Por Guillermo Fajardo.
Es la primera vez que veo a un Presidente sentarse con sus ciudadanos a dialogar. Por primera vez veo a un Secretario de Gobernación hablando acerca de las medidas que se tomarán. Por primera vez a una Procuradora dando información sobre los delincuentes. Un ejercicio increíble de transparencia, un diálogo sin resquicios o apuros electoreros. Es la primera vez en este sexenio que articulistas tan diversos como Ciro Gómez Leyva, Héctor Aguilar Camín, Jairo Calixto, Joaquín López Doriga, Ana Paula Ordorica, la editorial de El Universal, Ximena Peredo, Yuridia Sierra y Katia D’ Artigues, coinciden en que el diálogo entre el Presidente y el Poeta fue exitoso, inédito, tolerante, plural, celebrado. Hay motivos para aplaudir, para ver que el Presidente no es el hombre alejado de los ciudadanos ni que el Poeta es el reaccionario de los dolientes. No se trata de verter mejores argumentos pero de iniciar la estrategia para confluir en la paz, no de ser gritones sino inteligentes. Se barrió la basura que existía entre los mensajes presidenciales y el ciudadano de a calle. Fluyó correctamente el mensaje institucional y el abrazo necesario del dolor. Se entendió que el diálogo es la mejor manera de entenderse para favorecer la entrada a las figuras del progreso y de la tolerancia. No me imagino a López Portillo o a Miguel de la Madrid explicando la razón de sus decisiones en las crisis económicas, tampoco a Salinas explicando la del 94’ o a Díaz Ordaz los terribles acontecimientos del 68’.
Vi a un Presidente de brazos abiertos, a un hombre arrepentido pero decidido. Vi a un Poeta dolido, esbozando los contornos de lo que la ciudadanía quiere ver en la estrategia. Ahora más que nunca se ha vuelto patente la necesidad de seguir con la estrategia: Milenio publicó que incluso el Senador Beltrones aplaudió el hecho de usar al Ejército en la lucha contra el crimen organizado. Peña Nieto y Cordero han declarado que, de ser Presidente, seguirán con la estrategia contra el crimen. Se ve a leguas que es necesario seguir con el mismo empuje, que Calderón no podía esperar a ver como el narcotráfico cooptaba gobiernos en silencio bajo el manto invisible de la impunidad, cobijado con la pesada ilegalidad y las lúgubres formas del delito. Vivíamos atenazados por la corrupción y amordazados desde lo obscuro. Ahora sabemos qué es lo que pasa.
El narcotráfico es una modalidad del crimen organizado que viene desde mucho tiempo atrás, cuando surgieron los principales carteles en Colombia. No se trata de un asunto sencillo. Tiene que ver, también, con la compleja cultura de la drogadicción; con los rastros de la corrupción y de la impunidad en nuestro país; con el cinismo de la sociedad al aceptarlas sin más; con la cultura americana; con la declaración de guerra contra las drogas de Nixon; con la seducción del dinero fácil; con la pobreza; con los hoyos de ingobernabilidad.
El diálogo de ayer fue fruto de voluntades bien aceitadas pero colmadas de hartazgo. Resultado de manos que se estrechan para facilitarle la entrada a la paz. Le tocó a México ser un paso de drogas. Ni modo. Hay que pensar en cómo combatir, en cómo aletargar las modalidades del crimen, en cómo convencer a los jóvenes para que estudien, para que trabajen. Un virus de esperanza. Un ojo guiñando. Una sonrisa. Un abrazo. Una unión. Una voz que quiere gritar. No hay que esperar a ver las fisuras del estado democrático. Hay que comenzar la ordenación del pensamiento, alumbrar el puerto de llegada, acabar con la plaga de la desesperanza. Fue, sencillamente, el acto público más importante de su sexenio. Una bala que pegó en la percepción de la opinión pública. Estamos frente a un hecho inédito en nuestra historia y como tal hay que sorprendernos. Se siente que el Presidente acepta las consecuencias de sus decisiones para no dejarle a la historia la veleidosa tarea de plasmar su recuerdo.
Aún así, hay quienes se desentienden del problema. Siguen creyendo que Calderón usa la estrategia contra la inseguridad para legitimarse. Que es algo que incumbe a los que sufren. Algo extraño que se evapora en el mar de noticias. Un renglón ajeno al texto general. Una coma que no va ahí: el sinsentido y la obsesión de un hombre. Algo que es fácilmente criticable porque ven la superficie, lo que es fácil de pescar. No es que se busque ciudadanos ciegos que acepten a rajatabla las concesiones y prácticas del Gobierno. No ciudadanos sin ningún sentido ni sin propuesta alguna. Queremos ciudadanos como Sicilia, como Wallace, como Maria Elena Solís, fundadora de la Asociación Mexicana de Niños Robados y Desaparecidos, finalista de Iniciativa México, o como Antonio Attolini y su movimiento. Los otros, los que siguen pensando que se trata una lucha unipartidista son los peligrosos porque buscan desapegarse. A los que no les basta el diálogo sino la sumisión y el regreso a las formas del pasado. Los que ven en el inesperado choque de México contra las drogas una oportunidad para calumniar a como dé lugar. Los mismos que no se dan cuenta que este es el reto más importante y peligroso al que se ha enfrentado la República. Los que de antemano ven por perdido cualquier intento de lucha. Los de los versos de clausura.

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