Por Guillermo Fajardo
Cuando escriben Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez habla Latinoamérica. Cuando ellos expresan América Latina se detiene detrás de ellos. Sus novelas son el retrato más representativo del español en el mundo. Así podremos decir de muchos novelistas, que no solamente son una voz, sino todas las voces. La pretensión de universalidad se alcanza con ciertas plumas. Y es que la novela no es entretenimiento sino pregunta constante; nunca apática, la narrativa se debe mantener en tono de rebeldía ya sea ante cualquier aspecto de la vida o resquicio de realidad: no hay cosa más dichosa para un escritor que la censura. El dictador indicando a sus súbditos que la lectura la dejen a un lado. Primero las odas al pensamiento; antes los lambiscones a las preguntas. La lectura en voz alta, técnica muy recurrida hace ya algunos siglos, era una manera segura de contrarrestar los embates de las dudas, la terrible omnipotencia del lector que interpreta: cuando el maestro leía tal o cual texto era posible hacer un apunte enérgico, era posible indicar a sus oyentes que solamente había una interpretación. Dios así lo quería. El César así lo ordenaba. Se prefería la intervención de la palabra a la soledad del lector. Era preferible recordar a plasmar. Pero el libro escrito como forma de recuerdo pasó a ocupar una parte importante en la historia de la lectura. Ahora la lectura en voz alta es rara, y es más bien el hombre, sentado con un libro abierto y decodificando las palabras lo que le da origen, desarrollo y vida a los libros.
Los escritores son héroes frustrados o fantasmas concretos: lo primero por su ambición de recrear lo que no pueden y lo segundo por su intangibilidad a la hora de leerlos. No están ahí pero están. Los personajes son dudas andantes y las emociones una fina pieza de relojería que avanza inexorable hacia un final que nunca la va a alcanzar a explicar en su totalidad. Y cada pieza literaria comprometida con su tiempo, su historia y su misión. Los lectores aceptan, renuentes, la novela enmascarada de autobiografía. El escritor sentado develando sus secretos. ¿No es la novela, entonces, el acto más egoísta que hay? ¿Es una advertencia al lector, condicionada desde el principio, de que va a encontrar un aleccionamiento constante? ¿No es la pretensión del escritor el enseñar, el exponer lo que no es suficiente? ¿Sería la novela tan necesaria si encontráramos de antemano todas las posibilidades y aceptáramos sin miramiento alguno lo que hay? No hay novela feliz. No hay historia que funcione así. Toda narrativa lleva envuelta el paño de lo incompleto, de lo que no basta, de lo que falta explicar. El desequilibrio que plantea una novela es brutal porque no solamente pretende alcanzar el futuro con una pregunta, sino replantear el pasado con una certeza. Llegar al origen de las acciones humanas plantea una dificultad que arrastra y diezma la tarea de replantearse lo que sucedió. El escritor entonces es también un impostor. Alguien que viajó al tiempo a través de las letras de otros para hacer suya el tiempo que ahora le plantea al lector.
Pero es también la escritura un acto de gratitud. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Vargas Llosa nos dice que “si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho, sus sombras nos sumirían en la oscuridad”. El abrazo y la efervescencia de un pasado que está en las letras y que nos llega fácilmente: no hay cosa más pronta, rápida y directa que sentarse a leer. Nada ocurre tan rápido en una novela que la mente no sea capaz de digerirlo y nada tan lento que la memoria registre al instante por el paso aletargado que podría suponer leer. No hay apuro pero tampoco lasitud. El lector es dueño de sus movimientos. En un mundo tan intranquilo sentarse a leer parece un acto contra natura. Una acción tan irrisoria, tonta y casi antinómica entre el principio de la eficiencia que dicta la rapidez, y la moderación y el silencio que acecha a unos cuantos. “Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”. Vargas Llosa da en el clavo: la literatura sin una pizca de humanidad es una farsa. El escritor no está, ni debe de estar, al servicio de vilezas o bajezas que deshonran la causa de encontrarnos iguales. Lo sé: los soñadores se encuentran en todas partes. Discurso universal; la literatura es la lengua de Babel previo a la confusión. Esta concepción de las letras está abandonada a su propia suerte. Se ha dejado a un lado la literatura por el apuro que supone vivir. Y no es que la imaginación resuelva o mitigue las injusticias, sino que las anuncia para ser combatidas. Las letras invitan al pensamiento y nos orillan a enganchar y cuidar lo que apenas germina. Allí dónde hay conciencia de cambio, hay cultura, literatura y, si hay literatura, hay historia, recuerdo, condena, progreso








