martes, 28 de junio de 2011

La política es para hacer política

Por Guillermo Fajardo

No me resulta extraño que Edgar Reina afirme que, los servidores públicos no están para hacer campañas políticas mientras duren en su encargo, están para llevar a cabo la administración pública. No es lo mismo hacer política que hacer campaña, un político hace política y un candidato hace campañas”. Y no me resulta extraño porque en México nos hemos dedicado a satanizar a cualquiera que tenga una aspiración política. En cuanto un Secretario de Estado afirma que quiere ser Presidente, se le tacha de oportunista, cínico y adelantado. Conclusión estúpida: los políticos no pueden hacer política. El vaso comunicante que permite al funcionario público explicarles a los ciudadanos el porqué es mejor que sus contendientes para ser Presidente, se encuentra totalmente cortado y desfasado. La sobrerregulación electoral en México no permite que Lujambio pueda salir a decir que él quiere ser candidato, pero sí permite que Peña Nieto, AMLO, Creel o Vázquez Mota pululen en medios de comunicación. Nos encontramos ante una paradoja: a ciertos cargos dentro de una democracia les está vedado salir a decir que quieren ser candidatos, pero a otros se les permite porque, al parecer, ellos “no se distraen de sus funciones”. Nueva paradoja: los aspirantes al cargo de la Presidencia de la República no están en igualdad de condiciones. Y no lo están porque Peña Nieto lleva cinco años promocionándose, igual que los demás. Ni Cordero, Lujambio o Lozano pueden dejar el cargo porque es donde atraen reflectores. Si nos quejamos porque usan sus puestos para promoverse, habría que explicarle a Reina sin sutilezas: sí, lo están usando para promoverse, ¿y? El Presidente Obama se encuentra en abierta campaña para reelegirse y nadie hace pucheros ni berrinches. En México la intención de acceder a la Presidencia de la República tiene que ser un secreto a voces, un silencio compartido, casi una conspiración: ¡la democracia que acalla! La ley tiene que reformarse. ¿Alguien dudaría que Peña Nieto lleve en campaña cinco años seguidos? Por alguna razón nos parece vergonzoso que los Secretarios de Estados se promuevan, pero si el gobernador lo hace nos quedamos cruzados de brazos.

Después,  Reina cree que quién no es legítimo no es efectivo. ¡Por Dios! No entiende que el brazo de la fuerza, la coacción estatal, resulta un instrumento sumamente efectivo si el día de mañana cualquier Presidente usara al Ejército para perpetuarse en el poder. Una dictadura puede ser terriblemente efectiva, pero escasamente legítima.

 Por otro lado, el autor parece dar a entender que ha descubierto el porqué Calderón no es “efectivo”: porque no es “legítimo” o, al menos, porque ciertos rasgos de su Presidencia están manchados de trampa: me refiero, por supuesto, a la elección presidencial del 2006.  ¿La legitimidad tiene que ver con un “análisis axiológico para poder distinguir entre un poder legítimo y uno ilegítimo?” Hasta donde yo sé, esto es mentira: la legitimidad tiene que ver con el número de votos alcanzados en las urnas y de procesos electorales limpios y sanos, supervisados por la ciudadanía. ¿Por qué? Porque es el voto una conquista histórica, en donde el mensaje es claro: en democracia todos valemos lo mismo. Someter la legitimidad a la axiología implicaría un desbordamiento subjetivista de lo que consideramos un buen valor o un mal valor en un gobernante. ¿Cuál sería ese valor o esa lista de valores para otorgarle legitimidad?

 Bajo la óptica de Reina, y de seguir sus argumentos, nos encontramos con que ¡ninguna aspiración de ningún presidenciable es legítima hasta que renuncien a sus cargos! Hemos caído en el absurdo, en hacer de la política un asunto quisquilloso, caprichoso, sumamente histérico: andamos acechando a los que detentan cargos de elección popular y no conociendo sus propuestas. ¡Castigamos la ambición, las ganas de expresar las ideas!

El autor tendría que ser congruente con sus dichos: si van a castigar, que castiguen a todos por promocionarse. Si van a renunciar, que renuncien todos. Hay que abrir los ojos para que la camarilla de las ideas que no embonan o resultan incómodas con nuestra posición política sea suprimida sin un examen previo de crítica, sin el cariz necesario de la agudeza, sin la fabricación necesaria del debate, sin el taimado encuentro entre una buena idea y una posición política.

viernes, 24 de junio de 2011

¡Qué viva el Presidente! ¡Qué siga escribiendo el poeta!


Por Guillermo Fajardo.

Es la primera vez que veo a un Presidente sentarse con sus ciudadanos a dialogar. Por primera vez veo a un Secretario de Gobernación hablando acerca de las medidas que se tomarán. Por primera vez a una Procuradora dando información sobre los delincuentes. Un ejercicio increíble de transparencia, un diálogo sin resquicios o apuros electoreros. Es la primera vez en este sexenio que articulistas tan diversos como Ciro Gómez Leyva, Héctor Aguilar Camín, Jairo Calixto, Joaquín López Doriga, Ana Paula Ordorica, la editorial de El Universal, Ximena Peredo, Yuridia Sierra y Katia D’ Artigues, coinciden en que el diálogo entre el Presidente y el Poeta fue exitoso, inédito, tolerante, plural, celebrado. Hay motivos para aplaudir, para ver que el Presidente no es el hombre alejado de los ciudadanos ni que el Poeta es el reaccionario de los dolientes. No se trata de verter mejores argumentos pero de iniciar la estrategia para confluir en la paz, no de ser gritones sino inteligentes. Se barrió la basura que existía entre los mensajes presidenciales y el ciudadano de a calle. Fluyó correctamente el mensaje institucional y el abrazo necesario del dolor. Se entendió que el diálogo es la mejor manera de entenderse para favorecer la entrada a las figuras del progreso y de la tolerancia. No me imagino a López Portillo o a Miguel de la Madrid explicando la razón de sus decisiones en las crisis económicas, tampoco a Salinas explicando la del 94’ o a Díaz Ordaz los terribles acontecimientos del 68’.

Vi a un Presidente de brazos abiertos, a un hombre arrepentido pero decidido. Vi a un Poeta dolido, esbozando los contornos de lo que la ciudadanía quiere ver en la estrategia. Ahora más que nunca se ha vuelto patente la necesidad de seguir con la estrategia: Milenio publicó que incluso el Senador Beltrones aplaudió el hecho de usar al Ejército en la lucha contra el crimen organizado. Peña Nieto y Cordero han declarado que, de ser Presidente, seguirán con la estrategia contra el crimen. Se ve a leguas que es necesario seguir con el mismo empuje, que Calderón no podía esperar a ver como el narcotráfico cooptaba gobiernos en silencio bajo el manto invisible de la impunidad, cobijado con la pesada ilegalidad y las lúgubres formas del delito. Vivíamos atenazados por la corrupción y amordazados desde lo obscuro. Ahora sabemos qué es lo que pasa.

El narcotráfico es una modalidad del crimen organizado que viene desde mucho tiempo atrás, cuando surgieron los principales carteles en Colombia. No se trata de un asunto sencillo. Tiene que ver, también, con la compleja cultura de la drogadicción; con los rastros de la corrupción y de la impunidad en nuestro país; con el cinismo de la sociedad al aceptarlas sin más; con la cultura americana; con la declaración de guerra contra las drogas de Nixon; con la seducción del dinero fácil; con la pobreza; con los hoyos de ingobernabilidad.


El diálogo de ayer fue fruto de voluntades bien aceitadas pero colmadas de hartazgo. Resultado de manos que se estrechan para facilitarle la entrada a la paz. Le tocó a México ser un paso de drogas. Ni modo. Hay que pensar en cómo combatir, en cómo aletargar las modalidades del crimen, en cómo convencer a los jóvenes para que estudien, para que trabajen. Un virus de esperanza. Un ojo guiñando. Una sonrisa. Un abrazo. Una unión. Una voz que quiere gritar. No hay que esperar a ver las fisuras del estado democrático. Hay que comenzar la ordenación del pensamiento, alumbrar el puerto de llegada, acabar con la plaga de la desesperanza. Fue, sencillamente, el acto público más importante de su sexenio. Una bala que pegó en la percepción de la opinión pública. Estamos frente a un hecho inédito en nuestra historia y como tal hay que sorprendernos. Se siente que el Presidente acepta las consecuencias de sus decisiones para no dejarle a la historia la veleidosa tarea de plasmar su recuerdo.

 Aún así, hay quienes se desentienden del problema. Siguen creyendo que Calderón usa la estrategia contra la inseguridad para legitimarse. Que es algo que incumbe a los que sufren. Algo extraño que se evapora en el mar de noticias. Un renglón ajeno al texto general. Una coma que no va ahí: el sinsentido y la obsesión de un hombre. Algo que es fácilmente criticable porque ven la superficie, lo que es fácil de pescar. No es que se busque ciudadanos ciegos que acepten a rajatabla las concesiones y prácticas del Gobierno. No ciudadanos sin ningún sentido ni sin propuesta alguna. Queremos ciudadanos como Sicilia, como Wallace, como Maria Elena Solís, fundadora de la Asociación Mexicana de Niños Robados y Desaparecidos, finalista de Iniciativa México, o como Antonio Attolini y su movimiento. Los otros, los que siguen pensando que se trata una lucha unipartidista son los peligrosos porque buscan desapegarse. A los que no les basta el diálogo sino la sumisión y el regreso a las formas del pasado. Los que ven en el inesperado choque de México contra las drogas una oportunidad para calumniar a como dé lugar. Los mismos que no se dan cuenta que este es el reto más importante y peligroso al que se ha enfrentado la República. Los que de antemano ven por perdido cualquier intento de lucha. Los de los versos de clausura.

Los caminos del amor.

 

Por Guillermo Fajardo
Si Eros fue hijo de Poros (Riqueza) y de Penia (Pobreza), entonces el Amor es símbolo de lo que carecemos para después abundar en él. El amor como impulsado por la carencia para sobrellevar el arduo camino de la búsqueda: es la carencia la iniciación necesaria para aspirar a lo perfecto. No es la imperfección de donde surge el anhelo para buscar y amar, sino de una privación perfecta, de una ausencia motivada por la separación de los andróginos, de una distancia que es necesario unir. El Amor como diálogo entre los amantes que se buscan unos a otros para conocerse y elevarse. Afirma Platón  en El Banquete: “Por su naturaleza no es inmortal ni mortal, sino que en un mismo día a ratos florece y vive, si tiene abundancia de recursos, a ratos muere y de nuevo vuelve a revivir gracias a la naturaleza su padre1"¿Elogio del Amor? Más bien conocimiento de su esencia, de lo que es: un sentimiento caprichoso, incierto, casi tan cambiante como el fuego del que hablaba Heráclito y que nos recuerda Ramón Xirau: “Nada tan variable como una llama, nada con tantas posibilidades de de transformación2”. Entonces se comprende que el amor, a pesar de su estabilidad posterior, tiene un grado de incertidumbre: en las primeras etapas de la búsqueda no hay que comenzar a esbozar respuestas, sino hacernos las preguntas adecuadas. Dos clases de amor: uno vulgar, otro perfecto. El primero, según Platón: “…es el amor con que aman los hombres viles3”. Por lo mismo, el Amor, al ser abundancia, no puede quedarse en el sentimiento que lo motivó, la carencia, sino que, al igual que el alma que vuela por los cielos para después caer, como refiere Platón en el Fedro, “se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre4. Y entonces, cuando se mira al objeto de su querer, se justifica que se cometan actos reprochables, reprobables, “…la costumbre permite alabar al enamorado, que por tener una conquista comete actos extravagantes, actos que si alguien osara realizar, persiguiendo otro fin cualquiera o queriendo alcanzar otra cosa salvo ésta, incurriría en los mayores vituperios…” 5. Ahora, el Amor como égida que justifica, que aplaza el terror del reproche y los señalamientos inculpatorios.


 Nos dice Platón que, en efecto, el que ama no solamente conquistará usando tácticas que pisan y muerden terrenos insospechados, sino acciones que podrían parecer reprobables. La súplica del Amor: el saberse poseedor de una explicación duradera: se hace porque se ama, se ruega porque se quiere, se llora porque se extraña. Todo, envuelto en un perdón anticipado, una vacuna al que se recurre sin malicia y sin ánimo de verse corrompido por algo menos delicado: “Y lo que es más asombroso, al decir del vulgo, es que el enamorado es el único que, al hacer un juramento, alcanza el perdón de los dioses si lo infringe, pues dicen que no hay juramento amoroso”6. Y luego, el amor perfecto, el que proviene de una diosa (Urania) más experimentada y “exenta de intemperancia”.7
Pero el amor no solamente funciona como medio para aspirar a una felicidad atisbada desde siempre por los hombres, sino como método conciliador entre contrarios. Surge una función mediadora, que une lo armónico con lo no armónico, o lo blanco con lo negro. No se trata de un sentimiento neurótico, que busca a toda costa realizar pactos de paz, pero de unir naturalmente lo que es enemigo, contrario, antagonista con ánimo de lucha y perversión. “El amor es la fuerza dialéctica…Mediante su esfuerzo, eleva las formas inferiores a las formas superiores de la existencia, lo que tiene menos ser y menos valor a lo que, en la plenitud del ser, halla la plena perfección”8. Tenemos ahora que, además de amigo y propiciador de unión, es un escalón hacia la corrección, hacia el refinamiento de las cosas al hacerlas objeto de la unión entre el que siente y el que recibe. El amante resulta ser la compañía añorada, la fuente interminable de un conocimiento que llena al otro. Amor al conocimiento: no solamente como base e inicio de la filosofía, “La filosofía es el amor a la verdad, la búsqueda de la verdad. La filosofía se ocupa de la verdad de modo global, sin restricciones”,9 sino como fenómeno que existe en el otro para aprehenderlo en su totalidad, conociendo la base de lo que es, raspando la superficie para llegar a ver y palpar lo que hay debajo, para amar lo invisible, no el cuerpo que se ve desgarrado por el tiempo, pero la personalidad que se queda resguardada bajo llave en la conciencia. “Así, pues, es cosa realizada de fea manera el complacer a un hombre vil vilmente; y de bella manera, en cambio, el ceder a un hombre de bien en buena forma. Y es hombre vil aquel enamorado vulgar que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante, pues tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que precisamente está enamorado, se marcha en un vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas 10 .

Asistimos a la supresión de la superficialidad: no importa lo que se ve porque se acaba, importa lo que persiste porque se conoce. Se ve a las claras que el mundo del amante debe de ser el libro abierto de la constancia; el inesperado descubrimiento que la rutina de la personalidad conlleva a la alegría; que mirar las monótonas olas que se repiten es admirar la estabilidad. Desterrado de aquí el cambio, el movimiento necesario en Aristóteles por su inconstancia, por su veleidad, por su inconstancia. Por eso el mundo de las ideas de Platón, “…Platón se vio obligado a establecer su teoría de las ideas. Pues, como explica el Filósofo en la Metaphysica, creía que todas cosas sensibles se encontraban en continuo movimiento y que, por lo tanto, no se podía hacer ciencia y versarían las definiciones 11. Salta a la vista la relación entre la teoría del conocimiento de Platón y su concepción de amor. Ahora podemos ver con mucha mejor claridad porque en el mito de la caverna se desdeña a los que ven las sombras y, atados, no pueden ver más allá: porque las sombras cambian, mutan, son diferentes a cada paso que dan. Es necesario salir y aspirar el aire del conocimiento, la luz de la claridad, mojarse en las aguas de lo que en verdad perdura. Conocimiento y amor íntimamente ligados para conocer al objeto del querer y para amar ese conocimiento. Cadena necesaria porque la alegría del descubrimiento perdura por la batalla continuada del amor. Hemos llegado al núcleo de la filosofía, a la llamada que el mundo les hace a los hombres para descubrirlo. “Como la dialéctica, el amor aspira a sobrepasar la pluralidad para llegar a la unidad, a vencer los obstáculos de los sentidos para adquirir el conocimiento de la verdad 12”. El amor no puede ser instrumento para regodearse en el conocimiento imperfecto o en las salidas fáciles del mal. No es un camino para el mal entender.
Y de verlo como algo inocuo, Platón nos muestra la espada y el filo del sentimiento: “Por consiguiente, si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente en el honor 13”. Platón llega al extremo de proponer un ejército de amantes, en donde el sacrificio importe no tanto para defender la patria, sino para no verse abatidos frente al que aman. Una especie de inspiración les lleva a hacer bien las cosas, a evadir los feroces dientes de la flojedad y dejar llevarse por el ímpetu o el arroje del metal y del fuego. Y de ser necesario morir, morirán juntos. No es pasión desenfrenada: es la luz natural del amor, pues según el mito de los andróginos, si Hefesto llegara a unir a los que están separados, estos aceptarían sin rechistar. ¿Dudaríamos que quisieran estar juntos en la muerte?
Si Platón le dedica un libro al amor, es porque éste forma parte intrínseca de su filosofía, una gramática expuesta que navega entre sus letras. A decir de Xirau, “Platón, filósofo del amor y del ser, es también el primer ideólogo de Occidente 14”. Por eso El Banquete, por eso el fenómeno del amor y las respuestas de los comensales, por eso la alabanza a Eros y sus mitos, por eso los ejemplos y la búsqueda del otro. Si se busca la unión por impulso natural, entonces cualquier encomio del amor quedará corto, y no por falta de palabras, sino de vida.



Bibliografía:

1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006.

2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007.

3.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión.

4.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.

5.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209



CITAS:


1.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 60-61.
2.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 34.
3.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 22.
4.- Araujo, María (trad), Obras completas, Aguilar, Madrid, 1979, 2da edición, 4ª reimpresión, pp.864; 866-867.
5.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
6.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 25.
7.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 23
8.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 61.
9.- Polo, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Ediciones Universidad de Navarra S.A., Pamplona, p. 21.
10.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 26.
11.- Márques García Alfonso y Fernández Antonio José, Exposición del “De Trinitate” de Boecio Q.5 a 1, p. 209
12.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 62.
13.- Gil, Luis (Trad), El Banquete, Ediciones Folio, Barcelona, 2006, p. 18-19.
14.- Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la Filosofía, UNAM, 2007, p. 75.






lunes, 20 de junio de 2011

Hielo Negro

Por Guillermo Fajardo

¿Para qué una novela? ¿Para qué imaginar personajes ficticios decorados con las obsesiones del escritor, empapados del perfume de la vida del que escribe, condecorados con la noción de la experiencia del que imagina? ¿Tiene la novela una función que va más allá del mero entretenimiento? Dos recordatorios. Uno de Jorge Volpi, para el cual, “la ficción cumple una tarea indispensable para nuestra supervivencia: no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente —a repetirlas y reconstruirlas— y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad.” Es decir, la novela y la ficción como forma de alcanzar vidas que, de otro modo, nos estarían vedadas para siempre. La literatura como herramienta para aprehender el mundo: “No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas —y quien no persigue las distintas variedades de la ficción— tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo”. Así, la literatura no parece tan inocua o insípida como antes. Otro ejemplo. Javier Marías, en su más reciente novela, Los enamoramientos, menciona que, “La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da”. Sin ánimo de parecer pedantes, habría que agregar, “pero que se puede dar”. La literatura igual que una fina brisa de polvo que se mete a la nariz para hacernos estornudar y reaccionar; las letras como artífices de un tiempo y un lugar olvidados o secretamente imaginados pero nunca expresados nos transfiere valiosos momentos de adaptación, de supervivencia: ¿qué haríamos si estuviésemos en el lugar de Tooru Okada en la novela de Murakami, si fuésemos un profesor de Filosofía detrás de una adolescente como en Fadanelli, o si tuviésemos que elegir entre dos caminos claramente señalados como Irina McGovern en la novela de Lionel Shriver? Quien lee no solamente logra un festín de supervivencia y de decisiones morales escondidas en nuestras decisiones, sino que logramos sacar a flote las estelas y destellos de lo imaginado transferido a la realidad: la imaginación es conocimiento de uno mismo. La literatura como denuncia social, como valiosa manifestación de algo que sucede pero nadie conoce, de algo que se palpa pero nadie ve, de un cuarto obscuro que el escritor ilumina para conocer cada figura y compartirla con los demás. La escritura y la novela como pedagogía. La ficción nos ofrece la materia prima de lo alternativo, de lo que aún no sucede para que nosotros la moldeemos a nuestro gusto. En este sentido, el escritor no debe esculpir como una estatua inamovible a sus personajes, sino dejar abierta un resquicio de duda, una curiosa concesión al lector: tú también escribes la historia.

Por lo mismo sorprende que Hielo Negro, la novela más reciente de Bernardo Fernández, se haya llevado el Premio Grijalbo 2011. Una novela con una fuerza motriz que explicitica el crimen y la violencia; una novela cuya sangre brota a borbotones y analiza las relaciones interiores del narcotráfico. Una novela bien escrita, con una historia que pasa la crítica y un final que salta por inverosímil. Es una buena novela, pero nada más: me pregunto porque el jurado la habrá elegido ganadora. ¿Entonces qué es lo que falla, lo que no embona? Comparándola con La Reina del Sur de Pérez Reverte o La Voluntad y la Fortuna de Carlos Fuentes (comparación merecida, me parece), se ve a leguas que Hielo Negro carece de la excelente historia y ritmo de la primera, y el misterio y la excelsa provocación de las letras y de los personajes para seguir leyendo de la segunda. La novela, una pugna entre una policía judicial enamorada de su pareja de trabajo, y una narcotraficante que colecciona obras de arte, es una inmensa premonición que el lector advierte apenas concluye los primeros capítulos: mucha muerte, mucho sexo, mucha violencia. Los personajes, trillados: groseros y soeces. El final, más que una verdadera pelea por la vida, resulta ser una conciliación tácita de la ilegalidad y un golpe inverosímil de la fortuna: casi como si el escritor pusiera sobre la mesa el hecho de que  la desgracia y el final feliz siempre vienen acompañados. Idea poco innovadora. La novela de Bernardo Fernández resulta estar entre el montón. Resulta ser entretenida y con un humor negro bien logrado por aquí y por allá. Pero no logra nada. Es tan poco lo que tengo que comentar de ella, que aquí dejo el artículo para dar por concluida la verborrea. El ideal de Volpi queda desterrado de la novela porque Fernández deja una única puerta abierta para el lector, que lo conduce inexorablemente a un sentimiento visceral que afluye a cántaros a lo largo del relato, un doloroso descubrimiento que ha llevado a los hombres a matarse a lo largo del tiempo: la venganza.

domingo, 12 de junio de 2011

Palabras

Guillermo Fajardo

El debate abre puertas hacia las propuestas, hacia los contornos de las figuras de la comunicación, de la transparencia: de la inclusión del ciudadano en la mente del servidor público. Durante muchos años asistimos a la reunión cadavérica de las palabras, en donde un solo centro de poder dictaminaba lo que era posible publicar o no. Hoy, la explosión de los medios de comunicación nos permite tener más de una verdad: el torbellino informativo al que el ciudadano se ve sometido conduce al periodismo irresponsable, capaz de informar lo que viene en gana con tal de nadar, plácidos, y de concurrir, felices, en las aguas de la opinión pública. También, durante muchos años, fuimos partícipes del México monocolor: un país estructuralmente bien diseñado pero democráticamente adormilado, dando pasos tímidos y uniendo en bloques rígidos a distintos sectores sociales. El partido dormía gustoso. El partido repartía con una sonrisa. Las palabras quedaron selladas.

Pero por lo mismo no sorprende que el Gobernador se haya negado a debatir. Un hombre poco inteligente, encumbrado por el chorro propulsor de la opinión pública; abanderado sin precedentes de la política superflua y vacua; amigo supresor de sus propios errores y figurín bien acicalado en los sociales. Por ahora no tiene un incentivo por el cual debatir. En su lugar, instó a su émulo a ponerse a trabajar. Recuerda a López Obrador: ambos creen que el debate es un lugar dispensable; un monstruo extraño para sacar votos. ¿Para qué pronunciarme sobre temas que no entiendo ni conozco? ¿Porqué sentarme con mis adversarios a debatir si el destello de la imagen me da más que la monotonía de las palabras?  ¿Acaso el soliloquio frente a la cámara es más importante que la sonrisa frente a la misma? Mejor pronunciar discursos rimbombantes pero carentes de sustento a buscar la rispidez del enfrentamiento. Mejor levantar las manos de los Gobernadores ganadores a buscar soluciones en mi Estado. Pido que trabajen mientras yo me voy de gira. El electorado no necesita gobernantes pensantes pero servidores con mentiras bondadosas, no alguien que nos saque de la miseria y del lodo en el que vivimos pero alguien que nos cuente con dientes blancos y una mano tersa lo que queremos escuchar. Es mentira que el salario mínimo alcance para más, es mentira que México sea un país de renta media. ¿Qué acaso estos del partido gobernante no escuchan el clamor de los ciudadanos frente a su insensibilidad? Por lo mismo no importa mi Estado gris: porque estoy hasta arriba.

El mismo Gobernador cuyo Estado registra, según datos del Observatorio Femenicidio de México, el  42.98 % de muertes de mujeres a nivel nacional1. El mismo Gobernador cuyo Estado en el tema de transparencia apareció en 2007, según datos del Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, en el último lugar nacional y, en el 2010, en el penúltimo, solamente después del Distrito Federal2. El mismo Gobernador cuyo territorio se ve asolado por muertes ligadas al narcotráfico. El mismo Gobernador que ve con placer como el IEEM está subordinado a su mandato, maniatado por favores y tristemente silenciado. El mismo Gobernador del terrible caso Paulette. Ese político es el que no quiere debatir, el que sigue pensando que la ciudadanía necesita héroes de cartón y no políticos. El que refunfuña y desconfía de las candidaturas ciudadanas, el que frenó la reforma laboral, el que eliminó las candidaturas comunes en el Estado de México. El Gobernador cuyo padrino político es Arturo Montiel. El político amable y dador de vida no quiere debatir. No es necesario. Las palabras sobran cuando la imagen se infla. Tiene miedo a que lo refuten, a que lo expongan como es. Se refocila frente a las cámaras. Se ve cómodo en la mentira. El partido lo abraza y la sociedad la conoce. Puede prescindir de la inteligencia y de la democracia, de la verdad y de la ciudadanía. Piensa que la administración pública no es un instrumento para dar esperanza, sino una fotografía para inmortalizar su paso por la historia.

Bibliografía:

1.- http://www.observatoriofeminicidiomexico.com/Informe%202009-2010.pdf, revisado el 12 de junio a las 12: 38 a.m.

sábado, 4 de junio de 2011

Las desgracias.

Por Guillermo Fajardo

Alfonso Zárate, perspicaz analista político, preguntó en su columna de El Universal lo siguiente: “¿De verdad creen, quienes promueven la candidatura de Ernesto Cordero, que la cosmetología política, el marketing y otros artificios serán suficientes para hacer el prodigio y convertir a una figura tímida y anticlimática en un candidato capaz de disputarle la presidencia al PRI?”. Este agudo articulista no sabe que fue a través de todo lo que menciona como se ha construido la candidatura de Peña Nieto: un hombre poco inteligente con tubérculos que acechan lo que ahora es impoluto: su imagen. El espejo del PRI es el propio Peña Nieto: el candidato a desmentir, no a vencer. El hombre de los cientos de compromisos; el hombre que destapa su corazón y su cotidianeidad como ciudadano cuando sale cansado del trabajo, el hombre insípido pero terso, mórbido y tragable, risueño y misterioso. Hemos asistido a la seducción a la carta, en palabras de Lipovetsky: el menú personalizado para cada elector. Y es que Peña es político pero también artista, famoso pero también sencillo, candidato que se destapa sin hacerlo, promotor de empresas pero guardián celoso del medio ambiente.


 Por otro lado, este mismo articulista piensa que la carta a favor de Cordero fue al más puro estilo priista. Se equivoca otra vez: en el pasado la cargada se daba porque el preferido del Presidente ya había sido elegido, esto significaba el fin de la contienda interna: en el PAN apenas comienza. Se contradice a sí mismo al afirmar que: ¿Qué se proponen con el prematuro destape? ¿Darle visibilidad a un casi desconocido secretario de Hacienda? ¿Desalentar a los que compiten por fuera del círculo presidencial? Pues si eso pretendían, el ejercicio puede resultar un ensayo fallido. Precisamente porque el ejercicio resultó, según él, un resultado fallido, la cargada a favor de Cordero no es igual a las épocas priistas. A la pregunta de cuál era el propósito, se contesta a sí mismo haciendo la pregunta siguiente. El destape de Cordero tuvo un efecto de concentración de opinión que no ha tenido Alonso Lujambio, Josefina Vázquez Mota o Santiago Creel cuando se destapan cada dos horas en distintos medios. Las sensaciones que ahondan más fuertes son las que provocan una descarga fulminante. Esta lo fue. Nadie declinó porque es prematuro hacerlo: es irresponsable. Los tiempos políticos son ponzoñosos para quién no los respeta: he ahí la obsesión de Fox de abatir a López Obrador.

El PAN ha fallado en su estrategia para diluir y empapar a la ciudadanía de su proyecto. La estrategia contra la inseguridad es desgastante y cansina, opaca y evasiva. La consolidación de un proyecto político se logra mediante el convencimiento de voluntades, de bocas y manos que se unen. La batalla contra el narcotráfico, la más puntiaguda de las decisiones, fue tomada casi al vapor. No se esterilizó la jeringa, no se corrigió el texto. Se creyó que la presencia de los militares ahuyentaría a las bacterias. Y ahora una sombra acecha a los panistas: parece que el electorado prefiere a los corruptos y no a los inexpertos; parece que los jóvenes prefieren al PRI a pesar de sus viejas prácticas; que la sociedad prefiere escuchar mentiras bondadosas a verdades que sangran. Que prefieren el circo de Moreira a la circunspección de Madero. El PAN debe dejar de acudir al pasado como fuente inagotable de objeciones: si el partido quiere construir candidaturas, que presente un proyecto de país y se deje de presentar como lo que no es: un partido moderno que a veces luce cansado, con una carta muy abierta de jóvenes que sin embargo se muestran escépticos, con una voluntad férrea pero desmañada. La política es el lugar donde se contonean las ideas. Donde la facilidad del discurso debe ir acompañada del rasposo ¿cómo?, donde la pregunta que se le hace a la ciudadanía no es unilateral sino incluyente. Si se aspira a gobernar, se debe aspirar a entender. Andamos y nadamos entre fauces siniestras, localizamos el dolor pero no la medicina. El juego político consiste en el debate y no en la evasión, en la seriedad y no en la desfachatez, no en el ingenio, sino en la inteligencia. La democracia es un texto abierto que miramos con desagrado por las promesas incumplidas: el problema es que solo hemos mirado la portada. Vale la pena desentrañar las oraciones, leer la novela completa, soñar con el final.

http://guillermofajardo89.blogspot.com

Murakami y el amor.

Por Guillermo Fajardo.

Pareciera que hay momentos en donde las leves alteraciones se suceden no para contrarrestar la trágica realidad sino para hacerla más llevadera a pesar de su contrariedad. Poco a poco, conforme el tiempo pasa y se queda atrás, decimos sin ambages que hemos cambiado o que el mundo se transformó: en este sentido las cosas que nos rodean son fruto de nuestras percepciones. El pasado se yergue imponente y el amor se destruye sin que lo notemos: uno, por inalterable y, el otro, por inestable. La novela más reciente de Murakami sintetiza las aproximaciones que el pasado y el amor tienen sobre nosotros: límites borrosos porque los entendemos como formas que dejan rastros; como líneas que surcan la bóveda de nuestra conciencia y lo cerril de nuestra voluntad. 1Q84 es una novela en donde (al igual que las pasadas) Murakami presenta un mundo aparentemente normal, en donde Aomame es una mujer bella y Tengo un escritor con futuro. Poco a poco, conforme el mundo los engulle y los hace prevalecer como síntomas protagónicos, surgen las diferencias: Aomame es una asesina, Tengo, un escritor que corrige una novela de una adolescente rara y retraída que gana un premio literario. Conforme el lector avanza, el mundo de Murakami muta, se revuelca y sale de un lodazal metafísico y misterioso, en donde aparecen dos lunas, la Little People o comunidades religiosas con un líder pederasta. Cuando la novela termina aceptamos sin condiciones que aquello es posible. El lector no solamente anda y palpa entre las letras sino que cada noche sale al balcón para ver si, efectivamente, todo sigue igual: si las dos lunas de Murakami no están ahí, si es posible hablar con los gatos o verificar si en el universo de la conciencia no surge una prostituta mental. No se vislumbran por ningún lado los límites de lo normal, la sensación de monotonía, el abrazo efusivo de la rutina. De las fibras agigantadas de lo anormal surgen los huecos que permiten meter los cambios sin que lo notemos.

 Los personajes son creíbles a pesar de pasivos: en Murakami se respira una fatalidad inmarcesible y una conciencia suprimida. Los protagonistas nunca quieren serlo. La carga de erotismo siempre va acompañada de una riada de imágenes sumamente gráficas y en cierto modo dosificadas por el mismo pasado. No llega a ser pornográfico porque no hay intención de buscar placer, y los recuerdos se suceden más bien como acciones a las que les falta la comprensión: Tengo, el protagonista, recuerda a su madre en una imagen muy erótica que nunca se justifica. Por otro lado, el recuerdo de amor y a la vez de pasión más fuerte a lo largo de la novela es haber cogido de la mano a Aomame a los diez años. Esto no es creíble en Murakami: el recuerdo vago de agarrarle la mano a una niña a los diez años no puede ser tan determinante a la hora del querer. Pero, nuevamente, Murakami quizá lo justifique porque en el mundo de 1Q84 todo es posible. El sueño del amor no debe ser congruente con la realidad: se ama lo que nunca se tiene en toda su extensión, no lo que, teniéndolo, se considera prescindible. Por eso la distancia en Murakami abre un boquete que eterniza el amor a través del pasado: el simple hecho de decir que un leve susurro del amado basta para colmar las ansias es señal de que el corazón hierve de ganas. Murakami regentea la presidencia de lo increíble; la superficialidad de contar las cosas sin adjetivos; de ser un escritor que vende lo que no se puede comprar. El Eros en su máxima expresión. No como sacrificio absurdo del amante que se avienta al tren, sino como dolor que se inocula poco a poco a lo largo de los años. Quien ha extrañado desde lejos comprenderá que la locución y la histeria de no poderse comunicar edifican un amor extraño, contrario a lo que piensa Silva Herzog: “Y es que el amor no se calma con fantasmas. Tiene hambre de realidad, necesidad de presencia", sino un sentimiento alimentado por la ausencia, por el increíble dolor de los hechos. Ese es el tema principal. Siempre lo ha sido: las mujeres ausentes, el sexo femenino desterrado del amor masculino, los andróginos del Banquete de Platón realmente separados: viven en mundos que no coinciden, que no embonan, quizá porque el amor resulta de la mezcla que supone la distancia y, después, la imposibilidad de conquistar al otro. Quizá para siempre.