domingo, 30 de octubre de 2011

L-E-T-R-A-S

Por Guillermo Fajardo

Cuando escriben Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez habla Latinoamérica. Cuando ellos expresan América Latina se detiene detrás de ellos. Sus novelas son el retrato más representativo del español en el mundo. Así podremos decir de muchos novelistas, que no solamente son una voz, sino todas las voces. La pretensión de universalidad se alcanza con ciertas plumas. Y es que la novela no es entretenimiento sino pregunta constante; nunca apática, la narrativa se debe mantener en tono de rebeldía ya sea ante cualquier aspecto de la vida o resquicio de realidad: no hay cosa más dichosa para un escritor que la censura. El dictador indicando a sus súbditos que la lectura la dejen a un lado. Primero las odas al pensamiento; antes los lambiscones a las preguntas. La lectura en voz alta, técnica muy recurrida hace ya algunos siglos, era una manera segura de contrarrestar los embates de las dudas, la terrible omnipotencia del lector que interpreta: cuando el maestro leía tal o cual texto era posible hacer un apunte enérgico, era posible indicar a sus oyentes que solamente había una interpretación. Dios así lo quería. El César así lo ordenaba. Se prefería la intervención de la palabra a la soledad del lector. Era preferible recordar a plasmar. Pero el libro escrito como forma de recuerdo pasó a ocupar una parte importante en la historia de la lectura. Ahora la lectura en voz alta es rara, y es más bien el hombre, sentado con un libro abierto y decodificando las palabras lo que le da origen, desarrollo y vida a los libros.

Los escritores son héroes frustrados o fantasmas concretos: lo primero por su ambición de recrear lo que no pueden y lo segundo por su intangibilidad a la hora de leerlos. No están ahí pero están. Los personajes son dudas andantes y las emociones una fina pieza de relojería que avanza inexorable hacia un final que nunca la va a alcanzar a explicar en su totalidad. Y cada pieza literaria comprometida con su tiempo, su historia y su misión. Los lectores aceptan, renuentes, la novela enmascarada de autobiografía. El escritor sentado develando sus secretos. ¿No es la novela, entonces, el acto más egoísta que hay? ¿Es una advertencia al lector, condicionada desde el principio, de que va a encontrar un aleccionamiento constante? ¿No es la pretensión del escritor el enseñar, el exponer lo que no es suficiente? ¿Sería la novela tan necesaria si encontráramos de antemano todas las posibilidades y aceptáramos sin miramiento alguno lo que hay?  No hay novela feliz. No hay historia que funcione así. Toda narrativa lleva envuelta el paño de lo incompleto, de lo que no basta, de lo que falta explicar. El desequilibrio que plantea una novela es brutal porque no solamente pretende alcanzar el futuro con una pregunta, sino replantear el pasado con una certeza. Llegar al origen de las acciones humanas plantea una dificultad que arrastra y diezma la tarea de replantearse lo que sucedió. El escritor entonces es también un impostor. Alguien que viajó al tiempo a través de las letras de otros para hacer suya el tiempo que ahora le plantea al lector.

Pero es también la escritura un acto de gratitud. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Vargas Llosa nos dice que “si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho, sus sombras nos sumirían en la oscuridad”. El abrazo y la efervescencia de un pasado que está en las letras y que nos llega fácilmente: no hay cosa más pronta, rápida y directa que sentarse a leer. Nada ocurre tan rápido en una novela que la mente no sea capaz de digerirlo y nada tan lento que la memoria registre al instante por el paso aletargado que podría suponer leer. No hay apuro pero tampoco lasitud. El lector es dueño de sus movimientos. En un mundo tan intranquilo sentarse a leer parece un acto contra natura. Una acción tan irrisoria, tonta y casi antinómica entre el principio de la eficiencia que dicta la rapidez, y la moderación y el silencio que acecha a unos cuantos. “Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”. Vargas Llosa da en el clavo: la literatura sin una pizca de humanidad es una farsa. El escritor no está, ni debe de estar, al servicio de vilezas o bajezas que deshonran la causa de encontrarnos iguales. Lo sé: los soñadores se encuentran en todas partes. Discurso universal; la literatura es la lengua de Babel previo a la confusión. Esta concepción de las letras está abandonada a su propia suerte. Se ha dejado a un lado la literatura por el apuro que supone vivir. Y no es que la imaginación resuelva o mitigue las injusticias, sino que las anuncia para ser combatidas. Las letras invitan al pensamiento y nos orillan a enganchar y cuidar lo que apenas germina. Allí dónde hay conciencia de cambio, hay cultura, literatura y, si hay literatura, hay historia, recuerdo, condena, progreso

domingo, 23 de octubre de 2011

Gerardo

Por Guillermo Fajardo

Casi lo he llegado a admirar con la reserva que suponen los ídolos. Nada en la vida carece de una explicación. Yo supondría que se trata de una bien alimentada, edulcorada, envanecida y palomeada estrategia política. Tiene un discurso vehemente, alocado y furibundo. Les robaron la presidencia. Tienen a un criminal, dice, en la Secretaría de Seguridad Pública. El Presidente es vituperado y corregido en cada una de sus declaraciones. No sé si se trata de demagogia exacerbada, de un guión bien amaestrado o simplemente de una convicción tan profunda que tiene las raíces colmadas de agua. En las comparecencias de García Luna y Lozano hizo lo mismo que ha hecho los años pasados. La democracia abriendo de brazos a los que en una frase tienen mucho que decir sin decirlo. Los calificativos embadurnan las palabras de grasa para caer, fáciles, en el tobogán de los extremistas. Adjetivos que inflaman; palabras alocadas y descalificaciones torpes, burdas aunque efectivas. Es un político de culto. Tiene aficionados que darían la vida por él. Quema las sesiones; las llena de gasolina y deja un fósforo encendido. Pareciera que no lo hace a propósito y que su elocuencia a la hora de culpar es síntoma de lo mal (piensa) que lo ha hecho el Gobierno Federal. Es el primer perro que escucho que ladra y que se le entiende. Es el primer político congruente: nos guste o no, su exacerbado discurso colma de lava lo que antes fue verde; con su saliva desgasta lo intocable; es temerario hasta el extremo. La localización de su voz la encontramos fácilmente en la Cámara. Los susurros y los murmullos no son lo suyo. No quiere construir misceláneas sino catedrales. Se sube al púlpito y acusa de lo que sea al PAN o al PRI. Todos los que están en su contra son “empleados”, “vende patrias” o “asesinos”. Ahí está el problema. Quiere radicalizar. Pone veneno en el agua y después se voltea. Les da cerillos a los pirómanos; dinero a los ludópatas; abre las puertas gustoso a los sediciosos. Insiste en la revolución. Insiste en jugárselas a todas y a todos. Se revuelca en el pantano y da vueltas, orgulloso. No es un bribón: es una piraña. No es cínico: es mordaz.

La democracia viendo como uno de los representantes de la Nación jugando a acusar sin fundamento alguno. Que si García Luna tiene casas millonarias; que si el Presidente es un borracho; que si Lozano es un ladrón o lo que sea. Lo dice con la convicción del que sabe o ha visto cosas que los otros no. Es un hombre culto, al parecer. Le gusta leer. Arrulla a sus enemigos con largos pero directos discursos. Es el hombre más elocuente de la política. Suena veraz. Qué pena que pierda su tiempo y su carrera política en el PT y en la izquierda. Estos partidos rapaces han buscado pervivir a través de liderazgos espinosos y rampantes pero inútiles políticos. Quizá sería un buen gobernante aunque populista; incendiario aunque elocuente. Exponiendo en la canícula a los que tienen sed y apartando a los satisfechos del botín. Asiste y promueve la orgía para después descalificar. Así vive la política Gerardo: se trata de alguien inteligente que pierde el tiempo del país y de la democracia en señalamientos que, si bien ciertos, también inasibles por incomprobables. Si con el mismo dinamismo, fuerza y pasión defendiera lo que realmente importa, tendríamos antes nosotros a un político de época. Está demasiado volcado en descubrir marañas que quizá no existan: cae en el típico error de la política: quiere buscar las protuberancias, las turgencias y las cicatrices donde sea, pero al costo de conseguir, simplemente, adeptos. No es descalificar y ni siquiera proponer sino moderar. El político debe de negociar y encontrar puntos de acuerdo y no en ufanarse de su propia bandera. López Obrador es un fardo que a nadie ayuda. Y el talento de Fernández Noroña ahí, en el nicho más desgastado y odiado del país. Recurriendo a los temas más manidos y controversiales. Le llegué a preguntar cuántas iniciativas había preguntado. Dijo que una. Ahí está el problema, otra vez. Ya sé que tampoco presentar iniciativas hace al buen político. Pero sí nos da una idea de su compromiso, de su tiempo para pensar en cómo mejorar y colmar las lagunas o las contradicciones en la ley. El último año de Gobierno será su año. De eso no tengo duda. Dejando caer el plomo sobre los ineptos; aplaudiendo las supercherías y aquelarres de López Obrador; gozando como al Gobierno Federal se le desgasta absolutamente todo. Buscando otra oportunidad para volver a morder. Es astuto, oportunista, valiente. Pero no avanza a ningún lado. Ahí está el problema.

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Importan los números?

Por Guillermo Fajardo

Luis Videgaray escribe un timorato, vacío y enclenque artículo acerca de las deudas públicas de los estados de la Federación en la revista Nexos de este mes. Cómo un susurro y una sombra, y como ejemplo de perfección, dice que la administración de Peña Nieto bajó su nivel de endeudamiento; que las deudas públicas de los Estados no representan un riesgo a las finanzas nacionales y nos compara con Brasil y Argentina para hacernos saber que los estados de estos países tienen un mayor nivel de endeudamiento que el nuestro. Presenta elocuentes gráficas y ¡pide que “se obligue a los bancos a evaluar el riesgo crediticio y la capacidad de pago de las entidades federativas”! No toca, por supuesto, el problema que representa el poder exacerbado; la supresión de la división de poderes en los Estados y la opacidad de muchos de ellos a la hora de presentar sus deudas. Aquí no se trata tanto de si la deuda pública implica un problema para la Nación; tampoco si debe de haber una mejor regulación o si las transferencias federales deberían ser menores. La ferocidad y la obesidad por el dinero se han convertido en un asunto que traspasa el velo de lo técnico para instalarse, cómodo, en el sillón de la moral; de una nueva actitud; de un federalismo responsable. El problema está en que el Gobernador Moreira no abrió la boca para hablar de su deuda y que poco le importó al partido dar una explicación.

El nuevo PRI es el que arropa: la única condición es ponerte la camiseta; es el que promueve la unidad que nada y se da baños de pureza y que ataca y acusa de morbosos a quienes los critican; el que quiere la cláusula de gobernabilidad anulando los esfuerzos de la pluralidad; el PRI que se cierra a las candidaturas ciudadanas; el PRI de la Ley Peña y el partido que presume un cambio de piel y una nueva tonalidad ahora sí acorde con el presente con tan solo abrir la cortina y presentar a Peña con un excelente trabajo dental y un concentrado, repetido y hermoso romance. La hediondez que emana de una buena estrategia televisiva inflada de aire. El horror a la hora de salirse del guión. El temblor y la taquicardia a la hora de pensar. Y es que los números que arrojan las encuestas importan más que cuestionar al puntero en imagen y olvidarse de Beltrones. Curiosamente, éste último es el que parece darle una nueva cara al priismo, una bofetada que los menos excitados por llegar al poder columbran desde lejos, oteando las orillas de la moderación y de la modernidad.



El asunto del oxígeno democrático no está en escribir (como lo hace Videgaray) en que no estamos tan mal. El debate público debe de radicarse en las neuronas, en el sistema nervioso y en el corazón de la Federación: modernidad; debate y responsabilidad. Videgaray, el mismo que aseguró que la compra de voto es normal nos viene a decir que la deuda pública de los Estados podría ser peor; que, al fin y al cabo, estamos mejor que otros países, y desliza la idea de que hay que ser más prudentes a la hora de condenar a Moreira. Videgaray, el supuesto cerebro del partido escupiendo más saliva que ideas y más retroceso que futuro. Se les ves orgullosos a los priistas. Saben que su candidato va como globo hacia el cielo. Qué bueno: lo único que podemos aplaudirle al PRI es su unidad a la hora de bloquear leyes y avanzar, como bola de fuego, entre la nieve. Felicidades: siguen siendo los mismos pirómanos de siempre. Enhorabuena: así debería ser un partido: unidad, coraje y concha protectora para sus miembros. Solidaridad: si eres miembro no serás expulsado. Defensa: si nos das votos yo te doy oscuridad. Orgullo: instinto partidista por sobre todas las cosas; depredación fantástica para llegar y aplaudir; el PRI es Robert Madrazo cortando el camino en el maratón de Berlín. La sinuosa, empinada y aburrida autopista de la democracia y de la transparencia es inútil. En política importan los resultados y la llamarada de la victoria. Somos hábiles gobernantes porque supimos cómo llegar. Ya después veremos cómo sanar a los infelices. Los surcos invisibles de los medios no importan a la hora de agarrar el trofeo y las cabezas gachas implican solamente una actitud bien medida hacia el poder y no una línea ostensible que golpea la nuca hacia el temor de salirse del guión. Y Videgaray cree que esto tiene que ver con el poco peligro que hoy representan las deudas estatales. Oficialmente me uno hoy al priismo: ¿cómo le harán Ulises Ruíz, Mario Marín, Fidel Herrera y Humberto Moreira para salir limpios? Malditos procaces sus críticos que no reconocen la sensibilidad social, visión de futuro y proyecto de Nación que todos estos Gobernadores mostraron. Quiero ser priista porque así seré bendecido por mi Partido. Quiero ser priista porque aquí no tengo que cambiar de actitud. Quiero ser priista porque procesar mis ideas no requiere de confrontación. Quiero ser priista porque me abren los brazos, me dan palmadas de aliento y queman el manual de la responsabilidad para darme, ¡por fin! Los mandamientos del poder.

domingo, 9 de octubre de 2011

Gritar desde el aula

Por Guillermo Fajardo Sotelo
“¿De dónde viene entonces el primer aliento de la crítica política? No proviene de una fe (…) sino de la sospecha”. Jesús Silva Herzog Márquez, la idiotez de lo perfecto.
José María Pérez Gay (1943) presenta en “Tu nombre en el silencio” una narrativa elegante, solidificada por su coherencia y felizmente actual: relata el inmarcesible e indómito grito estudiantil; la esperanza soñada de levantarse para agitar y cambiar, y la fábrica constructora de voces que, desde lo inhóspito de la desesperación, pugnan por durar.
 Los personajes de la novela, tres estudiantes latinoamericanos, viven atrapados entre la incertidumbre de un futuro poco amable y la imagen de un pasado en sus respectivos países que no fue nada satisfactorio. Quieren cambio, respiran revolución.
“La lucha de clases es una guerra: uno de los dos contendientes debe de morir”. Ese es el lema de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, cuyo líder, Rudy Dutchske, está convencido que la mejor manera de llenar las promesas de la protesta social es atar los cabos sueltos que el sistema no ha podido hilar: aún no sabemos si por desidia o incompetencia. Pero, eso sí, ¡vaya profecía actual!: los indignados en España le preguntan al Gobierno porque si, teniendo dos carreras, no tienen trabajo; porque si, prometiendo el Paraíso, necesitamos un rescate y una mano que nos auxilie; porque si, la literatura ya lo predijo, seguimos en las mismas.
Imposible no relacionar ambos momentos: 2011 y las manifestaciones televisadas, extrañamente impulsadas sin el empuje que supone verse a la cara, y la novela de Pérez Gay, en donde los estudiantes parecen ser los mismos que nos encontramos en Egipto y España. La literatura aparece como figura profética, que se introduce furtivamente en la mente y actualidad de los que estamos aquí. Pero también como apéndice recurrible: ahí está el librito de Hessel y sus consecuencias, tan fácilmente palpables que la pregunta del papel de la literatura en torno al eje de la indignación juvenil parece obvia. Confiesa el autor en una entrevista para El País, que “Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis”. Llegamos, entonces, apuradamente a una conclusión: el escritor es el único revolucionario que necesita de silencio; su lector, el único receptor que requiere la luz de las letras. Hessel confrontó en aquella época a un enemigo formidable; los estudiantes de hoy, ante una estructura temible y, en cierto sentido, difusa.
La educación parece ser el escollo más abultado que los autoritarios encontraron en este nuevo tiempo: de este modo, la superficialidad de antaño en un mundo mucho menos complicado lograba airear a los poderosos; hoy, las propuestas de los indignados no solamente registran un mohín vestido de intelectualismo sino una valentía corregida por la sensatez. Los principales convocantes en Túnez y Egipto fueron jóvenes educados con acceso a las redes sociales. Las nuevas protestas ya no requieren del puño violento de los sediciosos sino de la purga correcta que hagan los pensadores de sus proposiciones. “No somos anti sistema; el sistema es anti nosotros”, gritan. El futuro de la protesta social está en que se entienda ésta como un buen método para lograr el consenso. Mitigar los terribles efectos del divorcio ocurrido entre la sensatez y la exigencia. Los nuevos gobiernos emanados del cambio y aquellos que quieran reproducir su propia supervivencia necesitan aprender del pasado. Nuevas opciones de representación; más y mejores canales para inducir a la participación; pulir las ocasiones para dirigirse a sus gobernados con responsabilidad. El poder que inicia su camino debe desbrozar la hidra que creció: el acceso a la política entendida como libertad y derecho no es solamente síntoma de prudencia, sino imberbe paso de modernización.

Peter Weiss, en un famoso poema, escribe que quienes hacen la Revolución esperan que todo cambie: que el poeta haga mejores versos, que la mujer se consiga un marido que no huela mal, que el pescador tenga mejor suerte con su anzuelo. Cogen La Bastilla y no sucedió nada, ¿por qué? La razón estriba en la debilidad de las promesas: hagamos la Revolución entendiendo que los que forman parte de ella coincidan en promover la causa para lograr el cambio. La simple toma de ideas y la reverberación de lo correcto no harán del instante un mejor tiempo. La sazón de la transformación resulta más en lo que se hace que en lo que se pide. Es decir: ciudadanos activos no solamente por un día, sino por un camino.
Las letras, sin embargo, tienen un papel muy importante que jugar: funámbulas que se inclinan para caerse, deben mantenerse dentro de los hilos concretos de su existencia y de su objetividad. Aquellos que escriban para incitar, deben saber a dónde mirar. Hay que saber agitar pero reconocer en el temblor que se inicia los cauces que nos permitirán sobrevivir. Sí, respuesta contra la autoridad, ¿pero cuál? ¿Hacia dónde ir? En los albores del siglo la indignación parece ser la ocupación más alentadora hacia una transformación que no consista en plegarse a un decálogo de tonterías sino a un sugerente escrito de razones. La óptica del que sale a la calle a manifestarse no debe ser nunca la de la postura agresiva sino la del pensamiento bien encauzado. Dice Francis Fukuyama que “las ideas preceden a la acción”. La razón interpuesta entre los movimientos sociales y la teoría bien plantada de lo que buscamos; el eje axial de las propuestas debe estar cimentada en la consecución necesaria hacia un fin. Gritar desde el aula pero no confundir la magnificencia con la persecución y la violencia. Los libros fueron las armas que se desenfundaron en España y Egipto. Las ideas provocan mucha más irritabilidad en los gobernantes que cualquier estrategia castrense o tácticas desestabilizadores de un régimen. Los que protestan no piden que se les otorguen grandes concesiones ni estrepitosos beneficios. Piden lo que ven; exigen lo que les prometieron. Y están aglutinando las ideas que permiten la iniciación hacia el canje por un nuevo futuro, enarbolan la bandera de la prudencia y la moderación, calcan bajo la hoja de la esperanza un nuevo viento que fragüe, de una buena vez, el hilo comunicante entre la protesta social y el discurso oficial: hay que aplaudir el concurso de la retórica; auspiciar desde abajo la revolución; revitalizar, sin apresurarnos, el cambio que se nos escapa.


domingo, 2 de octubre de 2011

Lo que el imbécil del Presidente dijo

Por Guillermo Fajardo

No sea si sea un mal o el hecho de hacernos sentir bien. Cuando los ciudadanos se expresan del Presidente, Secretarios, Diputados, Senadores o casi cualquier integrante de la Administración Pública lo hacen en un tono socarrón. Por alguna extraña razón les parece difícil no burlarse de ellos cuando emiten una declaración, por seria o respaldada que esté. Las enigmáticas risillas; los labios que se arquean; las cejas que se mueven. El que con más garbo exprese la mejor ocurrencia será bendecido: quién mejor los caricaturice más sabe. Enjabonados de la más pura suavidad de la empresa del chiste, hacemos gala de nuestro ingenio despreciando y arrastrando la figura presidencial. ¡Al fin y al cabo todo mundo lo hace! ¿Quién le puede creer a ese señor que cometió fraude? ¿Quién le puede creer al culpable de tantas muertes? Después de cinco años de risa, la senilidad de las bromas se desgasta. Cada vez más abocados a lo mismo: pintar al Presidente como un enano autoritario, decirle borracho sin la más mínima prueba, asesino sin el más mínimo pudor.   Las reglas de la convivencia diaria no aplican para el Presidente y sus huestes. No se me escapa lo que pueden argüir: es verdad que, al ser figuras públicas, ni la ley ni la opinión pública pueden ser tan laxos con ellos. Pero sí deberían ser objetivos.
A México no le hace faltan mejores leyes, tampoco un cambio de tuerca en la Administración, ni siquiera mejores controles de transparencia. Al país le hace falta una sociedad decente, unos buenos ciudadanos y un buen curso de valores cívicos. El endurecimiento constante de la crítica provoca que las ideas se anclen en las piedras del salvajismo; en la saliva corrosiva de la estupidez: pegados igual que bacterias a los tejidos. Lo que los ciudadanos quieren es respirar sin ser mordidos. Lo que provoca la feliz desintoxicación de nuestro cuerpo es desentendernos de la información. Así, la importancia del debate o la confrontación de ideas se ven suprimidas por la hostilidad hacia las figuras de poder. No pretendo alzarle al Presidente un altar: solamente quiero una crítica justa, que esté bien enmarcada en la realidad o en las bases bien solidificadas de la información.
Al entrevistar al diputado Fernández Noroña acerca del supuesto alcoholismo del Presidente (entrevista que pueden encontrar en este espacio) me respondió con total seguridad que, “todo el mundo lo sabe”. Bajo esa premisa, los rumores y los susurros serian ciertos. Bajo esa premisa, el trabajo periodístico consistiría en simplemente registrar lo que la población cree saber. Bajo esa premisa, la emboscada propinada por la intolerancia, la desinformación y el desacierto estaría justificada bajo cualquier circunstancia.

A los ciudadanos les parece fácil mantener la acusación sin prueba alguna: es la patología más perversa de una sociedad podrida por sus propios hábitos de astucia, fervor a la crítica y amor a la sordera. Las maletas de la estupidez llenadas de buenas conciencias pero también de venenos furibundos. Los pacatos y pazguatos en primera fila, opinando acerca de lo que creen pero no pueden comprobar: verificando con la santidad que les da el ámbito privado las buenas o malas respuestas de sus funcionarios. Cuando se les confronta, los medrosos desaparecen bajo ninguna excusa. Pronto vuelvo al escenario cuando algo les causa comezón o hinchazón.

Esperamos tanto de la democracia sin ser demócratas. El ciudadano es la base del sistema. Su responsabilidad es exigir cuentas sin demorar la suya; alzar la voz con la coherencia en su boca; conducirse por el camino de informarse sin ocluir el resultado de la síntesis. La simulación que ocurre en la Cámara de Diputados se registra por los medios de comunicación, pero no la que se presenta todos los días en la calle. La lista de cuentas pendientes por parte de la política es larga, muy larga. Pero la enumeración concienzuda de lo que nos falta como ciudadanos no la veo por ninguna parte. Ahí, diluyéndose todos los días, México pervive gracias a las buenas bromas que tan a bien tienen a darnos todos los días. No hay exigencia democrática a los ciudadanos; la apatía no se registra en ningún lado: nadie habla de ella porque no atrae votos y nadie quiere recordarla porque no nos trae beneficios. La impericia ciudadana aglomerándose bajo la cama; los grandes eventos sociales opacando a las grandes responsabilidades públicas; las moscas que creamos alimentándose de nuestra desidia. Somos impúberes en términos democráticos: esperamos de nuestros padres que nos dejen salir sin buenas notas; que nos den dinero sin saber donde lo gastamos; que mantengan abierta la puerta, sin saber si vamos a llegar. La esclerosis atacando todo el cuerpo democrático. Los ciudadanos siguen en la postura de exigir y de broncearse con el sol que les llega de la comodidad. Simplemente burlándose y atrayendo hacia sí la feliz reputación de la que goza la sociedad civil, como si ella fuera a librarnos de todos los males. Sí, como no.