Por Guillermo Fajardo
No me resulta extraño que Edgar Reina afirme que, “los servidores públicos no están para hacer campañas políticas mientras duren en su encargo, están para llevar a cabo la administración pública. No es lo mismo hacer política que hacer campaña, un político hace política y un candidato hace campañas”. Y no me resulta extraño porque en México nos hemos dedicado a satanizar a cualquiera que tenga una aspiración política. En cuanto un Secretario de Estado afirma que quiere ser Presidente, se le tacha de oportunista, cínico y adelantado. Conclusión estúpida: los políticos no pueden hacer política. El vaso comunicante que permite al funcionario público explicarles a los ciudadanos el porqué es mejor que sus contendientes para ser Presidente, se encuentra totalmente cortado y desfasado. La sobrerregulación electoral en México no permite que Lujambio pueda salir a decir que él quiere ser candidato, pero sí permite que Peña Nieto, AMLO, Creel o Vázquez Mota pululen en medios de comunicación. Nos encontramos ante una paradoja: a ciertos cargos dentro de una democracia les está vedado salir a decir que quieren ser candidatos, pero a otros se les permite porque, al parecer, ellos “no se distraen de sus funciones”. Nueva paradoja: los aspirantes al cargo de la Presidencia de la República no están en igualdad de condiciones. Y no lo están porque Peña Nieto lleva cinco años promocionándose, igual que los demás. Ni Cordero, Lujambio o Lozano pueden dejar el cargo porque es donde atraen reflectores. Si nos quejamos porque usan sus puestos para promoverse, habría que explicarle a Reina sin sutilezas: sí, lo están usando para promoverse, ¿y? El Presidente Obama se encuentra en abierta campaña para reelegirse y nadie hace pucheros ni berrinches. En México la intención de acceder a la Presidencia de la República tiene que ser un secreto a voces, un silencio compartido, casi una conspiración: ¡la democracia que acalla! La ley tiene que reformarse. ¿Alguien dudaría que Peña Nieto lleve en campaña cinco años seguidos? Por alguna razón nos parece vergonzoso que los Secretarios de Estados se promuevan, pero si el gobernador lo hace nos quedamos cruzados de brazos.
Después, Reina cree que quién no es legítimo no es efectivo. ¡Por Dios! No entiende que el brazo de la fuerza, la coacción estatal, resulta un instrumento sumamente efectivo si el día de mañana cualquier Presidente usara al Ejército para perpetuarse en el poder. Una dictadura puede ser terriblemente efectiva, pero escasamente legítima.
Por otro lado, el autor parece dar a entender que ha descubierto el porqué Calderón no es “efectivo”: porque no es “legítimo” o, al menos, porque ciertos rasgos de su Presidencia están manchados de trampa: me refiero, por supuesto, a la elección presidencial del 2006. ¿La legitimidad tiene que ver con un “análisis axiológico para poder distinguir entre un poder legítimo y uno ilegítimo?” Hasta donde yo sé, esto es mentira: la legitimidad tiene que ver con el número de votos alcanzados en las urnas y de procesos electorales limpios y sanos, supervisados por la ciudadanía. ¿Por qué? Porque es el voto una conquista histórica, en donde el mensaje es claro: en democracia todos valemos lo mismo. Someter la legitimidad a la axiología implicaría un desbordamiento subjetivista de lo que consideramos un buen valor o un mal valor en un gobernante. ¿Cuál sería ese valor o esa lista de valores para otorgarle legitimidad?
Bajo la óptica de Reina, y de seguir sus argumentos, nos encontramos con que ¡ninguna aspiración de ningún presidenciable es legítima hasta que renuncien a sus cargos! Hemos caído en el absurdo, en hacer de la política un asunto quisquilloso, caprichoso, sumamente histérico: andamos acechando a los que detentan cargos de elección popular y no conociendo sus propuestas. ¡Castigamos la ambición, las ganas de expresar las ideas!
El autor tendría que ser congruente con sus dichos: si van a castigar, que castiguen a todos por promocionarse. Si van a renunciar, que renuncien todos. Hay que abrir los ojos para que la camarilla de las ideas que no embonan o resultan incómodas con nuestra posición política sea suprimida sin un examen previo de crítica, sin el cariz necesario de la agudeza, sin la fabricación necesaria del debate, sin el taimado encuentro entre una buena idea y una posición política.






