo. Hay capítulos que sobran porque no aportan mucho al texto, sino más bien lo estancan, llenándolo de pensamientos que quieren solidificar al personaje. Hay un exceso de coherencia en la historia. Todo cae perfectamente.

 Conforme la novela avanza, y la protagonista se enamora de Díaz Varela, y éste de Luisa, vamos advirtiendo que los enamoramientos nunca son gratuitos: hay cosas que el corazón nada más deja fluir. Si el enamoramiento conjura para florecer, muchas veces la razón respira para entenderlo. Es una relación tormentosa, procelosa e incluso amarga, con la tintura de lo frustrante y el abrazo de la emoción. La pugna principal se da entre la soledad de Luisa y la obsesión de Díaz Varela. Nuestra protagonista acepta con una sonrisa el feliz destino que le tocó al verse enredada con Díaz Varela (del cual admira sus labios), precisamente la zona de donde brotan y florecen las relaciones. Porque si los enamoramientos (“Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles”) recaen en la rutina de vernos, imaginarnos o sentirnos, el recuerdo (que plasmamos a través de las palabras o de la imaginación) aglutina en su estómago todos los ácidos del pasado: precisamente la lucha de Díaz Varela de pegarse y sustituir el recuerdo de su mejor amigo, convertido, ahora, en un fardo, en una carga para Luisa y los vivos. María, la protagonista (apodada por Luisa y Miguel, “La Joven Prudente”) admira, pasiva (“¿Quién soy yo para perturbar el universo”?), la eclosión del amor entre Díaz Varela y Luisa. El espanto que en algún momento el lector pensó que María tendría, se ve sustituido precisamente por la prudencia. De hecho, en el último capítulo, al verlos juntos y tener en sus manos la decisión de sabotear para siempre aquel encuentro, aquel enamoramiento, decide permanecer callada, sabiendo que las cosas del amor no hay que añorar a entenderlas sino agitarlas para reconocerlas. Entonces, María se conforma con recordar, precisamente la forma más acabada de rendirle homenaje a la relación que alguna vez soñó con poseer. Simplemente admirando cualquier migaja del cuerpo que desea, cualquier noticia, cualquier forma de amor.

lunes, 1 de agosto de 2011

"Para que los conozcas, manito".

Por Guillermo Fajardo

Las manifestaciones son un modo de combatir con la pura fuerza una situación que consideramos inadecuada. En México, este modo de saltar al ruedo es visto como una inclusión al mundo del descontento justificado por las carencias y la falta de oportunidades: las clases menesterosas salen a la calle guiadas por un líder santificado y sumamente profesional. Bloquean calles y toman oficinas; intentan redescubrir su lucha a través de tomas de instalaciones e, inmolados de su pura verdad,  erosionan negociaciones e intentos de pacto. Hoy, martes 20 de abril, fui testigo de esto. Yo trabajo en el FONHAPO, que es un organismo gubernamental que depende de SEDESOL, y que se encarga de otorgar subsidios a las personas en situación de pobreza patrimonial para que puedan construir sus hogares. La demanda es, obviamente, interminable. Hoy fui a trabajar normalmente y, alrededor de la una de la tarde, y ya dentro de la oficina, comencé a escuchar gritos. Al pararme de mi asiento para ver qué pasaba, un compañero me dijo que el Movimiento Antorchista había tomado las instalaciones. Mi jefe me dijo que si tenía clases en la universidad más me valía irme ya, pues la vez pasada que tomaron las instalaciones los dejaron salir muchas horas después. Ya justo antes de irme por la puerta de atrás, me dijo que guardara mi credencial con la que me dejan pasar a las oficinas, pues –según él- no me iban a dejar salir. Salí, sin embargo, sin ningún contratiempo y, a la salida, me dieron un folleto en el que describían la situación por la que se estaban manifestando. Cuando por fin salí, vi –literalmente- un circo: niños con globos, madres regañándolos, el jolgorio sumamente real y completo: avalancha fantástica de lo que México es; telenovela electrizante y paradigmática de un país descontento; indicio necesario y obligado de la pura diversión, de la salida oportuna en la vida rutinaria del manifestante: vamos a señalar a los culpables; rancheros increíbles con banderas rojas, policías siendo testigos pasivos de cómo bloqueaban un carril de Insurgentes, automovilistas furiosos, claxonazos con la clásica melodía que se traduce en una viva voz; otra voz omnipresente que decía que el gobierno del Distrito Federal y el Gobierno Federal nunca cumplían; que no estaban ahí como “si fuera un día de campo” sino que venían a exigir; que permanecerían el tiempo que fuera necesario; que ellos, siendo tan “respetuosos de la ley” no bloqueaban totalmente Insurgentes, pudiendo hacerlo. Escuché, también, un lema que me recordó al SME: “se ve se siente Antorcha está presente”. En ese momento comprendí que ambas organizaciones eran hermanas de sangre. Subí al puente peatonal para tener una visión panorámica de la situación: allá, a lo lejos, una interminable fila de carros avanzaba lenta en el mar de asfalto. Estuve ahí unos quince minutos y bajé. Estaba furioso, y quise contarle a alguien mi situación. Le mandé un mensaje a mi padre contándole mi aventura. Yo esperaba una respuesta que me diera la razón; una respuesta similar al sentimiento que cargaba. Pero no fue así, pues su respuesta fue como cuando le cuentas a un inexperto las circunstancias de hecho en una situación determinada, rodeada de fatalismo: “para que los conozcas manito, para que los conozcas. Saludos”. Me quedé pensando, abrí ambos brazos y me toqué levemente los muslos. Tenía sentimientos encontrados: por un lado entendí la necesidad de aquellas personas por obtener algo básico: una casa con piso. Por otro, no comprendí la manera en que lo estaban haciendo, y me dije a mi mismo que el Gobierno no puede proveer todo lo que quisiera. Enojado, y con un calor impresionante, decidí marcharme, no sin antes preguntar, y como buen reportero (NOT) a tres personas (dos señoras y un señor) el porqué de la manifestación: dos de ellos balbucearon críticas contra el Gobierno Federal, el FONHAPO e incluso contra la guerra contra el narcotráfico. La otra me dijo que “Ellos quieren más casas y así”. ¿Y usted?, le pregunté, “Ah, yo también”, me respondió. Eso confirmó -¡por fin!- mis ociosas y largamente esperadas sospechas que desembocaron en una verdad temporal, contingente y subjetiva pero, finalmente, mía: no tenían ni puta idea el porqué estaban ahí. Me voltee, totalmente contrariado, y recordé una frase recién escuchada: "Any soldier worth his salt should be anti-war. And still, there are things worth fighting for." Emprendí mi largo viaje de regreso a Ítaca. La voz irrumpió nuevamente: sabía que tardaría en regresar.