domingo, 25 de septiembre de 2011

Pocas palabras

Por Guillermo Fajardo

Fue Cordero, desde hace tiempo, el que lo invitó a debatir. Marcelo Ebrard lo acaba de hacer. Al primero lo acusan de querer montarse en su popularidad. Al segundo aún de nada, pero pronto sabremos. Los políticos no tienen prisa. La sociedad no quiere y no le interesa. Ahogándonos en lodo; respirando el aire quemado de la podredumbre democrática. Contando números y burlándonos de los candidatos. Así se vive la democracia en México: hay que esperar a los tiempos oficiales para debatir, ¿para qué hacerlo ahora con tantos precandidatos? ¿A quién le puede interesar el afluente tonto de opiniones? Esperando y viviendo felices en el crónico mal de decidir dar nuestro voto a última hora. Cargando los pesados fardos en donde el sistema confía en el voto informado y razonado sin hacer esfuerzos para promoverlo. Pretendiendo caminar en la dirección correcta, creemos que las palabras y el intercambio de ideas debe de suceder en un momento en el futuro, bajo el terrible y estricto escrutinio del rating, el maquillaje, las reveladoras luces y los dos minutos de respuesta y los treinta segundos de contra respuesta. Así, el enamoramiento que supone las elecciones con los votantes se diluye, se destruye: es absorbido por la oportunista tormenta de lo no esencial. A nadie parece importarle que el muro certificado del silencio se imponga sobre las bienintencionadas costumbres de un debate. Yo quiero verlos hablar francos, directos, sin tapujos. Algunos piensan que eso hay que hacerlo cuando la televisora lo permita y los candidatos lo sean. Creen que el conocimiento transparente de los precandidatos supondría una irrisoria y vergonzosa tradición de confusión. ¡Dios, no! Mejor solicitar de ellos la bonita costumbre del saludo a la fatigante tarea del pensamiento. Mejor la simulación orquestada de las propuestas a la sana consecución de escuchar para elegir. Hablando de las “reformas necesarias” de “impulso modernizador” y de una excelente carga de “proyecto de Nación”, los ciudadanos siguen sin exigir que los políticos pasen por el filtro de la inteligencia y el compromiso. Tampoco es que el debate solucione todos los males, pero sí informa de los que pueden venir. Como no son candidatos no hay prisa; como aún no hay piso para decidir que no hablen; como aún falta mucho para las elecciones que no propongan. Así, el puntero en imagen es el puntero en intención de voto. Nadie sabe decir bien a ciencia cierta qué es lo que ofrece. Pero así vivimos tranquilos. Deseosos de aspirar la inanición del cuerpo democrático o su completa muerte, esperamos sentados que los seis años que vengan sean mejores. Rezamos para que alguien preparado llegue y conduzca bien al país. Lo primeramente importante es opinar de lo que creemos sin tener el primer ladrillo de la construcción. No sabemos qué nos van a  pintar pero estamos seguros qué colores usarán. La ciudadanía no quiere tener bocetos que nos indiquen el camino que se podría seguir, sino un cuadro vomitado y resumido de lo que hay. Pero para ese tiempo no habrá tiempo de cambiar.

La noticia de la invitación al debate pasa en medio minuto en los noticieros. Después se difumina y se olvida, pasando por un abstracto de ideas y de la espesísima niebla del tiempo en la televisión. No nos sentamos a pensar lo importante que sería un debate ya, entre precandidatos. ¿Para qué si nadie los va a escuchar? ¿Para qué si aún no son candidatos?  Los mismos que se quejan de la opacidad gubernamental la promueven. Las opiniones que se escuchan en la calle vienen inoculadas con el virus de la desinformación. Lo que creemos de cada aspirante es lo que creemos que es un partido o una ideología. Lo que escuchamos pasa por el filtro de los rumores y las pocas ganas de la participación. Los asnos que rebuznan no están tan lejos. Una democracia es impulsar el pensamiento multicolor para ver en qué dirección soplará el viento. En su lugar tenemos los suspiros de hartazgo de una población que no sabe a dónde virar porque no sabe a quién escuchar. Y así, esperando una mañana que no llega, las elecciones de julio estarán sobre nosotros. Los seis años que vendrán habrán sido elegidos por la imagen que más confianza inspire, y no por las ideas que mejor respeto impongan. No es que México no camine por los malos candidatos que se presentan: no es posible no tenerlos. El país seguirá en las mismas mientras el voto siga siendo para líderes inflados de aire, para cadáveres que se contonean cuando de la lealtad al partido surge la crucifixión del buen gobierno, para funcionarios ávidos que toquetean las faldas y las piernas sin acariciar el pelo; que quieren el beso sin medir el futuro; que meten la mano sin esperar el momento.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El huésped

Por Guillermo Fajardo.
Hay una obsesión recurrente en la crítica de catalogar de joven escritora a una mujer de 38 años. No sé cuál sea el parámetro. Por supuesto que esto varía, pues dependiendo quién escriba, aquel par de números aparecerán en la mente del escritor como una mujer consumada o apenas un retoño que comienza a vivir.
La novela de Guadalupe Nettel (1973), “El huésped”, se inclina a retratar la locura como una forma de la fatalidad: ni modo, me tocó. Sabemos desde las primeras páginas que la protagonista está invadida por una especie de monstruo invisible; aparición psicológica de un acompañante mordaz y peligroso o simple y llana locura. “La Cosa” es el nombre de aquel huésped indeseable, ajeno a los deseos de la protagonista entumeciendo y acatarrando su vivir. La muerte de su hermano (que parece estar relacionada con “La Cosa”), junto con la decisión de la protagonista de meterse a un instituto de ciegos para leerles, configuran los puntos más tiernos de la novela. Enseguida, un torbellino de mierda llega a calar al lector. En el instituto conoce a “El Cacho” un hombre extrañamente popular entre los ciegos, pues es él el que les trae las noticias de afuera.
A lo largo del relato se retrata con precisión la vulnerabilidad del ciego: aquel que no ve está encadenado a los olores y a los sonidos. Nunca más la temperatura cálida del rojo o la mirada acerada del azul. Los ciegos son puestos como el rebaño a disposición de los superiores: aquellos cuyas cuencas de los ojos no han visto desaparecer el llanto del cielo; las caprichosas y cambiantes formas de las nubes o los infinitos colores que la naturaleza presenta. Se presenta al ciego en extremo vulnerable; en extremo débil; en extremo dependiente.

Ana, nuestra protagonista, comienza a frecuentar a otro invidente, esta vez del lado opuesto del espectro de la vulnerabilidad: Madero, hombre que vive en una guarida del metro, totalmente independiente. Pero la narrativa no se sostiene: Ana conoce a Marisol, novia de “El Cacho” y comienza a frecuentar lo más vil y bajo de la ciudad. No puedo colegir a ciencia cierta si se trata de la presencia ubicua y por tanto ya presente de “La Cosa” en su cuerpo, o una desviación mental poco frecuente de elegir conocer las peores condiciones en la que viven muchas personas para…¿para qué?
El clímax de la novela sucede cuando Ana, invitada por “El Cacho”, comienza a planear junto con Marisol y otros indigentes, un plan consistente en llenar de mierda sobres para después ponerlos en las urnas electorales de unas elecciones que ocurrirán pronto. La rebeldía y la sedición, aunados al sentimiento trillado y sostenido de una nueva generación juvenil que desprecia la política, configuran las últimas páginas de la novela. Pero no logro entender la evolución del personaje principal: ¿cómo, una mujer, con sentimientos altruistas termina conociendo los más bajos fondos de la sociedad para unirse a un movimiento cuyo simbolismo máximo es la igualación empírica de la mierda con la política? Guadalupe Nettel falla en establecer una línea coherente en el protagonista. No sabemos demasiado de Ana y nunca llegamos a saberlo. El escabroso mundo de la transformación de los personajes en una novela representa un obstáculo difícil de superar. Llevada por la emoción de haber descubierto una buena y original historia, Nettel nos pierde en el transcurso del libro. Da un salto lógico que no se entiende por qué el personaje da. La perdición ocurre cuando la policía atrapa a Marisol. La protagonista se derrumba y se siente culpable.
La novela de Nettel es buena, interesante y se lee rápido. Sin embargo, Nettel perdió una muy buena veta de sabiduría en la primera parte para postrarse y presentarse como una autora que conoce de mendicidad y pobreza en la segunda.  La primera parte debería de haberse engullido la historia poco disciplinada que Nettel presenta después. Al principio abarca muy bien los idilios entre la cordura y la locura, pero pronto lo abandona. La escritora creyó descubrir una pepita de oro con una historia bastante original.
El papel de la buena literatura no es entretener sino preguntar. No exponer las rarezas en el mundo sino intentar explicarlas. La literatura es la forma más libre de explicación: no está sujeta a ninguna Academia, tampoco supeditada a ninguna Institución. Las historias solamente acompañan al mensaje principal en cualquier novela. El marco son los diálogos, la pintura, los mensajes que el lector decodifica. Escribir es acercarse con ojos cautos y manos lentas al descubrimiento: debe de ser, creo, la herramienta perfecta del que duda;  la figura más codiciada del que desea; la explicación más noble del que intenta.  

domingo, 11 de septiembre de 2011

La triste expresión

Por Guillermo Fajardo.

Los paladines de la libertad de expresión brotan de la red cuya égida es el anonimato. Con un discurso consternado, de odio, poco estructurado y vehemente hasta el extremo, los internautas se lanzan a picar y a denostar sin tener una idea bien clara de lo que dicen. El aspecto vomitivo de su discurso y la aplicación hedionda del odio configuran su más respetada característica: la desinformación. El espacio electrónico es puesto a disposición de los comentaristas anónimos. Maquillados de la monotonía del hartazgo y la sumisión a la crítica contra la política que piensan es dispensable, estos héroes patrios atizan el fuego de la podredumbre intelectual y de las letras enclenques. Empapados de un lodo que se santifica dándose baños de crítica políticamente correcta, los internautas caen en la monótona costumbre de denostar sin apariencia ni forma. Es un concurso de ver quién está menos informado. Si alguien se atreve a ser optimista, los formadores de opinión lo bajan a uno de su idealismo. Con frases grotescas, nombres comúnmente despreciativos, ocurre que el espacio perfecto para expresarse es también la extensión para protegerse: decir tonterías sin el escrutinio de la burla o la mácula ostensible de los otros. Los contrarrevolucionarios de la red; los emperadores de la personalización son portadores de su propia verdad: nadie se salva excepto ellos, que con el teclado de su iluminismo se exceptúan de todo menos de su razonamiento. Al margen del pensamiento se despiertan de añosas cavernas que durante toda su vida permanecieron apolilladas y llenas de telarañas. Ahora, su oportunidad se abre. Atacan. Muerden. Igual que perros, se lanzan a buscar la comida que sus amos, los medios de información, les proporcionan. Abajo, en el inframundo de la página de internet, los muertos hablan con micrófonos y se desesperan si alguien los contradice. Hay intrusos que de vez en cuando proporcionan algo de estructura y dirección al debate, pero casi siempre son engullidos por los ácidos más penetrantes.

Estoy seguro que se puede ser discapacitado sin saberlo. Estas máquinas no solamente rebuznan, sino que llevan profilácticos electrónicos para evitar ser descubiertos: un café internet o la ominosa opción de borrar. Y pasa que no encuentro la razón de este comportamiento animal: no sé si por un afán informativo que nos diferencia pero a la vez nos acerca a los simios; si por el estreno orgiástico de verano de ser escuchado o si por la rala pero bien definida continuidad de opinión que los une. Se trata de favorecer encuentros cercanos; de localizar la corriente y nadar con ella; de engatusarse a sí mismos para aparecer como los genios que ven lo que otros no. Los comentarios son terminantes, desgraciados y recién sacados del fin del mundo: después de leer el Apocalipsis se ponen a escribir; después de la rabieta emocional buscan en quién descargar su orgasmo; eyaculadores precoces de la red, no terminan de leer ni de comprender para escribir. Sí: las contradicciones de lujo están de moda pero aún más la batalla punitiva contra la inteligencia. Escupen al cielo y se sienten felices. Viven orgullosos siendo analistas de medio tiempo y en el día de su preferencia. La moralidad de las opiniones disfrazadas de una piadosa queja. Los grandes sueldos de la burocracia totalmente denostados. Los estólidos dando rienda suelta a sus emociones. Enfundados de la retórica de Demóstenes,  del discurso óseo de Maquiavelo, del contenido novelesco de Fuentes y la prosa suave y bella de Silva Herzog, aspiran a la redención de su día por medio de la calumnia expresa en la vida del otro. Metidos en el pantano ubicuo de las desgracias no hay salida para quien se meta en el ruedo del pesimismo. Primero la implosión de la tierra al descubrimiento de la moderación.

 Las palabras importan mucho a la hora de formar una opinión. Quizá por lo mismo tenemos a los mismos gobernantes; a policías y burócratas poco eficaces; a una opinión pública maniatada y embobada con el sub desempeño informativo y la nota roja en primer lugar. Los mexicanos se quejan de la falta de instituciones sólidas y creen firmemente en la teoría de la conspiración alrededor del Presidente: todos maquinan contra nosotros. Ay, ¿quién nos salvará? Y es que el análisis que se hace día a día configura también la opinión del votante: los mismos que se escudan en la red son los cínicos que se preguntan porque estamos como estamos. No se interesan por saber quién es el candidato; qué hizo y con quién anda codo a codo. Importa que se vea pulcro y que nos prometa el Paraíso. Si al final del día duermen bien, es debido a que poco saben acerca de la importancia de lo que comentan. Creen que, al igual que el voto, su voz se diluye para no ser escuchada ni contada. He llegado a la conclusión que ser pendejo requiere de práctica. Uno se tiene que esforzar. El voto no solamente constituye un derecho sino la obligación de hacerlo con un mínimo de razón, con un poco de información, de tratar de allegarse de la verdad de quién votamos.
El voto universal es una gran conquista, pero la responsabilidad de hacerlo bien como forma de participar en una democracia no aparece por ningún lado. He visto a niños razonar mejor que un adulto. Aquí terminaré.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Repeticiones


Por Guillermo Fajardo

Imposible no estar de acuerdo con el discurso del Presidente. En él, el universo de la retórica delimita perfectamente bien la orquesta que, con la precisión de los expertos, le da a las palabras una calificación coherente y armoniosa. El ritmo va bien marcado; las direcciones del director son bien entendidas; la tenacidad de los músicos aclamada. No va a claudicar, nos dice. Va a escuchar a la sociedad, como lo ha hecho. Va a vencer a los criminales, como siempre nos recuerda. El problema no es de esta administración, explica. Todo esto es verdad. Sin embargo, la parcialidad en las explicaciones deriva en la siniestra fórmula de reducirlo todo a un pie de página, apenas a una nota aclaratoria para deleite del lector confundido. Nada peor que las ideologías para calmar las procelosas aguas de la opinión pública y la seguridad ciudadana. Polarizar para obtener aliados. Delimitar para simplificar. Señalar para excluir. Démosles agua para calmar la sed. Cojan el paraguas y apriétense ahí abajo. Denles juguetes para entretenerlos. El esclarecimiento del porqué la cultura del narco; del porqué las ingentes sumas de dinero que genera; del porqué surgió como un problema de seguridad nacional y del porqué los osarios de la estrategia se vuelven a llenar de huesos es sumamente complicado. Es cierto que Estados Unidos vende armas a México. Pero también es verdad que esas armas no se usaron para incendiar el casino. Es verdad que la extraña e intratable manía del desapego y la desconfianza no es culpa del Presidente. Pero también es cierto que los muertos lloran desde atrás. Es verdad que los Estados siguen reflejando su preocupación por crear puentes y estructuras gigantescas y dejar al margen la profesionalización de las policías. Pero también es cierto que la estrategia fue planeada al vapor.

En los matices caprichosos de la vida, las soluciones están casi siempre en la conciliación y en el oído atento de los dialogantes. El Presidente insiste en no claudicar y en escuchar, pero no en regresar, pues piensa que eso sería derrota. Es un hombre valiente aunque presuroso. Está decidido a dar resultados y vislumbrar la continuidad de su partido. Obsesionado con derivar de su estrategia puntos que aclamar; inducido a dar por anticipado cifras que lo sostengan, cae en la irremisible falacia de empujar sin ver quién lo ayuda. El desportillado cajón de las ideas está metido entre tantos papeles húmedos y crujientes por el tiempo. La sociedad se involucra poco: hay algunos que alzan la voz para exigir, pero las gelatinosas palabras vuelven desde donde volvieron: la boca y mente del interlocutor. Igual que Calderón, esos pocos señalan, apuntan, su boca cargada de verdad, la ética superior del activista, la laboriosidad bien vista del denunciante, la victoria a priori del crítico. Todo el discurso del Presidente está envuelto en un fino paño de empatía que se resquebraja cuando lo sacas a la lluvia. Vive insistiendo en el discurso triunfalista (parte necesaria de todo Gobierno) pero atascado en las puertas de la intransigencia. Hambriento de triunfo no dudo que algún día llevaría a desintegrar a los criminales, pero al costo de una sociedad llena de evocaciones por una paz suprimida y por el olvido inminente de la política y sus mañas. A nuestros votantes  no les importa la corrupción de sus gobiernos: ¿por qué votar por el hermano de quién te dejó endeudado? ¿Cómo explicar que Peña Nieto vaya en primer lugar en las encuestas? ¿Cómo entender el poco repudio hacia los actos de corrupción no cada vez más frecuentes aunque sí más expuestos? Pocos son los que claman por un giro en la estrategia. Aún menos los que sueñan con mantenerla. La súper inclusión del conflicto en ciertos sectores, provoca que la desinformación supere aquellos que no conocen o escuchan lo que sucede.

La creación de la Procuraduría social para la atención a víctimas es la primera semilla de exigencia convertido en realidad. Las pruebas de control de confianza en todo el país es un segundo paso bien pensado. La creación de Centros de Adicciones es virar en la dirección correcta. No tanto pedir por más infraestructura militar sino adormecer el cáncer. No escuchar los huesos romperse pero ubicar el dolor. No sirve defenderlo si la coyuntura del presente se ve atestada de nudos demagógicos o de grandilocuencia continua. El discurso del Presidente es bien recibido y aplaudido, es necesario y hasta entendible. Insiste en el diálogo pero creo que no sabe bien a donde voltear. La sociedad forma parte del problema aunque no quiere ser la solución. Vociferando adjetivos desdeñosos hacia los criminales y esporádicamente recordándonos que Estados Unidos vende armas a México, el Presidente grita desesperado por alguien que lo entienda. Vivos o muertos, eso ya da igual.